jueves, 27 de octubre de 2022

La lección de Antígona a la Junta de la Macarena.


I

LA LUZ EN LAS TINIEBLAS

Recuerdo que hace bastantes años, en una madrugada del Viernes Santo en Sevilla, me quedé sin salir de penitente en mi cofradía de Jesús Nazareno a causa de un pronóstico de lluvia. Sin embargo, otras hermandades desafiaron a los elementos y pusieron sus pasos en la calle. Entre ellas estaba la de la Esperanza Macarena. Recuerdo también que esa fue la única madrugá de mi vida en la que estuve callejeando con los amigos, buscando las cofradías que habían decidido hacer la Estación de Penitencia. Y recuerdo, finalmente, que vimos a la Macarena en la Plaza de San Juan de la Palma (donde se encuentra la sede de otra de las más señeras hermandades sevillanas y a la que también me honro pertenecer, la de Nuestra Señora de la Amargura).

Estaba amaneciendo, y en la plaza -repleta de gente, sorprendentemente reposada- se escuchaba el trinar de los gorriones.  Evoco ahora la llegada del paso de la Macarena; haberse parado a mi lado  y quedarme durante un buen rato admirando un rostro de mujer que parecía haber sido esculpido por ángeles. La iniciática y suave luz de la mañana, unida a la intensa candelería del primoroso paso, proporcionaba a la imagen de la señora una belleza nueva que no había percibido antes; ni durante las ocasiones en que había acudido a su Basílica ni en foto alguna. Emocionado, comprendí desde entonces un poco mejor por qué tantos sevillanos se presentan ante ella para contarle sus dolores y sus esperanzas

Tras la levantá, la banda interpretó -cómo no- la marcha Amarguras, himno oficioso de nuestra Semana Santa. Y mientras el paso se perdía por la calle Feria, tuve la certeza de que esos momentos especiales -entre tantos que he vivido en cada semana mayor de mi ciudad- se acurrucarían en un lugar preferente de mi memoria para nunca borrarse. 

II

LAS TINIEBLAS EN LA LUZ

Recupero ahora esta deliciosa escena de antaño pero lo hago con pena, porque leo que la Junta de Hermandad de esta ilustre corporación ha decidido obedecer y plegarse a un mandato injusto e irreligioso. Una orden que procede de una ley de memoria que es un insulto a la memoria y al respeto debido a los muertos enterrados en sagrado. Concretamente, la exhumación de un militar y hermano de la corporación que -más allá de sus actos crueles durante la vesania global de nuestra guerra civil-, liberó a los católicos hispalenses de la furia marxista y evitó una destrucción definitiva del patrimonio artístico y religioso de la ciudad de Sevilla, incluida esa inigualable imagen mariana que es la Esperanza Macarena.  Sin embargo, olvidando lo anterior, la Junta directiva de la Hermandad, aconchada en tablas, ha manifestado:

"su voluntad de cumplir escrupulosamente la legislación vigente en virtud de su respeto a las leyes en un estado democrático". 

Digo yo que podían haberlo expresado de un modo más explícito, de la siguiente manera:

"por miedo reverencial a las leyes de un Estado democrático -haciendo abstracción de si son o no objetivamente justas- pisoteamos las leyes divinas que exigen que se deje descansar en paz a los muertos que están sepultados en un lugar sagrado; más aún, que reposan al amparo de nuestra amada titular, la Virgen de la Macarena, a la que el militar sepultado  -hermano honorario de la hermandad- salvó de una muy probable destrucción".

Ante esta cobardía -e ingratitud-, me vino inmediatamente a mi memoria, por contraste, la inmortal obra de Sófocles, Antígona.  Ella, la desdichada hija de Edipo, quería inhumar piadosamente a su hermano; los dirigentes macarenos quieren exhumar impíamente a otro hermano. En dicha tragedia, Antígona desobedece la prohibición de Creonte de enterrar el cadáver de Policines (por haber sido traidor a la patria), y procede a darle sepultura, aunque ello le cueste la vida. En este tiempo nuestro, unos acobardados ejecutarán una orden injusta para evitar represalias. Sí, injusta, porque los socialistas y comunistas, que han heredado hoy las ideologías perversas y totalitarias de los que pretendieron aniquilar con violencia (y hasta sadismo) la fe cristiana, no tienen legitimidad moral alguna para obligar a una hermandad católica (que fue víctima directa de ellos) a transgredir un deber divino, como es el descanso de un católico que tanto bien proporcionó a esa hermandad. 

Antígona -a diferencia de esa Junta- representa lo más digno de la condición humana y, a la vez, una profunda paradoja en la que intuimos que el ser humano está destinado a un fin más sublime que su mera estancia en la tierra; todas las generaciones han juzgado sin excepción a la desobediente mujer tebana como un modelo, y al fiel cumplidor de la ley que era Creonte como un villano. Porque los hombres -hasta nuestro tiempo- sabíamos con certeza que, en cualquier jerarquía de valores, los mandatos divinos se situaban en la cima. 

Por tanto, la lección de esa tragedia es manifiesta: los deberes para con Dios beben anteponerse siempre a las obligaciones humanas. Como sentenció San Pedro ante el Sanedrín judío, en los Hechos de los Apóstoles:

"Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres".

Y estamos hablando de un drama escrito en el siglo V A.C. Nada hay nuevo bajo el sol, nos explica el Eclesiastés. Lo más noble de la condición humana nos interpela y nos exige afirmar hoy a toda costa, como hace Antígona, que ninguna ley humana:

"tiene fuerza para borrar e invalidar las leyes divinas, de modo que un mortal pudiese quebrantarlas".

En definitiva, tenebrosos tiempos los que vivimos que hasta los viejos textos de los paganos -como el que narra el heroísmo de esa mujer de Tebas- dan sublimes ejemplos de piedad a los cristianos adocenados y aborregados de nuestro tiempo, enseñándonos el único camino correcto. Cuando se profanó el Altar de la Basílica del Valle para humillar al antepenúltimo Jefe del Estado, la jerarquía católica en bloque -a quien aquél salvó de su aniquilación en los años 30-  calló y se puso de perfil. Ahora, unos laicos cristianos persisten en la misma ignominia, la misma ingratitud. 

Parece que en esta época terminal todos los cristianos hubieran asumido que, ante la democracia como dogma -es decir, el pueblo que se enorgullece de suplantar la ley de Dios-, debe decaer la tradicional obligación de defender los fueros divinos, de resistir la injusticia, de combatirla sin excusas y de no arrodillarse ante ella. Frente a la lección de esta heroica mujer, la norma moral que impera en nuestro tiempo se resume en un axioma: ante la diosa democracia ni Dios ni sus leyes importan. Ergo, el celo divino es fanatismo, Antígona una intransigente y el martirio un absurdo.

Como cristiano no acepto este nuevo orden. Y como muchos otros no quiero rendirme ante este horizonte de tinieblas, que se extiende más cada día. Por eso vuelve a mi mente la belleza de esta portentosa imagen de la Virgen María, madre de todos los hombres. Porque su dulce rostro, que aúna tristeza y alegría, nos asegura a todos sus hijos que a pesar de nuestras flaquezas, caídas y vacilaciones, si nos aferramos a ella, conservaremos la Fe, no se diluirá nuestra Caridad y, por encima de todo, seremos salvados en Esperanza  


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