viernes, 18 de marzo de 2022

El origen en Dios del poder, su traslación al gobernante y las formas políticas en la obra de Balmes

                                                                                                                     

I

Sacerdote y escritor, Jaime Balmes nació en la localidad barcelonesa de Vic en 1810, y murió treinta y ocho años después en su ciudad natal.  Una vida breve, pero muy fecunda,  en la que desplegó una intensísima labor intelectual y filosófica, sobre todo en la década de los cuarenta del siglo XIX y hasta su muerte. Nos legó obras señeras del pensamiento español como su famosísimo “El criterio” (un manual de verdadera higiene intelectual) o su “Filosofía fundamental” (uno de los más importantes libros de filosofía españoles del siglo XIX, pues es el primer contacto crítico en España con la filosofía de Inmanuel Kant). Y quizás su más importante libro –Balmes lo denominaba por antonomasia “su obra”- El protestantismo comparado con el catolicismo”, una prodigiosa apología de nuestra fe católica y una verdadera filosofía de la historia, donde analiza los caminos divergentes de las naciones católicas y protestantes, y destacará la inmensa superioridad intelectual, espiritual y moral del catolicismo sobre la fe basada en el libre examen.

También, en la convulsa época de los años cuarenta del siglo XIX, el sacerdote Balmes tuvo fuertes inquietudes políticas, pero debido a su profunda independencia intelectual, decidió nunca escribir en publicaciones no dirigidas por el mismo.  Y el día 07 de marzo de 1844 -unos meses después de la caída de Espartero- fundó su más importante periódico “El pensamiento de la nación”. Desde una visión tradicionalista y profundamente patriótica intentó por este medio influir para que se produjese el matrimonio entre la reina Isabel y el hijo del pretendiente carlista –Carlos Luis o Carlos VI-,  a fin de acabar con el enconado pleito dinástico por el que sangraba la patria desde el muerte de Fernando VII. Por muchas causas no se logró ese enlace, que hubiera normalizado en parte la convulsa historia española del siglo XIX.  Balmes –que había dedicado inmensos esfuerzos a ese ideal-, se dedicó desde entonces y hasta su muerte a agrupar sus “Escritos políticos”, y a escribir un agudo ensayo sobre las primeras medidas políticas de Pio IX al llegar al solio pontificio. Sin embargo, enfermo de tuberculosis, se retiró a Vic, su ciudad natal, donde moriría el 09 de julio de 1848. 

II

El primero de sus “Escritos Políticos” se tituló “Consideraciones políticas sobre la situación de España”,  y  lo escribe Balmes en 1840 durante la dura regencia del general Espartero, en la cúspide de su gloria tras el abrazo de Vergara. En un momento –en el capítulo V de su tratado-, nuestro pensador (observando los vertiginosos cambios que sucedían), dirá algo que resume a la perfección la idea capital de su reflexión histórica: “era nada menos que derribar cuanto llevaba el sello del tiempo y alzar sobre sus ruinas monumentos  improvisados por el pensamiento del hombre”. 

Para profundizar en lo que Balmes denominaba “aquello que llevaba el sello del tiempo”, es decir, aquellos principios sobre los que se había forjado con estabilidad y solidez una sociedad y su gobierno, hemos de acudir a otros textos balmesianos, pero por encima de todo, a una de sus obras fundamentales (por no decir, su obra maestra): “El protestantismo comparado con el catolicismo”, concretamente desde los capítulos  XLVIII a LVIII de ese libro. Esta obra genial –escrita al mismo tiempo que su opúsculo sobre la etapa de regencia de Espartero- Balmes fija los principios generales de su visión del poder, de su origen, de su ejercicio y de sus límites.

En relación con el origen del poder Balmes es rotundo: todo poder procede de Dios. Y lo expresará con estas impresionantes palabras:

Todo poder proviene de Dios pues el poder es un ser, y Dios es la fuente de ese ser; el poder es un dominio, y Dios es el Señor, el primer dueño de todas las cosas; el poder es un derecho, y en Dios se halla el origen de todos los derechos; el poder es un motor moral, y Dios es la causa universal de todas las especies de movimiento; el poder –en definitiva- se endereza a un elevado fin, y Dios es el fin de todas las criaturas y su providencia lo ordena y dirige todo con suavidad y eficacia”-

La necesidad de un poder para la supervivencia de las sociedades está inserta en la misma condición social del hombre; porque como dice Salomón: “Donde no hay gobernador se disipará el pueblo” (Prov. 29,18), y como advierte San Pablo: “quien resiste a la potestad, resiste a la voluntad de Dios” (Rm. 13).

Balmes pondrá especial énfasis en criticar la absurda postura de Rousseau, que hace depender las sociedades y los derechos del poder civil de meras convenciones humanas, de un contrato social, de un pacto, en definitiva. Balmes desmontará la teoría del pacto social como impotente para cimentar el poder, pues no es bastante para legitimar su origen ni sus facultades.

Porque en cuanto a su origen, Balmes nos dirá rotundamente que el pacto explícito no ha sucedido jamás, pues ese pacto no puede obtener el consentimiento de todos los individuos presentes y futuros; en consecuencia, ese pacto es una mera ficción, no una realidad. Ni las sociedades pasadas, ni las actuales se constituyen así, por lo que esta teoría es una mera elucubración sin base real del filósofo ginebrino.

Pero si la teoría del pacto no es suficiente para explicar el origen del poder, menos aún ese pacto puede justificar las facultades de que está revestido ese poder. Como ejemplo Balmes pondrá el derecho de vida y de muerte, que sólo puede haber provenido de Dios; el hombre no tiene ese derecho, de ningún pacto suyo puede resultar una facultad de que carece con respecto a sí mismo y a los demás.

Pero el gobernante –dirá San Pablo en la Epístola los Romanos- “no en vano empuña la espada” (Rm. 13,4), y ostenta ese poder de vida y de muerte, “porque su autoridad proviene de Dios” (Rm. 13,2). De Dios, por lo tanto; no de ningún pacto.

Balmes, al igual que critica el pactismo de Rousseau, también condenará el radicalismo de algunos protestantes (los anabaptistas del siglo XVI, precedente de los anarquistas modernos) quienes, invocando la libertad cristiana, negaban la sujeción a cualquier autoridad. El poder siempre es necesario (en la familia y en la sociedad), y es algo que no deriva de convenciones o pactos sino que está inserta en la propia naturaleza humana, puesto que el hombre, en feliz expresión de Aristóteles, es un “animal social”.

Por lo tanto, el origen de la sociedad y del poder que se ejerce sobre ella se funda en el mismo orden natural, está dictado por el sentido común y apoyado en la experiencia de cada día: el hombre –explicará Santo Tomás de Aquino- está dotado de habla, lo que es señal de que por la naturaleza misma no puede vivir solo, por lo que ha menester reunirse con sus semejantes. Es, pues, una verdadera necesidad, derivada de la misma naturaleza de las cosas. Y de la naturaleza de las cosas, concluye el  teólogo el carácter de derecho divino y natural, de la obediencia debida a las autoridades.

Pues siendo natural al hombre –dirá Santo Tomás- vivir en compañía de muchos, necesario es que haya quien rija esta muchedumbre, porque donde hubiese muchos, si cada uno procurase para sí solo lo que le estuviere bien, la muchedumbre se desuniría”.

III

Ahora bien, asentado ese principio básico, Santo Tomás no desciende a una cuestión más polémica como es la relativa a la comunicación o traslación de este poder al gobernante. La pregunta es la siguiente, ¿Dios entrega el poder inmediatamente al gobernante, o más bien lo entrega mediatamente?

O como lo plantea Rafael Gambra, ¿Es la sociedad la que contiene en depósito la soberanía que recibe de Dios, transmitiendo esa soberanía al gobernante, que por tanto detenta el poder mediatamente? ¿O más bien Dios transmite directamente la soberanía al gobernante legítimo, sin que al cuerpo social le incumba más que su designación o aceptación?

La cuestión no es baladí. Un gobernante que cree que su poder es directamente entregado a él por Dios ve la realidad de una forma diferente a aquel que cree que su poder deriva de Dios, pero por mediación de la sociedad o comunidad humana, que es el primer detentador del poder.

¿Cuál es la postura de Balmes sobre esta cuestión capital?  Primeramente, Balmes observa que la Iglesia no ha decidido dogmáticamente sobre este asunto. Sabemos que el origen en Dios de todo poder es una Verdad, asentada en la Escritura, en la Tradición, en los Santos Padres y en los excelsos teólogos católicos de la antigüedad, pero no podemos decir lo mismo sobre la cuestión de cómo se comunica el poder civil, ni sobre los modos o las formas políticas para regir una comunidad humana. Eso queda bajo el criterio de la prudencia política.

Por lo tanto, ambos puntos de vista –comunicación inmediata o comunicación mediata- son admisibles para un católico, si bien Balmes desde el principio y sobre todo atendiendo la autoridad de dos insignes teólogos jesuitas del siglo XVI, el Cardenal Belarmino y Francisco Suárez, se decantará por la postura del poder mediato del gobernante. Es decir, el poder es entregado por Dios directamente a la comunidad y, a la vez, transmitido por ésta al gobernante.  El gobernante, por tanto, no recibe directamente su poder de Dios, sino de manera mediata o indirecta. Sólo la potestad eclesiástica –el Santo Padre- recibe directamente el poder de Dios, no la potestad civil que siempre es mediata, a excepción de los casos concretos que nos describen las Sagradas Escrituras (Saúl, David).  

Ahora bien, Balmes no sólo se funda en la autoridad de Belarmino y Suárez para apoyar este punto de vista, sino que aporta poderosos argumentos para sostener como más conveniente esta tesis. Tres razones en concreto:

a).- Sin duda es la posición más equilibrada para limitar el poder sin ponerle excesivas trabas a su ejercicio, y, sobre todo, para dejar a la sociedad a cubierto de los desmanes del mal gobernante y del déspota, pero sin hacerla desobediente o revoltosa.

b).- Esta postura tiene un gran valor sicológico, pues sirve para recordar al poder civil, que el establecimiento de los gobiernos y la determinación de su forma ha dependido de alguna forma de la misma sociedad y, especialmente, deja meridianamente claro que ningún individuo ni ninguna familia pueden lisonjearse de que hayan recibido de Dios el gobierno de los pueblos, Y  

c).-Se hace una debida distinción entre el poder civil y el poder religioso, pues la máxima autoridad del poder eclesiástico –el Santo Padre de Roma – sí es de divina elección, con lo que a la vez que se fija una distinción clara entre las dos potestades –la civil y la eclesiástica-, se establece la mayor autoridad moral de la Iglesia frente al poder civil.

En consecuencia, es la Iglesia quien debe frenar –con los medios espirituales que dispone- al poder civil, y no al revés.

No en vano destacará Balmes que los protestantes criticaron duramente al Cardenal Belarmino, porque entendían que el poder del monarca era directamente entregado por Dios. Con esto, al igualar (o confundir) el poder del monarca con el de la autoridad eclesial, se abría paso a que las arbitrariedades del monarca o sus desvaríos en materia de fe se impusieran a la sociedad, mero ente pasivo entre Dios y el monarca. La última consecuencia de ese camino fue la descristianización y la secularización, frutos agusanados de la revolución protestante. 

En resumen, la visión balmesiana del origen y el ejercicio del poder sigue la doctrina tradicional de la Iglesia, y de los escritos de sus grandes doctores, fundamentalmente Suárez, Belarmino y Santo Tomás de Aquino, y podemos resumirla en cinco puntos.

1º.- Todo el poder emana de Dios, y ante Dios toda autoridad (celestial o terrestre) debe doblar la rodilla (Fil. 2).

2º.- Dios transmite ese poder al hombre en sociedad, pero la comunidad humana no es un mero contrato de seres solitarios (como pensaba erróneamente Rousseau) sino algo radicalmente inserto en la condición del hombre, que le mueve a vivir en común con sus semejantes.

3º.- Dios, por tanto, traslada el poder a la sociedad humana para que -con el propósito de procurar el bien común- pueda ejercerlo en sus respectivos ámbitos de actuación -Estado (ámbito civil) e Iglesia (ámbito espiritual)-, siendo la Iglesia una autoridad moral muy superior al Estado, aunque no puede irrogarse funciones de éste. "A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César" (Mc. 12,17).

4º.- El poder civil, aunque es cedido por Dios a la sociedad directamente, ésta lo puede trasladar a su vez a un monarca, a una aristocracia o lo puede ejercer ella misma a través de representantes. Es decir, el poder de un Rey, de una Aristocracia o de un Parlamento democrático, no es directa (o inmediatamente) dado por Dios (en contra de lo que han creído los tratadistas protestantes), sino indirecta (o mediatamente).

Por tanto, salvo los casos específicos que nos narran las Sagradas Escrituras (Saúl en 1 Sam. 10,1, o David en 1 Sam. 16,13), y, por supuesto, el caso del Santo Padre de Roma, el derecho de los reyes no es directamente dado por Dios.

5º.- En definitiva, todas las diversas maneras de ejercicio del poder -monarquía (poder de uno solo), aristocracia (poder de unos pocos) o democracia (poder de todos los ciudadanos), son aceptadas por la Iglesia (es decir, no hay preferencia por la democracia como creen muchos hoy día, o por la monarquía como postulaba Santo Tomás); todas son válidas, siempre que se salvaguarde;

a).- El bien común de la sociedad y

b).- Los derechos de la Iglesia para ejercer su función de salvar a todos los hombres (función mucho más importante que la ejercida por la autoridad civil).

Como dice Miguel Ayuso, examinando el pensamiento político de Rafael Gambra: “Un pueblo gobernado con justicia y animado por una fe común, las virtudes de sus ciudadanos se ven exaltadas y se potencia su fecundidad por el eco ambiental que encuentran y por el respaldo de la autoridad”.

O como bellamente manifestará Balmes en su “Filosofía elemental”: “La perfección de la sociedad  consiste en la organización más a propósito para el desarrollo simultáneo y armónico de todas las facultades del mayor número posible de los individuos que la componen. En el hombre hay entendimiento cuyo objeto es la verdad; hay voluntad cuya regla es la moral; hay necesidades sensibles cuya satisfacción constituye el bienestar material. Y así, la sociedad será tanto más perfecta cuanta más verdad proporcione al entendimiento del mayor número, mejor moral a su voluntad, más cumplida satisfacción de las necesidades materiales”.

IV

Finalmente, destacaremos que en la última de sus obras, Pio IX, un breve tratado sobre las primeras medidas implementadas por este papa, Balmes se granjeó la enemistad de algunos grupos tradicionalistas radicales, debido a la defensa de estas actuaciones del papa que muchos tacharon de liberales, tras el complicado pontificado de Gregorio XVI.  Sin embargo, esta obra es un soberbio tratado político donde examina:

1º.- La vertiginosa velocidad de la historia,

2º.-La necesaria firmeza e inmovilidad de la verdad de la fe.

3º.-Las variaciones de las formas políticas (democráticas o absolutistas), que ninguna de por sí es mala o buena, y cuya aplicación en cada circunstancia humana concreta está regida no por criterios dogmáticos sino de mera prudencia humana.

Atinadamente, Balmes afirma que la historia demuestra ni las formulas políticas absolutistas garantizan siempre la protección de la fe católica  ni las formas más democráticas son siempre perjudiciales a la fe:

"En las formas políticas no hay nada que sea esencial a la religión: todas le ofrecen sus inconvenientes y sus ventajas". 

"La acción de un gobierno no depende únicamente de las formas, sino del espíritu que a él preside: mientras la Inglaterra emancipa a los católicos, mientras las repúblicas de América piden misioneros, mientras los Estados-unidos dejan en amplia libertad a los fieles, la Rusia comete aquellos atentados de que tan sentidamente se lamentó en una alocución Gregorio XVI. La democracia es funesta cuando está falta de religión y de moral; pero es todavía más temible que la anarquía, un monarca absoluto, cuyo gobierno adolezca del mismo vicio"

Por eso Balmes dirá que “La absoluta resistencia a toda idea de libertad se podrá defender en teoría como el único medio de salvación de las naciones; pero la verdad es que esa teoría se halla en contradicción con los hechos”. Balmes no encuentra sentido a una resistencia absoluta y sin concesiones a lo que es el hecho más relevante de la historia y de la política europea y mundial del siglo XIX (y añadiríamos que hasta ahora).

"El mundo marcha; quien se quiera parar será aplastado, y el mundo continuará marchando. La Religión y la moral son eternas; ellas no perecerán: cuando los hombres crean haber pulverizado los cimientos del magnífico edificio, verán que el edificio no se desploma porque está pendiente del cielo, la corriente de los siglos arrebatará lo terreno, pero lo celeste durará"

Por eso, para Balmes, aunque varíen las formas políticas -democráticas o absolutistas-, lo importante y decisivo es que se mantenga firme la fe, la moral y el dogma. Porque en definitiva, por muy importante que sea el ejercicio de la política, el más grande y definitivo negocio del hombre es la salvación de su alma, y el encuentro definitivo con nuestro Padre del Cielo, origen del poder y de todo lo creado. Stat crux dum volvitur orbis.

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