viernes, 5 de marzo de 2021

Las tres justicias del Libro de Job.


                     

INTRODUCCION

Cuenta el libro del Génesis que el paraíso terrestre, donde moraban nuestros primeros padres, estaba regado por cuatro arroyos, denominados Pisón, Gihón, Tigris y Eúfrates, los cuales recibían sus aguas de un misterioso río cuyo nombre desconocemos (Gen. 2,10-14). Expulsada del Edén la primera pareja humana a causa de la desobediencia, pronto se olvidó toda referencia geográfica de los dos primeros (aunque se salvaron sus nombres). En cambio, en cuanto a los segundos, se les identificó desde siempre con los dos inmensos ríos que hoy nutren una región del oriente, en cuyas tierras, según la historia, se inicia la civilización.

La desmemoria sobre la ubicación de esos ríos, así como del principal del que recibían sus limpias aguas, fue uno de los muchos efectos secundarios de la culpa de Adán y Eva. El más importante, como sabemos, fue el decreto de destierro, dictado con la explícita intención de impedirles el acceso al Árbol de la Vida (Gen. 2,8), el cual les garantizaba la inmortalidad. Perdida la inocencia original, tirados por la borda los dones sobrenaturales que Dios les concedió (inmortalidad, impasibilidad, integridad), era peligroso que la raza humana, entregada a la malicia, quisiera ser como Dios, y por ello, se le destinó a un mundo hostil y se le fijó un plazo, cumplido el cual, retornarían al polvo del que fueron hechos. “Me amasaste como arcilla y al polvo me has de devolver” (Job. 10,9)

Con la rescisión de los dones sobrenaturales, no sólo perdimos la inmortalidad; también la justicia original, lo que implicaba necesariamente la entronización de la injusticia y de la ley del embudo en la sociedad humana desde entonces. No obstante, el hombre no perdió sus dones naturales, que de alguna manera seguían reflejando la verdad, el bien y la belleza del Creador. Así, pudo desarrollar su anhelo de justicia en algunos monumentos de la razón humana, como por ejemplo el derecho romano, cuyas instituciones jurídicas aún hoy usamos los que nos dedicamos profesionalmente a discernir y ayudar a resolver los conflictos de intereses entre los hombres.

No todo, por tanto, se perdió con la expulsión del Paraíso. La imagen de los dos ríos que olvidamos -Pisón y Gihón- y de los otros dos que recordamos -Tigris y Eúfrates- me parece una hermosa metáfora de esa gran verdad católica, que nos recuerda que el ser humano no fue privado íntegramente del sentido de la rectitud, y aunque corrompido en parte por el pecado, aún puede ejecutar ciertas obras de justicia, guiándose por la luz verdadera que ilumina a todo hombre (Jn. 1,9),

“Hay un espíritu en el hombre,

El soplo de Dios, que lo hace inteligente”

                                                                     (Job. 32,8)

luz que alumbra su razón, aunque a veces débilmente. Pero para que esa justicia natural se implementase con vigor en su conciencia era necesario reconocer al menos la fuente básica, el río principal del que recibían las aguas los cuatro anteriores, de ignoto nombre también, pues Dios siempre será esencialmente desconocido (Hch. 17,23) mientras pesemos en este suelo.

Mas voy al oriente y no está,

A occidente y no lo encuentro;

Lo busco al norte y no aparece,

En el sur se esconde y no lo veo”

                                                   (Job. 23, 8-9)

La luz de la ley natural, inserta en el corazón de cada hombre, recibía su ratificación de la ley divina, de Aquél en quien el concepto abstracto de justicia se personificaba con plenitud. Apartada de ese fundamento, la ley natural se negocia en la almoneda del capricho, el edificio de la justicia se resquebraja, la injusticia hace estragos por doquier, los pueblos se revuelven y llegan conflictos y guerras. Pero como el hombre no puede vivir siempre en un estado de barbarie, cada vez que se derrumba debe volver a elevarlo una y otra vez –como el mito de Sísifo-, aunque parece ignorar tozudamente que sólo resisten aquellos muros que reflejan de alguna manera el origen divino de la ley humana, y se remiten a ese originario río del Paraíso.  

El problema de la justicia se plantea de una manera estremecedora –y también misteriosa- en la narración bíblica del drama de Job. Este relato, dejando aparte su divina inspiración, es una de las más sublimes creaciones literarias jamás brotadas del espíritu humano, a la misma altura que las tragedias de los griegos, o las de Shakespeare, Racine o Calderón. En sus poéticas páginas, lo que convencionalmente entendemos como justicia o injusticia, da varias vueltas de tuerca hasta el punto de dejarnos perplejos y con numerosos interrogantes, que sólo podrán ser iluminados –no respondidos del todo- con los libros del Nuevo Testamento. Y así, tras reiteradas lecturas, llegué a diferenciar en él tres puntos de vista –diferentes, y hasta antagónicos- sobre el concepto de la justicia en relación con su fuente primera, la perfección de Dios, y los quiero apuntar ahora para desarrollarlos luego.

Primero, lo que denomino justicia del demonio, por reflejar –aunque muy de pasada- esa actualísima deformación de tan noble concepto, que vemos un día sí y otro también, y cuyo fundamento es la endiosada autonomía del hombre, que no admite la ley divina, ni su desarrollo racional y moral, la ley natural. Esa justicia, que puede razonablemente definirse como diabólica, parece sintetizarse en la única frase que pronuncia la desnortada mujer que Job, en la que le incita a maldecir a Dios y a suicidarse.   

Segundo, la justicia de las obras, que es condenada por Dios. El Señor, al final del relato, reprueba con dureza los (aparentemente) sensatos discursos de los tres amigos de Job (basados en una razonable justicia conmutativa y una defensa a ultranza del proceder divino), y la vez reivindica a éste, cuando en realidad, tras una lectura atenta del libro, este conmovedor héroe trágico no tiene nada que ver con el símbolo de la paciencia del imaginario popular; más bien es la voz de una rebeldía que, a veces, llega a la explícita blasfemia. Sin embargo, ¿incomprensiblemente?, Dios condena esa justicia de las obras (la de los tres amigos), y justifica a Job, pues es éste –a pesar todo lo que ha dicho, y que ha merecido reprobación de aquellos – el único que ha hablado bien de mí (Job. 42,8).

Tercero, la que denomino la justicia de la fe, que no se explica –Dios ni pretende ni intenta hacérsela comprender a Job (o a nosotros), en su impresionante discurso desde la tormenta (Job. 38,1)-, pero lo cierto es que le convence rotundamente, y el doliente reconocerá:

“Sólo de oídas te conocía

Pero ahora sí te han visto mis ojos.

Por eso me retracto y me arrepiento

Echado en el polvo y la ceniza”

                                   (Job. 42, 5-6)

  1.- La MUJER de JOB o la JUSTICIA del DIABLO.-

Con sus posaderas en el suelo y su espalda apoyada en una tapia, Job se rascaba sus dolorosas y malolientes llagas con un trozo de teja. Su sufrimiento físico, con ser atroz, no llegaba a la altura del tormento de su alma, pues no podía comprender por qué “los terrores de Dios se han alineado contra mí” (Job. 6,4). O en palabras de Dámaso Alonso en su impresionante poemario Hijos de la Ira:

El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción quiso que fuera este mi cuerpo, y una ramera de solicitudes mi alma”.

Para colmo de males, el piadoso sufriente acababa de escuchar una grave blasfemia proferida por uno de sus seres más cercanos –su esposa-, pero contuvo su primer impulso de abofetearla. Incluso sus agrietados labios iniciaron un boceto de sarcástica sonrisa (el dolor de sus comisuras no le permitía más), mientras reflexionaba sobre la extraña ironía o crueldad de El Shadday –ese era el primitivo nombre del Todopoderoso-, por arrebatarle todos sus bienes y su salud…, pero mantenerle a su lado a su esposa desquiciada, que ahora le zahería con su odio.

Como en un gigantesco teatro del absurdo, la feliz vida del matrimonio se había trasmutado en una desdicha que parecía no tener límites. Por culpa del huracán que derribó una casa, habían muerto sus diez hijos; sus cosechas y ganados fueron devastados de una vez por rayos y tormentas, y sus criados asesinados por bandas de enemigos caldeos; putrefactas heridas cubrieron la tersa piel de Job, y penetraron hasta el corazón de su esposa. Lo habían perdido todo, y como en el conocido refrán, la miseria entró por la puerta, y el amor escapó por la ventana. En consecuencia, ese drama los separó, de modo que ambos adoptaron dos actitudes radicalmente antagónicas: el marido se refugió en un piadoso estoicismo (que no duraría mucho, como veremos), y su consorte –que antaño habría sido una mujer tan discreta y hacendosa como la del libro de los Proverbios (31, 10-31)-, fue poseída por un atroz resentimiento. Y como la tortura de la gota de agua, le reprochaba una y otra vez a su doliente esposo:

-         ¿Todavía perseveras en tu necedad? Maldice a Dios y muérete de una vez

Pero Job, conteniéndose como dijimos, respondía a su mujer con profunda sabiduría, digna de un Séneca impasible:

-         Mujer estúpida, si hemos aceptado de Dios los bienes ¿no debemos aceptar el mal?

Y anota el escritor sagrado: Job no pecó con sus labios.

Como veremos luego, eso no es exactamente así. Job sí pecará –y gravemente a nuestro juicio- por verter expresiones tan ofensivas contra Dios, como la que acaba de oír a su mujer. Pero ahora nos interesa centrarnos en esa mujer, no tanto como persona, sino como símbolo. Como imagen de la primera de las tres justicias que encontramos en este prodigioso libro bíblico, la que yo denomino la justicia del diablo, o la manera en la que el hombre moderno, abiertamente rebelado contra su Creador, entiende con frecuencia el concepto de lo que es o no justo.   

A Dios se le puede maldecir por acción o por omisión. La mujer de Job, de la primera manera. El mundo moderno, de la segunda. Las constituciones y los textos legales modernos blasfeman, de una manera tan elocuente como silenciosa, por omitir deliberadamente el nombre de Dios, y desligar la racionalidad de las leyes que promulgan sus parlamentos de cualquier principio que remita al río de origen de ellas mismas, y sin el cual, acaban pervirtiéndose.  

Siendo Dios el fundamento de toda racionalidad y de todo poder, si una nación elimina a Dios y a la religión de sus leyes, se tambalea la misma sociedad civil, que comenzará a desvertebrarse. Primero de manera imperceptible, pero cuando se alcance ese punto que hombres (moderados y hasta píos) jamás imaginaron posible, éstos se preguntarán aterrados cómo se pudo llegar a esto. Mas serán tan necios que no encontrarán la causa en esa gravísima omisión, y seguirán creyendo que puede revertirse ese camino al infierno –humano y sobrehumano-, manteniendo la visión blasfema de una ley sin Dios, pero introduciendo algo de moderación y sensatez en aquel error de base; es decir, disminuyendo la velocidad pero no revertiendo el camino; poniendo tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias. Y es que, esclavizados por esa inercia del mal (1 Jn. 5,19), jamás se atreverán a derogarlo en totalidad. Nuestro país, hoy, es la prueba definitiva de la evolución diabólica, en una sola generación, de esa ingeniería legal y civil, con unos gobernantes sirviendo claramente al demonio (aunque no crean en su existencia) y otros (que sí suelen creer en él, pues incluso se definen como católicos de misa dominical), que también le obedecen con su cobardía moral. Más que entre malvados, vivimos entre “ciegos, guías de ciegos” (Mt. 15,14).

La justicia del diablo propone, como la esposa de Job, que se le otorgue al ciudadano el derecho explícito a blasfemar (a maldecir a Dios), o a acabar con la propia vida humana cuando se tuerza la fortuna –muérete de una vez-. Pero también que el hombre ocupe sin complejos el lugar del Santo de los santos y se reconozca a sí mismo derechos que violan la justicia y la naturaleza de las cosas, como el derecho a matar la vida humana en el vientre materno o el derecho a que un pecado abominable adopte el rango de una de las más venerables instituciones naturales de la humanidad (el matrimonio). Incluso el derecho a mutilar de manera grotesca los caracteres sexuales que el Todopoderoso ha dado sustancial e irreversiblemente a toda persona (lo que se denomina autodeterminación de género, sin duda la modalidad más ridícula de las inmensas posibilidades de querer ser como dioses (Gen.3,5), el momento cumbre en el que diablo es, en su mayor ornato, el mono de Dios). 

Los Estados y sus gobiernos, más que pretender el bien común de sus integrantes y ser un instrumento al servicio de los ciudadanos, se convierten en un fin en sí mismo y en un poderosísimo enemigo de aquellos que aún tengan la funesta manía de pensar y actuar como dos milenios de civilización cristiana nos han enseñado, entre los que sobresale ese eterno principio de "obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch. 5, 29); un verdadero Leviatán, por tanto, que impone una moral (¿?) y un pensamiento único, no por casualidad anticristiano. En resumen, a través del poder político se facilita y aun promueve el mal, con el principal objetivo de la esclavitud espiritual del ciudadano. Pues ya lo advirtió el Señor “todo el que comete pecado, esclavo es del pecado” (Jn. 8,34).  

Job reacciona con sabiduría ante esa tentación diabólica, y asume estoicamente –aunque sólo mientras su consorte está junto a él- que el bien y el mal provienen de la justa providencia de Dios, que nacimos desnudos y moriremos desnudos, y que nada nos llevaremos en el incógnito viaje final.

Y nosotros los cristianos –que no podemos ignorar adónde se aboca nuestro mundo- probablemente algún día padeceremos un sufrimiento tan injusto como el soportado por Job, y entonces sí sabremos reaccionar –por un don divino, que no por nuestra fuerza- con su claridad y rotundidad. Mientras no llegue ese momento, seguiremos como ahora, como hombres moderados y hasta píos, queriendo apagar el incendio global que contra el mundo despliega el diablo desatado, soplando disimuladamente contra las llamas para no llamar mucho la atención.      

II.- Los AMIGOS de JOB o la JUSTICIA de las OBRAS.-

Se ha marchado la mujer de Job, y éste ha llegado al límite. Él no era judío (aunque sin duda el autor de este libro sí), sino natural de algún lugar del oriente pagano llamado Hus. Pero probablemente, durante su infancia y juventud, sus padres –o quizás un preceptor hebreo de los que marcharon exiliados a Oriente- le enseñaron el desprecio al politeísmo popular,

“Viendo lucir el sol,

El curso radiante de la luna,

No me dejé seducir secretamente

Mandándoles un beso con la mano”

                                      (Job. 31, 25-26)

y sobre todo, a reconocer que había un solo Dios, de quien recibíamos los bienes (y los males), y al que había que adorar y amar siempre, aunque nuestra suerte fuera adversa.

La verdad de un Dios único, justo y benevolente, que premiaba a los buenos y castigaba a los malos, se le grabó a fuego en su corazón y prometió no sólo jamás pecar, sino también purgar por pecados ajenos, pues “se  levantaba todos los días de madrugada para sacrificarse y ofrecer holocaustos  por si sus hijos hubieran ofendido a Dios” (Job. 1,5).

Ante su mujer –probablemente porque no quería agravar su desequilibrio- pronuncia unas palabras en las que ya casi no cree. Sí, es cierto que bien y mal vienen de Dios, que nos lo ha dado todo, pero es tal la magnitud inexplicable de su sufrimiento, que ante Él pareciera que

“aun teniendo yo razón, su boca me condenaría

Aun siendo inocente, me declararía culpable”

(Job. 9, 20)

Esa convicción tiene visos de blasfemia, porque Dios –suma bondad y justicia- jamás puede metafísicamente condenar a un inocente. Pero Job no sólo comienza a pensar en esos términos, sino que los incluso los corregirá y aumentará, al atribuir a Dios una diabólica delectación por el sufrimiento del inocente:

Si un azote mata de improviso

Se ríe de la angustia del inocente”

                                       (Job. 9,23)

Aquí ya no habla el hombre religioso y equilibrado, sino el pagano desesperado ante el infortunio de los hados, aunque formalmente los identifique con un único Dios. Es una expresión parecida a la brutal que usa Gloucester en El rey Lear, cuando su hijo bastardo Edmund ordena que le arranquen los ojos:

“somos para los dioses, lo que las moscas para los niños;

Nos matan para su diversión”

                                                                      (El rey Lear. Acto IV, Escena I)

Huida la mujer, aparecen sus tres amigos –Sofar, Bildad y Elifaz-, que sin lugar a dudas son auténticos, no lo son de boquilla, pues “los tres se pusieron de acuerdo para ir a compartir su pena y consolarlo. Al verlo de lejos no lo reconocieron. Empezaron entonces a llorar a gritos, rasgaron sus mantos y empezaron a echar polvo sobre sus cabezas. Se sentaron en el suelo a su lado siete días y siete noches, sin decirle una sola palabra, viendo su terrible dolor”  (Job. 2, 11-13).

Sin embargo, vencida la semana, Job explota y comienza a lamentarse ante ellos, maldiciendo el día de su nacimiento (Job. 3,1), y deseando haber muerto a la vez que Dios le introdujo en el mundo; graves insultos en definitiva a la obra creadora del Altísimo, a la debemos acoger como un don y no como una carga que hay que abandonar, como el lastre de un naufragio.

“Muera el día en que nací,

La noche que anunció: ¡ha sido concebido un varón!

(…)

“¿Por qué dio luz a un desdichado

Vida a los que viven amargados,

Que suspiran en vano por la muerte

Y la buscan con más ansia que a un tesoro

A los hombres carentes de futuro

Porque Dios les ha cerrado el paso?

                                               (Job. 3, 2. 20-22)

Ante estas expresiones irreverentes, los amigos de Job, que sin duda tenían su misma creencia en un único Dios, justo y enemigo de la maldad, le redarguyen con elocuentes discursos, cuyo común denominador es la estricta justicia conmutativa de Dios, que premia al justo y castiga al malo, según las obras de cada uno. Ergo, si Job era feliz y ahora está sufriendo, debe haber pecado, y por ello padece el adecuado castigo del Altísimo.

Las Escrituras judías parecían avalar esa interpretación. La ley de Moisés anunciaba que “Si tú escuchas de verdad la voz de Yavhé tu Dios, cuidando de todos los mandamientos que te prescribo hoy (…) vendrán sobre ti todas las bendiciones siguientes… (Dt. 28, 1-2). Bendiciones, que se identificaban con todos y cada uno de los bienes que poseía Job, antes de acaecerle su desgracia: salud, buenos hijos, riquezas, vastas tierras fértiles y la paz en ellas…

Esa misma ley divina advertía también que “si desoyes la voz de Yahvé tu Dios, y no cuidas de practicar sus mandamientos y sus preceptos que yo te prescribo hoy, te sobrevendrán y alcanzarán todas las maldiciones siguientes… (Dt. 28,15). Que coinciden con la devastación del cuerpo y de los bienes de Job, tras permitir Dios al diablo que le atacase (Job. 1,12).   

La conclusión, por tanto, es obvia. Job necesariamente algo habrá hecho. Job no es sincero. Por consiguiente, debe reconciliarse ya con Dios, para que éste le retorne su favor. Así, Bildad, indignado ante las palabras del husita por acusar de injusto a Dios, le recuerda que:

“¿Puede Dios torcer el derecho

Pervertir Shadday la justicia?

Si buscas pronto a Dios

Y diriges tu  súplica a Shadday

De inmediato velará por ti,

Te devolverá tus legítimos bienes”

                                              (Job. 8, 3-6)

Y así también los otros dos, intentando preservar el honor de Dios, frente a las impías quejas de Job. Gran parte del libro se ocupa en referirnos, por un lado, los discursos de estos amigos, y por otro las respuestas ácidas de Job, donde como vimos, en determinados momentos, se alcanza la gravedad de la blasfemia. Parece un diálogo de sordos. La elocuencia de los amigos no logra traspasar la barrera del dolor de Job y alcanzar su corazón, porque éste es honesto consigo mismo y tiene la certeza de que sus actos justos y pensamientos virtuosos no habían cambiado y, sin embargo, su vida se había deshecho como un azucarillo. Mientras más brillantes eran los discursos que oía, más percibía que eran falsos. Quizás entonces comenzase a intuir que todos ellos discutían sobre un dios que acaso no fuese el verdadero Dios. Pero era el que residía en el imaginario popular, y por eso Job reprocha a los tres que:

Ciertamente vosotros sois el pueblo

Y con vosotros morirá la sabiduría”

                                                (Job. 12,2).

Entre tanto, Dios asiste en silencio al fragor de esa disputa, entre los que (desde la barrera de la salud) pretenden a toda costa salvar el honor del Creador, y el que (desde el coso del dolor) parece empeñarse en debatir con Él acerca del sentido de su tragedia, aunque con la certeza de la inutilidad de tal empeño:

“No es un hombre como yo para decirle:

-comparezcamos juntos en un juicio.

No hay un árbitro entre nosotros

Que ponga su mano entre los dos”

                                           (Job. 9, 32).

III.- DIOS o la JUSTICIA de la FE.- 

Pero Dios, en un instante, se le aparecerá a Job en la tempestad, y no para resolver el debate (pues es irresoluble al entendimiento humano) sino para mostrar con su imponente e invisible realidad –perceptible a través de la inmensidad y sabiduría de la creación- lo desenfocado del mismo.

Sí, sin duda son blasfemas las palabras de Job, fruto de su acerbo dolor, y por ello le pregunta retóricamente con aire de reproche:

“¿Quién es éste que denigra mis designios,

Diciendo tales desatinos?

                                              (Job. 38,2)

Pero también son desatinadas –y más graves aun- las razones de los amigos, que juzgan injustamente a Job, y pretenden encuadrar la infinita majestad de un Ser trascendente en los pliegues de su mente, sin conocer nada de su ignota Providencia. Concretamente, explicar la justicia divina en los términos de una mera justicia conmutativa, cuando lo cierto es que nosotros le debemos a Dios absolutamente todo y Él no nos debe absolutamente nada.

“Si fueres justo, ¿qué le darías a Él?

                                                    (Job. 35,7)

Aunque en rigor esos amigos no hayan faltado a la verdad, pues es verdad que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, la voluntad de Dios se implementa de una manera y en unos tiempos muy diferentes a como suponemos los mortales: de forma casi contraria a los cortos criterios humanos, y en unos tiempos en los cuales se introduce una incógnita de eternidad. Una placentera vida puede ser el preludio de un desastroso final (como el del rico de la parábola de Lc. 16,19-31), y una desgraciada, lo contrario, indicios del favor de Dios, pues “si el Señor se ha indignado contra nosotros por breve tiempo para castigarnos y corregirnos, Él se reconciliará con sus siervos de nuevo” (2 Mac. 7,33). Por eso, el mismo Dios asegurará a Job que sus tres amigos han hablado rematadamente mal de Él (Job. 42,7). Y es que han pasado por alto varios postulados fundamentales:

Primero, que sólo Él –y nadie más- sondea la intimidad de cada hombre. Job, en contra de lo que creen los amigos, no ha sido castigado con tragedias por haber pecado, y aunque después hubiera blasfemado con sus palabras (dichas en el paroxismo de su dolor), sólo Dios calibra la gravedad de la ofensa, según las circunstancias íntimas y la sinceridad con la que se desborda un corazón desgarrado, cosas que exclusivamente Él puede conocer. No los amigos, por lo que actúan con temeridad manifiesta.

Además, es un error y acto de fariseísmo suponer la justificación de Dios porque nos juzguemos buenas personas o porque la vida nos sonría (como el rico que reza junto al publicano en el templo, Lc. 18, 9-14). Y que atribuyamos la desdicha (del otro) en esta vida a los pecados que él o sus antepasados cometieron (ejemplo claro es la pregunta de los discípulos al Señor, sobre la causa de la ceguera del mendigo que pedía cerca de la piscina de Siloé (Jn. 9,2).  Nadie está libre de culpa en este mundo, nos recuerda de manera machacona la Escritura (Lc. 13,3). La caída de nuestros primeros padres afecta solidariamente a todos y a cada uno de los hombres sin excepción (Rom. 3,10), y de una manera absolutamente desconocida para nuestras entendederas. Todo, según la ignota Providencia de Dios, cuya sabia mano conduce a sus elegidos a la salvación.

“yo soy el Señor, tu Dios

Que te toma de la mano y te dice:

No temas, que yo estoy contigo”

                                                                                                   (Is. 41,13). 

Lo segundo que han pasado por alto es más decisivo. Y es la clave más profunda -y complicada de entender- de este libro: los hombres estamos obligados a postrarnos siempre ante la Verdad (o lo que es lo mismo, ante Dios), pero no ante un simulacro de Él. Humillarse ante Dios es algo que recomiendan reiteradamente los hombres honrados y píos de toda época, raza o religión y, por tanto, los religiosos amigos de Job se lo piden a éste desde el principio de sus discursos. Sin embargo, Job no sólo desatiende tan loables consejos, sino que además adopta una actitud combativa y la sostiene en presencia de ellos. Sólo al final -y por un acontecimiento exterior que le transforma- mostrará su arrepentimiento “por hablar (sin cordura) de maravillas que me superan y que ignoro” (Job. 42,3). Por tanto, será justificado porque adopta la única actitud que nos hace gratos ante Él, pues “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal. 51,17). Pero cede después de que Dios se le haga presente, antes no.

Si nos fijamos atentamente, hay una diferencia esencial entre los consejos de sus amigos, y el mandato bíblico que he citado del libro de los salmos: los amigos le exigen abajarse ante un dios que no es propiamente Dios, un dios fabricado a la medida de sus cortas mentes. Los amigos usan palabras como derecho, súplica o legítimos bienes; el salmo, en cambio, corazón contrito y humillado. Ante aquel dios no debemos postrarnos, sería como humillarnos servilmente a un ídolo. Nunca ante un dios do ut des. O la apertura a Dios es radical, incondicional y sin el menor viso de insinceridad -da igual una alabanza o un lamento-, o es una servidumbre interesada, con lo lo no seríamos gratos a Dios, porque caeríamos inconscientemente en la idolatría. 

Job -con agudísimo sentido- no cede a esa tentación de los amigos, y, por ello, el verdadero Dios se le hará presente, le justifica y a partir de ahí, es cuando se postra. Cierto es que Job y ellos tienen en mente a ese falso dios en su disputa dialéctica, pero la profunda intuición del husita le previene de la falsedad de los razonables discursos de sus amigos, y se niega a rendirse ante el dios que le exponen, porque sería un acto mecánico e inauténtico (y Dios no sólo es la Verdad, exige la verdad a quien pretende acercarse a Él en oración). Por eso Dios –el único y verdadero- justifica a Job y condena a los amigos porque no han hablado bien de mí como mi siervo Job” (Job. 42,8). Los amigos han intentado defender el honor de un ídolo, pero Job lo ha criticado, negándose a doblar las rodillas ante el mismo. Por eso es justificado, mientras que sus amigos son reprobados.

Aun así, la perfección y santidad del Dios verdadero siempre está detrás de cualquier imagen parcial o errónea sobre la divinidad que construya el hombre, y por eso, en su intervención al principio le echa en cara a Job sus desatinos, pero no se los tiene en cuenta porque no ha cedido al acto de humillación idolátrica. En cambio, reprochará con dureza las razonables palabras de los amigos porque continuamente se postraban ante un fetiche de su imaginación y, sobre todo, tentaron al justo Job a hacerlo. Dios lo abarca todo, incluso permite que nuestra debilidad le confunda tantas veces con lo que no es Él, pero lo que no nos tolera es nuestra cerrazón en la mentira y la inautenticidad, porque nos da oportunidades continuas con su Gracia para corregir el errado juicio y la equívoca voluntad. Job lo había perdido todo, salvo un corazón auténtico e insobornable. Por eso Dios toma la iniciativa y le convierte.

Por eso, cuando a Job se le desvanece ese ídolo, cuando el único Dios se le hace presente –por pura Gracia-, cuando expresa conmovido que “te han visto mis ojos” (Job. 42,5) (no una visión física, cosa imposible, sino una percepción de estricta fe sobrenatural), se da cuenta de que ha estado desbarrando hasta entonces; asume, sin dudar, cuán errados eran sus juicios, se arrepiente enseguida y se postra. Porque, al igual que sus amigos, “sólo de oídas conocía (a Dios)” y, en consecuencia, lo habían concebido según sus cortas mentes.

Sin una experiencia viva de Dios (“ahora te han visto mis ojos”), cualquier queja ante Él -o cualquier alabanza- son pura palabrería (Mt. 6,7), expresiones ociosas y hasta idolátricas; por eso es tan urgente pedir sin cesar la Gracia de la fe, porque siempre la iniciativa es de Él. Incluso los libros piadosos, o las mismas Escrituras, pueden reportarnos la imagen de un dios falso, si el Señor no actúa en nuestro interior para iluminar con su Espíritu nuestra frágil inteligencia. San Pablo lo expresará magistralmente: "también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos qué pedir para orar según conviene, porque el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el pensamiento del Espíritu y conoce que su intercesión en favor de los santos responde a los deseos de Dios" (Rm. 8,26-27).  En suma,  “la letra mata, sólo el espíritu vivifica” (2 Cor. 3,6). 

Job acaba conociendo, por fe, al verdadero Dios. Los amigos, muy versados en la letra de las Escrituras judías –las obras de la ley- no le conocen realmente; memorizarán bien sus versículos pero no los han traspasado para llegar al corazón paternal de la Palabra divina. Ellos seguirán erre que erre con su falso ídolo, porque Dios tampoco se revela a ellos –como hizo con Job- para sacarles de su cerrazón, probablemente porque “Dios resiste a los soberbios, y da su favor a los humildes” (St. 4,6).

Paradójicamente, para Dios -que conoce el barro que somos-, las palabras sensatas de los amigos que exigían humillación a Job, denotaban falsedad y soberbia; mientras que, en la irreverente rebeldía de Job, contemplaba el último vestigio sincero de un corazón destrozado por cuatro partes.  

Al final –irónicamente- es Job el que debe rezar por sus amigos para que los terrores de Dios no se ceben contra ellos. En Job, que es un pagano, comenzamos a intuir la respuesta al gran misterio que sólo se revelará en el Nuevo Testamento: la apertura de Dios a los gentiles por la fe (Ef. 3, 5-6), y la reprobación de los judíos por su incredulidad (Rm. 11).

La luz del Nuevo Testamento nos pone de manifiesto, en definitiva, la insensatez del juicio por las obras que realizan los amigos de Job. Con ser imprescindibles, ni las buenas obras del hombre en esta tierra le garantizan la felicidad aquí, ni le aseguran la salvación en el Cielo. Será San Pablo quien lo exprese de manera definitiva en sus cartas. “El don de Dios no es por obras para que nadie se gloríe” (Ef. 2, 8-9).   

Sólo con la revelación de la Persona de Cristo –el nuevo Job sufriente- en el Nuevo Testamento, se clarificará el drama del husita, pero no con palabras grandiosas desde la tempestad (Job. 38,1), sino con una imagen de locura: la del hombre-Dios crucificado. De ahí -del divino Job de la nueva ley-, brota toda la sublime doctrina paulina de la inutilidad de las obras humanas para alcanzar la justificación (la justicia de las obras, la justicia de los amigos de Job), y la necesidad de la justicia de la fe (la del Job terrenal, cuando “ve a Dios”, cuando se convierte).

Es entonces, cuando arrepentido, agacha su cabeza ante su amor y su designio inescrutable, y adora en silencio. Que Dios le bendiga, reintegrándole la riqueza que perdió es secundario. Al igual que san Pablo, cuando conoció a Cristo –es decir, a Dios-, Job pensará en su corazón que “todo lo estimo ya por pérdida” (Fil. 3,8).

CONCLUSION

Aquí podía haberse cerrado este estremecedor relato, pero no es así, y eso nos deja pensativos. Que Dios le devuelva multiplicados todos los bienes perdidos nos parece un happy end forzado, una contradicción con la tesis fundamental del libro: la crítica con vigor, audacia y hasta sarcasmo a la concepción popular de la justicia divina que vincula automáticamente en esta vida (la única posible para el judío del tiempo de Job), los bienes con los buenos y los males con los malos. Crítica que se expresará en otros excepcionales libros bíblicos como el Eclesiastés:

“pues yo tenía entendido que les va bien a los temerosos de Dios porque le temen, y que no le va bien al malvado, ni alargará sus días como sombra el que no teme a Dios.

Pues bien, un absurdo se da en la tierra. Hay honrados tratados según la conducta de los malvados, y malvados tratados según la conducta de los honrados”

                                                                                 (Ecl. 8,14)

 De tal modo que:

“En mi vano vivir, de todo he visto

Honrados perecer en su honradez,

Y malvados envejecer en su maldad”

(Ecl. 7, 15-16)

Pero el autor sagrado, en el tiempo que escribió la historia de Job, no tenía otra opción. El universo judaico en el que se desenvolvía no alcanzaba a comprender hasta qué punto la conversión final de Job, superaba a todos los bienes materiales que la misericordia de Dios le pudiera reintegrar. De ahí que este genial poeta hebreo, aunque su experiencia vital le mostrase lo contrario, no podía concluir de otra manera que ratificando la denostada justicia de las obras en este mundo.

Pero una vez que Cristo vino a nosotros, los cristianos debimos haber enterrado definitivamente esa concepción. Quizás un eco de la entronización de la justicia de la fe lo encontremos en esa primera comunidad cristiana de Jerusalén, en la que “creían con un corazón y un alma, y ninguno decía ser suyo nada de lo que se poseía, sino que tenían todos los bienes en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante era la gracia sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían bienes y casas las vendían y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hch. 4, 32-35).  

Esa era verdaderamente la justicia de la fe. Aunque narrada quizás con demasiado optimismo por Lucas, sin duda reflejaba con sinceridad el espíritu de una comunidad exultante, transformada por la presencia cercanísima de Jesús muerto y resucitado, y reunida en torno a una mesa fraternal para hacer presente al divino Maestro, celebrando lo que denominarían la fracción del pan (Hch. 2,42). 

Pronto se despertó de ese sueño. Pocos años después, San Pablo criticaba que, en las reuniones litúrgicas, los ricos se atiborraban de comida y bebida hasta embriagarse, mientras los pobres pasaban hambre (1 Cor. 11,21). De todos modos, a lo largo de dos mil años, siempre hubo comunidades humanas, elevadas sobrenaturalmente por la fe, la esperanza y la caridad, donde floreció la justicia de la fe y dieron fruto de ciento por uno. Pero hoy, sin civilización ni Estados cristianos, la justicia de la fe queda reservada a cristianos escasamente organizados (y cada vez menos), mientras una mayoría sigue razonando según la justicia de las obras (hoy no se instruye sobre de la fe católica de otra manera), y desde ese carril van saltando en masa, día a día, hacia la justicia del diablo, por la facilidad con la que los poderosos del mundo la expanden en todos los ámbitos y por todos los medios. Castellani, en "Las parábolas de Cristo" expresó esa decadencia con una estremecedora frase: "El último aliento de una religión que perece es el culto al diablo".

Mientras tanto, la imagen de Job herido, callado y orante, una vez que “sus ojos han visto a Dios”, parece anticiparnos la imagen de los pocos adoradores del Dios verdadero que quedarán en los tiempos finales, y que tan certeramente describió el profeta Sofonías:

“Aquél día (…)

Yo dejaré ante ti

Un pueblo pobre e indigente

Que esperará en el nombre del Señor”

                                                           (Sof. 3, 11-12).

sábado, 13 de febrero de 2021

El bien, la verdad y la belleza prueban que Dios existe.


Voy a exponer este famoso argumento teísta en una serie de proposiciones, que comentaré una a una, rogando a los que tengan la paciencia de leer hasta el final, que me indiquen, si lo estiman oportuno, los errores o falacias lógicas en que haya podido incurrir.

1º.- Nadie razonable duda de que existen el bien, la verdad y la belleza, y de hecho seguirían existiendo como conceptos objetivos aunque el hombre racional no existiera en el mundo.  

Es evidente que, aunque no existiera el hombre ,e incluso, aunque no hubiera absolutamente algo físico en la realidad, aun así, seguirían existiendo verdades indiscutibles y eternas como las de los teoremas matemáticos y geométricos (por ejemplo, en un triángulo rectángulo la hipotenusa al cuadrado equivale siempre a la suma de los cuadrados de los catetos), o los principios axiológicos objetivos (por ejemplo, que un hipotético ser consciente y libre no debe hacer a los demás lo que no quiere para él) o incluso estéticos (una hipotética arquitectura fabricada con diseño y proporción es objetivamente más hermosa que un montón de piedras y palos puestos al azar sin orden ni lógica).  

Por tanto, aunque no existiera lo material, no podemos negar que existirían esas certidumbres (científicas, morales y estéticas). 

2º.- Esas tres certidumbres -llamémoslas con el nombre único de "verdad"-, son por lo tanto objetivas; sin embargo residen ahora de algún modo en la mente humana, porque sin la inteligencia no podrían ser captadas como tales verdades en abstracto.

Existe la verdad, por lo tanto, y posee los rasgos de objetividad y eternidad como dijimos. Ahora bien, parece que, como si fuese un buen parásito, necesita de la mente humana para establecerse. Digamos que, en la realidad exterior al hombre, la verdad está como implícita pero dispersa (multiplicidad de verdades) en los múltiples objetos que nos muestran los sentidos, y que nuestra mente la descubre, organiza y clasifica, de modo que puede afirmarse que existen verdades en potencia o en bruto en cada cosa (son verdades parciales), que se aprehenden por nuestra mente para captar en definitiva su universalidad y eternidad, es decir, la verdad en sentido estricto.  

Ahora bien, ¿en dónde estaba la verdad antes de que el hombre, ser dotado de inteligencia y libre voluntad, racionalizase la complejidad de la realidad? 

Se admite en general por los científicos que en el principio no había nada, pero surgió progresivamente algo -el mundo material, compuesto de materia, energía, espacio y tiempo-, que parece diseñado de antemano mediante un plano previo que contiene esas verdades. Por ejemplo, vemos los hexágonos de un panal de abejas, y no dejamos de preguntarnos por qué lo hacen así desde siempre, con esa perfección diríamos matemática; el hexágono -que es la verdad de una figura geométrica con seis lados- adopta una imagen perfecta en la obra de esos animalillos, aunque sabemos que ellas no lo concibieron o inventaron, más bien les fue impuesto desde fuera. Los que dicen que fue la naturaleza la que les otorgó esa facultad, no pueden explicar por qué la naturaleza (que parece claro que no tiene en sí misma racionalidad) pudo grabar en el instinto de un ser minúsculo, que carece de razón, una figura geométrica, anterior a las abejas y hasta a la misma existencia de lo que llamamos naturaleza.

El mundo material, por tanto, parece seguir una guía bien trazada, de tal modo que al final aparece algo también material pero ontológicamente diferente, el hombre. Éste dispone de un depósito espiritual o mente donde acoge esas verdades, aprehendiéndolas del mundo que le rodea, captándola con sus sentidos, abstrayéndolas con su razón y organizando moral y autónomamente con ellas su vida. La mente humana pareciera ser ese depósito espiritual  donde se posase y reposase definitivamente la verdad desde su eterno vuelo. Nuestro simpático parásito parece que ha encontrado su hogar perfecto.  

3º.- Existiendo la verdad objetiva, sin haber surgido todavía la mente humana, es absurdo afirmar que esas verdades objetivas existieran desligadas de una racionalidad, sea cual fuera ésta.  

Estamos llegando al núcleo de nuestro argumento. Captamos la verdad (aunque no de manera completa, y a veces mezclándola con falacias) porque existimos como hombres racionales, que requieren de sentidos materiales para percibir (imperfectamente) las cosas. Pero cuando el hombre no existía, aún así seguía estando en alguna parte la verdad inmaculada, sin errores. Todavía no había surgido la racionalidad humana que la acogiese en su mente y la extendiese en magnas obras de pensamiento, de moral o de creación artística, pero ahí se encontraba, antes de él. Eran verdades eternas para ser algún día acogidas por él, incluso para transgredirlas por estar dotado de libertad.  

Pero una verdad científica exige un raciocinio riguroso, una verdad moral exige un asentimiento imperativo racional, y una verdad estética exige una mente equilibrada y con criterio; luego, toda verdad, antes del hombre y después del hombre, debe tener necesariamente un soporte racional continuo desde siempre y para siempre, sin que sea posible discontinuidad alguna.  La verdad en sí misma no puede existir ajena a la razón, aunque sus efectos sí se manifiesten fuera de ella. Dicho de otra manera: la verdad científica, moral o estética, reside necesariamente en un raciocinio eterno (que es el único lugar donde se garantizaría la eternidad que le reconocemos a la verdad). Se prueba de la siguiente manera: si no existiese ese raciocinio eterno, si la verdad sólo morase en el raciocinio temporal de la criatura humana, significaría inevitablemente que ahí nació, luego no existiría la verdad más allá de la existencia humana; luego no será objetiva y eterna. 

Pero eso no tiene sentido, porque hemos admitido que la verdad existe antes de la mente humana . Si no está en la mente humana, necesariamente debe residir en otro entendimiento, antes y después del humano; la verdad no puede vivir fuera de su medio natural, que es el pensamiento, como un pez no puede vivir fuera del agua. Es como un parásito bueno -como dijimos- que moriría fuera de lo que denominamos inteligencia. Pero la verdad no puede morir porque demostramos que es eterna. Luego la inteligencia donde resida lo es también necesariamente.

4º.- Debe, por tanto, existir un soporte de esas verdades, una racionalidad fuera y más allá del hombre, y que además tenga la misma eternidad de esas verdades objetivas, de tal modo que una vez que aparezca el hombre, éste pueda descubrirlas, que no crearlas.

La verdad exige, por tanto, un soporte necesario de naturaleza espiritual (entendido en sentido amplio como contrapuesto a material o físico, puesto que precede a la materia); un soporte espiritual, necesario continuo porque sin él, se produciría el absurdo de que no podría existir absolutamente la verdad (que sabemos que existe y desde siempre). Si, como ya dijimos,  el único soporte de la verdad, el bien y la belleza fuese la racionalidad humana -es decir, un soporte temporal, con un inicio y un final, el de la especie humana- no serán verdades absolutas y eternas, sino nacidas desde la racionalidad humana. En tal supuesto, el ser humano no descubriría la verdad (pues ésta no le precedería), sino que él la crearía, en cuyo caso se daría el contrasentido de que un ser finito crease una realidad que existe ex ante y ex post. Absurdo a todas luces. En materia de verdad, descubrimos lo previo (que es eterno); no creamos lo nuevo (que no es eterno). Nosotros participamos ahora, en fin, de una verdad que existe antes de todo tiempo (lo que hemos ya probado), y moraba en una inteligencia tan eterna como es ella (lo que estamos intentando probar). 

Violaríamos, por tanto, el principio de contradicción, si afirmáramos la objetividad eterna de la verdad, y a la vez sostuviésemos que su único soporte fuese la razón humana (que es temporal como sabemos, pues está vinculada a la vida del hombre, la cual nadie duda que tiene un inicio en el tiempo).  

Nadie, en fin, con un mínimo de seso niega que esas verdades existían antes de los hombres comenzasen sus andanzas en la tierra, y ahí seguirán aunque se extinga la especie humana y desaparezcan sus grandes obras. Por lo tanto, si las verdades existen eternamente,  ¿tiene sentido afirmar que estaban, antes de la mente humana, como desperdigadas y confusas, primero en una nada absoluta, y luego actuando misteriosamente y configurando e impregnando de sentido y de rigurosas leyes físicas y morales la realidad material (y espiritual) que iba a surgir como por arte de birlibirloque?  Eso es tan absurdo como afirmar -siguiendo la metáfora anterior- que un parásito puede vivir fuera de un huésped, ¡y puede crear ex nihilo a su huésped para ocuparlo! No podemos atribuir,  en fin, poder, finalidad y sentido a las ideas abstractas de verdad, bien y belleza, a menos que las conexionemos con un raciocinio que tenga además voluntad y capacidad de hacer y crear. En definitiva, estas ideas en sí mismas, no pueden vivir sin estar contenidas en una inteligencia; no tienen capacidad finalista alguna si no están dirigidas por el soporte que las contiene desde siempre, soporte inteligente, racional, eterno, y dotado además de inmenso poder y bondad. 

5º.- Esa racionalidad intemporal, donde se encuentran desde siempre las verdades eternas, es Dios. Luego Dios existe .

¿No es, por tanto, inevitable admitir que ahora mismo están esas verdades preservadas en el hombre racional y en su obra, pero que más allá del hombre y de la naturaleza, cuando no había absolutamente nada, esas verdades también se guardaban en un soporte racional, que además y sobre todo era el mismo fundamento de todo lo que ahora consideramos bueno, bello y hermoso? Dicho de otro modo, percibimos ahora la verdad, el bien y la belleza (de las cosas) porque antes, ahora y siempre existe la Verdad, el Bien y la Belleza (en sí mismas), es decir, lo que llamamos Dios, el mismo ser necesario (e invisible al sentido humano), cuya esencia se identifica con su existencia, ipsum esse subsistens.  

Por lo tanto, dándole vueltas a este problema filosófico, llegué a la conclusión que lo único razonable  es asumir que esas verdades eternas dimanan de una fuente única y eterna (plenitud de racionalidad, de bien y de belleza). Y que esa fuente -aunque concedo que es absolutamente desconocida en esencia-, tiene necesariamente un poder inmenso de crear (la realidad material y biológica), y una voluntad firme y bondadosa de compartir su poder creativo con el hombre (un ser espiritual como Él), al que hizo a su imagen y semejanza (porque piensa y ama), y al que dotó de su mismo sentido de la belleza, la verdad y el bien, que en Él mismo se encontraban en plenitud ontológica.

6º.- ¿Es posible, finalmente, otra explicación diferente a la expuesta, que sea rigurosamente racional?

No, o al menos no la concibo. Como diría Santo Tomás en su Suma Teológica, cualquier otra posible explicación, está respondida y desmentida en los párrafos anteriores.





martes, 2 de febrero de 2021

Cientificismo

 


Me gusta la ciencia, me gusta su método de conocimiento, esto es, el examen –por vía inductiva y experimental- de las propiedades y aplicaciones de objetos que pueden ser pesados, medidos o contados, y que para ello usa de la magnífica herramienta que es la matemática. La ciencia proporciona así unos extraordinarios beneficios a la humanidad, al facilitar la vida práctica de las personas. Me agrada leer libros divulgativos sobre ella, sobre todo de aquellos aspectos de las ciencias que están, como diríamos, en el borde mismo del objeto de su análisis, tanto en el sentido más grande (el universo), como en el aspecto más reducido (la estructura última de la materia). Y con todos ellos -aunque a veces he tenido que hincar los codos en la mesa para entenderlos-, he disfrutado y sigo disfrutando. Porque allí donde acaba la física, en las orillas mismas de la materia, comienza la metafísica, la cual –de ser ciertas sus conclusiones acerca del ser subsistente y causa no causada- resulta, sin duda, mucho más decisiva para la vida de los hombres que los beneficios para nuestro confort que nos reportan las aplicaciones diarias del conocimiento científico. La física, en definitiva, me gusta, pero la metafísica me apasiona. Y con ambas me tengo que estrujar bien el cerebro para comprenderlas correctamente.

Sin embargo, he observado con preocupación cierta deshonestidad en algunos científicos que, situados en ese borde exterior o interior, se aventuran a ciertas conclusiones metafísicas en negativo, generalmente negando la existencia de cualquier objeto de conocimiento que exceda de los límites de ambos bordes, o despreciando la osadía de aquellos que pretendan fundamentar metafísicamente el hecho de la existencia de la misma materia, reduciendo, en fin, el conocimiento a la mera explicación o descripción de un sistema materialista cerrado y autosuficiente.  El simpático Carl Sagan lo definió de una manera definitiva en su mítica obra “Cosmos”: “El cosmos (universo) es todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que será”. Amén.    

Pero con todos los respetos a Carl Sagan (q.e.p.d), eso no es ciencia, sino cientificismo; en definitiva, es una filosofía, o más concretamente, una pésima filosofía porque no pretende explotar el raciocinio humano hasta los últimos límites, sino expresar  su rotundo fracaso mediante un intolerante acto de fe: el único conocimiento válido es el científico materialista strictu sensu…y punto. Sólo existen la materia, la energía, el espacio y el tiempo como objetos físicos, y sólo la ciencia puede versar sobre ella. Y la filosofía que no moleste con dudas, que se limite a merodear por sus contornos, y que no se atreva a reiterar las pesadas e irresolubles preguntas del pasado acerca de fundamentos últimos de la realidad.

Sin embargo, el mero sentido común nos asegura de que existe algo que llamamos mente (o espíritu), y que tiene unas inmensas potencialidades cognoscitivas por la vía de la abstracción (universalizando lo particular de la cosa material, ascendiendo a causas primeras, buscando causas últimas, y explorando lo necesario tras lo contingente), amén de potencialidades creadoras (a través de la belleza de la obra artística o intelectual). También nos dice que conceptos como “verdad”, “bien” o “belleza –que sólo un loco niega que existan- no encajan en una visión estrictamente materialista, y finalmente nos recuerda que todos los hombres usan –para la ciencia y la mera vida corriente- de ciertos principios son en rigor indemostrables (como el principio de identidad, de contradicción o de causa-efecto), y que si no los atendiese se haría imposible no sólo la ciencia, sino la misma vida humana. Hay, pues, más vida tras el cientifismo materialista. Muchísima más.  

El cientifista o cientificista nos argüirá, entonces, desenterrando el mantra kantiano de que las conclusiones intelectuales a que llegamos por ese camino son indemostrables noúmenos, y que por tanto sólo hay que atender a la certeza que dan las ciencias, y que si, como sucede, la ciencia nos ayuda a vivir más y mejor aquí, para qué necesitamos otras cosas. Kant –según el cientifista- fijó para siempre los límites del conocimiento, y conceptos como yo, mundo o Dios son meros noúmenos, es decir, conocimientos razonables, pero inasequibles a la experiencia empírica y por tanto no demostrables.    

Habría que responder a ello que, aun admitiendo que fuera cierto el sistema de Kant (que en España fue criticado por Balmes en su extraordinaria Filosofía Fundamental), en todo caso, el filósofo prusiano nunca llegó al disparate del cientificista moderno, que concluye falazmente en que al no poder verificarse de manera empírica el noúmeno, se deduce su inexistencia o, al menos, su irrelevancia para determinar y condicionar cómo vivir. Y por lo tanto “comamos y bebamos que mañana moriremos” (1 Cor. 15,32). De hecho, Kant asumió una vía más allá de la razón pura -la razón práctica- para poder admitir la verdad del noúmeno más importante, Dios.

Por tanto, el cientificismo jamás podrá, desde su cerrado esquema a priori, contestar satisfactoriamente a determinadas preguntas sobre la existencia humana (las más decisivas). Pero no es comprensible eliminar esas indagaciones del pensar humano (como parece que se pretende hoy, desde ámbitos académicos y mediáticos), sino que procede profundizar en otras vías, en los ricos caminos por el que han transitado los grandes filósofos de la humanidad (especialmente los que respetaron la objetividad de la realidad, y no cayeron en esos errores monumentales del idealismo o del positivismo).

Parece muy poco científico, pues, no aventurarse en caminos –más allá de la materia- para buscar un conocimiento que puede ser verdadero, y que tantas luces dio en filosofías antiguas como la de Santo Tomás de Aquino. Un conocimiento que, además, es más decisivo que el que nos aporta la ciencia, porque –de ser ciertas las conclusiones a las que se puede llegar por ese razonable camino- ampliaría el objeto del conocimiento de una manera vertiginosa. La ciencia es útil, aquí y ahora; pero aquel conocimiento, aparte de ser útil para la vida, aquí y ahora (en cuanto la fundamenta rotundamente), nos abre la puerta de un mundo nuevo, para cuyo conocimiento vale la pena arriesgarse a transitar.  Es más, negaríamos el mismo hecho de ser hombres si cerrásemos la puerta a filosofar, a buscar la primera y última causa del ser.   

El cientificismo, en conclusión, no es ciencia sino filosofía…y de la peor; es suicida, es filosofía que se niega a sí misma. Sin embargo, es frecuentísimo oír hoy por muchos ámbitos, sobre todo universitarios, ese eco cientificista, y si alguna vez alguien tiene la funesta manía de pensar más allá de los esquemas puramente materialistas, se le llama iluso o se le espeta que pierde el tiempo.  El cientificista del siglo XXI es el heredero del positivista del siglo XIX, e intenta poner las últimas tachuelas al ataúd de la filosofía, que Comte comenzó a colocar.

Afortunadamente, el hombre por naturaleza es curioso (su espíritu lo es), y se cuestiona los sistemas que pretenden encerrarle, con la ayuda del ambiente mediático, en una vida meramente sensitiva e ínfima.  Incluso en nuestra época, donde el ser humano de manera preocupante ha descendido a niveles animalescos en su vivir y en su pensar, por cada clavo que eche un cientificista al ataúd de la filosofía, habrá muchos más que con alicates en la mano, arranquen esos clavos. Porque muchos tenemos aún la esperanza de abrir definitivamente la caja de nuestra existencia y confirmar, algún día, lo que intuíamos con casi absoluta seguridad en nuestra vida en la tierra. Que existía la verdad, el bien y la belleza, con una peculiaridad: que había que escribirlas en mayúsculas.

jueves, 26 de noviembre de 2020

¡Rezad por Maradona y dejad de profanar el segundo mandamiento de la ley de Dios!


                                                                                        
Admitamos con resignación que son malos momentos para nuestra cultura judeo-cristiana, cuyo fundamento es la veneración y cumplimiento de los diez mandamientos de la Ley que el Señor entregó a Moisés en el Monte Sinaí. Hoy, los jóvenes de mundo, al nombrarles esa montaña sagrada, dirán que es un conocido hospital de EE.UU donde acuden actores famosos, pero lo cierto es que allí, en ese monte desértico de Egipto, se fundó nuestra civilización espiritual que actualmente agoniza. 

Podemos afirmar que, de ese luminoso decálogo, nuestro mundo ha arrojado unos cuantos preceptos a la basura:  desde primero al cuarto mandamiento (relativos al amor a Dios y al honor debido a los padres), así como el sexto y el noveno (sobre los actos y pensamientos impuros) y el octavo (sobre la mentira, pues hoy sólo se proscribe la Verdad). 

Al vertedero, pues, sin mayores explicaciones, porque yo lo valgo, como dice un famoso anuncio televisivo. Los restantes (no matar, no robar o no codiciar los bienes del prójimo), los mantenemos vigentes, más por un hipócrita pudor intelectual que por convencimiento. Nunca como hoy se habla de reducir drásticamente la población mundial, pero eso sólo se puede hacer matando. Y nunca como en nuestra época, se pretende concentrar la riqueza en menos manos y el poder en pocas mentes. Para implementar ese siniestro plan, se empobrecerá a futuras generaciones mileuristas,  y simultáneamente se las bombardeará con perversas ideologías para domarlas, y obligarlas a aceptar el nuevo orden. Se les robará, a la vez, las haciendas y las almas.  

En definitiva, no sólo hemos pervertido algunos eternos mandatos que fundaron nuestra civilización, sino que hemos defenestrado otros, echándolos al vertedero de la historia. Sin embargo, hoy mismo hemos removido ese basurero y recuperado uno de los más olvidados preceptos del decálogo, el segundo, aquél que prescribe el uso escrupulosísimo del nombre divino. Pero lo hemos hecho para profanarlo aún más, al aplicarlo a un mortal que acaba de fallecer. Y eso merece una pequeña reflexión. 

Se trata de alguien, cuyo mayor mérito en esta vida fue manejar con la impresionante habilidad de sus pies una vejiga de cuero llena de aire. Un don regalado por Dios, dicho sea de paso. Gracias a ello, alegró la vida de muchos (ojo, también la mía en algunos momentos, no lo niego), pero pervirtió a otros tantos, llevándoles, bien a la idolatría stricto sensu, pues hasta fundaron una “iglesia” con su apellido, o bien, al menos, a una ignorante estupidez.

No descubro nada nuevo si afirmo que era un personaje que, como es público y notorio, tenía muy poco de ejemplar en otras facetas de la vida, aparte del deporte rey, aunque el juicio definitivo no nos corresponde a quienes vivimos en su tiempo, ni siquiera a quienes lo conocieron con familiaridad. Esa recapitulación total y sentencia inapelable sobre su intensa vida sólo pertenece a Aquél del que hoy casi nadie quiere saber, pero ante el que TODOS, sin excepción, estaremos obligados a comparecer algún día para rendir cuentas (como Maradona ha hecho ya). Cuentas, no de las patadas que hemos dado a un balón, sino de aquellas con las que hemos dañado al prójimo o a nosotros mismos, y violado la ley de Dios. 

Que conste que a mí me gusta mucho el fútbol; es más, soy seguidor –y accionista (poseo una sola acción)- de uno de los grandes clubes donde este futbolista se vistió de corto, durante la temporada 1992-1993: el Sevilla FC (dejando más oscuros que claros, desgraciadamente). Pero la vida es mucho más que la profesión que nos da de comer, o las actividades que nos consuelan, distraen y alegran en tiempos de ocio. La vida humana, o es un camino directo al Cielo, o es una caía definitiva a la perdición, y desde esta perspectiva, el éxito o fracaso de nuestros empeños humanos, son irrelevantes. 

Como dice Castellani: 

“La vida más acabada 
Es hacer que el hombre en Gracia acabe, 
Pues al final de la jornada, 
El que se salva sabe 
Y el que no, no sabe nada”. 

Por todo ello, muy flaco favor se le hace a este hombre si, en vez de rezar por su alma –como siempre se nos ha enseñado en la recta religión-, nos dedicamos a tomar en vano el nombre de Dios, el nombre que quien no cederá su gloria a nadie (Is. 42,6). Y no pensemos que al ponerlo en minúsculas, menos grave será nuestro quebrantamiento. Al Señor le ofende el que meramente le mencionemos, como no sea para implorarle, alabarle o darle gracias. Idolatría es adorar o llamar dios, a lo que no es Dios, y ese pecado lo comete tanto el que idolatra como el que es objeto de la misma, al consentirla. En consecuencia, perjudica y pone en peligro la salvación del alma de aquel que, en el trance de la muerte, sólo necesita oraciones por nuestra parte, y sin embargo, siendo ya potencial pasto de gusanos, sólo encuentra descerebrados por doquier que proclaman su grotesca divinidad.

¿De verdad que amáis a Maradona? Si ciertamente le queréis de corazón, rezad por él, por su alma, y pedid a Dios misericordia para él, para que la sangre de Cristo -no hay otra que salve- sea la que haya pagado por sus pecados. 

Estad seguros de que a Maradona, cuando comparezca ante el Altísimo, el demonio le acusará con un altavoz en el que escuchará los alaridos idolátricos de sus forofos que vociferan ¡es dios! En este momento se horrorizará ante ellos, aunque en su vida, con enorme insensatez, los había aprobado, tácita o expresamente. Pero ahora los aborrecerá con inimaginable dolor, porque sabrá con certeza que la idolatría es el peor de los pecados, mucho más que una vida disoluta. Por ello, desesperado, querrá gritar a esos fanáticos:

 ¡Callad, necios, dejad de proferir esta blasfemia, y rezad por mí, porque cada idolátrico berrido me acerca al infierno, pero cada oración me lleva al Cielo! 

Por tanto, ¿queréis lo mejor para Maradona? 

Orad por él, y no blasfeméis y digáis estupideces. El resto queda en las justas y misericordiosas manos de Dios. 

sábado, 21 de noviembre de 2020

La salutación del ángel a María según las biblias españolas.



                                                                   I

Aún no existía, pero era amada de un modo único desde la eternidad. Tampoco había tiempo ni espacio, pero allí, en los vacíos e invisibles pliegues de la nada más radical estaba, como paradoja de las paradojas, Aquél que ES plenitud del SER, ipsum esse subsistens; Aquél que en sus designios de amor, modelaba en su inteligencia absoluta una criatura excepcional, en gracia y hermosura, que algún día iba a albergarle en su vientre virginal. 

Primero, Él creó ex nihilo la realidad, material y espiritual, para su gloria y por amor hacia nosotros. De tal modo Él nos amaba, que previó la caída del hombre, pues a causa de esa culpa, nos otorgaría unos bienes que nadie –y más en esa situación de pecado en el que vivíamos- pudo imaginar: a una madre y al mismo Dios, hecho uno de nosotros. Pero Él, que es Amor, la quiso a ella de una manera especial y, como enamorado, la engalanó con los mayores dones que podía regalar a la mujer amada. 

“Ella, más que todos los hombres y más que los ángeles "fue elegida en Cristo antes de la creación del mundo", porque de modo único e irrepetible fue elegida para Cristo, fue destinada a Él para ser Madre”, escribió Juan Pablo II en su homilía de la festividad de la Inmaculada del año 1980. Creó Dios a María, pues, para ser esposa del Espíritu Santo y madre de su Hijo, el redentor de cada uno de nosotros. Y al igual que ella con las cosas de su Hijo, Dios la guardaba en su corazón desde toda la eternidad. 

Y después de una larga expectativa, incluso para el mismo Dios para quien no existe el tiempo (pues todo enamorado lamenta el transcurso de la espera), llegó el día en el que pudo declararle a ella su inmenso amor, amor puro y fecundo, tanto que abrazaría al mundo y aun al universo entero por los siglos de los siglos. El Evangelio de San Lucas describe ese inmortal momento en la escena de la Anunciación del Ángel (Lc. 1,28) y, por ello, los novedosos conceptos que empleó aquel mensajero del Dios único e invisible, más allá del sentido que le den los expertos en lenguas antiguas, sólo pueden ser entendidos en un ámbito más allá de la semántica estricta. 

Esa es la razón de que, después de muchos años leyendo y releyendo numerosas traducciones de la Biblia al castellano, haya llegado a la conclusión de que ciertos vocablos -más allá del significado en el que consienten o disienten los expertos en las lenguas originales-, son más correctos o más incorrectos, no en sí mismos, sino en la medida en que expresen la trascendencia -o incluso emotividad- del momento que describen. Es el caso paradigmático, como digo, de la salutación del arcángel Gabriel a María en Nazaret, el momento en el que Dios comienza a cumplir la promesa dada a nuestros primeros padres en el libro del Génesis:
 
Enemistad pongo entre ti y la mujer, 
Entre tu estirpe y la suya, 
Ella te aplastará la cabeza 
Y tú le herirás el calcañar” 
(Gen. 3,12) 

                                                                           II

El arcángel Gabriel se dirige a María con palabras humanas, sin duda alguna (no interesa ahora si fue una conversación externa o una locución interna), pues expresamente el evangelista –que pudo recabar ese testimonio de la misma Virgen María, según la tradición-, anota que ella “se turbó al oír esas palabras”. Hoy sabemos que esas palabras, en griego, fueron:  

“Jaire, Kejaritomene, o Kyrios meta su”. 

 Y que en la primera traducción latina se vertieron como: 

 “Ave, gratia plena, dominus tecum”. 

 Las primeras versiones castellanas del Nuevo Testamento, desde el griego original –las de Francisco de Encinas de 1543 y la de Juan Pérez de Pineda de 1556 (autores protestantes ambos)-, usaron las mismas palabras que hoy empleamos los católicos en nuestras biblias y en nuestras oraciones: 

 “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo”.

Aunque, ciertamente, el idioma utilizado por María y el ángel debió ser el arameo (el único, junto con algo de hebreo, que seguramente dominara la dulce doncella nazarena), sólo conservamos el griego con que San Lucas narra ese encuentro. Y la palabra clave y central de ese saludo es Kejaritomene, única vez en toda la Biblia en que se utiliza ese término; más aún, podemos decir –siguiendo a los lingüistas- que se trata de un verdadero neologismo y un pronombre, usado por Lucas para describir algo radicalmente nuevo –a alguien con una misión única en la historia- y, por tanto, sin que sea factible emplear, por esa novedad, ningún otro término del idioma de la Hélade. María es por excelencia, de manera única, kejaritomene; a ningún ser humano, del pasado, del presente y del futuro, se le podrá describir con semejante palabra. Podía Lucas haber usado con ella la expresión –no la palabra precisa- con la que se refiere a Esteban en Hch. 6,8 –pleres jaris, pleno de gracia-, pero como aclaran los lingüistas, en el caso del protomártir, no se refiere a un estado permanente que exija un nombre nuevo, sino una situación operada por el Espíritu Santo en su alma durante el escaso tiempo en que predicó en evangelio y fue martirizado. Sólo María es kejaritomene, con plenitud de gracia desde siempre, esto es, desde que sólo era la más hermosa de todas las hermosas ideas de la inteligencia eterna del Creador del mundo. 

Por ello, la traducción más atinada de ese término es aquella que recoja con la mayor fidelidad la esencia de lo que quiso expresar con ella el Dios enamorado de María y, en consecuencia, me parece acertada la expresión de que usamos los católicos hispanohablantes: 

 “Dios te salve, María, llena eres de gracia”

Ese mismo saludo se encuentra mayoritariamente en las biblias católicas, tanto las traducidas desde la Vulgata latina, como la Biblia de Felipe Scío (1794), o la Biblia Petisco Torres Amat (1825), así como en las modernas, vertidas desde los idiomas originales, como la elegante Biblia Nacar Colunga (1944, y revisiones), las extraordinarias Bover Cantera (1947 con sus revisiones) y Straubinger (1958), o las sólidas Biblia de Jerusalén (1998) y Biblia de Navarra (2004). 

La excepción la encontramos en la Biblia Schokel-Mateos (1975), traducida en general con una brillantez y sentido literario admirable (aunque la impresión que me produjo al leerla hace años fue de excesiva libertad), que traslada la salutación como: 

 “Alégrate, favorecida”. 

La más moderna Biblia de nuestro pueblo (2015), una versión popular de la Biblia Schokel, también lo hace de la misma manera anterior, aunque esa peculiaridad, al lado de las barbaridades modernistas y marxistas con las que se despacha en sus abundantes notas a pie de página, convierte ese detalle en insignificante. Por ejemplo, en el relato de Lucas de la anunciación, pretende tranquilizarnos porque el autor sagrado “no se queda en lo ficticio y lo extraordinario”, o cuando critica que el Magníficat se haya convertido hoy en un “un cántico a la resignación y a la espera pasiva”. Y este bodrio –aclaro, buena parte de las notas, no la traducción, que por lo general es hermosa- cuenta con el nihil obstat del Arzobispo de Tegucigalpa, el mediático Oscar Madariaga. 

                                                                    III

Las biblias que hoy editan los protestantes, traducen el kejaritomene lucano con las palabras suaves de “favorecida” o “agraciada” y, aunque ésta traslación no sea en estricto sentido errónea, sí es enormemente desangelada, si partimos –como hemos hecho aquí- de que María era especialmente amada por Dios desde siempre, y que –como es usual en el enamorado- creó para ella una nueva palabra, kejaritomene, para describir la intensidad y sobreabundancia de su amor. 

Sus usuales Biblias Reina-Valera de 1909 o 1960 transcriben esa palabra como “muy agraciada” o “muy favorecida” Pero no sólo lo hacen así las biblias actuales de los protestantes, en contra de las traducciones más antiguas de ellos mismos, como la de Francisco de Encinas y la de Juan Pérez de Pineda, en el siglo XVI. Otras modernas biblias católicas no disimulan sus intenciones ecuménicas, y acogen sin complejos la restrictiva interpretación protestante del término griego, eludiendo el hecho de que, como dice un inciso de la magnífica biblia católica Bover Cantera de 1947: 

“crece el valor significativo de esa expresión –plenamente agraciada- al ser empleada como sustituto de nombre propio: justamente puede ser llamada la “llena de gracia”. 

 Tengo ahora, aquí mismo, una Biblia prologada por Monseñor Javier Salinas, obispo de Tortosa (presidente además de la comisión de catequesis de la C.E.E), titulada “La biblia ecuménica. Dios habla hoy. Traducción interconfesional (sic) directa de los textos originales: hebreo, arameo y griego (Edelvives, 2018), y así traduce Lc. 1,28:

“Te saludo, favorecida de Dios”. 

 Menos mal que la biblia oficial que se usa en las Misas Católicas en España, la versión oficial de la C.E.E. (2010), emplea el término católico (y más adecuado) de: 

“Alégrate, llena de gracia”. 

En el pie de página esa biblia se anota lo siguiente: (28).- “Favorecida por Dios de manera singular”, lo que, sin ser una aclaración incorrecta, como hemos reconocido, sí es abiertamente insuficiente para expresar aquello que está acaeciendo en ese sublime diálogo, del que literalmente dependió la salvación de la humanidad o su definitiva condenación. Si afirmamos, por ejemplo, que El Quijote es una parodia de los libros de caballería, diremos lo cierto; si afirmamos que sólo es una parodia de los libros de caballería, sostendremos un error monumental. El Ángel, por tanto, con el neologismo kejaritomene, no se refirió a la persona de María sólo como una persona especialmente agraciada o favorecida. Obviar esto en la traducción, es cometer un gravísimo error: es un modo de engañar con la verdad. 

En definitiva, es sustancialmente diferente calificar a una persona como “muy agraciada”, o como “llena de gracia”. Llamar lo primero a la mujer que amamos es casi despectivo por insuficiente; llamarle lo segundo, tiene más sentido (aunque acaso también se nos quede corto, a mi humilde parecer, como luego veremos). 
                                                                        
                                                                       IV

Por último, entre el “llena de gracia” de las biblias genuinamente católicas, y el “agraciada” de las protestantes y católicas protestantizadas, encontramos una nueva traducción, en la que quiero detenerme un poco. Se encuentra en la primera biblia castellana traducida íntegramente de los idiomas originales, la llamada Biblia del Oso, publicada en 1569 en Basilea por Casiodoro de Reina, fraile español (nacido en Montemolín, Badajoz, que pertenecía entonces al antiguo reino de Sevilla), y que profesó como jerónimo en el Monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, a las afueras de Sevilla. Huido con otros famosos heresiarcas, como Cipriano de Valera o Antonio del Corro, al comenzar la persecución de la inquisición contra los focos protestantes de Sevilla y Valladolid en 1556, viajó por varias ciudades europeas. En Ginebra criticó la ejecución en la hoguera de Servet (unos años antes, en 1553) y chocó con el horrendo puritanismo policial impuesto por Calvino. Marchó luego a Londres y a otras ciudades europeas como Estrasburgo, Amberes o Basilea, siempre escapando de los agentes de Felipe II y, a veces, de otros reformistas, que miraban con lupa sus escritos, recelaban de sus simpatías por los perseguidos anabaptistas, y, en general, de su sentido de la tolerancia religiosa en una época donde casi nadie permitía la menor discrepancia en materia de fe. Michel de Montaigne relata, por ejemplo, en su Diario de viaje a Italia (1581), que en la ciudad alemana de Kempten, se encontró a un luterano que “dijo francamente que prefería oír cien misas antes que participar en la cena de Calvino”. Y que consideraba diabólicos (sic) a los zwinglianos por destrozar a mansalva tantas preciosas imágenes en las iglesias de toda Europa. 

De Reina se casó, y se asentó definitivamente en Francfort, donde moriría siendo pastor de la comunidad luterana de aquella ciudad en 1594, sucediéndole su hijo Marcos en el cuidado pastoral de aquella comunidad. Sus acérrimos enemigos calvinistas se burlaban de él, calificándole de “el Moyses español”. 

Entre tantos viajes, persecuciones, incomprensiones y sobresaltos, maravilla que pudiera componer esta obra verdaderamente histórica, la primera traducción al castellano de la biblia completa, desde los idiomas originales hebreos, arameos y griegos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Y hacerlo con tal honestidad moral, intelectual y religiosa –que algún día me gustaría comentar-, y con un estilo viril de inigualable belleza, con la rotundidad del mejor castellano del siglo de Cervantes, el primero de los dos siglos donde la lengua española fue auténtico oro refinado. 

El gran Menéndez y Pelayo reconoció su mérito en su magistral Historia de los heterodoxos españoles, considerándola superior a las versiones castellanas de la vulgata de Felipe Scío y de Torres Amat, ambas católicas. 

Ahora la tengo abierta en mis rodillas, y no hago su encomio de oídas. Qué gozo leyéndola, devorándola palabra a palabra, pues, como dijo Jeremías: 

“Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba, 
tus palabras eran mi delicia, 
la alegría de mi corazón” (Jer. 15,16). 

Qué inmenso bagaje religioso, cultural y literario ha perdido nuestra patria, en definitiva, por relegar esta prodigiosa obra al infierno del Índice de libros prohibidos. Como bien dijo el novelista Antonio Muñoz Molina “que sea desconocida para casi todo el mundo es una de las calamidades de nuestra literatura, y de nuestro idioma”. 

                                                                       V

Pero volvamos al tema que tratamos. Reina, tomando como referencia el Textus Receptus de Erasmo, y teniendo presente los Nuevos Testamentos de Encinas y de Pérez de Pineda, se aparta totalmente de éstos en este detalle del que tratamos aquí, en la salutación del ángel, el cual traduce como: 

“Gozo hayas, amada, el Señor es contigo”. 

Encinas y Pérez de Pineda, al decidir la palabra castellana, siguieron literalmente la traducción latina del término griego –gratia plena- y, por ello, se vertió en sus Nuevos Testamentos en español como “llena de gracia”. Reina se apartó bruscamente de aquellos en este lugar, y me gustaría aventurar una hipótesis absolutamente personal de la razón por la qué lo hizo. 

En primer lugar, debemos reconocer que Reina, como la mayoría de los reformadores primitivos (a diferencia de muchos protestantes actuales), sentía un impresionante cariño y veneración por la bienaventurada Virgen María, y no hubiera permitido nada en desdoro de ella. La prueba está en su propia Biblia, donde en la nota sobre los hermanos y hermanas de Jesús (Mt. 13, 55-56), indicará que se refieren a sus parientes y sus parientas. O la extensa acotación que añade al versículo de Mt. 1,25 “(José) no la conoció hasta que parió a su hijo primogénito”, en la que –como si fuera un exégeta católico de los que ya apenas quedan- añadirá: 

"no por eso se sigue aquí que después la conociese, porque no se pretende aquí probar más sino que Cristo fue concebido por obra de varón. Además es frase de la Escritura que “hasta que etc” por “jamás” Is. 22,14”

Como vemos, el apestado protestante sevillano, da aquí una lección a tantos acobardados (y faltos de fe) exégetas católicos de los últimos cincuenta años, que una y otra vez –con silencio de sus superiores e incluso con su aprobación oficial- ponen en solfa el dogma de la virginidad perpetua de María, y de cualquier otro que se tercie. En realidad, su Biblia del Oso es profundamente católica, y desde luego mucho más que tantos engendros que hoy se publican con el nihil obstat de nuestros prelados. Algún día, D.M, espero escribir sobre ello. 

Sin embargo, el sevillano Reina tuvo la convicción sincera de que, al verter la palabra “kejaritomene” al castellano, no era adecuado poner “llena de gracia”. Desde el punto de vista filológico, el sentido más literal de “agraciada”, en principio, cuadraba mejor que el término tradicional, sacado de la Vulgata latina “llena de gracia”. No digo que tuviera o no tuviera razón en esa conclusión –que no lo sé-, sino que probablemente él planteaba el problema de aquella palabra griega desde esta insoluble problemática: el sentido estricto de aquel neologismo –plenamente favorecida-, no hacía justicia a lo que tanto él –como todos los que los hemos meditado sobre ese grandioso episodio de la historia de la salvación- deducía del mismo: que aquello era (no sólo parecía) una impresionante declaración de amor de Dios, enamorado de María desde la eternidad, y que llamarla “agraciada” (aunque fuese más correcto), era insuficiente y hasta ridículo. 

Pero por otro lado, tampoco veía con claridad –por razones filológicas, es decir, de honestidad intelectual- el clásico “llena de gracia” y así, en la nota que coloca al margen de este versículo dice:

 “A saber, la que has hallado gracia, que eres amada, agradable graciosa”. 

Al final –según mi hipótesis- siguió el camino que le marcó la sabiduría de su corazón. Y entendiendo aquella escena como la inefable declaración de amor que fue, no tuvo en cuenta ni el término “gracia”, ni la palabra “agradable”, ni –menos aún- el cursi vocablo “graciosa”. 

Usó, por tanto, la palabra “amada”, porque eso es exactamente lo que Dios le quiso decir a María desde la eternidad: que te quiero, que estoy enamorado de ti antes de que comenzase el tiempo, y que serás la madre de mi Hijo, el Verbo de Dios, quien hecho hombre, salvará al pueblo de sus pecados (Mt. 1,24). 

Sin ser, desde luego, el vocablo “amada” el más exacto, sí era el más verdadero.

Sorprendentemente, en la homilía -que referí al principio- del santo papa Juan Pablo II del año 1980, explicando el término griego usado por Lucas, kecharitoméne, confirmará, sin decirlo, el acierto de Reina de usar el término amada en su memorable traducción. 

Dijo entonces el gran papa polaco: “En el texto griego del Evangelio de San Lucas este saludo se dice: kejaritoméne, es decir, particularmente amada por Dios, totalmente invadida de su amor, consolidada completamente en El: como si hubiese sido formada del todo por El, por el amor santísimo de Dios”.

Tres siglos después, la traducción única de aquel fraile sevillano/pacense, que se sumó a la mal llamada reforma –y cuyos reformadores calvinistas le hicieron la vida casi tan imposible como los espías del rey español y la inquisición-, se abraza con la interpretación del último papa santo. Me llena de alegría que la bienaventurada Virgen María haya sido la ocasión de ese inesperado encuentro. 

Ojalá nuestros hermanos separados comprendan que, al nombrar a la elegida por Dios desde la eternidad, no podemos ser apocados en los conceptos, como bien intuyó Reina al verter como amada la profunda palabra griega. Y ojalá algún día ella -la madre de Dios (Lc. 1,43), la kejaritomene, sobreabundante de gracia (Lc. 1,28)- no sólo no sea un obstáculo para la unidad, sino el corazón maternal, que con su belleza, su sabiduría y su sacrificio, nos a lleve todos sus hijos al encuentro con el Hijo por excelencia, Aquél a quien toda lengua proclama Señor para gloria de Dios Padre.

sábado, 7 de noviembre de 2020

El país de las higueras. Una parábola sobre el Sacrificio de la Misa.

    


                                    

                                         I.- LA HISTORIA UNIVERSAL. EL ASCENSO.


Érase una vez un bellísimo país muy cercano, regido por un joven rey, sabio y poderoso, cuya misericordia excedía con creces a su justicia, y cuyos vasallos encontraban en él a un verdadero padre. De hecho, todos tenían la certeza de que este monarca sería capaz de entregar su vida, su dignidad y su gloria por el más indigno de ellos.


Ese país era muy diferente a otros que le rodeaban, pues de la tierra sólo brotaban numerosas higueras; ahora bien, poseían tanta belleza y fecundidad, que sus hojas eran perennes, y sus higos no sólo germinaban entre la primavera y el verano, sino durante todo el año. Ningún otro árbol brotaba en ese extenso reino, pero el fruto de aquéllas cubría con creces las necesidades alimenticias del pueblo, que vivía feliz y en paz, con un clima apacible en cada estación del año. 


El rey había encomendado la gobernanza de su territorio a numerosos gobernadores, los cuales, al final de su mandato, debían rendirle cuentas. Los gobernadores delegaban en los agricultores el cuidado específico de las higueras, siendo éstos los responsables de abonarlas, pues ese era el único sustento del país. Entraban en un cercado que circundaba cada árbol y usaban un extraordinario fertilizante que el rey les entregaba puntualmente. Los vasallos regaban diariamente los huertos, recogiendo el agua de los ríos, las fuentes y las lluvias, tan abundantes en el reino. Se acercaban al cercado –y sin penetrar dentro del mismo, pues era un ámbito sólo destinado a los agricultores-, la vertían en unos canales que desembocaban al pie del árbol, y recibían luego el dulcísimo fruto recolectado por los agricultores. 


Había también, bajo tierra, una modalidad de gusanos -venenosos, malolientes y repugnantes- que no solían salir al exterior, y de hecho, durante el tiempo de ese gran rey nunca se les vio por sus dominios.


Sucedió que un día el monarca convocó a sus gobernadores, agricultores y vasallos, y les anunció que partía hacia un largo viaje para tomar posesión de un reino dominado por un cruel tirano que le odiaba.


Como probablemente tardaría en volver, encomendaba a todos seguir con lealtad las magníficas leyes que había promulgado, verbalmente y por escrito, y ordenaba a gobernantes y agricultores cuidar al pueblo, como un buen pastor a cada una de sus ovejas.  


Otorgó a uno solo de los gobernadores la máxima autoridad sobre el reino, idéntica a la que el mismo rey poseía, con lo que las demás autoridades y los vasallos debían obedecerle con inmaculada fidelidad. Y, por último, reservó un depósito inagotable de inmensos bienes en poder de este gobernador supremo. Realizadas estas provisiones, marchó hacia aquel lejano país para aniquilar a su ancestral enemigo.

 

II.- LA HISTORIA UNIVERSAL. EL DESCENSO


Durante unos años el pueblo, bien pastoreado por sus gobernantes, vivió tranquilo y feliz, aunque en algunas regiones más exteriores comenzaban a alterarse los ánimos de algunos vasallos. El origen de tal inquietud fue la cizaña de unos espías y alborotadores, mandados furtivamente por el enemigo del rey, y cuyo propósito era introducir la discordia y la rebelión en el reino. Éstos pretendían que el rey tuviese que volver anticipadamente de su exitosa guerra para castigar a sus vasallos rebeldes, y que este modo le dejase en paz en una lucha que tenía perdida.


La táctica de aquellos infiltrados consistía en persuadir al pueblo de que no era necesario el abono de los gobernantes y agricultores para el crecimiento de las higueras; sólo bastaba el agua. Que cualquiera de ellos podía sacarla de los numerosos ríos que cruzaban el país, de las fuentes que brotaban de las rocas y de la lluvia que fertilizaba los campos, y regar los árboles desde su base, saltando sin complejos el cercado de los agricultores. Que cercos y abonos no eran más que engaños de los gobernantes para tener controlado al pueblo.


Más aún, todo el pueblo tenía por sí mismo la dignidad de agricultor, porque sólo el agua era suficiente para que los frutales regalasen jugosísimos higos. En consecuencia, el pueblo insensatamente holló los cercados de cada higuera, y todos se irrogaron unilateralmente el título de agricultores.


La rebelión se propagó como una llama, y aunque el gobernador supremo intentó sofocarla, acabó triunfando en muchas de las regiones de aquel extenso país, que se independizaron definitivamente, levantando muros para separar sus fronteras. No obstante, la gran mayoría de vasallos fueron fieles al rey ausente.


Acaeció, sin embargo, algo inesperado. En aquellas regiones rebeladas, donde ya no existía el abono, el agua sola no bastaba para alimentar las higueras, que fueron poco a poco secándose. Primero, desaparecieron los azucarados higos, reducidos a brevas sin sabor y sin la más mínima capacidad nutritiva; luego se desnudaron de hojas y, finalmente, se dibujaron en el paisaje siniestros trocos desnudos, con rugosas ramas, que no evocaban ni un rasgo mínimo de la belleza pasada.


El pueblo comenzó a pasar hambre, y algunos escaparon de allí, y pidieron ser integrados en la patria del rey ausente, lo que les fue concedido por el misericordioso gobernador supremo.


Otros, sin embargo, se obcecaron en su rebeldía, y como sustitutivo del alimento perdido, excavaron en la tierra en busca de esos repugnantes y malolientes invertebrados. Como no podían comerlos por el asco que producían, los aliñaron con una sustancia que lograron extraer de los troncos secos de las higueras, y así pudieron alimentarse. Aunque lograron en buena medida desterrar el pútrido olor, esos gusanos eran venenosos y muchos de ellos morían con horribles dolores. Lo cierto era que esa mezcla, como si se tratase de una deseada droga, les producía durante un tiempo una falsa felicidad, y una sensación de que cualquier transgresión de las leyes del rey ausente sería tolerada por éste. Algunos otros llegaron más lejos y, gritaron a los cuatro vientos: “No le queremos como rey, no serviremos a ningún tirano”.


Por otro lado, se secaron definitivamente los ríos, se durmieron las fuentes y se cerró el cielo en esos países rebeldes, por lo que debieron saciar su sed con el pestilente líquido extraído de las entrañas de los gusanos, disimulado con el mejunje que aún destilaban de los troncos secos. 


III.-LA HISTORIA UNIVERSAL. EL HUNDIMIENTO


Transcurrían los años, y el rey seguía sin retornar. Algunos vasallos del gobierno fiel al rey comenzaron a cuestionar su lealtad, pues sentían cierta envidia de la libertad en la que parecían vivir sus antiguos hermanos de patria, hoy divididos en numerosos reinos.


Los descontentos, cada vez mayores, convencieron al gobernador supremo y a los demás gobernadores subalternos, para que relajasen las rigurosas normas impuestas por el rey tras su partida, a fin de hacer más llevaderos sus mandatos.


En realidad, lo que sucedía era que comenzaba a escasear el agua en el país,  y aunque se seguían abonando las higueras, los higos ya no les resultaban tan deliciosos como antaño. El gobernador supremo, tras constituir una junta mixta (con los demás gobernadores de su propio país, y con algunos de aquellos antiguos países hermanos), decidió revitalizar el sabor de los higos, ordenando verter en el agua que regaba las higueras unas escasas gotas de un brebaje, cuya fórmula era similar a la de aquellos países rebeldes, es decir, sacada de aquellos infames animales subterráneos. Autorizó igualmente a los agricultores a hurgar en la tierra para que extrajesen el líquido viscoso de los gusanos, a fin de que, mezclándolo con el abono, sirviese para fortalecer los árboles.  


El gobernador supremo profetizó en sesión solemne, acompañado de los otros gobernadores, que merced a este nuevo ingrediente, los higos no sólo iban a ser más apetecibles y digestivos para el pueblo, sino que como bien adicional, acercaría a los dos pueblos enemistados en el pasado. Los vasallos del gobernador supremo, salvo una minoría que se opuso (y a la que se condenó al destierro), aceptaron sin discusión la novedad introducida.


Pasados unos años, muchos de los efectos nocivos acaecidos en los países rebeldes se reprodujeron casi exactamente en el país leal. Los vasallos y agricultores no se conformaban con echar una pequeña dosis de ese líquido apestoso en los canales y los abonos, sino que, en muchos casos, se copiaban las mismas fórmulas de los países rebeldes, e incluso –a veces- las intensificaban, duplicando su dosis.     


Faltaban lluvias, y por los ríos y las fuentes prácticamente ya no corría el agua, aunque –a diferencia de aquellos otros países- sí se conservaba en poder del gobernador supremo ese divino fertilizante, gracias al cual los higos, aunque cada vez más mustios, seguían cumpliendo su misión vital de alimentar a los vasallos. Cada vez menos, porque muchos abandonaban el alimento de siempre, y escarbaban en la tierra, imitando a aquellos rebeldes, rebajándose al nivel de las bestias. También en el reino fiel, muchos empezaron a vociferar: “Somos libres, no queremos que nadie nos gobierne”.


IV.- UNA HISTORIA LOCAL. EL RENACIMIENTO.


Pasaron más años, y más gobernadores. Sucedió por entonces que pequeños grupos de aquellos vasallos, en todas las provincias del reino, preocupados por la tremenda crisis generada por esos cambios, comprendieron con lucidez que la raíz de aquellos problemas tenía su origen en haber copiado las malas prácticas de los países rebeldes. Y que urgía recuperar aquellos viejos modos de cuidar a las higueras, de las cuales dependía en sentido estricto la salvación de todos.


Por distintas zonas del país, estos hombres y mujeres se organizaron, uniéndose a ellos algunos agricultores, bien desengañados del mal camino por donde se transitaba. Fueron a solicitar a sus respectivos gobernadores licencia para recuperar los viejos usos y tradiciones, merced a los cuales las higueras lucían antaño con espléndidas hojas e inefables frutos. Buscaban la purificación de las aguas y los abonos que vigorizaban los frutos de los árboles (no mezclándolos con la más mínima sustancia ajena alguna), y la recuperación de la diferencia de rango entre agricultores y vasallos, prohibiendo el acceso de estos últimos al interior de los cercados.


Una pequeña asociación de una región sureña del reino, explicó a sus sucesivos gobernadores que estaban persuadidos que el retorno a los viejos usos, traería de nuevo la fortaleza a las higueras, la dulzura a sus frutos y el retorno de muchos vasallos. Y que, aunque contaban con escasos medios, confiaban en las palabras y promesas del gran rey de estar siempre con ellos y facilitar sus buenas empresas, aunque su augusta persona estuviese lejos, luchando por todos en una durísima guerra.


Estaban convencidos que el éxito en ese fin –éxito siempre del rey, no de ellos, meros siervos indignos- era posible alcanzarlo con perseverancia y sacrificio. Esperaban además que se provocase una noble emulación en los demás agricultores y vasallos del reino, que probablemente corregirían los errores que impedían el crecimiento de sus higueras y la dignidad de sus frutos. Su destino lo fijó su Rey y Señor cuando dijo: “Duc in Altum” .    


El último gobernador local recibió la propuesta con rostro ambiguo, pues no quería aceptar el fracaso de las reformas introducidas (situación habitual en todos sus compañeros de gobernanza); no obstante, decidió no desobedecer al gobernador supremo, que había normalizado los antiguos usos (nunca derogados), allí donde un grupo estable de vasallos lo solicitasen, exhortando a que se atendieran sus necesidades con generosidad.


El gobernador les concedió un pequeño terreno, donde apenas brotaba un esmirriado tocón de higuera, abandonado y casi seco. La cerca que bordeaba ese medio árbol estaba rota por varios lugares, y los canales para llevar el agua agrietados. No obstante, a ese grupo entusiasta le pareció fenomenal el lugar y su pusieron a trabajar. También les fue asignado, como agricultor, un experto profesional para que abonase la tierra yerma que bordeaba ese triste árbol; un hombre con excelentes dotes intelectuales, pero de difícil carácter y escaso trato con los vasallos. Se limitaba a abonar sólo una vez a la semana (pese a que el grupo le pedía siempre que les dedicase más tiempo). Siguiendo órdenes estrictas del gobernador, casi nunca permitía que ningún otro agricultor –ni aprendiz de agricultor- accediese a aquel lugar santo.   


Aun así, tal y como previeron esos vasallos, se produjo el milagro del renacimiento de esa higuera, la cual, merced al buen trato dado por el agricultor, y las limpias aguas traídas y depositadas en los canales, creció se hizo muy grande; sus ramas se escapaban del cercado –en parte reparado- y sus frutos adquirieron el dulcísimo sabor que sólo algunos viejos recordaban, y que ahora muchísimos jóvenes descubrían, con felicidad y asombro. Atónitos se preguntaban: “¿Cómo nuestros padres renunciaron a esto?”.


El grupo, en fin, interpretó, con inmenso honor –y responsabilidad-, que el rey se complacía con su obra y les animaba a expandirse, para bien de todo el reino. Por ello enviaron sucesivas y numerosas cartas al gobernador local, a fin de que les proveyese de nuevos instrumentos para desarrollar su obra: un reconocimiento legal –no meramente verbal- de su organización; un cercado más grande (pues los que se juntaban allí, a veces, no cabían), la posibilidad de enseñar a los niños, y de dar conferencias a adultos (para lo que se necesitaban dependencias anexas), y sobre todo, otro agricultor, pío y experimentado, que acudiese varias veces por semana, y que fuese un verdadero imán del grupo, cada vez más extenso y con más jóvenes que se incorporaban; un padre de todos a quien pudieran tratar con filial confianza.  


De hecho, muchos agricultores foráneos, enterados del prestigio alcanzado por la obra de este grupo de vasallos, se ofrecieron para colaborar, pero sólo en contadas ocasiones el gobernador permitió a alguien que no fuera de su estricta confianza que actuase con ellos. En definitiva, no proveyó casi nunca a estas justas peticiones, y si alguna accedió lo hizo a regañadientes. Eran, pues, manifiestas las dos intenciones del gobernador: un riguroso control del grupo (para lo cual usaba como canal y fuente al agricultor designado, más padrastro que padre al final), y una prohibición de su expansión, dando la triste impresión que sus frutos le desagradasen o le produjesen mala conciencia.                   


V.- UNA HISTORIA LOCAL (II). LA DEFENESTRACION.


Pero un terrible acontecimiento mundial –una purificación, para calibrar sin duda la fidelidad de todo el reino a su monarca- se abatió sobre toda la tierra; una pandemia que obligó a cerrar el acceso de los vasallos a todos los cercados, dejándoles sin posibilidad de alimento durante meses. En esas dramáticas circunstancias, este gobernador y su agricultor designado, de consuno, urdieron un plan para dar el golpe mortal a esos incómodos vasallos: los descalificarían como fanáticos y desleales, negándoles de plano su interlocución oficial, y ofrecerían públicamente un cercado y una higuera, más grande y cuidada, a todos aquellos que –sin organización o con una incipiente- simpatizasen con los viejos usos.


Pero esta labor sería exclusivamente organizada y controlada por la autoridad competente, con más férreo control que antaño. Bastaba observar que esa hermosa higuera ofrecida no se asentaba sobre el terreno, sino sobre un gran macetero posado sobre éste, por lo que, al no poder crecer sus raíces, tampoco crecerían sus ramas y sus frutos. El control sobre el viejo rito debía ser absoluto.      


Con todo, de algún modo, se trataba de una excelente noticia, pues muchos vasallos –incluidos los miembros del grupo rechazado-, podrían volver a degustar el fruto de la higuera, limpia de aquellos elementos novedosos que producían en muchos un sabor desabrido.  De hecho, una minoría rompió con éste, si bien la práctica totalidad fue leal a un movimiento que se había dejado la piel para la gloria del gran rey, buscando –en la medida que pudo-  recuperar en su reino la vitalidad de las deprimidas higueras, necesarias para la vida de éste. Con nobleza, esa mayoría respetó y no cuestionó la buena fe de los motivos de aquella minoría que abandonó el grupo durante esta crisis, pero no los secundaron por lo que a continuación se dirá. 


En efecto, el grupo recordó entonces aquella rotunda expresión del rey de que “todo reino dividido, está condenado a su extinción”, y asumió que esa fue la máxima fundamental del gobernador y de su fiel agricultor, cuando constataron que la expansión del grupo, dificultaba el control sobre ellos.   


Dicho grupo comprendía perfectamente que la higuera y sus frutos lo son todo para cada vasallo, nadie cuestionaba esto. Pero también que, a veces, cada persona debe mirar más allá de sí mismo y de su presente, y pensar en el bien futuro de muchos, que puede quedar amenazado. Como analizaron lúcidamente los miembros de la asociación “apestada”, esa concesión del gobernador, sin negar el beneficio ya indicado, suponía una tremenda regresión, porque significaba partir de cero, volver a los tiempos en que comenzó la andadura de aquellos fieles, con escasísimos miembros y medios. Como la maldición de Sísifo, parecía que habría que volver a la base de la dura montaña, para elevar la hermosa y dura cruz en la cima.


Si en el pasado se les negó la personalidad jurídica que durante años iban reclamando (aunque, al menos, se les reconocía como grupo estable de hecho), ahora, ni eso. Si todas las peticiones fueron entonces denegadas, ahora simplemente no se podrían hacer. Si el crecimiento de la higuera iba a depender exclusivamente de la autoridad de los gobernadores -y no del esfuerzo y organización de los vasallos, según el espíritu de la norma del rey, como antes- es seguro que jamás volvería a crecer (aunque siempre daría los maravillosos frutos a cada cual que allí se acercase con devoción, que es mucho). Los derechos de los vasallos se transformaron en una graciosa concesión de la autoridad competente. En definitiva, un grupo vertebrado se quiso transformar en una multiplicidad invertebrada. Divide y vencerás.


Fracasaron en su inicuo plan, aunque una minoría transigió con este nuevo orden de cosas, atendiendo al beneficio personal; pero el grupo, como tal, no podía aceptarlo sin traicionar su misión. Porque su horizonte no era un presente circular, sino un futuro que soñaban luminoso, y que en algún momento creyeron tocarlo con los dedos.  


Pero es que, como añadidura, incluso en el presente había graves dificultades para que muchos vasallos asistieran al cercado, sobre todo una decisiva. Por parte del gobernador, se ratificó, como encargado de abonar la higuera, al mismo que –con abstracción de sus muchas y excelentes cualidades intelectuales- se comportó, sobre todo en los últimos meses, no como el buen pastor que alguna vez fue, sino como un lobo que buscó cruelmente devorar y separar al rebaño.


No logró dividirlo (las bajas fueron mínimas). Esa desagradable situación, provoca graves problemas de conciencia a la mayoría de sus antiguas ovejas, para asistir a sus ceremonias en el nuevo lugar.    


Ante todos estos luctuosos y actuales hechos, el grupo se refugió en la oración –con la dulcísima madre del rey en el corazón-, a la espera de una señal que pudiese disipar las dudas e incertidumbres. Siempre con la certeza de que algún día el rey volverá; el mismo monarca misericordioso que fue a luchar con el peor de los enemigos, y que retornará con éste encadenado como estrado de sus pies.


El rey, en definitiva, cuya infinita sabiduría le permite indagar en lo más profundo de los corazones de cada uno, y descubrir las últimas motivaciones de las acciones humanas, para premiar a los buenos y castigar a los malos. Y con especial rigor, a aquellos que fueron constituidos con grave autoridad, y obstaculizaron el desarrollo de su reino.