sábado, 22 de agosto de 2026

Teología del Templo en Ezequiel y en Crónicas.


 

(Este artículo es una parte del TFG que estoy realizando para la obtención del título de Bachillerato de Ciencias Religiosas, del Instituto Superior de CC.RR San Isidoro y San Leandro, de la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla. Texto provisional, pendiente de revisión académica).

“Scriptuarum oceanum et mysteriorum Dei labyrinthum”

(San Jerónimo. In Comm. in Ez.).

Es casi seguro que Ezequiel contempló el Templo de Salomón antes de ser destruido por las tropas babilónicas (587 a.C.), y es posible también que lo conociera cuando estaba en ruinas. Sabemos que él sufrió el primer destierro, el del año 597 a.C. (2 Re. 24,14), y cuenta en su profecia que el mismo año de sus visiones de la Gloria de Dios que abandonaba el Templo por las abominaciones que ocurrían en su interior, el año 572 a.C. (unos quince años después de ser destruida la ciudad santa), fue cuando pudo observar en visión el monte del templo.

“La mano de YHWH me condujo allá (…) me trasladó al país de Israel, sobre una montaña muy alta, encima de la cual había como las construcciones de una ciudad por la parte del mediodía” (Ez. 40,1-2).

 Una figura celestial, con aspecto de bronce y que llevaba en la mano un cordel de lino y una caña de medir, exhorta al profeta a anunciar cuanto ve a la casa de Israel. Y contemplará entonces un inmenso Templo (y sus zonas aledañas), en la cima del Monte Sión, con unas medidas desmesuradas e idealizadas que superan con creces al Templo de Salomón. Para hacernos una idea, éste medía unos 30 metros de largo, 10 metros de ancho y 15 metros de alto (según la medida bíblica 1 codo = unos 45 centímetros). El de Ezequiel mide más del doble, pero además las dimensiones del recinto exterior se desbordan; son tan enormes que superan los 60.000 metros cuadrados, cifra que haría imposible su construcción en la cima del Monte Sión.

Nos asegura la historia que, en esa cumbre, sobre las ruinas del templo salomónico, se reconstruyó entre los años 520-515 a.C. un segundo templo. Sabemos también por Esdras (Es. 3,15-16), que muchos judíos se alegraron al comenzar su cimentación, pero precisamente los más ancianos, los que habían conocido la grandeza del anterior templo se entristecieron pues, como explica Felipe Scio de San Miguel, en su comentario bíblico sobre este versículo:

“fue tan inferior a aquél en esplendor y magnificencia, que los judíos, que habían conocido el primero, lloraban al ver el segundo, como se lee en Esdras”.

 Pero hay un dato más decisivo: los lugares más sagrados de ambos templos, el de Salomón y el de Ezequiel (y sin duda también del reconstruido en el siglo VI a.C.) tenían exactamente las mismas medidas: 18 x 9 metros el Lugar Santo-Hekal (donde estaba el Candelabro de oro de los siete brazos, la Mesa con los panes de la proposición y el Altar del incienso), y 9 x 9 metros el Lugar Santísimo-Debir (el lugar donde reposaba el Arca de la Alianza entre dos Querubines). (Ez. 41, 1-4) (1 Re. 6,17-20).

Podemos pensar que la idéntica dimensión de los lugares más sagrados de los templos que nos presentan las Sagradas Escrituras, se vincula al hecho decisivo de que en ellos decidió residir de modo permanente la Gloria de YHWH, y Él mismo fue el que fijó esos límites para siempre. Según 1 Cro. 28, 11-12, David le entrega a Salomón un modelo de la obra a realizar, en el que le asegura que:

“Todo esto escrito de mano de YHWH se me ha dado a conocer” (1 Cro. 28, 19).

También las medidas del Lugar Santísimo del Templo ideal son indicadas por Dios a Ezequiel (Ez. 41,2) y son idénticas a las del templo de Salomón (2 Cron.3,8). 

Ahora bien, como sabemos, la Gloria de Dios no puede quedar atada a un lugar concreto, pues el mismo Salomón proclamó:

“Pero, ¿de verdad habitará Elhoim con el hombre sobre la tierra? He aquí que los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, ¡cuánto menos esta Casa que te he edificado! (2 Cro. 6,18).

De hecho, la visión de la Gloria de Dios que nos presenta Ezequiel al inicio de su profecía (Ez. 1, 4-14) confirma esta Verdad, al mostrarnos un cuadro con un dinamismo espiritual desmesurado: huracanes, resplandores, rayos, lamassus asirios sosteniendo el trono de YHWH, del único Dios (es decir, sometidos a Él). Eran seres con cuatro caras y cuatro alas, donde se distinguía el rostro de un hombre, las alas de un águila, y el cuerpo de un león y de un toro. Cuatro vivientes, en fin, asentados a su vez sobre cuatro ruedas, cada una de las cuales tenía otra dentro de sí que gira en sentido opuesto, y que marchan sorprendentemente en las cuatro direcciones. Vivientes y ruedas avanzan coordinadas por el Espíritu (Ez. 1,20), pero lo más impresionante será una figura con aspecto de hombre en la cima de la Visión:

“Por encima del basamento que hallábase sobre sus cabezas (las de los Cuatro Vivientes) había una especie de trono como piedra de zafiro, y sobre esa especia de trono una forma con el aspecto de un hombre, sobre él, en lo alto (…) Como el aspecto del arco que aparece en las nubes en el día de lluvia, tal era el aspecto del resplandor que había en derredor: era la visión de la imagen de la Gloria de YHWH” (Ez. 1,26).

En definitiva, el Templo sólo es sagrado porque allí habita la Gloria de Dios -imposible de describir con palabras e ideas humanas convencionales-.  Sin embargo, la maldad y la idolatría del pueblo puede provocar que esa Gloria abandone el recinto donde mora, saliendo del templo y de la ciudad santa. Y eso mismo es lo que nos relatará Ezequiel en estremecedores versículos.

La causa directa por la que la Gloria de Dios se retira del Templo es la idolatría, tanto de laicos como de consagrados. Nos narra el Cap. 8 del Libro de Ezequiel que la mano de fuego de YHWH le agarró por el cabello, mientras rezaba con los ancianos de Israel junto al río Kebar y le transportó extáticamente hacia Jerusalén, ciudad en la que contempló la Gloria de Dios (Ez. 8,4). Pero la luz de esa Gloria le fue desvelando las diversas idolatrías de la ciudad, desde el ídolo del celo, situado a la entrada misma junto a la puerta norte, hasta las implementadas en el mismo templo:

 "las grandes abominaciones que la casa de Israel comete aquí para alejarme del Santuario" (Ez. 8,6).

Vio el profeta en la ciudad a mujeres que plañían a Tammuz (ídolo fenicio de la fecundidad, ligado a los ciclos de la vida) y a hombres que, vueltas las espaldas al templo, adoraban al sol. Luego fue luego trasladado al mismo Templo y por un agujero en la fachada pudo reconocer a sacerdotes que incensaban secretamente "imágenes de reptiles y bestias repugnantes" (Ez.8,19) (probablemente un guiño a Egipto por parte de Sedecías -último rey de la casa de David (597-587 a.C.)- que se había aliado con la nación del Nilo para combatir a Babilonia).

Los sacerdotes, además:

"lo hacían en la oscuridad, cada uno en su respectiva cámara, repleta de imágenes, y afirmaban YHWH no nos ve; YHWH ha abandonado el país" (Ez. 8,12). 

En suma, la Gloria de YHWH que acompañaba a Israel desde su misma constitución como pueblo (Ex. 13,21); la Gloria que se hacía notar con su estruendo en el Tabernáculo móvil que Moisés mandó fabricar en el desierto (Ex. 40, 34-35); y la Gloria presente cuando fue inaugurado el Santuario por Salomón, y que era tan grande que:

“los sacerdotes no pudieron mantenerse prestando servicio por causa de la Nube, pues la Gloria de YHWH había llenado la casa de YHWH" (1 Rey. 8, 10-11);

esa misma Gloria, decimos, abandonó el lugar Santísimo, saliendo de encima del Arca de la Alianza en dirección al umbral este de la Casa (Ez. 9,3). Y, finalmente marchó hacia el Monte oriental de la Ciudad (el monte de los olivos) (Ez. 11,23), decayendo entonces la visión del profeta.

"El Espíritu de Elohim, me trasladó a Caldea, cerca de los cautivos. Y desapareció la visión y comuniqué a los cautivos todas las cosas que YHWH me había comunicado" (Ez. 11,24).

Dios abandona el Templo, y el edificio queda convertido en una mera cáscara vacía que muy pronto será destruida como castigo. Pero el hecho que nos describe Ezequiel de que la salida de la Gloria de YHWH sea precisamente por la puerta oriental (Ez. 11,1), puede interpretarse en el sentido profundo de que YHWH no abandona jamás a su pueblo, desterrado en el oriente, en Babilonia. La mirada misericordiosa de Adonai jamás se aparta de su pueblo.

El Señor deja vacío el templo que había sido profanado por idolatrías, sí, pero jamás deja solo a su pueblo, pues eterna es su misericordia, y se extiende de generación en generación, y nunca nos trata como merecen nuestros pecados. YHWH sigue acompañando a su heredad, porque exilio no significa que Dios haya dejado de su mano a su pueblo. Más bien significa una transformación de su presencia. Lo dirá el mismo Ezequiel:

“Aunque los he alejado de entre las naciones y los he dispersado por los países; sin embargo, he venido a servir un poco para ellos de santuario en los países donde han emigrado” (Ez. 11,16).

Y no transcurrirá mucho tiempo hasta que se produzca el milagro del retorno, y la Gloria de Dios vuelva al templo. Y lo hará por la Puerta Oriental del Templo, la misma por la que lo había abandonado:

"Luego me trasladó a la puerta orientada en dirección al este, y he aquí que la Gloria del Dios de Israel venía del lado oriental. Su ruido era como el ruido de muchas aguas, y la tierra resplandecía de su Gloria. La visión que yo vi era como la visión que había visto cuando vino EL a destruir la ciudad, y la visión que había yo contemplado junto al río Kebar. La Gloria de Dios penetró en la casa por el camino de la puerta que da al oriente” (Ez. 43, 1-3).

Ezequiel no sólo consuela a la comunidad exiliada profetizando el final del exilio. Les anunciará que, tras el destierro, Israel no sólo recuperará lo que fue destruido, sino que habrá una restauración integral –del país, del Templo y sobre todo del espíritu arrepentido del pueblo-, que propiciará una relación más plena y definitiva con YHWH.

El pueblo, al igual que profetizó Jeremías (Jer. 31, 31-33), será purificado:

“Os daré un Espíritu nuevo y un corazón renovado, y quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vuestro interior y guardaréis y practicaréis mis normas” (Ez. 36,27).

Y las dos comunidades divididas, Judá e Israel, volverán a unirse:

“Haré de ellos una sola nación en mi país y en las montañas de Israel, y un solo rey tendrán todos ellos y ya no constituirán dos naciones ni se dividirán en dos reinos” (Ez. 37, 22). 

De modo que:

“Y pactaré con ellos una Alianza de paz; una Alianza eterna con ellos será. Y los estableceré y multiplicaré y colocaré mi Santuario en medio de ellos para siempre” (Ez. 37,26).

Además, la Gloria de Dios produce vida, y el profeta emplea la preciosa metáfora del río de Agua Viva que salía del lado oriental del Templo. Un abundante manantial, que fecundaba los campos con árboles frutales en sus orillas, y que desembocaba en el Mar Muerto, logrando sanear sus aguas y llenarlas de todo tipo de peces, haciendo desaparecer las salinas (Ez. 47, 1-12).

Como vemos, por el lenguaje que usa Ezequiel, se supera con creces lo que es una mera restauración histórica tras el final del exilio; más bien se alcanza una dimensión verdaderamente escatológica, con vistas a un futuro que todavía no ha llegado y que podemos calificarlo como mesiánico. En ese aspecto, la perspectiva del profeta Ezequiel se aparta claramente de Crónicas, cuyo templo sabemos que no es la idealización de Ezequiel, sino la construcción tolerada por el Ciro el Grande (2 Cro. 36, 22-23-Esd 1, 1-2), si bien nos la presenta el Cronista como un mandato imperativo de YHWH al poderoso rey persa.

Si la mirada de Ezequiel se pierde en un futuro preternatural, marcado por un triunfo absoluto de la gloria de Dios (de modo que se puede afirmar ya para siempre que “YHWH está aquí” (Ez. 48,35), Crónicas mira hacia atrás, y sueña con una época ya pretérita –la de Salomón-, que a su juicio debe nuevamente proyectarse sobre la deprimente actualidad en la que vive el pueblo. Pero sin excesivos entusiasmos. La nación israelita debe volver a fabricar lo que fue destruido, una vez ha alcanzado la posibilidad de volver del destierro. El hecho de que, como ya hemos indicado a lo largo de nuestro trabajo, David fue quien recibió de Dios el modelo del templo y confío los planos a Salomón, además de haber organizado el sacerdocio levítico, sirve al autor de Crónicas para no perder los pies del suelo, no elevarse hacia las alturas inasumibles de Ezequiel, y legitimar teológicamente la construcción del Segundo Templo, como una continuación de aquel templo de David y Salomón, sin especiales repercusiones escatológicas.

   Por otro lado, en Ezequiel se observa una obsesión, diríamos patológica, por la restricción de los accesos a los lugares más santos del Templo, limitada a los sacerdotes sadoquitas. Ello puede explicarse, desde el punto de vista histórico por el hecho de haberse permitido en la época anterior a la catástrofe del año 587 a.C.  el paso de personas no consagradas al Templo para ofrecer sacrificios a ídolos. Como también señalamos, para Ezequiel es obligación inexcusable del sacerdote enseñar al pueblo la distinción entre lo santo y lo profano, lo inmundo y lo puro (Ez. 44,33).

Sin embargo, para Crónicas esa distinción no es un asunto especialmente esencial, y se preocupa más de la organización institucional, con un sentido más práctico, distribuyendo sacerdotes, levitas y, en general, todo el personal necesario en un Templo: cantores, porteros, guardianes…

En definitiva, frente a la visión ideal, escatológica y absolutamente sacralizada del Templo que nos proporciona Ezequiel, Crónicas insiste en mostrarlo como una institución histórica, anclada radicalmente en los reyes-liturgos David y Salomón, y cultualmente bien organizada, con clara delimitación e institucionalización de las funciones litúrgicas de cada uno.

Y una última reflexión para concluir este punto y nuestro trabajo.  Pese a las diferencias en la concepción acerca del significado y alcance del Segundo Templo, la restauración escatológica del Templo propuesta por Ezequiel no significa una ruptura del modelo cultual salomónico (el de Crónicas), sino una renovación y purificación; y más concretamente, diría yo, una culminación. El centro de la Presencia divina permanece, y todo el espacio que circunda se reorganiza para lograr la separación perfecta entre lo santo y lo profano (interés supremo del profeta). Es llamativo que la parte más exterior del templo hasta llegar al vestíbulo del santuario (es decir al lugar Santo y al Santísimo), por una parte, se presente como una construcción similar a la de los zigurat babilónicos (con tres terrazas superiores, desde un suelo profano hasta un primer atrio exterior, luego un atrio interior hasta llegar al Santuario). Por otro lado, como ya dijimos, se establecen dimensiones exorbitadas para esas zonas exteriores, sin relación al modelo salomónico. Ambos aspectos –un templo con planta pagana y una extensión inmensa- apuntan a una misma dirección teológica que a continuación examinamos.

Con la descripción de las dimensiones extraordinarias del Templo el profeta, a nuestro juicio, quiso revelarnos la idea capital de que la fuerza de YHWH, aparte de vincularse al templo de Jerusalén, puede seguir a sus fieles hasta el destierro. Pero también algo más. También, a mi juicio, puede significar la expansión y universalización del culto a YHWH, en la línea del último Isaías, es decir, alcanzará a los paganos.

Probablemente esta segunda perspectiva no estuviera presente en la intención del propio Ezequiel (obsesionado únicamente por separar lo profano de lo sagrado). Pero lo cierto es que cabe legítimamente comparar los textos exultantes de los capítulos 36 y 47 de Ezequiel (el primero, acerca de la purificación del pueblo por la acción de Dios; el segundo, sobre la acción benéfica sobre todo el país del templo donde reside la Gloria de Dios) con los también gloriosos versículos del último Isaías (Is, 56-66).

Ciertamente Ezequiel no es, en principio, universalista; incluso hará al final de su libro (Ez. 48) una partición de la tierra entre las tribus israelitas. Pero muy significativo es que el ya citado capítulo 47, concluya con un versículo (23) en el que se considera al extranjero que reside entre ellos, como al israelita nativo. De igual modo, su profecía alude la certeza que tendrán las naciones de la acción salvífica de YHWH con su pueblo:

Entonces conocerán las naciones (…) que Yo, YHWH, he reedificado las cosas destruidas y replantado lo asolado. Yo, YHWH lo he dicho y lo realizaré” (Ez. 36,36).

También el Agua Viva, que ha salido del Templo y ha llenado de color y de alegría el paisaje desértico y las salinas del Mar Muerto, no acabará su recorrido ahí:

Y todo ser viviente (…) allá donde llegue el río vivirá” (Ez. 47,9).

Todo esto, como el caudaloso río que casi arrastra a Ezequiel (Ez. 47, 5-6), desemboca en una clara (y oceánica) conclusión: el Templo y sus aledaños (reconstruidos), donde reside la Gloria de Dios (retornado) y cuyas dimensiones escapan a la vista humana, no puede ceñirse a unos límites geográficos, y en exclusivo beneficio de un pueblo específico, sino que debe extenderse más allá, de modo que despliegue sus efectos benéficos universalmente. Ezequiel, posiblemente sin ser muy consciente de ello, convierte al Templo –o más concretamente a la Gloria de YHWH que lo habita (sin Ella, el Templo es nada)- en una fuente radiante de Vida que se proyecta hacia afuera, y sin límites de raza. Exactamente eso mismo anuncia el último Isaías:

“Pues mi Casa se llamará Casa de oración para todos los pueblos” (Is. 56,7).

Israel es restaurado, pero no como el fin último de la voluntad de Dios, sino como punto de partida de la acción divina, de su Presencia y de su Vida que se proyecta hacia los cuatro puntos cardinales: como las manos y caras de la figura que simboliza la Gloria de Dios (Ez. 1,8), como la dirección de las ruedas en esa misma visón (Ez. 1,17) o como puertas de la Jerusalén ideal (Ez. 48, 30-34), ciudad que el Libro de la Revelación vio bajar del cielo, como una novia ataviada para su esposo, que también albergaba “la gloria de Dios” (Ap. 21, 2-21,11).

Que Ezequiel finalice su profecía en una Jerusalén renovada, rebautizada con el título de “YHWH está aquí” (Ez. 48,35), evoca asimismo a la Jerusalén celeste del último escrito de la Biblia. Un Libro que, con finísima ironía, pondrá fin a aquello que fue en la tierra el centro de toda la Historia Sagrada, es decir, el Templo, sede de la Gloria (Kabod) de Dios. Un lugar tantas veces profanado por el pecado del hombre, y que tantos ríos de tinta hizo correr. Pero que ya será innecesario. 

Como explicó San Pablo a los sabios atenienses:

Dios (…) no habita en santuarios construidos por manos humanas” (Hch. 17,24).

En conclusión, en la Patria última a la que todos estamos convocados para vivir junto a Dios, no habrá ni templos de piedra, ni lugares estancos santos o santísimos, ni luminarias naturales como el sol o la luna. Y allí descansaremos de todos nuestros trabajos, porque estaremos siempre ante Él, y nunca será ya para nosotros Deus absconditus: Se cumplirá así, en plenitud, lo que nos narra el Evangelio de San Juan, aquello que el Señor le aseguró a la samaritana junto al pozo de Jacob, que los verdaderos adoradores adorarán en espíritu y en verdad. El mismo Juan lo confirma en su visión celestial:

“Y no vi Santuario en ella; pues el Señor Todopoderoso, y el Cordero, era su Santuario. Y aquella ciudad no tiene necesidad del sol ni de luna para que la alumbren, pues el esplendor de Dios la ilumina y el Cordero es su lámpara” (Ap. 21,22-23).









 

 

 


jueves, 18 de junio de 2026

La Revelación se clausuró hace dos mil años, Sr. Spielberg.


La historia es como sigue: los gobiernos del mundo ocultan deliberadamente noticias ciertas y contrastadas de comunicaciones con civilizaciones extraterrestres, e incluso disponen de cuerpos de alienígenas procedentes de naves espaciales estrelladas contra la tierra. Además, se trata de una informacion tan reservada, que es posible que ni sea conocida por los actuales gobernantes, siendo manejada exclusivamente por agencias secretas, unas cloacas ajenas a la estructura visible de los Estados, y con fondos procedentes de complejos mecanismos de ingeniería financiera. Ante esto, unos honrados trabajadores de ese organismo ultrasecreto, movidos por un profundo coraje cívico y democrático, se conjuran para que esa verdad se dé a conocer sin reservas a la opinión pública mundial, porque tienen derecho a saber. Sin duda, cada hombre o mujer de nuestro planeta es lo suficientemente maduro, serio y responsable como para extraer las mejores consecuencias de toda índole (incluidas espirituales y religiosas) derivadas de ese revolucionario desvelamiento. Por consiguiente, por motivos filantrópicos como los de Robin Hood, roban el material informático de esa agencia a fin de difundirlo de manera masiva, en canales de televisión en abierto. Y la Agencia intentará impedirlo por todos los medios (incluyendo el asesinato).

Lo anterior es una sinopsis de la última película de Steven Spielberg, Disclosure day, el día de la Revelación (2026), una cinta de ovnis y acción con un argumento, como vemos, algo convencional. Pero lo que la diferencia de otras similares, es la introducción de explícitos elementos religiosos -empezando por el titulo-, de tal modo que podríamos juzgarla como una suerte de Encuentros en la tercera fase (1977) "a lo divino". Si el anterior resumen es el cuerpo de este filme, esos elementos constituyen su alma, su espíritu que nos dirige hacia el último plano de la película, donde se va a entronizar a un Mesías y a su Palabra. En efecto, la periodista Margaret Fairchild (interpretada por la excelente y guapa actriz Emily Blunt),  es presentada como mucho más que una médium que ha recibido de modo telepático la revelación de un alienígena de carne y hueso. Aunque está codificada en un lenguaje críptico-matemático (o gnóstico), ella posee sabiduría para traducirla ante una receptiva humanidad sin rastro de pecado original. Lo hará en directo y delante de las cámaras de televisión, donde previamente millones de absortos espectadores han estado contemplado imágenes y vídeos reales de ovnis y extraterrestres (algunos sometidos a torturas y experimentos en bases militares; guiño probable a la idolatría animalista). Ya en el aire, ella intervendrá con una única palabra, y así concluirá la película. Una palabra que contiene en sí misma tal significación religiosa que permite asegurar que vamos  a recibir una nueva Epifania por parte de un Ungido: "Escuchadme". 

Si suponemos ingenuamente que no se ha pretendido blasfemar, parodiando la sublime Teofanía Trinitaria acaecida durante la Transfiguración del Señor: "Este es mi Hijo muy amado, escuchadle" (Mc. 9,7), creo que nos equivocamos. Quien haya estado suficientemente atento a esta película percibe que aquí las alusiones al cristianismo no son casuales. ¿Es casualidad que en unas escenas anteriores, Margaret sea autora de asombrosos fenómenos preternaturales?  ¿Lo es que los rebeldes de esa Agencia parezcan sumar doce -los doce- y que la reciban como a un enviado e incluso que veamos a alguien arrodillándose ante ella? ¿O que una monja del convento donde se refugian los protagonistas, haya recitado el conocido pasaje joánico "conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres"  (Jn. 8, 32), una frase que, en ese contexto ufológico, puede significar exactamente lo contrario de lo que nos quiso enseñar el Señor. Es decir, aquello tan siniestro de "Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal" (Gn. 3,5). Se nos invita ¡una vez más! a comer del "Árbol de la Ciencia, del bien y del mal", sólo que ayer el anfitrión fue una serpiente y hoy es una actriz en una mera película de entretenimiento. Pero si cedemos a la tentación otra vez, quién duda que nuevamente nos excusaremos compungidos: "Tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí de Ti" (Gn. 3,10). Nada es casual. 

En principio, no sabemos lo que contará Margaret tras ese autoritativo escuchadme. El espectador puede rellenar a su gusto las líneas que han quedado vacías, aunque es muy previsible lo que saldrá de los labios de esa profetisa de los nuevos tiempos. Ante todo, cómo no, una Buena Noticia (un Evangelio): la certeza indubitada de que no estamos solos en este frío e inmenso universo, sino que hay otros seres racionales y con una inteligencia y tecnología suficientemente poderosa que les permite enrollar -como si fuera un calcetín- el espacio-tiempo a fin de poder acceder fácilmente a nosotros. Y, por descontado, no para traer el caos, como propuso Tim Burton con la gamberra "Mars attacks" (1996)Roland Emmerich, en su americanada "Independence day" (1996), o esa serie de culto de los 80, "V", con malvados lagartos extraterrestres. O incluso el propio Spielberg con su estremecedora versión del clásico "La guerra de los mundos" (2005), reverso tenebroso de su insuperable "E.T." (1982).

¡En absoluto!, protestará ahora nuestro venerable director, quizás algo avergonzado por haber llevado hace veinte años a la pantalla una visión tan sanguinolenta de la influente novela de H.G.Wells. Los nuevos alienígenas irrumpirán hoy entre nosotros con las mejores intenciones, con la generosa y altruista vocación de poner en común sus ricos conocimientos, los cuales reportarán decisivas mejoras de la calidad de vida de los humanos (pensemos en las enfermedades y las hambrunas). Asimismo es predecible que, al estar dotados de tan portentosa inteligencia, actúen siempre con un elevado listón de moralidad. Y las tres joyas de su corona, su reflexión metafísica: primero, su idea racional de Dios, elaborada por una mente superior a la humana. Segundo, la posibilidad de que hayan sido agraciados con algún tipo de Revelación Sobrenatural (que compartirán con nosotros). Y por último, la pregunta más personal: ¿Somos inmortales los seres racionales? ¿Lograremos ser felices eternamente? 

Todos esos interrogantes tendrán una respuesta consoladora, quién lo duda, tan excelente para nuestra razón como esperanzadora para nuestra voluntad. Y sus soluciones se aplicarán en nuestro mundo hasta el punto que muchos pensaran que se está implantando una modalidad terrenal del soñado Reino de los Cielos. Pero, como contrapartida, se exigirá a la humanidad determinadas renuncias que irán socavando poco a poco la fe cristiana, hasta un punto insoportable. Se irá transfiriendo la adoración del Dios único a los nuevos salvadores extraterrestres (que al fin y al cabo serían, como nosotros, meras criaturas de ese mismo Dios); es decir, caeríamos inevitablemente en el gravísimo pecado de la idolatría. Porque un principio antropológico universal enseña que las civilizaciones superiores absorben a las inferiores, y esta película parece decirnos que si creíamos que más allá del hombre, sólo estaba Dios y sus ángeles nos equivocábamos

¿Implica tal novedad que debemos replantear nuestras creencias más íntimas (religiosas)?  Que Disclosure day no arriesgue una respuesta explícita a esta cuestión no significa que no haya querido ponerla sobre el tapete e incluso insinuar su respuesta en el sentido más flexible y menos dogmático. De hecho toda esta película parece esforzarse en convencer a los espectadores para que se vayan preparando a fin de asumir un acontecimiento real (y cercano) de tal magnitud que nos obligará a repensar (y hasta sustituir) las verdades que hemos recibido merced a la virtud sobrenatural de la fe.  El propio Spielberg, en una entrevista, insinuó está idea. 

De una cosa estoy seguro. Cualquier nueva revelación de criaturas superiores en inteligencia -si ocurriese- chocaría necesariamente con lo que conocemos por la Revelación sobrenatural tal y como la hemos recibido de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia. La causa de ese choque es que nuestro Dios, tal y como se nos ha revelado, es un Dios celoso (Ex. 20,5), que no admite componendas, idolatrías ni competidores, y que no comparte su gloria con absolutamente nadie (Is. 42,8). Y su mayor gloria ha sido revelarse y encarnarse en Cristo, de una vez para siempre, por amor a su predilecta criatura humana. Con Cristo, concluyen las revelaciones (Hb. 1,2). Es cierto que vendrá por segunda vez, pero no para ampliar el contenido de su primera y única revelación, sino para juzgarnos por nuestra decisión ante ella. 

Por lo tanto, suponiendo que sucediera algo así, que un ángel del Cielo -un extraterrestre, en este caso- pretendiera anunciarnos otra nueva buena noticia, nuestra respuesta como cristianos sólo puede ser reafirmar la contundente expresión que usó San Pablo: anathema sit (Gal. 1,8)Y es que stat crux dum volvitur orbis: ni una coma de nuestra revelación puede ser tocada. El Dios que hemos visto y oído (por fe) en Jesucristo es EL QUE ES desde la eternidad, antes de que existiese la creación;  sí, el único Dios, aunque hubiese creado por amor, además del nuestro, billones y billones de universos en los que pudiera existir vida inteligente, seres capaces de relacionarse con Él. Porque Dios, que trasciende el universo (o los universos), es el mismo, ayer, hoy y siempre, y su revelación a nosotros está cerrada: "ha sido dada una vez (hapax, de forma final y total) a los santos" (Jd. 3). No hay, en consecuencia, nuevas revelaciones, pues ésta se clausuró con la muerte del último apóstol.  El día de la revelación, en definitiva, ya ha acaecido. Como expuso San Juan de la Cruz "Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo hablo junto y de una sola vez en una sola Palabra y no tiene más que hablar" (Subida del Monte Carmelo II, 22-3). 

En conclusión, los cristianos debemos tener grabada está decisiva verdad en nuestra mente, en nuestro corazón y hasta en las jambas de nuestras puertas, y más aún en un tiempo de confusión como el de hoy. "Acuérdate, pues, de lo que has recibido y has oído, y guárdalo y arrepiéntete" (Ap. 3,3). Comprendo perfectamente que, por este enrarecido ambiente espiritual de nuestra época, algunos grupos cristianos (tachados, por supuesto, como "peligrosísimos fundamentalistas") hayan juzgado como satánica está película de ciencia ficción, precisamente porque suponen que profetiza la pronta manifestación de diablos travestidos de alienígenas. Refuerzan esa percepción con la importancia que adquiere en ella la imagen del ojo, un poderoso símbolo de sociedades esotéricas indisimuladamente anticristianas. E incluso citan el pasaje bíblico de Gn. 6,4 como un precedente bíblico-histórico de seres no humanos y semidivinos (denominados hijos de Dios) que copularon con hembras de nuestra especie, dando origen a una raza degenerada que corrompió a la humanidad, y que mereció ser exterminada por el diluvio.

¿Un disparate de los fanáticos del Bible Belt, o una coherente reflexión, basada en el espíritu general de las Sagradas Escrituras y en la convicción de vivir en un mundo donde la impiedad y la tecnología crecen en progresión geométrica? A mí juicio importa poco. Lo relevante no es la conclusión a la que lleguemos (pues podemos equivocarnos) sino estar -como advierte Nuestro Señor- "en vela" (Lc. 31,36). Ante cualquier evento turbador, debemos permanecer vigilantes y firmes en la fe, aunque erremos en la lectura de nuestro  tiempo; mejor eso a que "nos vomiten por tibios" (Ap. 3,16).  

Pero ¿y si, en realidad, estamos exagerando? Al fin y al cabo hablamos de cine, de una entretenida película más de este mítico director, que tantos momentos de felicidad y reflexión nos ha regalado a lo largo de nuestras vidas. Además, los profetas más veraces no están en el celuloide sino en el papel de la Biblia. ¿Y qué se profetiza ahí?:

"Nadie os engañe de ninguna manera; porque no vendrá (el día del Señor) sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios"
                           (2 Tes. 2, 2-3).

Me da que el Anticristo, cuando aparezca (y eso sucederá sí o sí) será humano, demasiado humano. Vamos, que todo quedará en casa. Nada que ver, por lo tanto, con marcianos presuntamente justos y benéficos. O con repulsivos lagartos antropófagos.

viernes, 5 de junio de 2026

Las tres verdades que nos enseñó la Biblia (mucho) antes que la filosofía, la ciencia y la historia.



I

A comienzos del siglo XVII, Caravaggio pintó dos soberbios cuadros sobre el Evangelista Mateo en el instante en que toma la pluma para regalar al mundo sus recuerdos sobre Jesús. Y en ambas pinturas emerge una figura sobrenatural, un ángel. En una, parece que este mensajero divino simplemente le susurrase al oído "palabras arcanas que a nadie se le permite pronunciar" (2 Cor. 12,4). En la otra, le coge la mano para guiar directamente su escritura. A través de ambas representaciones, el genial pintor italiano nos muestra dos perspectivas acerca de la divina inspiración de las Sagradas Escrituras; una, teológicamente admisible; la otra, incorrecta. La primera, cristiana; la segunda, mahometana (significativamente, el primer Mateo lleva halo; el segundo, no).   

Este último cuadro fue rechazado por sus compradores, pero curiosamente no por el frecuente error de eliminar la intervención del espíritu humano en la redacción del evangelio, sino porque les pareció irrespetuosa la imagen del evangelista, con pies sucios y las piernas desnudas. Desgraciadamente ese cuadro ya no existe, pues fue destruido en 1945 por un bombardeo aliado sobre el museo de Berlín que lo cobijaba, pero conservamos fotos del mismo. El otro que pintó, y que hoy podemos admirar en el Louvre,  dibuja al antiguo publicano con la péñola en la mano y los ojos hacia el cielo, donde un ángel parece hablarle. Aunque con el mismo estilo tenebrista del primero, el cuadro presenta figuras más estilizadas y explica de manera más adecuada la inspiración. El hagiógrafo eleva la mirada, y un (invisible) espíritu ilumina y purifica su inteligencia, para escribir "todo y solo lo que Dios quiere'. Este cuadro, a diferencia del anterior, fue adquirido con entusiasmo por los que se lo encargaron al feroz artista italiano, pero solo porque su propuesta era más respetuosa con la figura del publicano Mateo, no por su rigurosidad teológica. De hecho, según muchos críticos, la primera de las pinturas (la que ya no existe) tenía mayor fuerza y mérito, aunque los personajes, desde la perspectiva de inspiración, más evocan a Mahoma y al pésimo espíritu que le reveló su Corán.

Ahora bien, que la Biblia sea el único libro del mundo al podemos calificar como "divino", es una verdad que, a mí juicio, no sólo se fundamenta en el concepto de inspiración, tal y como lo han ido desarrollado los teólogos.  La inspiración, ciertamente, es el elemento sobrenatural (de fe) y el más importante para avalar la autoridad de la Escritura; es el que permite definitivamente conciliar la autoría de Dios con la acción del escritor humano. A este respecto se han dado históricamente numerosas explicaciones a este complicado concepto, pero a mi juicio, ha sido Santo Tomás el que con mayor agudeza ha resuelto el problema, con su distinción entre causa principal y causa instrumental, de tal modo que el Espíritu divino logra, respetando la libertad y la capacidad del hagiógrafo, elevar su mente para que sea capaz de expresar lo que Dios quiere comunicarnos. 

La Constitución Dogmática Dei Verbum (1965) del Concilio Vaticano II sobre la "Divina Revelación", retomando la Dei Filius (1870) del Vaticano I, afirma con rotundidad, en primer lugar, la autoría divina, pero last but no least, la imprescindible cooperación humana, -también como verdadera autoría-, lo que supuso una acertada profundización en la definición dogmática del concilio anterior.

(11) "La Santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque escritos por la autoridad del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se han entregado a la Iglesia.  Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres que, usando de sus propias facultades y medios, de modo que obrando Él en ellos y por ellos , escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería"

Pero como dije, sin recurrir a argumentos de autoridad sobrenatural, podemos mostrar razonablemente hasta qué punto, en este conjunto heterogéneos de libros, escritos por numerosos autores de toda condición y oficio (desde reyes y sacerdotes, a braceros, pastores, pescadores o recaudadores de impuestos), durante varios siglos hasta el I de nuestra era -es decir, en una etapa que se calificaría como precientífica-, ya se afirmaban verdades hoy mayoritariamente aceptadas por las distintas modalidades del saber científico, sin excluir a las ciencias empíricas más rigurosas.  Y eso no obedecía a que los hagiógrafos fueran especialmente listos o a que contasen con sofisticados medios técnicos para escrutar la naturaleza de las cosas, sino precisamente a su condición de hagiógrafos, de receptores de la Palabra de Dios, que no puede engañar ni ser engañado. Es más, como veremos, si el mundo intelectual moderno fue reacio en algunos casos a aceptar esas verdades, en otorgarle un marchamo científico, fue precisamente a causa de que sonaban demasiado bíblicas. Verdades, en definitiva, que la Biblia expresaba en un lenguaje popular, e incluso poético, pero cuyo significado no difiere de las conclusiones que, en numerosas ocasiones se ha alcanzado con la metodología científica. Aunque nuestro mundo es cada vez más irracional y algunos resucitan el disparate del viejo averroísmo latino (puede haber verdades bíblicas y científicas contradictorias entre sí), lo cierto es que Santo Tomás ya nos enseñó que la verdad es una sola y que brota de la aedequatio intellectus et rei. Y que fe y razón son caminos distintos pero que convergen en el mismo lugar, y que no pueden ser viales contradictorios porque Dios es el origen de toda Verdad.

Son tres, a mi juicio, las verdades más importantes que la Biblia anticipó antes de su verificación por la reflexión filosófica o por los procedimientos de las ciencias modernas.

II
La afirmación de un solo principio fundante; de un Dios único y absolutamente trascendente.- 

Los antropólogos, con los escasos datos de que disponen, discuten hoy la hipótesis de si, en los orígenes del hombre, se adoraba a un único Dios, y si esa sencilla piedad degeneró en el  politeísmo (punto de vista bíblico). Variadas han sido las respuestas a tal problema, pero de lo que no cabe la más mínima duda es el hecho de que todas las religiones antiguas eran politeístas (y sus dioses se vinculaban a fuerzas de la naturaleza o a pasiones humanas), salvo la religión judía (Dios único, trascendente, todopoderoso e irrepresentable). Es verdad que, aunque monoteísta, siempre estuvo tentada por la visión más popular del henoteísmo -muchos dioses locales o menores, pero un solo Dios, YHWH-; desviación duramente condenada por los profetas desde mucho antes del exilio de Babilonia. Ya en Dt. 32,17, Moisés asocia a los dioses extranjeros con los demonios, y a partir del exilio y en la etapa persa esa verdad queda fuertemente consolidada. Solo hay un Dios trascendente, no tiene imagen, y los dioses inferiores de los demás pueblos son diablos, es decir, criaturas creadas por el Dios único, y rebeldes, sólo que obligadas a su pesar a no franquear los límites impuestos por el Creador  -véase Job. 1,4 y ss). 

Por otro lado, la recta razón también conduce al monoteísmo, por la vía de la especulación filosófica. Es muy llamativo que los primeros filósofos griegos,  que asumieron la no materialidad del primer principio o Arjé (es decir, los primeros que en rigor hicieron metafísica), eran politeístas de cultura y corazón. Sin embargo, desde el punto de vista racional apuntaban a una unidad suprema con el concepto de Ser (Parménides), con la idea de Bien, principio superior  de la jerarquía de las ideas (Platón), o con la afirmación del Motor Inmóvil, al que, por su perfección y amor, tienden todas las criaturas como causa final  (Aristóteles). Y algo muy significativo: el primer principio liga sugestivamente el elemento metafísico... y el moral. Dicho de otro modo, por la sana razón, los griegos bordearon los confines del único, trascendente verdadero y santo Dios, aunque no llegaron a admitir su papel en la creación del universo, que estimaban eterno (al igual que los físicos y astrónomos hasta el siglo XX, dicho sea de paso). Por otro lado, aplicando simplemente la regla maestra de la navaja de Occam, (entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem, no multiplicar los entes sin necesidad), puede llegarse a la conclusión de que no pueden existir dos o más seres con los atributos absolutos que el teísmo asocia con Dios, por lo que Éste tiene que ser necesariamente único. 

Los judíos supieron esta Verdad y mucho antes que los mejores filósofos, pero no por reflexión sino por revelación. El YO SOY EL QUE SOY, que surgía de una extraña zarza que ardía sin consumirse, no se manifestó a un sabio o a un poderoso, sino a un pobre exiliado de Egipto en tiempos de Seti I o Ramsés II; un refugiado en una tribu nómada del devastador desierto del Sinaí, un don nadie. El nombre judío original de Dios, además, tiene tanta riqueza conceptual que evoca de modo dinámico el dominio absoluto de Éste sobre el porvenir, así como la fidelidad inquebrantable a su pueblo -Emet- (por eso algunos, como hace la Biblia del Oso de 1569, lo han traducido como YO SERÉ EL QUE SERÉ). Pero también tiene la significación más rigurosamente metafísica y ontológica del SER (la traducción de los LXX, siglo III A.C.). Lo que Santo Tomás definía como Puro Acto de Ser, aquello con un poder tan infinito que puede hacer que las cosas sean o existan ex nihilo.  El Dios de los hebreos, de este modo, superó en todo al que describieron los filósofos por la sencilla razón de que los judíos lo recibieron tal como ES, porque les fue manifestado plenamente por pura gracia (no por mérito alguno, Dt. 9,4) . Los grandes sabios griegos sólo pudieron acercarse con su inteligencia a los bordes del misterio de los misterios, y de un modo fragmentario e imperfecto. Pero al menos lo hicieron porque la razón les llevaba a ello, a la Verdad.

III
El universo, compuesto de materia, energía, espacio y tiempo, tiene un origen, no es eterno.-

Como anteriormente anotamos, y aunque parezca sorprendente no fue hasta bien entrado del siglo XX, cuando los físicos y los astrónomos abandonaron el paradigma, sostenido desde siempre por ateos (Lucrecio, De rerum natura) de la eternidad del universo (y eso a pesar de los inmensos problemas filosóficos que postular esa eternidad conllevaba). Es sobradamente conocido -pero conviene ser traído a colación- que el propio Einstein rechazaba por desagradablemente bíblica la idea del inicio del cosmos; defendía por ello la estabilidad del universo, e incluso introdujo en sus ecuaciones de la relatividad general la llamada "constante cosmológica", para cuadrar sus teorías con esa idea previa. Pero como era un hombre honesto, asumió que estaba equivocado y rectificó. "El peor error de su carrera científica" dicen que afirmó. 

Para percatarse de tal desacierto, bastó que en la década de los veinte del siglo pasado hubiera un cura belga (Lemaitre), que se basó precisamente en las ecuaciones de Einstein, y también un astrónomo norteamericano (Hubble), que se limitó a mirar atentamente por su telescopio. De este modo se cambió el paradigma y se concluyó empíricamente que el universo no solo se expandía (hoy sabemos incluso que con mayor velocidad, merced a la denominada energía oscura), sino que tenía un inicio, que algunos consideran absoluto (materia, energía, espacio y tiempo). Comienzo al que posteriormente se le denominaría Big Bang, y que se acabaría datando en unos 13.500 millones de años, centena de millón arriba o abajo.

Pero es que esa misma conclusión científica -origen y no eternidad- se deduce indiciariamente de las Escrituras: Beresit bara Elohim/En en principio creó Dios... (Gen.1, 1). Aunque mayoritariamente se admite que el verbo hebreo "Bara" implica una creación en sentido estricto (de la nada), también hay quienes cuestionan esa traducción de este solemne versículo con el que principia la Biblia, y presuponen, con Gn. 1,2 (y con Sab. 11,17) la existencia de materia previa, a la que Dios da forma y de la que hace emerger la vida. Pero aun concediendo esa segunda lectura habría que aclarar, en primer lugar, que, si hubiera existido desde siempre esa "materia primordial", solo sería posible por estar fundada en la voluntad del Dios trascendente y omnipotente (es decir, del Dios judío), el cual sostiene todo y sin el cual nada existiría, porque lo material no es causado por sí mismo. Santo Tomás admitía, como no contraria a la razón, la hipótesis de la eternidad de las cosas, pero siempre necesitando la acción creadora-conservadora de Dios (o como expresó San Agustín "omnicreantem et omnitenentem). Mientras en las teogonías antiguas los dioses emergían como productos secundarios del eterno caos y se sometían pacientes al Hado, en la Biblia Dios todopoderoso es anterior a todo y gobierna sin constricciones externas, con la fuerza de su Palabra, ese mismo caos, al que aporta luz y razón para crear el mundo. "Hágase". 

Y en segundo lugar y más importante: la interpretación de ese versículo inicial, debe tener en cuenta las reglas hermenéuticas fijadas en la Dei Verbum, y que son "el contenido y unidad de toda la Sagrada Escritura, la tradición viva de la Iglesia y la analogía de la fe". Y avanzando en la lectura bíblica, llegamos a una de las cumbres de la pedagogía de la Revelación, donde se confirma precisamente la verdad de la creatio ex nihilo, afirmada por la boca de una humilde y analfabeta mujer, madre de siete hijos martirizados (2 Mac. 7, 22-28). Así cierra la Biblia, con este emotivo episodio, la discusión sobre el principio absoluto de nuestro universo, y coincide además con aquello que proclamó nuestro Señor: "Yo te acabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra porque ocultaste estás cosas a los sabios y discretos, y las revelaste a los pequeñuelos. Si, Padre, porque así lo has querido" (Mt. 11,25).

IV
La historia no es cíclica sino lineal y progresiva.-

Y la tercera gran Verdad que nos reporta la Biblia coincide con el concepto moderno de Historia, su linealidad. Por supuesto que no queremos decir que la historia bíblica se haya confeccionado de acuerdo a la metodología actual de la historiografía científica. Obviamente no; como han destacado grandes biblistas, el modo de redactar la historia por parte del hagiógrafo bíblico es muy similar al de otros pueblos del Oriente próximo, y también al de los griegos, pero con una diferencia capital: la dirección divina. 

Primer actor de la historia es la Providencia de Dios: "YO SOY el que anuncio lo que ha de venir y mis planes se cumplirán" (Is. 46, 9). El hombre, siendo libre, no podrá impedir que se realice la Voluntad divina, que se resume en salvar a aquellos que se acojan a Él. Esa direccionalidad implica algo verdaderamente revolucionario, y es la convicción de que la humanidad -no sólo los judíos- ha de alcanzar, por los caminos que Dios establezca y en los momentos que determine, una meta final que los profetas entendieron como el Día de YHWH, donde todo se transformaría. Y hasta Jerusalén, la ciudad de los conflictos sin tasa ni término, alcanzará la paz perpetua: "será habitada sin sobresaltos (...) y las naciones que atacaron Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey YHWH Sabaoth, y a celebrar la fiesta de los tabernáculos" (Zac. 14, 11 y 16). Misma visión finalista y lineal tenemos los cristianos, sólo que el Día del Señor coincidirá con la Segunda Venida de Cristo y la implementación definitiva de su Reino. La Jerusalén a la que accederán los paganos es metáfora de la apertura del Evangelio a los gentiles y su salvación. La historia, por tanto, tiene un término, un fin definitivamente glorioso. Es direccional. 

Porque la historia no está determinada por un hado fatal que la hace dar perpetuas vueltas de un modo cíclico, sino que sigue un patrón lineal, regido por la sabia y bondadosa mano de Dios con el único fin de salvar. La naturaleza circular (y pesimista) de la concepción de la historia de las naciones paganas -su auge, decadencia, hundimiento, nuevo comienzo etc-, puede explicarse por su visión religiosa de un universo sin principio ni fin, eterno, y regido por el destino inexorable -las siniestras Moiras-, a las antípodas de la optimista cosmovisión bíblica. Frente a esa deprimente visión, la Biblia marca un camino progresivo, misterioso pero abierto, que ha inspirado la moderna historiografía. Los historiadores (desde el siglo XVI y sobre todo a partir del siglo XIX, con el ateo Auguste Comte a la cabeza), creían que la historia, siendo lineal y progresiva, tendía hacia un mayor perfeccionamiento de la humanidad, hacia un hombre más científico,  racional y civilizado (y por supuesto menos religioso).  Pero llegó el siglo XX -con sus guerras mundiales, con el Holocausto, las bombas atómicas, el Gulag o los genocidas experimentos sociales del comunismo-, y quedó patente la estúpida ingenuidad (o algo peor) de estos "intelectuales" que creyeron que el progreso técnico llevaría aparejado un mayor desarrollo moral. Olvidaban lo que la Biblia nos recuerda recurrentemente: que existe el pecado original, que afecta a hombres, y a sus estructuras sociales e históricas; que con la fuerza de la Gracia podemos vencerlo, y que debe el hombre luchar sin tregua y con todas sus fuerzas por el bien, la justicia y por el Reinado de Cristo, aunque no seamos más que siervos inútiles y exclusivamente a Él le pertenezca la Gloria. Con Él o sin Él, la historia siempre avanza, solo que con Él nos dirigimos hacia el bien y sin Él hacia el mal. Y en cualquiera de ambos casos bajo su dominio y Providencia, de tal modo que cuanto mayor desesperanza percibimos, su Palabra nos asegura: 

"YO SOY YHWH, tu Dios, el que te toma de la mano y te dice: no temas que Yo estoy contigo"
                                                              (Is. 41,13).

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Tras este rápido repaso a la sabiduría de la Biblia para iluminar tanto los caminos del hombre (individual e histórico), como los senderos de la filosofía y la teología natural (e incluso de la ciencia), una conclusión se impone: no nos encontramos ante un libro más, sino ante el Libro. Una breve biblioteca que, además, nos proporciona a los que amamos la gran literatura, algunas de las páginas más extraordinarias y gratificantes de la historia en poesía, drama o reflexión sapiencial, si bien eso es lo de menos. La Biblia nunca tuvo la pretensión de buscar, con brillantes tropos literarios, la belleza por la belleza (de hecho, algunos de sus textos son muy áridos), sino exponernos la cruda verdad del hombre, su ruptura con Dios y, a pesar de ello, la bondadosa voluntad de Dios, revelado como Abba, de buscarle y salvar lo que estaba perdido (Lc. 19,10-1 Tim. 2,4). No quiso detallarnos el devenir de cada civilización o la naturaleza de las cosas, sino enfocar la realidad personal o colectiva (de ayer, de hoy y de siempre) desde la mirada del único Dios verdadero, con una voluntad explícitamente salvífica. Porque eso es lo que nos anuncia la Biblia en cada página, en cada frase, en cada letra: Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré" (Mt. 11,28). Pero también la Biblia es el libro políticamente incorrecto por excelenciay en ambos Testamentos se nos advierte, sin edulcorar nunca el relato, acerca de la responsabilidad que asumimos en nuestra existencia y se nos avisa de las infaustas consecuencias de no transitar o abandonar esa senda que nuestro Creador nos ha trazado (Sir. 15,17 o Mt. 7,13-14). Por todo ello, por su impronta divina, es lógico que se haya anticipado (aunque no era ésta su finalidad) a los logros de los muchos sabios que en el mundo han sido, como nos confirma la personificada Sabiduría en el Libro de los Proverbios:

"A vosotros ¡oh hombres! clamo, y mi voz a los hijos de Adám.
Aprended, oh simples, prudencia, y vosotros, insensatos, aprended cordura.
Escuchad, pues cosas excelentes anuncio, y la apertura de mis labios profiere cosas rectas,
pues mi boca susurra la Verdad, y abominable a mis labios es lo impío.
Sinceros son todos los dichos de mi boca, no hay en ellos cosa torcida ni perversa.
Todos ellos son cabales para el inteligente, y rectos para quienes han hallado la ciencia.
 
                                                        (Prov. 8, 4-9).


martes, 26 de mayo de 2026

Mi lectura de "Magnifica humanitas", la Encíclica de León XIV sobre la IA.



I

He leído con sumo interés esta primera Encíclica del Santo Padre, en buena medida para comprobar hasta qué punto su pontificado tiene o no voluntad de continuar la línea doctrinal, polémica por revolucionaria (en fondo y forma), de su predecesor, Francisco. De corazón esperaba vislumbrar un nuevo rumbo, alejado de las novedades de Francisco en materia doctrinal (pena de muerte, juicios marianos...), moral (Amoris Laetitia o Fiducia Supplicans), o litúrgica (Traditionis Custodes o Desiderio Desideravi), que a mi juicio han dividido aún más a los católicos de lo que actualmente están. Curiosamente, el eje vertebrador del documento de León XIV es el contraste entre la erección de la torre de Babel (fruto de la soberbia) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén ordenada por el gobernador Nehemías en tiempos de Artajerjes (que implicó la colaboración solidaria de todos los judíos). Y como, desde mi humilde juicio, de alguna manera podemos asociar al anterior pontificado con el episodio de la confusión de lenguas babélico, cabía esperar que León acogiese el espíritu cooperativo de Nehemías (aunque obviamente no su rotunda xenofobia, véase Neh. 13, 23-25).    

Lo cierto es que el anterior pontificado está muy presente -quizás demasiado- en el desarrollo de esta Encíclica, la cual menciona en numerosas ocasiones al papa argentino, e incluso acoge la peculiar máxima de éste y el referente de su pontificado: "el tiempo es superior al espacio". Y no podía faltar el controvertido camino de la sinodalidad, como vemos en el punto 10 y en otros de su articulado: 

"Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último. En el Apocalipsis, Juan ve la nueva Jerusalén «que descendía del cielo y venía de Dios» (Ap 21,2) como un regalo para toda la humanidadY esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las “ciudades” de hoy".

Sorprende la cita bíblica que se introduce para ligar humanidad y sinodalidad, pues la Nueva Jerusalén que baja del Cielo (Ap. 21, 1 y ss), es un acontecimiento escatológico posterior al Juicio Universal, por lo que no se vincula a la humanidad en su conjunto, sino exclusivamente a los elegidos, de modo que -como indica Juan a continuación- "los cobardes, incrédulos, depravados, asesinos, fornicarios, supersticiosos, idólatras, y todos los falsarios tendrán su parte de herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda"  (Ap. 21,8).

De ahí que, si por la humanidad entendemos al género humano, no podemos honestamente calificarla de magnífica. El abc de nuestra fe católica nos enseña que esta misma humanidad, salvo que se acoja a la única redención que le ofrece Cristo, está -literal y no metafóricamente- bajo las garras del diablo (1 Jn. 5,19); no son hijos de Dios, sino hijos de la ira (Ef. 2,3). "El que crea y se bautice se salvará; el que no crea será condenado" (Mc. 16,16). La humanidad sólo será magnífica (y mucho más de lo que se pueda imaginar) si reconoce, con la cabeza y el corazón, a Jesús como el único Señor de las vidas de cada uno de sus miembros. 

Por otro lado, y en un ejercicio de falsa humildad (muy a tono con el anterior pontífice), afirma la Encíclica que "la iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad, porque la verdad es no es un territorio que hay que defender sino un bien que hay que compartir" (25). La frase no sólo es ingenua y desafortunada; es -y me duele decirlo- cobarde y falaz. ¿Cómo que el Papa (cabeza de la Iglesia en la tierra) no tiene que defender la Verdad? La Iglesia del Dios Vivo, de Cristo, y de su vicario en la tierra no pueden renunciar jamás a ser "la columna y el fundamento de la Verdad" (1 Tim. 3,15). Y nunca en la historia de la cristiandad la Verdad (con mayúsculas), ha sido más atacada como lo es hoy;  incluso -y esta es la dramática novedad de nuestro malhadado tiempo- desde el interior mismo de la Iglesia, por lo que el combate es inexcusable y cuestión de vida o muerte, dado que se pone en juego la salvación de muchos. El Papa no puede decir estas cosas; debe predicar la buena noticia de Jesús "a tiempo y a destiempo" y tiene la grave obligación -como hicieron sus predecesores hasta el Concilio Vaticano II- de "pelear la buena batalla de la fe" (1 Tim. 6,12). Por supuesto, "siendo astuto como las serpientes y manso como las palomas" (Mt. 10,16).

Y es la Iglesia quien debe "evangelizar a los pobres" (numeral 5 de la Sacrosantum Concilium del CVII), y no, como dice el documento, "dejarse evangelizar por los pobres con quienes comparte la historia" (41).  

En cualquier caso estas "corteses" concesiones de León XIV a su predecesor en el trono de San Pedro, no puede llevarnos a mirar con recelo el resto del texto, más bien debemos aplicar la sabia y bondadosa regla de San Ignacio de Loyola de "salvar la proposición del prójimo". Por ello, tras leerla y meditarla en su totalidad, pienso que nos encontramos ante un magnífico documento, una luz para guiarnos a los católicos ante el mundo nuevo que ya tenemos encima, marcado por los progresos de la información global y por la IA.

II

Primeramente, me agrada que el Papa vuelva a recordar la doctrina clásica de la diferencia entre la dignidad ontológica (que todos los seres humanos poseemos por igual por el solo hecho de ser seres racionales, "queridos, creados y amados por Dios" (52), y la dignidad operativa  (social, existencial y moral (52), que sí puede crecer o disminuir en cada hombre (Santa Teresa de Calcuta tiene la misma dignidad ontológica que ZP, aunque la dignidad operativa de una está a años luz del otro). Sólo afirmando esa crucial distinción puede comprenderse que, desgraciadamente, no pueda excluirse entre los hombres el conflicto, la lucha sin tregua entre el bien y el mal,  y la llamada guerra justa, aunque León manifieste como un desideratum que "hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto (192). Quizás hubiera sido oportuna aquí la cita bíblica de que sólo "Cristo es nuestra paz" (Ef. 2,14), "no la paz que da el mundo" (Jn. 14, 27). 

También es positivo y valiente que vuelva a recordar que el primer derecho humano es el derecho a la vida "desde la concepción hasta su fin natural" (56). 

Muy didáctico y provechoso resulta que vaya mostrando los hitos históricos de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), desde la Rerum Novarum de León XIII (1891), hasta la Encíclica sobre la ecología de Francisco (Laudato Sí, 2015) (59-84), desarrollando los principios rectores de las mismas: la dignidad humana, el bien común, la solidaridad (especialmente con los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales...), la subsidiariedad, destino universal de los bienes, la justicia social o el desarrollo humano integral, que incluye la ecología integral. Un intenso y loable recordatorio, aunque con una conclusión a mi juicio discutible, pues incide una vez más en un camino a ninguna parte -es mi personal opinión- como es el de la inevitable sinodalidad

"la Doctrina social no es sólo una palabra dirigida a la sociedad; es también un examen de conciencia para la Iglesia, casa y escuela de comunión, siempre llamada a verificar que los principios expuestos en este capítulo se vivan sobre todo en su interior. El bien común, en el ámbito eclesial, toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al servicio del Reino. La Iglesia, en efecto, es «el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión».Esto requiere atención al modo de tomar decisiones y de ejercer la responsabilidad. El Documento final del Sínodo identifica, entre las prácticas decisivas para la transformación misionera, la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación (86).

En todo caso, lo más importante de la Encíclica es que extiende una mirada profundamente católica, de acuerdo a los principios nucleares de la DSI, a fenómenos novedosos en nuestro tiempo como son la irrupción de la IA en nuestras vidas, la implementación en todos los ámbitos de la era digital y la necesidad de un discernimiento adecuado para enfocar estas realidades. La encíclica parte de algo que, aunque parece obvio, no es entendido por muchos. Transcribo completo este numeral, porque, además de brillante, resulta clave para comprender de lo que hablamos: 

"Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior (99).

Solo el hombre tiene alma, la máquina jamás la tendrá. A partir de este clarificador texto, el Papa nos recordará los tres graves peligros de un uso desaforado y sin la debida prudencia de la IA:  (1).- Acostumbrarnos a buscar respuestas rápidas, con merma del juicio personal y la creatividad (2).- Una falsa sensación de seguridad y objetividad de las rápidas respuestas, que nos hacen olvidar que éstas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado (añado que puede ser por tanto una eficacísima arma de manipulación), y (3).- el hecho de que las palabras de empatía, amistad e incluso amor de la IA, pese a que puedan resultar gratificantes, inducen a engaño, pues detrás no hay un verdadero sujeto personal. "Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia.(…) el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro" (100).

Por todo ello "pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana (106)León emplea la contundente palabra "desarmar" que 

"significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy no es ya sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esa equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano" (112). Porque, en definitiva, "la capacidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el ciudado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función" (114). 

Merecen también ser leídas y meditadas las palabras del Papa sobre el transhumanismo y el posthumanismo, inquietantes conceptos que no significan un intento legítimo de superar las limitaciones inherentes a la condición humana, sino que aspiran a un perverso más allá, "una hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente" (116); es decir, entrar en una nueva etapa evolutiva, si bien nos encontramos aún en una fase meramente especulativa. Aun así, con inmensa perspicacia, el Santo Padre advierte como inevitable corolario de tales insensateces, que 

 "si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie" (117). Nada nuevo bajo el sol, aunque con mayor tecnología. Probablemente algo parecido, según afirman algunos teólogos, a esa hibridación que intentaron los hombres en Gn. 6, y que trajo como consecuencia el castigo del diluvio universal.

No en vano, concluirá León esta sección ponderando la belleza y dignidad de la condición humana, pues, aun en sus limitaciones, es tal la grandeza de nuestra fe católica que las puede transformar en sabiduría y salvación: 

"Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite”, - incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad- tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que «la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios (118). 

Gran verdad! Y sobre todo recordará que la única y auténtica elevación del hombre, es la del cristiano que acoge la Gracia: "como enseñaba santo Tomás de Aquino, este proceso de elevación y transformación «sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana» porque hay una distancia infinita entre nuestra naturaleza y la vida de Dios. Sin embargo, es posible ser introducidos en el seno de esa vida inextinguible, incluso mientras caminamos entre los límites de este mundo. Y quien hace posible este camino sólo puede ser el Infinito que se da: es Dios mismo quien supera la desproporción “infinita”. Así se realiza la re-creación de lo humano: «El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente» (2 Co 5,17) (127). Amén.

III

Del tramo final de la Encíclica quiero destacar, en primer lugar, la reflexión que hace el Santo Padre sobre democracia y verdad. A mi juicio, creo que el Papa exhibe aquí una sorprendente ingenuidad, porque si hay algo que ha demostrado la historia es que las más importantes verdades del hombre y de la sociedad (y de la ciencia) ni son ni han sido jamás fruto de consensos (entre otras razones porque las verdades decisivas exigen al hombre común, esfuerzos y renuncias que por principio se niega a hacer, y aunque un hombre pueda ser asceta, una sociedad jamás lo será). El consenso, por supuesto que es necesario para convivir en sociedad sin que los más fuertes destruyan u opriman a los más débiles, y en ese sentido la democracia, entendida en sentido formal como un sistema político de participación del pueblo en la elección de sus gobernantes, de mandatos temporales, y de controles a través de la separacion de poderes, es sin duda un instrumento apto para la convivencia pacífica. Nada más... y nada menos. Pero la Verdad no puede ser objeto de opinión pública y plebiscito (véanse los referendos sobre el aborto en países católicos como San Marino o Irlanda, o más grave aún, recordemos esa consulta pública in voce de hace dos mil años en la que el pueblo rechazó a un Rey y lo sustituyó por un césar). Afirmar, como hace la Encíclica, que  

"La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común", a mi juicio es una contradicción. Si la democracia pretende -de hecho lo hace- transformarse en una democracia no formal sino material y decide sobre  temas por su naturaleza inconsensuables como la Verdad, sólo alcanzará el error. Y de ahí se abre un sumidero hacia el abismo de la tiranía. Lo que debe evitar la democracia es que nos matemos y punto. Con eso sólo habrá conseguido mucho, todo. La Verdad ya nos ha sido dada por Quien dijo de Sí mismo que era "el Camino, la Verdad y la Vida". No era un demócrata precisamente, y además nos aclaró que "su reino no era de este mundo". 

Y continúa el Santo Padre: 

"Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)" (134).

La pregunta sobre la verdad por supuesto que es esencial, pero no es la democracia el marco adecuado para responderla. El gran handicap de la democracia, como ya anotó Aristóteles (que la miraba con desprecio),  radicaba en la inevitable transformación del bien común en intereses bastardos de demagogos, y finalmente en anarquía. La democracia, en definitiva, es útil pero por favor no la relacionemos con la verdad. Aceite y agua. 

Muy certero es, sin embargo, el juicio pesimista de León sobre nuestro tiempo, donde sólo la esperanza cristiana -el triunfo del resucitado- tiene la definitiva respuesta:

"La construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal, y hay que llamarlo por su nombre. Esta forma de describir la realidad que vivimos puede parecer sombría o pesimista, pero considero que es una denuncia necesaria. La perspectiva cristiana, sin embargo, no se agota en la denuncia del mal. Nosotros miramos la historia a la luz del Crucificado Resucitado, a quien el Padre ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). No interpretamos el presente como un destino cerrado, sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva" (210).

Aunque también observo con asombro -y cierta indignación- su juicio positivo sobre la ONU (la actual):

"Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor (sic), al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación" (226). 

Quiero pensar que el Santo Padre está suficientemente informado de que la ONU (la actual) -sigo precisamente a la IA-: "promueve activamente el acceso al aborto como un derecho humano fundamental (...) la OMS aboga por eliminar las restricciones, argumentando que penalizarlo constituye una forma de violencia y discriminación. Respecto del "gaymonio" "insta a los Estados a legislar para garantizar la igualdad de derechos y evitar la discriminación, incluyendo el reconocimiento legal del matrimonio entre personas del mismo sexo y el acceso a la adopción". Y sobre la "ideología de género", la ONU cuenta con "un mandato del Experto independiente (sic) sobre orientación sexual e identidad de género (...) y asimismo promueve la educación sexual integral y el reconocimiento de la diversidad de género en sus directrices de desarrollo". 

"Una civilización, más que del amor, del poliamor" como vemos. Y esta tropa es la encargada de velar por la paz mundial. 

Concluyo este análisis señalando que, más allá de estas incomprensibles cesiones mundialistas y más acá de la debida reverencia a su polémico predecesor en la Cátedra de San Pedro, lo cierto es que en su conjunto nos encontramos con una magnífica Encíclica (la encíclica, no la humanidad), que repasa brillantemente los distintos desarrollos de la DSI y que en su núcleo nos ilumina el entendimiento a los católicos con claras directrices sobre fenómenos muy importantes que ya hemos examinado.

La lástima es que a causa de esos defectos puntuales se pueda también decir, con la pesimista sabiduría de Qohelet, "una mosca muerta echa a perder un buen perfume" (Ecl. 10,1).