miércoles, 14 de octubre de 2020

¿Todos hermanos?




Había quedado muy satisfecho con el extraordinario documento que el Santo Padre nos regaló hace unos días sobre San Jerónimo, el hombre que, entre los siglos IV y V, tradujo las Sagradas Escrituras al latín en ese monumento de cultura y fe que fue la "Vulgata". Como el propio título de la Carta indicaba, "Scripturae Sacrae Affectus", toda ella intentaba transmitir al lector de nuestro tiempo el inmenso amor por las Sagradas Escrituras del maestro dálmata, que murió en la misma ciudad que vio nacer a nuestro Salvador Jesucristo, en Belén de Judá. Y a fe que lo conseguía: San Jerónimo era un amante de la cultura clásica, hasta el punto que, como recuerda el documento, en una visión durante la cuaresma del año 375, el Señor le recordó, con cierta gracia, que "no era cristiano sino ciceroniano" (al igual que su contemporáneo San Agustín, a quien Homero le parecía "dulce, pero vano", y la Biblia, en cambio, verdadera pero áspera). A partir de entonces, las Sagradas Escrituras, toscas para San Jerónimo en comparación con los clásicos latinos y griegos, fueron vistas por él de una manera nueva, comenzó a venerarlas y emprendió la tarea inmensa de verterlas al latín.




En fin, un documento precioso que recomiendo a todos -cristianos y no cristianos, pero amantes de la civilización y el saber-, porque nos invita a degustar un excelso monumento de la cultura, que a la vez -sobre todo- es Palabra Divina que nos salva (o nos endereza en el camino de la salvación), escritas en un libro, plural y a la vez único, denominado "la Biblia".




Pero desgraciadamente, como es habitual de Francisco, ayer nos regalaba una de cal, pero hoy nos echa encima otra de arena. Días después, salió la última encíclica del Papa que versa sobra la "fraternidad humana", y sobre ella quiero simplemente indicar unas breves ideas, que pueden resumirse en la palabra decepción. Decepción, porque me parece un esfuerzo intelectual inútil para nuestro mundo. Para todos, para los cristianos y para los no cristianos.




En primer lugar, el cristiano no necesita de conceptos mundanos como la fraternidad cuando tiene como mandato divino (que exige la gracia sobrenatural) el "amor al prójimo" (mandato infinitamente superior, no sólo moral sino incluso "ontológicamente" al de la fraternidad), y cuando -como precisó el Señor (Lc 10, 25-37)- el prójimo se identifica con aquel sujeto que menos nos gusta en cualquier circunstancia (ayer un samaritano, hoy que cada cual mire su corazón y decida).




En cuanto al no cristiano, jamás podrá amar al prójimo, porque su lógica le dirá que es un absurdo amar al enemigo (como los judíos a los herejes samaritanos). Y no mostrará "fraternidad" con él, sino a lo máximo una mera tolerancia, condicionada eso sí a que éste no le haga la puñeta. Estará siempre a la defensiva en el mejor de los casos. Y esa tensión defensiva -como demuestra la historia, confirmando a machamartillo el dogma del pecado original- no puede durar mucho tiempo, y tarde o temprano se romperá y surgirá la violencia. Es doctrina de fe católica la imposibilidad de perseverar en el bien sin el auxilio de la Gracia, por lo que por muy buenas intenciones que alberguemos, acabaremos volviendo a las andadas. Como definió el Concilio de Trento, ni siquiera el justificado puede sin especial auxilio de Dios perseverar en la justicia recibida.




Por eso, para un cristiano el logro de la mundana fraternidad nunca será un objetivo; su objetivo será siempre su santificación (1 Tes. 4,3), y eso exige la Gracia; superar al "hombre viejo", y revestirnos del "hombre nuevo"; "debéis despojaros, por lo que mira a vuestro pasado, del hombre viejo, que se corrompe según los deseos depravados del error, y revestiros del hombre nuevo, el creado según Dios en justicia y santidad verdadera" (Ef. 4,22-23).




Y para un no cristiano, diga lo que diga, la fraternidad es imposible, porque en él habita aún el hombre viejo. Y sin conversión, morirá siendo viejo, "conforme a la vanidad de sus pensamientos, teniendo la razón oscurecida, apartados de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos a causa del endurecimiento de su corazón" (Ef. 4, 17-18). Por supuesto nunca reconocerá esa impotencia, porque tendría a continuación que admitir la naturaleza sobrenatural del objetivo. Y el soberbio por excelencia no le permitirá que en un acto de humildad acceda a esa conclusión inevitable.




En definitiva, el Señor no resumió su mensaje de salvación en la "fraternidad" sino en la "conversión" o el "arrepentimiento". No nos dijo, "si no sois fraternos pereceréis todos"; dijo otra cosa y muy diferente: "si no os convertís, pereceréis todos" (Lc. 13,5). ¿Puedo preguntar con cierta ingenuidad para cuándo una Encíclica que nos exija a todos los hombres -sobre todo a los bautizados- la conversión radical a Cristo, "el único nombre bajo el cual podemos salvarnos" (Hch. 4,12)?




Lo dicho, un documento inútil, casi nada católico. El apóstol Juan, en el Apocalipsis, me exhorta a que "conserve lo que he recibido" (Ap. 3,11). Hoy lo tengo muy claro: archivaré como una joya el documento sobre San Jerónimo, y olvidaré cuanto antes este texto, tan repleto de buenas intenciones que podría empedrar perfectamente el suelo del infierno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario