I
He leído con sumo interés esta primera Encíclica del Santo Padre, en buena medida para comprobar hasta qué punto su pontificado tiene o no voluntad de continuar la línea doctrinal, polémica por revolucionaria (en fondo y forma), de su predecesor, Francisco. De corazón esperaba vislumbrar un nuevo rumbo, alejado de las novedades de Francisco en materia doctrinal (pena de muerte, juicios marianos...), moral (Amoris Laetitia o Fiducia Supplicans), o litúrgica (Traditionis Custodes o Desiderio Desideravi), que a mi juicio han dividido aún más a los católicos de lo que actualmente están. Curiosamente, el eje vertebrador del documento de León XIV es el contraste entre la erección de la torre de Babel (fruto de la soberbia) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén ordenada por el gobernador Nehemías en tiempos de Artajerjes (que implicó la colaboración solidaria de todos los judíos). Y como, desde mi humilde juicio, de alguna manera podemos asociar al anterior pontificado con el episodio de la confusión de lenguas babélico, cabía esperar que León acogiese el espíritu cooperativo de Nehemías (aunque obviamente no su rotunda xenofobia, véase Neh. 13, 23-25).
Lo cierto es que el anterior pontificado está muy presente -quizás demasiado- en el desarrollo de esta Encíclica, la cual menciona en numerosas ocasiones al papa argentino, e incluso acoge la peculiar máxima de éste y el referente de su pontificado: "el tiempo es superior al espacio". Y no podía faltar el controvertido camino de la sinodalidad, como vemos en el punto 10 y en otros de su articulado:
"Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último. En el Apocalipsis, Juan ve la nueva Jerusalén «que descendía del cielo y venía de Dios» (Ap 21,2) como un regalo para toda la humanidad. Y esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las “ciudades” de hoy".
Sorprende la cita bíblica que se introduce para ligar humanidad y sinodalidad, pues la Nueva Jerusalén que baja del Cielo (Ap. 21, 1 y ss), es un acontecimiento escatológico posterior al Juicio Universal, por lo que no se vincula a la humanidad en su conjunto, sino exclusivamente a los elegidos, de modo que -como indica Juan a continuación- "los cobardes, incrédulos, depravados, asesinos, fornicarios, supersticiosos, idólatras, y todos los falsarios tendrán su parte de herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda" (Ap. 21,8).
De ahí que, si por la humanidad entendemos al género humano, no podemos honestamente calificarla de magnífica. El abc de nuestra fe católica nos enseña que esta misma humanidad, salvo que se acoja a la única redención que le ofrece Cristo, está -literal y no metafóricamente- bajo las garras del diablo (1 Jn. 5,19); no son hijos de Dios, sino hijos de la ira (Ef. 2,3). "El que crea y se bautice se salvará; el que no crea será condenado" (Mc. 16,16). La humanidad sólo será magnífica (y mucho más de lo que se pueda imaginar) si reconoce, con la cabeza y el corazón, a Jesús como el único Señor de las vidas de cada uno de sus miembros.
Por otro lado, y en un ejercicio de falsa humildad (muy a tono con el anterior pontífice), afirma la Encíclica que "la iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad, porque la verdad es no es un territorio que hay que defender sino un bien que hay que compartir" (25). La frase no sólo es ingenua y desafortunada; es -y me duele decirlo- cobarde y falaz. ¿Cómo que el Papa (cabeza de la Iglesia en la tierra) no tiene que defender la Verdad? La Iglesia del Dios Vivo, de Cristo, y de su vicario en la tierra no pueden renunciar jamás a ser "la columna y el fundamento de la Verdad" (1 Tim. 3,15). Y nunca en la historia de la cristiandad la Verdad (con mayúsculas), ha sido más atacada como lo es hoy; incluso -y esta es la dramática novedad de nuestro malhadado tiempo- desde el interior mismo de la Iglesia, por lo que el combate es inexcusable y cuestión de vida o muerte, dado que se pone en juego la salvación de muchos. El Papa no puede decir estas cosas; debe predicar la buena noticia de Jesús "a tiempo y a destiempo" y tiene la grave obligación -como hicieron sus predecesores hasta el Concilio Vaticano II- de "pelear la buena batalla de la fe" (1 Tim. 6,12). Por supuesto, "siendo astuto como las serpientes y manso como las palomas" (Mt. 10,16).
Y es la Iglesia quien debe "evangelizar a los pobres" (numeral 5 de la Sacrosantum Concilium del CVII), y no, como dice el documento, "dejarse evangelizar por los pobres con quienes comparte la historia" (41).
En cualquier caso estas "corteses" concesiones de León XIV a su predecesor en el trono de San Pedro, no puede llevarnos a mirar con recelo el resto del texto, más bien debemos aplicar la sabia y bondadosa regla de San Ignacio de Loyola de "salvar la proposición del prójimo". Por ello, tras leerla y meditarla en su totalidad, pienso que nos encontramos ante un magnífico documento, una luz para guiarnos a los católicos ante el mundo nuevo que ya tenemos encima, marcado por los progresos de la información global y por la IA.
II
Primeramente, me agrada que el Papa vuelva a recordar la doctrina clásica de la diferencia entre la dignidad ontológica (que todos los seres humanos poseemos por igual por el solo hecho de ser seres racionales, "queridos, creados y amados por Dios" (52), y la dignidad operativa (social, existencial y moral (52), que sí puede crecer o disminuir en cada hombre (Santa Teresa de Calcuta tiene la misma dignidad ontológica que ZP, aunque la dignidad operativa de una está a años luz del otro). Sólo afirmando esa crucial distinción puede comprenderse que, desgraciadamente, no pueda excluirse entre los hombres el conflicto, la lucha sin tregua entre el bien y el mal, y la llamada guerra justa, aunque León manifieste como un desideratum que "hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto (192). Quizás hubiera sido oportuna aquí la cita bíblica de que sólo "Cristo es nuestra paz" (Ef. 2,14), "no la paz que da el mundo" (Jn. 14, 27).
También es positivo y valiente que vuelva a recordar que el primer derecho humano es el derecho a la vida "desde la concepción hasta su fin natural" (56).
Muy didáctico y provechoso resulta que vaya mostrando los hitos históricos de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), desde la Rerum Novarum de León XIII (1891), hasta la Encíclica sobre la ecología de Francisco (Laudato Sí, 2015) (59-84), desarrollando los principios rectores de las mismas: la dignidad humana, el bien común, la solidaridad (especialmente con los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales...), la subsidiariedad, destino universal de los bienes, la justicia social o el desarrollo humano integral, que incluye la ecología integral. Un intenso y loable recordatorio, aunque con una conclusión a mi juicio discutible, pues incide una vez más en un camino a ninguna parte -es mi personal opinión- como es el de la inevitable sinodalidad:
"la Doctrina social no es sólo una palabra dirigida a la sociedad; es también un examen de conciencia para la Iglesia, casa y escuela de comunión, siempre llamada a verificar que los principios expuestos en este capítulo se vivan sobre todo en su interior. El bien común, en el ámbito eclesial, toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al servicio del Reino. La Iglesia, en efecto, es «el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión».Esto requiere atención al modo de tomar decisiones y de ejercer la responsabilidad. El Documento final del Sínodo identifica, entre las prácticas decisivas para la transformación misionera, la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación (86).
En todo caso, lo más importante de la Encíclica es que extiende una mirada profundamente católica, de acuerdo a los principios nucleares de la DSI, a fenómenos novedosos en nuestro tiempo como son la irrupción de la IA en nuestras vidas, la implementación en todos los ámbitos de la era digital y la necesidad de un discernimiento adecuado para enfocar estas realidades. La encíclica parte de algo que, aunque parece obvio, no es entendido por muchos. Transcribo completo este numeral, porque, además de brillante, resulta clave para comprender de lo que hablamos:
"Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior (99).
Solo el hombre tiene alma, la máquina jamás la tendrá. A partir de este clarificador texto, el Papa nos recordará los tres graves peligros de un uso desaforado y sin la debida prudencia de la IA: (1).- Acostumbrarnos a buscar respuestas rápidas, con merma del juicio personal y la creatividad (2).- Una falsa sensación de seguridad y objetividad de las rápidas respuestas, que nos hacen olvidar que éstas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado (añado que puede ser por tanto una eficacísima arma de manipulación), y (3).- el hecho de que las palabras de empatía, amistad e incluso amor de la IA, pese a que puedan resultar gratificantes, inducen a engaño, pues detrás no hay un verdadero sujeto personal. "Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia.(…) el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro" (100).
Por todo ello "pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana (106). Y León emplea la contundente palabra "desarmar" que
"significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy no es ya sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esa equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano" (112). Porque, en definitiva, "la capacidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el ciudado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función" (114).
Merecen también ser leídas y meditadas las palabras del Papa sobre el transhumanismo y el posthumanismo, inquietantes conceptos que no significan un intento legítimo de superar las limitaciones inherentes a la condición humana, sino que aspiran a un perverso más allá, "una hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente" (116); es decir, entrar en una nueva etapa evolutiva, si bien nos encontramos aún en una fase meramente especulativa. Aun así, con inmensa perspicacia, el Santo Padre advierte como inevitable corolario de tales insensateces, que
"si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie" (117). Nada nuevo bajo el sol, aunque con mayor tecnología. Probablemente algo parecido, según afirman algunos teólogos, a esa hibridación que intentaron los hombres en Gn. 6, y que trajo como consecuencia el castigo del diluvio universal.
No en vano, concluirá León esta sección ponderando la belleza y dignidad de la condición humana, pues, aun en sus limitaciones, es tal la grandeza de nuestra fe católica que las puede transformar en sabiduría y salvación:
"Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite”, - incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad- tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que «la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios (118).
Gran verdad! Y sobre todo recordará que la única y auténtica elevación del hombre, es la del cristiano que acoge la Gracia: "como enseñaba santo Tomás de Aquino, este proceso de elevación y transformación «sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana» porque hay una distancia infinita entre nuestra naturaleza y la vida de Dios. Sin embargo, es posible ser introducidos en el seno de esa vida inextinguible, incluso mientras caminamos entre los límites de este mundo. Y quien hace posible este camino sólo puede ser el Infinito que se da: es Dios mismo quien supera la desproporción “infinita”. Así se realiza la re-creación de lo humano: «El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente» (2 Co 5,17) (127). Amén.
III
Del tramo final de la Encíclica quiero destacar, en primer lugar, la reflexión que hace el Santo Padre sobre democracia y verdad. A mi juicio, creo que el Papa exhibe aquí una sorprendente ingenuidad, porque si hay algo que ha demostrado la historia es que las más importantes verdades del hombre y de la sociedad (y de la ciencia) ni son ni han sido jamás fruto de consensos (entre otras razones porque las verdades decisivas exigen al hombre común, esfuerzos y renuncias que por principio se niega a hacer, y aunque un hombre pueda ser asceta, una sociedad jamás lo será). El consenso, por supuesto que es necesario para convivir en sociedad sin que los más fuertes destruyan u opriman a los más débiles, y en ese sentido la democracia, entendida en sentido formal como un sistema político de participación del pueblo en la elección de sus gobernantes, de mandatos temporales, y de controles a través de la separacion de poderes, es sin duda un instrumento apto para la convivencia pacífica. Nada más... y nada menos. Pero la Verdad no puede ser objeto de opinión pública y plebiscito (véase los referendos sobre el aborto en países católicos como San Marino o Irlanda, o más grave aún, recordemos esa consulta pública in voce de hace dos mil años en la que el pueblo rechazó a un Rey y lo sustituyó por un césar). Afirmar, como hace la Encíclica, que
"La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común", a mi juicio es una contradicción. Si la democracia pretende -de hecho lo hace- transformarse en una democracia no formal sino material y decide sobre temas por su naturaleza inconsensuables como la Verdad, sólo alcanzará el error. Y de ahí se abre un sumidero hacia el abismo de la tiranía. Lo que debe evitar la democracia es que nos matemos y punto. Con eso sólo habrá conseguido mucho, todo. La Verdad ya nos ha sido dada por Quien dijo de Sí mismo que era "el Camino, la Verdad y la Vida". No era un demócrata precisamente, y además nos aclaró que "su reino no era de este mundo".
Y continúa el Santo Padre:
"Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)" (134).
La pregunta sobre la verdad por supuesto que es esencial, pero no es la democracia el marco adecuado para responderla. El gran handicap de la democracia, como ya anotó Aristóteles (que la miraba con desprecio), radicaba en la inevitable transformación del bien común en intereses bastardos de demagogos, y finalmente en anarquía. La democracia, en definitiva, es útil pero por favor no la relacionemos con la verdad. Aceite y agua.
Muy certero es, sin embargo, el juicio pesimista de León sobre nuestro tiempo, donde sólo la esperanza cristiana -el triunfo del resucitado- tiene la definitiva respuesta:
"La construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal, y hay que llamarlo por su nombre. Esta forma de describir la realidad que vivimos puede parecer sombría o pesimista, pero considero que es una denuncia necesaria. La perspectiva cristiana, sin embargo, no se agota en la denuncia del mal. Nosotros miramos la historia a la luz del Crucificado Resucitado, a quien el Padre ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). No interpretamos el presente como un destino cerrado, sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva" (210).
Aunque también observo con asombro -y cierta indignación- su juicio positivo sobre la ONU (la actual):
"Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor (sic), al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación" (226).
Quiero pensar que el Santo Padre está suficientemente informado de que la ONU (la actual) -sigo precisamente a la IA-: "promueve activamente el acceso al aborto como un derecho humano fundamental (...) la OMS aboga por eliminar las restricciones, argumentando que penalizarlo constituye una forma de violencia y discriminación. Respecto del "gaynomio" "insta a los Estados a legislar para garantizar la igualdad de derechos y evitar la discriminación, incluyendo el reconocimiento legal del matrimonio entre personas del mismo sexo y el acceso a la adopción". Y sobre la "ideología de género", la ONU cuenta con "un mandato del Experto independiente (sic) sobre orientación sexual e identidad de género (...) y asimismo promueve la educación sexual integral y el reconocimiento de la diversidad de género en sus directrices de desarrollo".
"Una civilización, más que del amor, del poliamor" como vemos. Y esta tropa es la encargada de velar por la paz mundial.
Concluyo este análisis señalando que, más allá de estas incomprensibles cesiones mundialistas y más acá de la debida reverencia a su polémico predecesor en la Cátedra de San Pedro, lo cierto es que en su conjunto nos encontramos con una magnífica Encíclica (la encíclica, no la humanidad), que repasa brillantemente los distintos desarrollos de la DSI y que en su núcleo nos ilumina el entendimiento a los católicos con claras directrices sobre fenómenos muy importantes que ya hemos examinado.
La lástima es que a causa de esos defectos puntuales se pueda también decir, con la pesimista sabiduría de Qohelet, "una mosca muerta echa a perder un buen perfume" (Ecl. 10,1).
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