viernes, 5 de junio de 2026

Las tres verdades que nos enseñó la Biblia (mucho) antes que la filosofía, la ciencia y la historia.



I

A comienzos del siglo XVII, Caravaggio pintó dos soberbios cuadros sobre el Evangelista Mateo en el instante en que toma la pluma para regalar al mundo sus recuerdos sobre Jesús. Y en ambas pinturas emerge una figura sobrenatural, un ángel. En una, parece que este mensajero divino simplemente le susurrase al oído "palabras arcanas que a nadie se le permite pronunciar" (2 Cor. 12,4). En la otra, le coge la mano para guiar directamente su escritura. A través de ambas representaciones, el genial pintor italiano nos muestra dos perspectivas acerca de la divina inspiración de las Sagradas Escrituras; una, teológicamente admisible; la otra, incorrecta. La primera, cristiana; la segunda, mahometana (significativamente, el primer Mateo lleva halo; el segundo, no).   

Este último cuadro fue rechazado por sus compradores, pero curiosamente no por el frecuente error de eliminar la intervención del espíritu humano en la redacción del evangelio, sino porque les pareció irrespetuosa la imagen del evangelista, con pies sucios y las piernas desnudas. Desgraciadamente ese cuadro ya no existe, pues fue destruido en 1945 por un bombardeo aliado sobre el museo de Berlín que lo cobijaba, pero conservamos fotos del mismo. El otro que pintó, y que hoy podemos admirar en el Louvre,  dibuja al antiguo publicano con la péñola en la mano y los ojos hacia el cielo, donde un ángel parece hablarle. Aunque con el mismo estilo tenebrista del primero, el cuadro presenta figuras más estilizadas y explica de manera más adecuada la inspiración. El hagiógrafo eleva la mirada, y un (invisible) espíritu ilumina y purifica su inteligencia, para escribir "todo y solo lo que Dios quiere'. Este cuadro, a diferencia del anterior, fue adquirido con entusiasmo por los que se lo encargaron al feroz artista italiano, pero solo porque su propuesta era más respetuosa con la figura del publicano Mateo, no por su rigurosidad teológica. De hecho, según muchos críticos, la primera de las pinturas (la que ya no existe) tenía mayor fuerza y mérito, aunque los personajes, desde la perspectiva de inspiración, más evocan a Mahoma y al pésimo espíritu que le reveló su Corán.

Ahora bien, que la Biblia sea el único libro del mundo al podemos calificar como "divino", es una verdad que, a mí juicio, no sólo se fundamenta en el concepto de inspiración, tal y como lo han ido desarrollado los teólogos.  La inspiración, ciertamente, es el elemento sobrenatural (de fe) y el más importante para avalar la autoridad de la Escritura; es el que permite definitivamente conciliar la autoría de Dios con la acción del escritor humano. A este respecto se han dado históricamente numerosas explicaciones a este complicado concepto, pero a mi juicio, ha sido Santo Tomás el que con mayor agudeza ha resuelto el problema, con su distinción entre causa principal y causa instrumental, de tal modo que el Espíritu divino logra, respetando la libertad y la capacidad del hagiógrafo, elevar su mente para que sea capaz de expresar lo que Dios quiere comunicarnos. 

La Constitución Dogmática Dei Verbum (1965) del Concilio Vaticano II sobre la "Divina Revelación", retomando la Dei Filius (1870) del Vaticano I, afirma con rotundidad, en primer lugar, la autoría divina, pero last but no least, la imprescindible cooperación humana, -también como verdadera autoría-, lo que supuso una acertada profundización en la definición dogmática del concilio anterior.

(11) "La Santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque escritos por la autoridad del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se han entregado a la Iglesia.  Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres que, usando de sus propias facultades y medios, de modo que obrando Él en ellos y por ellos , escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería"

Pero como dije, sin recurrir a argumentos de autoridad sobrenatural, podemos mostrar razonablemente hasta qué punto, en este conjunto heterogéneos de libros, escritos por numerosos autores de toda condición y oficio (desde reyes y sacerdotes, a braceros, pastores, pescadores o recaudadores de impuestos), durante varios siglos hasta el I de nuestra era -es decir, en una etapa que se calificaría como precientífica-, ya se afirmaban verdades hoy mayoritariamente aceptadas por las distintas modalidades del saber científico, sin excluir a las ciencias empíricas más rigurosas.  Y eso no obedecía a que los hagiógrafos fueran especialmente listos o a que contasen con sofisticados medios técnicos para escrutar la naturaleza de las cosas, sino precisamente a su condición de hagiógrafos, de receptores de la Palabra de Dios, que no puede engañar ni ser engañado. Es más, como veremos, si el mundo intelectual moderno fue reacio en algunos casos a aceptar esas verdades, en otorgarle un marchamo científico, fue precisamente a causa de que sonaban demasiado bíblicas. Verdades, en definitiva, que la Biblia expresaba en un lenguaje popular, e incluso poético, pero cuyo significado no difiere de las conclusiones que, en numerosas ocasiones se ha alcanzado con la metodología científica. Aunque nuestro mundo es cada vez más irracional y algunos resucitan el disparate del viejo averroísmo latino (puede haber verdades bíblicas y científicas contradictorias entre sí), lo cierto es que Santo Tomás ya nos enseñó que la verdad es una sola y que brota de la aedequatio intellectus et rei. Y que fe y razón son caminos distintos pero que convergen en el mismo lugar, y que no pueden ser viales contradictorios porque Dios es el origen de toda Verdad.

Son tres, a mi juicio, las verdades más importantes que la Biblia anticipó antes de su verificación por la reflexión filosófica o por los procedimientos de las ciencias modernas.

II
La afirmación de un solo principio fundante; de un Dios único y absolutamente trascendente.- 

Los antropólogos, con los escasos datos de que disponen, discuten hoy la hipótesis de si, en los orígenes del hombre, se adoraba a un único Dios, y si esa sencilla piedad degeneró en el  politeísmo (punto de vista bíblico). Variadas han sido las respuestas a tal problema, pero de lo que no cabe la más mínima duda es el hecho de que todas las religiones antiguas eran politeístas (y sus dioses se vinculaban a fuerzas de la naturaleza o a pasiones humanas), salvo la religión judía (Dios único, trascendente, todopoderoso e irrepresentable). Es verdad que, aunque monoteísta, siempre estuvo tentada por la visión más popular del henoteísmo -muchos dioses locales o menores, pero un solo Dios, YHWH-; desviación duramente condenada por los profetas desde mucho antes del exilio de Babilonia. Ya en Dt. 32,17, Moisés asocia a los dioses extranjeros con los demonios, y a partir del exilio y en la etapa persa esa verdad queda fuertemente consolidada. Solo hay un Dios trascendente, no tiene imagen, y los dioses inferiores de los demás pueblos son diablos, es decir, criaturas creadas por el Dios único, y rebeldes, sólo que obligadas a su pesar a no franquear los límites impuestos por el Creador  -véase Job. 1,4 y ss). 

Por otro lado, la recta razón también conduce al monoteísmo, por la vía de la especulación filosófica. Es muy llamativo que los primeros filósofos griegos,  que asumieron la no materialidad del primer principio o Arjé (es decir, los primeros que en rigor hicieron metafísica), eran politeístas de cultura y corazón. Sin embargo, desde el punto de vista racional apuntaban a una unidad suprema con el concepto de Ser (Parménides), con la idea de Bien, principio superior  de la jerarquía de las ideas (Platón), o con la afirmación del Motor Inmóvil, al que, por su perfección y amor, tienden todas las criaturas como causa final  (Aristóteles). Y algo muy significativo: el primer principio liga sugestivamente el elemento metafísico... y el moral. Dicho de otro modo, por la sana razón, los griegos bordearon los confines del único, trascendente verdadero y santo Dios, aunque no llegaron a admitir su papel en la creación del universo, que estimaban eterno (al igual que los físicos y astrónomos hasta el siglo XX, dicho sea de paso). Por otro lado, aplicando simplemente la regla maestra de la navaja de Occam, (entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem, no multiplicar los entes sin necesidad), puede llegarse a la conclusión de que no pueden existir dos o más seres con los atributos absolutos que el teísmo asocia con Dios, por lo que Éste tiene que ser necesariamente único. 

Los judíos supieron esta Verdad y mucho antes que los mejores filósofos, pero no por reflexión sino por revelación. El YO SOY EL QUE SOY, que surgía de una extraña zarza que ardía sin consumirse, no se manifestó a un sabio o a un poderoso, sino a un pobre exiliado de Egipto en tiempos de Seti I o Ramsés II; un refugiado en una tribu nómada del devastador desierto del Sinaí, un don nadie. El nombre judío original de Dios, además, tiene tanta riqueza conceptual que evoca de modo dinámico el dominio absoluto de Éste sobre el porvenir, así como la fidelidad inquebrantable a su pueblo -Emet- (por eso algunos, como hace la Biblia del Oso de 1569, lo han traducido como YO SERÉ EL QUE SERÉ). Pero también tiene la significación más rigurosamente metafísica y ontológica del SER (la traducción de los LXX, siglo III A.C.). Lo que Santo Tomás definía como Puro Acto de Ser, aquello con un poder tan infinito que puede hacer que las cosas sean o existan ex nihilo.  El Dios de los hebreos, de este modo, superó en todo al que describieron los filósofos por la sencilla razón de que los judíos lo recibieron tal como ES, porque les fue manifestado plenamente por pura gracia (no por mérito alguno, Dt. 9,4) . Los grandes sabios griegos sólo pudieron acercarse con su inteligencia a los bordes del misterio de los misterios, y de un modo fragmentario e imperfecto. Pero al menos lo hicieron porque la razón les llevaba a ello, a la Verdad.

III
El universo, compuesto de materia, energía, espacio y tiempo, tiene un origen, no es eterno.-

Como anteriormente anotamos, y aunque parezca sorprendente no fue hasta bien entrado del siglo XX, cuando los físicos y los astrónomos abandonaron el paradigma, sostenido desde siempre por ateos (Lucrecio, De rerum natura) de la eternidad del universo (y eso a pesar de los inmensos problemas filosóficos que postular esa eternidad conllevaba). Es sobradamente conocido -pero conviene ser traído a colación- que el propio Einstein rechazaba por desagradablemente bíblica la idea del inicio del cosmos; defendía por ello la estabilidad del universo, e incluso introdujo en sus ecuaciones de la relatividad general la llamada "constante cosmológica", para cuadrar sus teorías con esa idea previa. Pero como era un hombre honesto, asumió que estaba equivocado y rectificó. "El peor error de su carrera científica" dicen que afirmó. 

Para percatarse de tal desacierto, bastó que en la década de los veinte del siglo pasado hubiera un cura belga (Lemaitre), que se basó precisamente en las ecuaciones de Einstein, y también un astrónomo norteamericano (Hubble), que se limitó a mirar atentamente por su telescopio. De este modo se cambió el paradigma y se concluyó empíricamente que el universo no solo se expandía (hoy sabemos incluso que con mayor velocidad, merced a la denominada energía oscura), sino que tenía un inicio, que algunos consideran absoluto (materia, energía, espacio y tiempo). Comienzo al que posteriormente se le denominaría Big Bang, y que se acabaría datando en unos 13.500 millones de años, centena de millón arriba o abajo.

Pero es que esa misma conclusión científica -origen y no eternidad- se deduce indiciariamente de las Escrituras: Beresit bara Elohim/En en principio creó Dios... (Gen.1, 1). Aunque mayoritariamente se admite que el verbo hebreo "Bara" implica una creación en sentido estricto (de la nada), también hay quienes cuestionan esa traducción de este solemne versículo con el que principia la Biblia, y presuponen, con Gn. 1,2 (y con Sab. 11,17) la existencia de materia previa, a la que Dios da forma y de la que hace emerger la vida. Pero aun concediendo esa segunda lectura habría que aclarar, en primer lugar, que, si hubiera existido desde siempre esa "materia primordial", solo sería posible por estar fundada en la voluntad del Dios trascendente y omnipotente (es decir, del Dios judío), el cual sostiene todo y sin el cual nada existiría, porque lo material no es causado por sí mismo. Santo Tomás admitía, como no contraria a la razón, la hipótesis de la eternidad de las cosas, pero siempre necesitando la acción creadora-conservadora de Dios (o como expresó San Agustín "omnicreantem et omnitenentem). Mientras en las teogonías antiguas los dioses emergían como productos secundarios del eterno caos y se sometían pacientes al Hado, en la Biblia Dios todopoderoso es anterior a todo y gobierna sin constricciones externas, con la fuerza de su Palabra, ese mismo caos, al que aporta luz y razón para crear el mundo. "Hágase". 

Y en segundo lugar y más importante: la interpretación de ese versículo inicial, debe tener en cuenta las reglas hermenéuticas fijadas en la Dei Verbum, y que son "el contenido y unidad de toda la Sagrada Escritura, la tradición viva de la Iglesia y la analogía de la fe". Y avanzando en la lectura bíblica, llegamos a una de las cumbres de la pedagogía de la Revelación, donde se confirma precisamente la verdad de la creatio ex nihilo, afirmada por la boca de una humilde y analfabeta mujer, madre de siete hijos martirizados (2 Mac. 7, 22-28). Así cierra la Biblia, con este emotivo episodio, la discusión sobre el principio absoluto de nuestro universo, y coincide además con aquello que proclamó nuestro Señor: "Yo te acabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra porque ocultaste estás cosas a los sabios y discretos, y las revelaste a los pequeñuelos. Si, Padre, porque así lo has querido" (Mt. 11,25).

IV
La historia no es cíclica sino lineal y progresiva.-

Y la tercera gran Verdad que nos reporta la Biblia coincide con el concepto moderno de Historia, su linealidad. Por supuesto que no queremos decir que la historia bíblica se haya confeccionado de acuerdo a la metodología actual de la historiografía científica. Obviamente no; como han destacado grandes biblistas, el modo de redactar la historia por parte del hagiógrafo bíblico es muy similar al de otros pueblos del Oriente próximo, y también al de los griegos, pero con una diferencia capital: la dirección divina. 

Primer actor de la historia es la Providencia de Dios: "YO SOY el que anuncio lo que ha de venir y mis planes se cumplirán" (Is. 46, 9). El hombre, siendo libre, no podrá impedir que se realice la Voluntad divina, que se resume en salvar a aquellos que se acojan a Él. Esa direccionalidad implica algo verdaderamente revolucionario, y es la convicción de que la humanidad -no sólo los judíos- ha de alcanzar, por los caminos que Dios establezca y en los momentos que determine, una meta final que los profetas entendieron como el Día de YHWH, donde todo se transformaría. Y hasta Jerusalén, la ciudad de los conflictos sin tasa ni término, alcanzará la paz perpetua: "será habitada sin sobresaltos (...) y las naciones que atacaron Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey YHWH Sabaoth, y a celebrar la fiesta de los tabernáculos" (Zac. 14, 11 y 16). Misma visión finalista y lineal tenemos los cristianos, sólo que el Día del Señor coincidirá con la Segunda Venida de Cristo y la implementación definitiva de su Reino. La Jerusalén a la que accederán los paganos es metáfora de la apertura del Evangelio a los gentiles y su salvación. La historia, por tanto, tiene un término, un fin definitivamente glorioso. Es direccional. 

Porque la historia no está determinada por un hado fatal que la hace dar perpetuas vueltas de un modo cíclico, sino que sigue un patrón lineal, regido por la sabia y bondadosa mano de Dios con el único fin de salvar. La naturaleza circular (y pesimista) de la concepción de la historia de las naciones paganas -su auge, decadencia, hundimiento, nuevo comienzo etc-, puede explicarse por su visión religiosa de un universo sin principio ni fin, eterno, y regido por el destino inexorable -las siniestras Moiras-, a las antípodas de la optimista cosmovisión bíblica. Frente a esa deprimente visión, la Biblia marca un camino progresivo, misterioso pero abierto, que ha inspirado la moderna historiografía. Los historiadores (desde el siglo XVI y sobre todo a partir del siglo XIX, con el ateo Auguste Comte a la cabeza), creían que la historia, siendo lineal y progresiva, tendía hacia un mayor perfeccionamiento de la humanidad, hacia un hombre más científico,  racional y civilizado (y por supuesto menos religioso).  Pero llegó el siglo XX -con sus guerras mundiales, con el Holocausto, las bombas atómicas, el Gulag o los genocidas experimentos sociales del comunismo-, y quedó patente la estúpida ingenuidad (o algo peor) de estos "intelectuales" que creyeron que el progreso técnico llevaría aparejado un mayor desarrollo moral. Olvidaban lo que la Biblia nos recuerda recurrentemente: que existe el pecado original, que afecta a hombres, y a sus estructuras sociales e históricas; que con la fuerza de la Gracia podemos vencerlo, y que debe el hombre luchar sin tregua y con todas sus fuerzas por el bien, la justicia y por el Reinado de Cristo, aunque no seamos más que siervos inútiles y exclusivamente a Él le pertenezca la Gloria. Con Él o sin Él, la historia siempre avanza, solo que con Él nos dirigimos hacia el bien y sin Él hacia el mal. Y en cualquiera de ambos casos bajo su dominio y Providencia, de tal modo que cuanto mayor desesperanza percibimos, su Palabra nos asegura: 

"YO SOY YHWH, tu Dios, el que te toma de la mano y te dice: no temas que Yo estoy contigo"
                                                              (Is. 41,13).

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Tras este rápido repaso a la sabiduría de la Biblia para iluminar tanto los caminos del hombre (individual e histórico), como los senderos de la filosofía y la teología natural (e incluso de la ciencia), una conclusión se impone: no nos encontramos ante un libro más, sino ante el Libro. Una breve biblioteca que, además, nos proporciona a los que amamos la gran literatura, algunas de las páginas más extraordinarias y gratificantes de la historia en poesía, drama o reflexión sapiencial, si bien eso es lo de menos. La Biblia nunca tuvo la pretensión de buscar, con brillantes tropos literarios, la belleza por la belleza (de hecho, algunos de sus textos son muy áridos), sino exponernos la cruda verdad del hombre, su ruptura con Dios y, a pesar de ello, la bondadosa voluntad de Dios, revelado como Abba, de buscarle y salvar lo que estaba perdido (Lc. 19,10-1 Tim. 2,4). No quiso detallarnos el devenir de cada civilización o la naturaleza de las cosas, sino enfocar la realidad personal o colectiva (de ayer, de hoy y de siempre) desde la mirada del único Dios verdadero, con una voluntad explícitamente salvífica. Porque eso es lo que nos anuncia la Biblia en cada página, en cada frase, en cada letra: Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré" (Mt. 11,28). Pero también la Biblia es el libro políticamente incorrecto por excelenciay en ambos Testamentos se nos advierte, sin edulcorar nunca el relato, acerca de la responsabilidad que asumimos en nuestra existencia y se nos avisa de las infaustas consecuencias de no transitar o abandonar esa senda que nuestro Creador nos ha trazado (Sir. 15,17 o Mt. 7,13-14). Por todo ello, por su impronta divina, es lógico que se haya anticipado (aunque no era ésta su finalidad) a los logros de los muchos sabios que en el mundo han sido, como nos confirma la personificada Sabiduría en el Libro de los Proverbios:

"A vosotros ¡oh hombres! clamo, y mi voz a los hijos de Adám.
Aprended, oh simples, prudencia, y vosotros, insensatos, aprended cordura.
Escuchad, pues cosas excelentes anuncio, y la apertura de mis labios profiere cosas rectas,
pues mi boca susurra la Verdad, y abominable a mis labios es lo impío.
Sinceros son todos los dichos de mi boca, no hay en ellos cosa torcida ni perversa.
Todos ellos son cabales para el inteligente, y rectos para quienes han hallado la ciencia.
 
                                                        (Prov. 8, 4-9).


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