viernes, 5 de junio de 2026

Las tres verdades que nos enseñó la Biblia (mucho) antes que la filosofía, la ciencia y la historia.



I

A comienzos del siglo XVII, Caravaggio pintó dos soberbios cuadros sobre el Evangelista Mateo en el instante en que toma la pluma para regalar al mundo sus recuerdos sobre Jesús. Y en ambas pinturas emerge una figura sobrenatural, un ángel. En una, parece que este mensajero divino simplemente le susurrase al oído "palabras arcanas que a nadie se le permite pronunciar" (2 Cor. 12,4). En la otra, le coge la mano para guiar directamente su escritura. A través de ambas representaciones, el genial pintor italiano nos muestra dos perspectivas acerca de la divina inspiración de las Sagradas Escrituras; una, teológicamente admisible; la otra, incorrecta. La primera, cristiana; la segunda, mahometana (significativamente, el primer Mateo lleva halo; el segundo, no).   

Este último cuadro fue rechazado por sus compradores, pero curiosamente no por el frecuente error de eliminar la intervención del espíritu humano en la redacción del evangelio, sino porque les pareció irrespetuosa la imagen del evangelista, con pies sucios y las piernas desnudas. Desgraciadamente ese cuadro ya no existe, pues fue destruido en 1945 por un bombardeo aliado sobre el museo de Berlín que lo cobijaba, pero conservamos fotos del mismo. El otro que pintó, y que hoy podemos admirar en el Louvre,  dibuja al antiguo publicano con la péñola en la mano y los ojos hacia el cielo, donde un ángel parece hablarle. Aunque con el mismo estilo tenebrista del primero, el cuadro presenta figuras más estilizadas y explica de manera más adecuada la inspiración. El hagiógrafo eleva la mirada, y un (invisible) espíritu ilumina y purifica su inteligencia, para escribir "todo y solo lo que Dios quiere'. Este cuadro, a diferencia del anterior, fue adquirido con entusiasmo por los que se lo encargaron al feroz artista italiano, pero solo porque su propuesta era más respetuosa con la figura del publicano Mateo, no por su rigurosidad teológica. De hecho, según muchos críticos, la primera de las pinturas (la que ya no existe) tenía mayor fuerza y mérito, aunque los personajes, desde la perspectiva de inspiración, más evocan a Mahoma y al pésimo espíritu que le reveló su Corán.

Ahora bien, que la Biblia sea el único libro del mundo al podemos calificar como "divino", es una verdad que, a mí juicio, no sólo se fundamenta en el concepto de inspiración, tal y como lo han ido desarrollado los teólogos.  La inspiración, ciertamente, es el elemento sobrenatural (de fe) y el más importante para avalar la autoridad de la Escritura; es el que permite definitivamente conciliar la autoría de Dios con la acción del escritor humano. A este respecto se han dado históricamente numerosas explicaciones a este complicado concepto, pero a mi juicio, ha sido Santo Tomás el que con mayor agudeza ha resuelto el problema, con su distinción entre causa principal y causa instrumental, de tal modo que el Espíritu divino logra, respetando la libertad y la capacidad del hagiógrafo, elevar su mente para que sea capaz de expresar lo que Dios quiere comunicarnos. 

La Constitución Dogmática Dei Verbum (1965) del Concilio Vaticano II sobre la "Divina Revelación", retomando la Dei Filius (1870) del Vaticano I, afirma con rotundidad, en primer lugar, la autoría divina, pero last but no least, la imprescindible cooperación humana, -también como verdadera autoría-, lo que supuso una acertada profundización en la definición dogmática del concilio anterior.

(11) "La Santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque escritos por la autoridad del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se han entregado a la Iglesia.  Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres que, usando de sus propias facultades y medios, de modo que obrando Él en ellos y por ellos , escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería"

Pero como dije, sin recurrir a argumentos de autoridad sobrenatural, podemos mostrar razonablemente hasta qué punto, en este conjunto heterogéneos de libros, escritos por numerosos autores de toda condición y oficio (desde reyes y sacerdotes, a braceros, pastores, pescadores o recaudadores de impuestos), durante varios siglos hasta el I de nuestra era -es decir, en una etapa que se calificaría como precientífica-, ya se afirmaban verdades hoy mayoritariamente aceptadas por las distintas modalidades del saber científico, sin excluir a las ciencias empíricas más rigurosas.  Y eso no obedecía a que los hagiógrafos fueran especialmente listos o a que contasen con sofisticados medios técnicos para escrutar la naturaleza de las cosas, sino precisamente a su condición de hagiógrafos, de receptores de la Palabra de Dios, que no puede engañar ni ser engañado. Es más, como veremos, si el mundo intelectual moderno fue reacio en algunos casos a aceptar esas verdades, en otorgarle un marchamo científico, fue precisamente a causa de que sonaban demasiado bíblicas. Verdades, en definitiva, que la Biblia expresaba en un lenguaje popular, e incluso poético, pero cuyo significado no difiere de las conclusiones que, en numerosas ocasiones se ha alcanzado con la metodología científica. Aunque nuestro mundo es cada vez más irracional y algunos resucitan el disparate del viejo averroísmo latino (puede haber verdades bíblicas y científicas contradictorias entre sí), lo cierto es que Santo Tomás ya nos enseñó que la verdad es una sola y que brota de la aedequatio intellectus et rei. Y que fe y razón son caminos distintos pero que convergen en el mismo lugar, y que no pueden ser viales contradictorios porque Dios es el origen de toda Verdad.

Son tres, a mi juicio, las verdades más importantes que la Biblia anticipó antes de su verificación por la reflexión filosófica o por los procedimientos de las ciencias modernas.

II
La afirmación de un solo principio fundante; de un Dios único y absolutamente trascendente.- 

Los antropólogos, con los escasos datos de que disponen, discuten hoy la hipótesis de si, en los orígenes del hombre, se adoraba a un único Dios, y si esa sencilla piedad degeneró en el  politeísmo (punto de vista bíblico). Variadas han sido las respuestas a tal problema, pero de lo que no cabe la más mínima duda es el hecho de que todas las religiones antiguas eran politeístas (y sus dioses se vinculaban a fuerzas de la naturaleza o a pasiones humanas), salvo la religión judía (Dios único, trascendente, todopoderoso e irrepresentable). Es verdad que, aunque monoteísta, siempre estuvo tentada por la visión más popular del henoteísmo -muchos dioses locales o menores, pero un solo Dios, YHWH-; desviación duramente condenada por los profetas desde mucho antes del exilio de Babilonia. Ya en Dt. 32,17, Moisés asocia a los dioses extranjeros con los demonios, y a partir del exilio y en la etapa persa esa verdad queda fuertemente consolidada. Solo hay un Dios trascendente, no tiene imagen, y los dioses inferiores de los demás pueblos son diablos, es decir, criaturas creadas por el Dios único, y rebeldes, sólo que obligadas a su pesar a no franquear los límites impuestos por el Creador  -véase Job. 1,4 y ss). 

Por otro lado, la recta razón también conduce al monoteísmo, por la vía de la especulación filosófica. Es muy llamativo que los primeros filósofos griegos,  que asumieron la no materialidad del primer principio o Arjé (es decir, los primeros que en rigor hicieron metafísica), eran politeístas de cultura y corazón. Sin embargo, desde el punto de vista racional apuntaban a una unidad suprema con el concepto de Ser (Parménides), con la idea de Bien, principio superior  de la jerarquía de las ideas (Platón), o con la afirmación del Motor Inmóvil, al que, por su perfección y amor, tienden todas las criaturas como causa final  (Aristóteles). Y algo muy significativo: el primer principio liga sugestivamente el elemento metafísico... y el moral. Dicho de otro modo, por la sana razón, los griegos bordearon los confines del único, trascendente verdadero y santo Dios, aunque no llegaron a admitir su papel en la creación del universo, que estimaban eterno (al igual que los físicos y astrónomos hasta el siglo XX, dicho sea de paso). Por otro lado, aplicando simplemente la regla maestra de la navaja de Occam, (entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem, no multiplicar los entes sin necesidad), puede llegarse a la conclusión de que no pueden existir dos o más seres con los atributos absolutos que el teísmo asocia con Dios, por lo que Éste tiene que ser necesariamente único. 

Los judíos supieron esta Verdad y mucho antes que los mejores filósofos, pero no por reflexión sino por revelación. El YO SOY EL QUE SOY, que surgía de una extraña zarza que ardía sin consumirse, no se manifestó a un sabio o a un poderoso, sino a un pobre exiliado de Egipto en tiempos de Seti I o Ramsés II; un refugiado en una tribu nómada del devastador desierto del Sinaí, un don nadie. El nombre judío original de Dios, además, tiene tanta riqueza conceptual que evoca de modo dinámico el dominio absoluto de Éste sobre el porvenir, así como la fidelidad inquebrantable a su pueblo -Emet- (por eso algunos, como hace la Biblia del Oso de 1569, lo han traducido como YO SERÉ EL QUE SERÉ). Pero también tiene la significación más rigurosamente metafísica y ontológica del SER (la traducción de los LXX, siglo III A.C.). Lo que Santo Tomás definía como Puro Acto de Ser, aquello con un poder tan infinito que puede hacer que las cosas sean o existan ex nihilo.  El Dios de los hebreos, de este modo, superó en todo al que describieron los filósofos por la sencilla razón de que los judíos lo recibieron tal como ES, porque les fue manifestado plenamente por pura gracia (no por mérito alguno, Dt. 9,4) . Los grandes sabios griegos sólo pudieron acercarse con su inteligencia a los bordes del misterio de los misterios, y de un modo fragmentario e imperfecto. Pero al menos lo hicieron porque la razón les llevaba a ello, a la Verdad.

III
El universo, compuesto de materia, energía, espacio y tiempo, tiene un origen, no es eterno.-

Como anteriormente anotamos, y aunque parezca sorprendente no fue hasta bien entrado del siglo XX, cuando los físicos y los astrónomos abandonaron el paradigma, sostenido desde siempre por ateos (Lucrecio, De rerum natura) de la eternidad del universo (y eso a pesar de los inmensos problemas filosóficos que postular esa eternidad conllevaba). Es sobradamente conocido -pero conviene ser traído a colación- que el propio Einstein rechazaba por desagradablemente bíblica la idea del inicio del cosmos; defendía por ello la estabilidad del universo, e incluso introdujo en sus ecuaciones de la relatividad general la llamada "constante cosmológica", para cuadrar sus teorías con esa idea previa. Pero como era un hombre honesto, asumió que estaba equivocado y rectificó. "El peor error de su carrera científica" dicen que afirmó. 

Para percatarse de tal desacierto, bastó que en la década de los veinte del siglo pasado hubiera un cura belga (Lemaitre), que se basó precisamente en las ecuaciones de Einstein, y también un astrónomo norteamericano (Hubble), que se limitó a mirar atentamente por su telescopio. De este modo se cambió el paradigma y se concluyó empíricamente que el universo no solo se expandía (hoy sabemos incluso que con mayor velocidad, merced a la denominada energía oscura), sino que tenía un inicio, que algunos consideran absoluto (materia, energía, espacio y tiempo). Comienzo al que posteriormente se le denominaría Big Bang, y que se acabaría datando en unos 13.500 millones de años, centena de millón arriba o abajo.

Pero es que esa misma conclusión científica -origen y no eternidad- se deduce indiciariamente de las Escrituras: Beresit bara Elohim/En en principio creó Dios... (Gen.1, 1). Aunque mayoritariamente se admite que el verbo hebreo "Bara" implica una creación en sentido estricto (de la nada), también hay quienes cuestionan esa traducción de este solemne versículo con el que principia la Biblia, y presuponen, con Gn. 1,2 (y con Sab. 11,17) la existencia de materia previa, a la que Dios da forma y de la que hace emerger la vida. Pero aun concediendo esa segunda lectura habría que aclarar, en primer lugar, que, si hubiera existido desde siempre esa "materia primordial", solo sería posible por estar fundada en la voluntad del Dios trascendente y omnipotente (es decir, del Dios judío), el cual sostiene todo y sin el cual nada existiría, porque lo material no es causado por sí mismo. Santo Tomás admitía, como no contraria a la razón, la hipótesis de la eternidad de las cosas, pero siempre necesitando la acción creadora-conservadora de Dios (o como expresó San Agustín "omnicreantem et omnitenentem). Mientras en las teogonías antiguas los dioses emergían como productos secundarios del eterno caos y se sometían pacientes al Hado, en la Biblia Dios todopoderoso es anterior a todo y gobierna sin constricciones externas, con la fuerza de su Palabra, ese mismo caos, al que aporta luz y razón para crear el mundo. "Hágase". 

Y en segundo lugar y más importante: la interpretación de ese versículo inicial, debe tener en cuenta las reglas hermenéuticas fijadas en la Dei Verbum, y que son "el contenido y unidad de toda la Sagrada Escritura, la tradición viva de la Iglesia y la analogía de la fe". Y avanzando en la lectura bíblica, llegamos a una de las cumbres de la pedagogía de la Revelación, donde se confirma precisamente la verdad de la creatio ex nihilo, afirmada por la boca de una humilde y analfabeta mujer, madre de siete hijos martirizados (2 Mac. 7, 22-28). Así cierra la Biblia, con este emotivo episodio, la discusión sobre el principio absoluto de nuestro universo, y coincide además con aquello que proclamó nuestro Señor: "Yo te acabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra porque ocultaste estás cosas a los sabios y discretos, y las revelaste a los pequeñuelos. Si, Padre, porque así lo has querido" (Mt. 11,25).

IV
La historia no es cíclica sino lineal y progresiva.-

Y la tercera gran Verdad que nos reporta la Biblia coincide con el concepto moderno de Historia, su linealidad. Por supuesto que no queremos decir que la historia bíblica se haya confeccionado de acuerdo a la metodología actual de la historiografía científica. Obviamente no; como han destacado grandes biblistas, el modo de redactar la historia por parte del hagiógrafo bíblico es muy similar al de otros pueblos del Oriente próximo, y también al de los griegos, pero con una diferencia capital: la dirección divina. 

Primer actor de la historia es la Providencia de Dios: "YO SOY el que anuncio lo que ha de venir y mis planes se cumplirán" (Is. 46, 9). El hombre, siendo libre, no podrá impedir que se realice la Voluntad divina, que se resume en salvar a aquellos que se acojan a Él. Esa direccionalidad implica algo verdaderamente revolucionario, y es la convicción de que la humanidad -no sólo los judíos- ha de alcanzar, por los caminos que Dios establezca y en los momentos que determine, una meta final que los profetas entendieron como el Día de YHWH, donde todo se transformaría. Y hasta Jerusalén, la ciudad de los conflictos sin tasa ni término, alcanzará la paz perpetua: "será habitada sin sobresaltos (...) y las naciones que atacaron Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey YHWH Sabaoth, y a celebrar la fiesta de los tabernáculos" (Zac. 14, 11 y 16). Misma visión finalista y lineal tenemos los cristianos, sólo que el Día del Señor coincidirá con la Segunda Venida de Cristo y la implementación definitiva de su Reino. La Jerusalén a la que accederán los paganos es metáfora de la apertura del Evangelio a los gentiles y su salvación. La historia, por tanto, tiene un término, un fin definitivamente glorioso. Es direccional. 

Porque la historia no está determinada por un hado fatal que la hace dar perpetuas vueltas de un modo cíclico, sino que sigue un patrón lineal, regido por la sabia y bondadosa mano de Dios con el único fin de salvar. La naturaleza circular (y pesimista) de la concepción de la historia de las naciones paganas -su auge, decadencia, hundimiento, nuevo comienzo etc-, puede explicarse por su visión religiosa de un universo sin principio ni fin, eterno, y regido por el destino inexorable -las siniestras Moiras-, a las antípodas de la optimista cosmovisión bíblica. Frente a esa deprimente visión, la Biblia marca un camino progresivo, misterioso pero abierto, que ha inspirado la moderna historiografía. Los historiadores (desde el siglo XVI y sobre todo a partir del siglo XIX, con el ateo Auguste Comte a la cabeza), creían que la historia, siendo lineal y progresiva, tendía hacia un mayor perfeccionamiento de la humanidad, hacia un hombre más científico,  racional y civilizado (y por supuesto menos religioso).  Pero llegó el siglo XX -con sus guerras mundiales, con el Holocausto, las bombas atómicas, el Gulag o los genocidas experimentos sociales del comunismo-, y quedó patente la estúpida ingenuidad (o algo peor) de estos "intelectuales" que creyeron que el progreso técnico llevaría aparejado un mayor desarrollo moral. Olvidaban lo que la Biblia nos recuerda recurrentemente: que existe el pecado original, que afecta a hombres, y a sus estructuras sociales e históricas; que con la fuerza de la Gracia podemos vencerlo, y que debe el hombre luchar sin tregua y con todas sus fuerzas por el bien, la justicia y por el Reinado de Cristo, aunque no seamos más que siervos inútiles y exclusivamente a Él le pertenezca la Gloria. Con Él o sin Él, la historia siempre avanza, solo que con Él nos dirigimos hacia el bien y sin Él hacia el mal. Y en cualquiera de ambos casos bajo su dominio y Providencia, de tal modo que cuanto mayor desesperanza percibimos, su Palabra nos asegura: 

"YO SOY YHWH, tu Dios, el que te toma de la mano y te dice: no temas que Yo estoy contigo"
                                                              (Is. 41,13).

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Tras este rápido repaso a la sabiduría de la Biblia para iluminar tanto los caminos del hombre (individual e histórico), como los senderos de la filosofía y la teología natural (e incluso de la ciencia), una conclusión se impone: no nos encontramos ante un libro más, sino ante el Libro. Una breve biblioteca que, además, nos proporciona a los que amamos la gran literatura, algunas de las páginas más extraordinarias y gratificantes de la historia en poesía, drama o reflexión sapiencial, si bien eso es lo de menos. La Biblia nunca tuvo la pretensión de buscar, con brillantes tropos literarios, la belleza por la belleza (de hecho, algunos de sus textos son muy áridos), sino exponernos la cruda verdad del hombre, su ruptura con Dios y, a pesar de ello, la bondadosa voluntad de Dios, revelado como Abba, de buscarle y salvar lo que estaba perdido (Lc. 19,10-1 Tim. 2,4). No quiso detallarnos el devenir de cada civilización o la naturaleza de las cosas, sino enfocar la realidad personal o colectiva (de ayer, de hoy y de siempre) desde la mirada del único Dios verdadero, con una voluntad explícitamente salvífica. Porque eso es lo que nos anuncia la Biblia en cada página, en cada frase, en cada letra: Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré" (Mt. 11,28). Pero también la Biblia es el libro políticamente incorrecto por excelenciay en ambos Testamentos se nos advierte, sin edulcorar nunca el relato, acerca de la responsabilidad que asumimos en nuestra existencia y se nos avisa de las infaustas consecuencias de no transitar o abandonar esa senda que nuestro Creador nos ha trazado (Sir. 15,17 o Mt. 7,13-14). Por todo ello, por su impronta divina, es lógico que se haya anticipado (aunque no era ésta su finalidad) a los logros de los muchos sabios que en el mundo han sido, como nos confirma la personificada Sabiduría en el Libro de los Proverbios:

"A vosotros ¡oh hombres! clamo, y mi voz a los hijos de Adám.
Aprended, oh simples, prudencia, y vosotros, insensatos, aprended cordura.
Escuchad, pues cosas excelentes anuncio, y la apertura de mis labios profiere cosas rectas,
pues mi boca susurra la Verdad, y abominable a mis labios es lo impío.
Sinceros son todos los dichos de mi boca, no hay en ellos cosa torcida ni perversa.
Todos ellos son cabales para el inteligente, y rectos para quienes han hallado la ciencia.
 
                                                        (Prov. 8, 4-9).


martes, 26 de mayo de 2026

Mi lectura de "Magnifica humanitas", la Encíclica de León XIV sobre la IA.



I

He leído con sumo interés esta primera Encíclica del Santo Padre, en buena medida para comprobar hasta qué punto su pontificado tiene o no voluntad de continuar la línea doctrinal, polémica por revolucionaria (en fondo y forma), de su predecesor, Francisco. De corazón esperaba vislumbrar un nuevo rumbo, alejado de las novedades de Francisco en materia doctrinal (pena de muerte, juicios marianos...), moral (Amoris Laetitia o Fiducia Supplicans), o litúrgica (Traditionis Custodes o Desiderio Desideravi), que a mi juicio han dividido aún más a los católicos de lo que actualmente están. Curiosamente, el eje vertebrador del documento de León XIV es el contraste entre la erección de la torre de Babel (fruto de la soberbia) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén ordenada por el gobernador Nehemías en tiempos de Artajerjes (que implicó la colaboración solidaria de todos los judíos). Y como, desde mi humilde juicio, de alguna manera podemos asociar al anterior pontificado con el episodio de la confusión de lenguas babélico, cabía esperar que León acogiese el espíritu cooperativo de Nehemías (aunque obviamente no su rotunda xenofobia, véase Neh. 13, 23-25).    

Lo cierto es que el anterior pontificado está muy presente -quizás demasiado- en el desarrollo de esta Encíclica, la cual menciona en numerosas ocasiones al papa argentino, e incluso acoge la peculiar máxima de éste y el referente de su pontificado: "el tiempo es superior al espacio". Y no podía faltar el controvertido camino de la sinodalidad, como vemos en el punto 10 y en otros de su articulado: 

"Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último. En el Apocalipsis, Juan ve la nueva Jerusalén «que descendía del cielo y venía de Dios» (Ap 21,2) como un regalo para toda la humanidadY esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las “ciudades” de hoy".

Sorprende la cita bíblica que se introduce para ligar humanidad y sinodalidad, pues la Nueva Jerusalén que baja del Cielo (Ap. 21, 1 y ss), es un acontecimiento escatológico posterior al Juicio Universal, por lo que no se vincula a la humanidad en su conjunto, sino exclusivamente a los elegidos, de modo que -como indica Juan a continuación- "los cobardes, incrédulos, depravados, asesinos, fornicarios, supersticiosos, idólatras, y todos los falsarios tendrán su parte de herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda"  (Ap. 21,8).

De ahí que, si por la humanidad entendemos al género humano, no podemos honestamente calificarla de magnífica. El abc de nuestra fe católica nos enseña que esta misma humanidad, salvo que se acoja a la única redención que le ofrece Cristo, está -literal y no metafóricamente- bajo las garras del diablo (1 Jn. 5,19); no son hijos de Dios, sino hijos de la ira (Ef. 2,3). "El que crea y se bautice se salvará; el que no crea será condenado" (Mc. 16,16). La humanidad sólo será magnífica (y mucho más de lo que se pueda imaginar) si reconoce, con la cabeza y el corazón, a Jesús como el único Señor de las vidas de cada uno de sus miembros. 

Por otro lado, y en un ejercicio de falsa humildad (muy a tono con el anterior pontífice), afirma la Encíclica que "la iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad, porque la verdad es no es un territorio que hay que defender sino un bien que hay que compartir" (25). La frase no sólo es ingenua y desafortunada; es -y me duele decirlo- cobarde y falaz. ¿Cómo que el Papa (cabeza de la Iglesia en la tierra) no tiene que defender la Verdad? La Iglesia del Dios Vivo, de Cristo, y de su vicario en la tierra no pueden renunciar jamás a ser "la columna y el fundamento de la Verdad" (1 Tim. 3,15). Y nunca en la historia de la cristiandad la Verdad (con mayúsculas), ha sido más atacada como lo es hoy;  incluso -y esta es la dramática novedad de nuestro malhadado tiempo- desde el interior mismo de la Iglesia, por lo que el combate es inexcusable y cuestión de vida o muerte, dado que se pone en juego la salvación de muchos. El Papa no puede decir estas cosas; debe predicar la buena noticia de Jesús "a tiempo y a destiempo" y tiene la grave obligación -como hicieron sus predecesores hasta el Concilio Vaticano II- de "pelear la buena batalla de la fe" (1 Tim. 6,12). Por supuesto, "siendo astuto como las serpientes y manso como las palomas" (Mt. 10,16).

Y es la Iglesia quien debe "evangelizar a los pobres" (numeral 5 de la Sacrosantum Concilium del CVII), y no, como dice el documento, "dejarse evangelizar por los pobres con quienes comparte la historia" (41).  

En cualquier caso estas "corteses" concesiones de León XIV a su predecesor en el trono de San Pedro, no puede llevarnos a mirar con recelo el resto del texto, más bien debemos aplicar la sabia y bondadosa regla de San Ignacio de Loyola de "salvar la proposición del prójimo". Por ello, tras leerla y meditarla en su totalidad, pienso que nos encontramos ante un magnífico documento, una luz para guiarnos a los católicos ante el mundo nuevo que ya tenemos encima, marcado por los progresos de la información global y por la IA.

II

Primeramente, me agrada que el Papa vuelva a recordar la doctrina clásica de la diferencia entre la dignidad ontológica (que todos los seres humanos poseemos por igual por el solo hecho de ser seres racionales, "queridos, creados y amados por Dios" (52), y la dignidad operativa  (social, existencial y moral (52), que sí puede crecer o disminuir en cada hombre (Santa Teresa de Calcuta tiene la misma dignidad ontológica que ZP, aunque la dignidad operativa de una está a años luz del otro). Sólo afirmando esa crucial distinción puede comprenderse que, desgraciadamente, no pueda excluirse entre los hombres el conflicto, la lucha sin tregua entre el bien y el mal,  y la llamada guerra justa, aunque León manifieste como un desideratum que "hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto (192). Quizás hubiera sido oportuna aquí la cita bíblica de que sólo "Cristo es nuestra paz" (Ef. 2,14), "no la paz que da el mundo" (Jn. 14, 27). 

También es positivo y valiente que vuelva a recordar que el primer derecho humano es el derecho a la vida "desde la concepción hasta su fin natural" (56). 

Muy didáctico y provechoso resulta que vaya mostrando los hitos históricos de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), desde la Rerum Novarum de León XIII (1891), hasta la Encíclica sobre la ecología de Francisco (Laudato Sí, 2015) (59-84), desarrollando los principios rectores de las mismas: la dignidad humana, el bien común, la solidaridad (especialmente con los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales...), la subsidiariedad, destino universal de los bienes, la justicia social o el desarrollo humano integral, que incluye la ecología integral. Un intenso y loable recordatorio, aunque con una conclusión a mi juicio discutible, pues incide una vez más en un camino a ninguna parte -es mi personal opinión- como es el de la inevitable sinodalidad

"la Doctrina social no es sólo una palabra dirigida a la sociedad; es también un examen de conciencia para la Iglesia, casa y escuela de comunión, siempre llamada a verificar que los principios expuestos en este capítulo se vivan sobre todo en su interior. El bien común, en el ámbito eclesial, toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al servicio del Reino. La Iglesia, en efecto, es «el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión».Esto requiere atención al modo de tomar decisiones y de ejercer la responsabilidad. El Documento final del Sínodo identifica, entre las prácticas decisivas para la transformación misionera, la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación (86).

En todo caso, lo más importante de la Encíclica es que extiende una mirada profundamente católica, de acuerdo a los principios nucleares de la DSI, a fenómenos novedosos en nuestro tiempo como son la irrupción de la IA en nuestras vidas, la implementación en todos los ámbitos de la era digital y la necesidad de un discernimiento adecuado para enfocar estas realidades. La encíclica parte de algo que, aunque parece obvio, no es entendido por muchos. Transcribo completo este numeral, porque, además de brillante, resulta clave para comprender de lo que hablamos: 

"Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior (99).

Solo el hombre tiene alma, la máquina jamás la tendrá. A partir de este clarificador texto, el Papa nos recordará los tres graves peligros de un uso desaforado y sin la debida prudencia de la IA:  (1).- Acostumbrarnos a buscar respuestas rápidas, con merma del juicio personal y la creatividad (2).- Una falsa sensación de seguridad y objetividad de las rápidas respuestas, que nos hacen olvidar que éstas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado (añado que puede ser por tanto una eficacísima arma de manipulación), y (3).- el hecho de que las palabras de empatía, amistad e incluso amor de la IA, pese a que puedan resultar gratificantes, inducen a engaño, pues detrás no hay un verdadero sujeto personal. "Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia.(…) el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro" (100).

Por todo ello "pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana (106)León emplea la contundente palabra "desarmar" que 

"significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy no es ya sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esa equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano" (112). Porque, en definitiva, "la capacidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el ciudado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función" (114). 

Merecen también ser leídas y meditadas las palabras del Papa sobre el transhumanismo y el posthumanismo, inquietantes conceptos que no significan un intento legítimo de superar las limitaciones inherentes a la condición humana, sino que aspiran a un perverso más allá, "una hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente" (116); es decir, entrar en una nueva etapa evolutiva, si bien nos encontramos aún en una fase meramente especulativa. Aun así, con inmensa perspicacia, el Santo Padre advierte como inevitable corolario de tales insensateces, que 

 "si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie" (117). Nada nuevo bajo el sol, aunque con mayor tecnología. Probablemente algo parecido, según afirman algunos teólogos, a esa hibridación que intentaron los hombres en Gn. 6, y que trajo como consecuencia el castigo del diluvio universal.

No en vano, concluirá León esta sección ponderando la belleza y dignidad de la condición humana, pues, aun en sus limitaciones, es tal la grandeza de nuestra fe católica que las puede transformar en sabiduría y salvación: 

"Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite”, - incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad- tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que «la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios (118). 

Gran verdad! Y sobre todo recordará que la única y auténtica elevación del hombre, es la del cristiano que acoge la Gracia: "como enseñaba santo Tomás de Aquino, este proceso de elevación y transformación «sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana» porque hay una distancia infinita entre nuestra naturaleza y la vida de Dios. Sin embargo, es posible ser introducidos en el seno de esa vida inextinguible, incluso mientras caminamos entre los límites de este mundo. Y quien hace posible este camino sólo puede ser el Infinito que se da: es Dios mismo quien supera la desproporción “infinita”. Así se realiza la re-creación de lo humano: «El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente» (2 Co 5,17) (127). Amén.

III

Del tramo final de la Encíclica quiero destacar, en primer lugar, la reflexión que hace el Santo Padre sobre democracia y verdad. A mi juicio, creo que el Papa exhibe aquí una sorprendente ingenuidad, porque si hay algo que ha demostrado la historia es que las más importantes verdades del hombre y de la sociedad (y de la ciencia) ni son ni han sido jamás fruto de consensos (entre otras razones porque las verdades decisivas exigen al hombre común, esfuerzos y renuncias que por principio se niega a hacer, y aunque un hombre pueda ser asceta, una sociedad jamás lo será). El consenso, por supuesto que es necesario para convivir en sociedad sin que los más fuertes destruyan u opriman a los más débiles, y en ese sentido la democracia, entendida en sentido formal como un sistema político de participación del pueblo en la elección de sus gobernantes, de mandatos temporales, y de controles a través de la separacion de poderes, es sin duda un instrumento apto para la convivencia pacífica. Nada más... y nada menos. Pero la Verdad no puede ser objeto de opinión pública y plebiscito (véanse los referendos sobre el aborto en países católicos como San Marino o Irlanda, o más grave aún, recordemos esa consulta pública in voce de hace dos mil años en la que el pueblo rechazó a un Rey y lo sustituyó por un césar). Afirmar, como hace la Encíclica, que  

"La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común", a mi juicio es una contradicción. Si la democracia pretende -de hecho lo hace- transformarse en una democracia no formal sino material y decide sobre  temas por su naturaleza inconsensuables como la Verdad, sólo alcanzará el error. Y de ahí se abre un sumidero hacia el abismo de la tiranía. Lo que debe evitar la democracia es que nos matemos y punto. Con eso sólo habrá conseguido mucho, todo. La Verdad ya nos ha sido dada por Quien dijo de Sí mismo que era "el Camino, la Verdad y la Vida". No era un demócrata precisamente, y además nos aclaró que "su reino no era de este mundo". 

Y continúa el Santo Padre: 

"Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)" (134).

La pregunta sobre la verdad por supuesto que es esencial, pero no es la democracia el marco adecuado para responderla. El gran handicap de la democracia, como ya anotó Aristóteles (que la miraba con desprecio),  radicaba en la inevitable transformación del bien común en intereses bastardos de demagogos, y finalmente en anarquía. La democracia, en definitiva, es útil pero por favor no la relacionemos con la verdad. Aceite y agua. 

Muy certero es, sin embargo, el juicio pesimista de León sobre nuestro tiempo, donde sólo la esperanza cristiana -el triunfo del resucitado- tiene la definitiva respuesta:

"La construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal, y hay que llamarlo por su nombre. Esta forma de describir la realidad que vivimos puede parecer sombría o pesimista, pero considero que es una denuncia necesaria. La perspectiva cristiana, sin embargo, no se agota en la denuncia del mal. Nosotros miramos la historia a la luz del Crucificado Resucitado, a quien el Padre ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). No interpretamos el presente como un destino cerrado, sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva" (210).

Aunque también observo con asombro -y cierta indignación- su juicio positivo sobre la ONU (la actual):

"Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor (sic), al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación" (226). 

Quiero pensar que el Santo Padre está suficientemente informado de que la ONU (la actual) -sigo precisamente a la IA-: "promueve activamente el acceso al aborto como un derecho humano fundamental (...) la OMS aboga por eliminar las restricciones, argumentando que penalizarlo constituye una forma de violencia y discriminación. Respecto del "gaymonio" "insta a los Estados a legislar para garantizar la igualdad de derechos y evitar la discriminación, incluyendo el reconocimiento legal del matrimonio entre personas del mismo sexo y el acceso a la adopción". Y sobre la "ideología de género", la ONU cuenta con "un mandato del Experto independiente (sic) sobre orientación sexual e identidad de género (...) y asimismo promueve la educación sexual integral y el reconocimiento de la diversidad de género en sus directrices de desarrollo". 

"Una civilización, más que del amor, del poliamor" como vemos. Y esta tropa es la encargada de velar por la paz mundial. 

Concluyo este análisis señalando que, más allá de estas incomprensibles cesiones mundialistas y más acá de la debida reverencia a su polémico predecesor en la Cátedra de San Pedro, lo cierto es que en su conjunto nos encontramos con una magnífica Encíclica (la encíclica, no la humanidad), que repasa brillantemente los distintos desarrollos de la DSI y que en su núcleo nos ilumina el entendimiento a los católicos con claras directrices sobre fenómenos muy importantes que ya hemos examinado.

La lástima es que a causa de esos defectos puntuales se pueda también decir, con la pesimista sabiduría de Qohelet, "una mosca muerta echa a perder un buen perfume" (Ecl. 10,1).


jueves, 14 de mayo de 2026

Resumen del Libro de Carlo Rocchetta "Los sacramentos de la fe" (Tomo I)



INTRODUCCIÓN.-

El profesor Carlo Rocchetta, sacerdote desde el año 1968, y doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde enseñó “teología sacramental”, es autor del denso, profundo y hermoso tratado teológico-bíblico que vamos a comentar en este trabajo. Desde el principio del mismo –en su Introducción- destaca el contraste entre la teología sacramental dimanada del Concilio de Trento (1545-1563) –más centrada en el aspecto apologético o de obligación jurídica- frente a su propuesta,  acorde con las directrices marcadas por las reformas del Concilio Vaticano II, que inciden en la idea de “recuperar la unidad Biblia-sacramentos y sacramentos-vida cristiana.”, pues como se indicará en la introducción de este tratado no se ha llegado todavía a una teología de los sacramentos suficientemente orgánica y completa.  A nuestro juicio es un profundo acierto ese cambio de perspectiva, que hace de esta obra un hito dentro de la sacramentología, pues supera una concepción de la misma como “repetición de los misterios de Cristo”, para subrayar la “actualización de su eficacia salvífica en el hoy de la celebración sacramental” (pág. 20). Jesús es el “sacramento primordial del encuentro de Dios con el hombre y del hombre con Dios”, y en este libro se insiste tanto en el aspecto bíblico como en el vivencial de ese encuentro hombre-Cristo a través de los sacramentos; se pretende recuperar, pues, “el contexto fundamental de la historia de la salvación, el mysterion y la oikonomía, mostrando la continuidad existente entre los hitos admirables de la salvación y su narración celebrativa en los sacramentos de la Iglesia”. La historia bíblica de salvación se hace presente en la celebración comunitaria de los sacramentos, y la función del teólogo de los sacramentos es ser un narrador de los eventos de salvación, un testigo de la pascua. Carlo Rocchetta lo logra brillantemente en su obra, porque ante la tragedia de la poca intensidad con la que el pueblo cristiano vive los sacramentos, contrapone a los conceptos abstractos y al frío ritualismo una “concepción narrante de los sacramentos, destacando el sentido de asombro ante las maravillas de Dios, que acaecidas en la historia se prolongan en el tiempo de la Iglesia, nuestro tiempo. Exigiendo, además, la dimensión estética en la que tanto incide Urs von Balthasar, quien en su Teodramática situó a la Belleza como primer trascendental del ser.

En definitiva, la finalidad de este estudio teológico es exponer una teología de los sacramentos de raíz bíblica, entendidos éstos como representación de los “eventos fundamentales de salvación en el tiempo de la Iglesia”, que manifiestan y continúan los grandes eventos salvíficos del Antiguo y el Nuevo Testamento, y preanuncien los “eventos escatológicos de la parusía final ”.

1º.- HISTORIA Y SALVACIÓN.-

Se destaca primeramente la centralidad del tema de la salvación en cualquier religión, pero lo peculiar de nuestra religión, dirá Rocchetta, es que ésta deriva de la fe en las intervenciones de Dios en la historia. De hecho, la historia humana es el lugar y el trámite del acontecimiento activo de la salvación, que se ha desplegado en ella a través de las tres grandes edades del mundo: el tiempo de la promesa, el tiempo del cumplimiento y el tiempo de la instauración definitiva de la obra salvífica de Cristo. Contrapone nuestro autor brillantemente la concepción cíclica y pesimista de la historia pagana frente a la lineal y optimista del judeocrostianismo. Las intervenciones de Dios en la historia se han hecho “de una vez para siempre”. Se han manifestado plenamente en el ephapaxde una vez para siempre- de Cristo, que inaugura los tiempos escatológicos de salvación; no podrá ya volverse atrás –a través de ciclos inacabables- una vez que nuestra naturaleza ha sido asumida en la Unión Hipostática. Ninguna recaía es ya posible, y el hombre está ya comprometido a decidir su acoge o rechaza este misterio salvífico realizado “de una vez para siempre” –hay que insistir en ello- en la historia.  

En ese sentido, nuestro autor usará recurrentemente el concepto de “prolexis”, esto es, anticipación ya dada del fin de la historia, puesto que en Cristo podemos decir que la eternidad ha entrado en el tiempo y el tiempo en la eternidad, siendo Cristo el centro absoluto de toda la historia de la salvación, que no se limita sólo al hombre sino al cosmos en su totalidad. Es Thelos y es Arché. Si en el Antiguo Testamento la salvación definitiva tenía una naturaleza  a la vez histórica (con sucesos históricos análogos al pasado) y escatológica (supondrá la inauguración de los insuperables tiempos últimos), en el Nuevo Testamento, la perspectiva histórico-escatológica se transformará en histórico sacramental, de modo que la tensión no se da entre lo prometido y lo que ha de cumplirse, sino entre lo cumplido y lo que debe manifestarse visiblemente y ratificarse con la segunda venida de Cristo, puesto que el cristiano está ya “salvado en esperanza” (Rm. 8,24).  

2º.- NOCIÓN DE ACONTECIMIENTOS DE SALVACIÓN.-

La Biblia no trata tanto de exponer una doctrina, como de afirmar las hazañas realizadas por Dios para llevar a cabo su plan eterno de salvación. En el A.T. encontramos los “mirabilia Dei”, los “Acta Dei”, actos propios de Dios dirigidos a la salvación de su pueblo. En este sentido, aparecerá un término 78 veces –òt / ótót- (traducido en los LXX como séméion), referido a acciones milagrosas o a eventos que deben ser guardados en la memoria. Israel conoce a JHWH cuando reconoce sus obras que lo protegen.   

En el Nuevo Testamento, la terminología sigue en continuidad con la del A.T. (thaumasia, hecho prodigioso que causa maravilla, o paradoxa, hecho extraordinario). Pero sobre todo se emplean términos como semeion, en el mismo sentido que el término bíblico veterotestamentario de signo y, sobre todo, dynamis, como poder milagroso de Jesús y, en su nombre, de otros personajes del Nuevo Testamento. Los primeros credos cristianos, al igual que acurre en el A.T., no afirman conceptos metafísicos, sino que proclaman eventos históricos con significado salvífico y metahistóricos para toda la humanidad. Con la expresión “Evento de salvación”, se indica no sólo los milagros que acreditan la misión divina de Cristo, sino también los misterios salvíficos que realiza el Padre por su Hijo, y el envío del Espíritu Santo. No son mitos fuera del tiempo, sino acciones divinas en un contexto histórico temporal: Dios ha irrumpido en nuestro mundo. La revelación judeocristiana proclama un acontecimiento único en la historia del mundo, frente a las demás religiones, que introduce además la novedad de la comunicación (inhabitación) de la vida de la Trinidad en el hombre, gracias a su misterio pascual.

La economía salvífica, desplegada en el devenir histórico, implica un desarrollo orgánico-progresivo, en el que cada evento no anula el precedente, sino que lo retoma y lo completa en una nueva fase de la historia salutis; acaecen “de una vez para siempre”. Precisamente los sacramentos son acciones divinas del mismo orden: gestos divinos creadores que constituyen inicios absolutamente nuevos. Pero al igual que toda la historia bíblica presenta una tensión escatológica, pues espera un cumplimiento, los sacramentos igualmente están encaminados al cumplimiento escatológico, en cuanto son memoria y profecía de ese cumplimiento. Pero como destaca también Carlo Rocchetta, las maravillas salvíficas que Dios realiza en el hombre no las ejecuta sin el mismo hombre. Dios hace presente su misterio por medio de individuos a los que llama (Abraham. Isaac, Jacob, Moisés…), y por medio de un pueblo –Israel- que, a partir de Cristo, será sucedido por la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios (1 Ped. 2,9-10). Y, por supuesto, el hombre, cada hombre debe responder desde su libertad. Concluye este capítulo, destacando la centralidad de Cristo en toda la historia salutis, armonizándose en su Persona los dos contenidos fundamentales de los eventos de salvación ya indicados: la iniciativa gratuita y absoluta de Dios y la cooperación del hombre. En definitiva, las acciones de salvación que Él ha realizado “de una vez para siempre” mediante su naturaleza humana en la historia son, de hecho, acciones personales del Verbo divino; trascienden el tiempo y el espacio y pueden ser ritualizadas –hechas sacramento- cada vez que la Iglesia realiza memoria de ellas.     

3º.- TIPOLOGÍA DE LOS ACONTECIMIENTOS DE SALVACIÓN.-

Rocchetta señala que los eventos salvíficos de la historia salutis pueden describirse según un doble marco de referencia: cronológico y/o tipológico. El primero clasifica los eventos de salvación en función de las articulaciones fundamentales de la historia bíblica; el segundo –teniendo presente el anterior marco- lee los eventos salvíficos en orden a los distintos tipos de actuación de Dios. Los indicamos a continuación, pero se destaca que en la historia total de la salvación se descubren modos constantes y tipológicos de la acción de Dios, a cuya luz se hacen inteligibles los sacramentos de la Iglesia.

a).- Dios crea.- La creación no se ciñe al hecho concreto de hacer surgir ex nihilo el mundo, sino que constituye el arco de la creación divina desde el nacimiento del mundo y la creación del hombre hasta la culminación del Reino, recorriendo la historia de Israel, la vida de Jesús y su misterio pascual y la experiencia de la comunidad de los creyentes. En el Antiguo Testamento, se incide más en Dios como revelador y liberador de su pueblo; como redentor y autor de su alianza que como propiamente creador del mundo (Bará, hacer existir lo que en origen no existía) y del hombre. En definitiva, se reflexiona sobre el acto creador de los orígenes a la luz de los gestos salvíficos de JHWH. La culminación escatológica de todo ese proceso será la creación por la Sabiduría divina de la ciudad santa (Si. 24,8-12).

En el Nuevo testamento, en la Persona de Cristo principia la creación escatológica prometida en el Deutero-Isaías (Is. 43, 18-19 y 2 Co. 5,17: Dios hará algo nuevo). El evangelio joánico, en su majestuoso prólogo, lo expresa a través de la figura divina del “Logos” que se hace presente en nuestra historia asumiendo carne mortal; de este modo hace partícipe a la creación de la dimensión de la revelación. Aplicando esta tipología al sacramento del Bautismo, podemos decir que es una acción creadora de un orden semejante, al realizar una “nueva creación” “en el agua y en el Espíritu” (Jn. 3,5)

b).- Dios llama.- La vocación será siempre una elección de Dios y una con-vocación que funda el pueblo de Dios y le hace participar de su misión. Es muy significativo que el verbo bahar (elegir) asume, en el orden salvífico, el mismo significado que resiste bará (crear) en el orden histórico, lo que significa una verdadera creación. Dios primero elige a Abraham, en el cual serán bendecidas toda la tierra (Gn. 12,3), luego a Israel y finalmente a todas las naciones de la tierra a las que hará un solo pueblo en Cristo, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Los que antes eran un no-pueblo, ahora son el Pueblo de Dios. Los sacramentos son signos de la llamada que Dios realiza en la Iglesia.

c).- Dios libera.- La historia de la salvación se caracteriza por los grandes gestos liberadores realizados por Dios a favor del hombre. De la libertad de la Esclavitud de Egipto a la liberación que se realiza en Cristo para toda la humanidad. Pero la historia de Israel se enfrentará, por su desobediencia y rebeldía, a una segunda esclavitud, la babilónica. También Dios “que no puede dejar de ser fiel” operará la liberación, pero aquí se introducirá un matiz más profundo, la liberación del pecado y de sus consecuencias (Is. 40,2). En ese contexto de ansiosa espera y a las puertas de la liberación, el Deuteroisaías desarrollará la impresionante teología del Siervo sufriente que JHWH suscitará para liberar a su pueblo. JHWH es el Go´el, el liberador, y aunque Israel interpretó esa liberación en un significado político, la comunidad de Qumrám la interpretará en sentido espiritual, al igual que el Salmo 130,8: “JHWH redimirá a Israel de todas sus culpas”.

La liberación del antiguo Israel, por tanto, no era más que la prefiguración de la liberación nueva y definitiva de los tiempos finales de la salvación. En el N.T., la existencia humana ¡por fin! es rescatada de su condición de pecado y muerte, lavada en la Sangre de Cristo, para conformar una existencia nueva, una vida de Gracia. El cristiano vive así una liberación, que es un “hoy”, pero que aún no se ha manifestado plenamente.

d).- Dios establece una alianza.- Es un elemento característico en la historia salutis la sucesión de alianzas de Dios en la historia de la salvación: En el A.T. nos encontramos las alianzas noéquica, abrahámica, mosaica y profética. En el N.T., las alianzas crística, eclesial-sacramental y escatológica. Hay que destacar aquí, en primer lugar, la irreversibilidad y permanencia de la Alianza de Cristo respecto a la caducidad y transitoriedad de la antigua (Hb. 8, 8-13), y en segundo término, que se trata de una alianza en el Espíritu, caracterizada por la efusión del don del Espíritu Santo. Finalmente, la alianza en la Iglesia nos emplaza para introducirnos en la alianza de los últimos tiempos, cooperando con la actuación del mysterion en la historia.

 e).- Dios mora.- El tema de la “morada” de Dios es un hito en la historia salutis. Así, el A.T. se caracteriza por ser anuncio y preparación de la definitiva morada escatológica de Dios entre los hombres, y lo hace a un triple nivel: (1).- Morada de Dios en la creación, (2)- Morada de Dios en Israel y (3)- Morada de Dios anunciada a los profetas.-

En primer lugar, desde la misma salida de la morada paradisíaca, Dios promete en el Protoevangelio (Gn. 3,15) una madre cuyo Hijo vencerá al mal, y llevará al hombre a la posesión de su condición perdida.

En segundo lugar, la presencia de JHWH en Israel es a un tiempo visible e invisible. Una vez en Canaan, la Tienda de la Reunión se fija sucesivamente en el monte Ebal, en Siquém y en Siló, hasta su traslado al Templo de Jerusalén, ciudad de David. El Templo será la shekinah, la morada donde reside la Gloria del Señor.

Por último, en razón del formalismo religioso y la hipocresía supersticiosa, se va abriendo paso a una nueva concepción de la morada de Dios en su pueblo. A este respecto, la profecía de Ezequiel vinculará un templo ideal de perfectas medidas (Ez. 40-47) con una nueva ley (43,10-12), un corazón nuevo y un espíritu nuevo (Ez. 36,23-28)

En el N.T. Cristo es la nueva Tienda de la Reunión (Jn. 1,14), más grande que el Templo (Mt. 12,6). Su humanidad pasa a ser la nueva shekinah, el centro del nuevo culto en espíritu y en verdad (Jn. 4, 21. La morada de Dios se encontrará en la comunidad cristiana, formada sobre la piedra angular de Cristo y la efusión del Espíritu Santo sobre todos los bautizados, de modo que el cristiano es templo vivo del Espíritu Santo. Finalmente, como dice el Apocalipsis, el mismo Dios y el Salvador resucitado serán su propio templo, su morada escatológica de donde brotarán ríos de agua viva que saciarán a los pueblos de la tierra; el nuevo paraíso recuperado y realizado en su plenitud.

f).- Dios santifica.- En el A.T. Dios es radicalmente el totalmente otro, el separado de todo, el inefable por excelencia: Sólo JHWH es santo (Is. 1,4; 5,16 19,24; 10,17). El santo de Israel se presentará como el Go´el que rescata a los suyos de la opresión, y Ezequiel considera que una vez purificado Israel, el nombre del Señor será reconocido santo entre todas las naciones (Ez, 36,21-23).

En la nueva alianza, Cristo es a la vez santo y santificador. Santo por ser Hijo de Dios; esa realidad pertenece a su propia condición de ser y no a una cualidad extrínseca. Santificador, porque señala el camino de la perfección cristiana: “Sed santos como yo soy santo” (1 Ped. 1,15). Y gracias al bautismo, los cristianos, inmersos en la muerte de Cristo, emergen de su gracia participando de su santidad

e).- Dios envía.- Dios se revela y salva al hombre a través de la misión. En el A.T. las vocaciones bíblicas siempre han tenido como objeto la misión (Abraham o la llamada a los profetas para anunciar la Palabra de Dios).

En el N.T., Jesús es el missus a Patre, y en la Iglesia se contrapone la disgregación babélica a Pentecostés, inicio de las nuevas misiones que caracterizan la economía de la historia de la salvación.

f).- Dios juzga.- La idea del juicio es Dios es esencial a toda la historia de la salvación. La reflexión de Israel está profundamente marcada por un sentido de juicio divino, que no sólo afecta a ellos sino a todos los pueblos (Is. 24). El señor juzgó a los progenitores, a Noé, a los habitantes de Babel, a Sodoma y a Gomorra. Y juzgó a Egipto y a Canaán. Los profetas dejarán muy claro que el juicio divino se extiende a todos los pueblos de la tierra, y tendrá un marcado carácter escatológico de espera.

Diferente es la concepción del N.T. Aquí el juicio escatológico se concibe como una espera, y el criterio del mismo será la aceptación o rechazo que muestre a Jesús. El tiempo de la Iglesia constituye así un tiempo de juicio presente no visiblemente manifestado, aunque “en puertas” (St. 5,9).

 

4º.- LOS ACONTECIMIENTOS DE SALVACIÓN COMO SACRAMENTOS.-

Llegado a este punto de su obra, Rocchetta realiza una ligazón entre los eventos de salvación (antes examinados, en la antigua y en la nueva Alianza), y los sacramentos de la Iglesia.

Los sacramentos obedecen a una economía salvífica objetivamente prevista, querida y realizada por Dios. Son cumplimiento, en ese sentido, de realidades que los profetas anunciaron como obras esperadas para los tiempos de salvación. Y son eventos que realizan esa economía y la prolongan en el tiempo de la Iglesia, probando así la fidelidad de Dios a sus promesas. La figura del A.T. se prolonga en la realidad del N.T (del tipo a la realidad y de la realidad a su presencialización). Se evidencia así la analogía teológica fundamental entre los mirabilia Dei y los sacramenta fidei.  Los sacramentos pertenecen a Dios, son sus gestos actuales en la historia, sus Acta Dei en la Iglesia.

El tiempo de la Iglesia se concibe como de la historia salutis. Entre la Ascensión y la Parusía, Cristo ha sido entronizado gloriosamente a la diestra del Padre, y ha sido enviado el Espíritu Santo; es decir, Dios continúa realizando sus obras admirables para comunicar a todo hombre el éschaton pascual. El A.T.es un tiempo de preparación y prefiguración; el N.T. es un tiempo donde el evento escatológico nos ha sido dado: es un “ya” pero también un “todavía no”. Como en una guerra donde se ha triunfado definitivamente, pero en la que aún pueden existir escaramuzas, a la espera de que pronto se celebre el “víctory day” (Oscar Cullmann).  Los sacramentos preanuncian la escatología definitiva.

Incide especialmente Rocchetta en la relación entre los “mysteria carnis Christi” y los “sacramenta fidei”, como relación de continuidad y dependencia de los segundos respecto de los primeros. La humanidad asumida por el Verbo es el sacramento fundamental del encuentro de Dios con el hombre y del hombre con Dios; su humanidad, es el sacramento decisivo de salvación, pero no sólo en su tiempo, sino que lo sigue siendo actualmente. Y ello a través de la Iglesia, Verbo de Cristo: la Iglesia es –en deliciosa reflexión de nuestro autor- sacramento visible de que el Cristo invisible se sirve para distribuir sus dones invisibles a la visibilidad del hombre.

También destaca nuestro autor que la conceptualización bíblico-teológica de los sacramentos, estaría incompleta si no relacionasen éstos con el Espíritu que el Señor resucitado difunde sobre la tierra. La liturgia oficial hasta el Concilio Vaticano II –por ejemplo, el bellísimo Canon Romano- casi rozaban el silencio en este importante tema. Pero lo cierto es que, si los sacramentos son acciones del Señor resucitado, guardan estrecha relación con el don del Espíritu Santo difundido a los apóstoles y a la Iglesia, hasta el punto que podríamos afirmar que los sacramentos son como un pentecostés permanente. En efecto, es el Espíritu Santo el que hace posible la conexión del creyente con la vida sobrenatural que se le ofrece, precisamente en el sacramento.

Por último, resalta Rocchetta que la indisoluble unidad del plano natural y el plano histórico-salvífico constituye el símbolo sacramental, y por ello los sacramentos son símbolos visibles que producen la gracia invisible. El símbolo visible puede ser el agua, el pan y el vino, el óleo, el gesto litúrgico…, y producen la realidad invisible realizada por el resucitado en el corazón del hombre en continuidad con los Mirabilia Dei del A.T. y del N.T. Y no olvida nuestro autor, para concluir este punto, la importancia de la palabra, no concebida, desde la perspectiva sacramental, como mera abstracción o como revelación, sino como principio activo que revela y realiza el misterio sacramental.

5º.- LOS SACRAMENTOS COMO ACONTECIMIENTOS DE SALVACIÓN.-

En este último capítulo de su libro, son tres los temas sobre los que reflexiona. La noción bíblica-cristiana de memoria, la relación entre eventos sacramentales y fe, y finalmente los sacramentos como epifanía de la Gloria Dei en la asamblea litúrgica de la Iglesia.

1º.- La noción bíblica-cristiana de memoria.-  En primer lugar, la raíz semítica zkr, de la que deriva la traducción anamnesis, no hace referencia a un retorno al pasado en un proceso intelectivo, sino a un acto de recuerdo que hace revivir el pasado en el presente. En el “hoy”, se hace “presente el pasado”, pero también se “anticipa el futuro”. De hecho, el mandamiento fundamental que Dios le pide a Israel no sólo que cumpla las acciones rituales, sino el hacer de toda su existencia un recuerdo vivo del Señor. “Acuérdate de todo el camino que el Señor te ha hecho andar” (Dt. 8,2).

En el A.T., el Señor es fiel y se acuerda de su Alianza, por eso le pide a su pueblo en correspondencia la recuerde, y es precisamente el culto ese espacio privilegiado del encuentro, ya sea “en todo lugar donde yo haga memorable mi nombre” (Ex. 20,24), ya sea en el lugar específico que se indique (Dt. 12,5). Y es en la noche de Pascua donde se hace del pasado un hoy de viva actualidad para cada generación: ¿por qué esta noche es diferente a las demás? Porque éramos esclavos y el Señor nos liberó”. Israel recuerda a JHWH y JHWH recuerda a Israel, actualizando la salvación pascual.

En el N.T., en la Pascua de Jesús, se lleva a su plenitud esa liberación. El fundamento perenne de la memoria sacramental reside en Nuestro señor, glorificado para toda la eternidad y “siempre viviente para interceder a nuestro favor y salvar a todos los que se acercan a Dios por medio de Él” (Hb. 7,22-25-8,1-9,15). De todo ello se infiere que se propone en la memoria de la Pascua cristiana la radical identidad entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe; esa identidad le permite estar simultáneamente en todos los planos, para así llenarlo todo en el Espíritu hacia el Padre. Y todo lo que el Verbo encarnado ha obtenido para sí con su muerte y resurrección, lo obtiene para todos de modo irrevocable. Los misterios de Cristo no son simples reproducciones o conmemoraciones sino representaciones de su eficacia salvífica trans-histórica y trans-espacial. La asamblea que se reúne para representar el misterio de Cristo constata que la iniciativa de su salvación es de Dios, y proclama que con el Kyrios entronizado a la diestra del Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia, el evento decisivo de la humanidad se ha realizado.    

2º.- La relación entre eventos sacramentales y fe.-  Al ser los sacramentos “mirabilia Dei” en la fase actual de la historia de la salvación, todo lo sobrenatural que en ellos se escapa a la experiencia empírica es sólo alcanzable desde la mirada de la fe. El fundamento de esta fe es la certeza de que el señor Jesús ha resucitado y está vivo a la diestra del Padre para realizar en la Iglesia sus acciones de salvación, cumpliendo su obra redentiva “de una vez para siempre”.

Los sacramentos exigen la adhesión libre de los que a ellos se acercan. Esta adhesión no añade nada al valor salvífico del sacramento, pero es realmente necesaria ya que el sacramento realiza en el sujeto sus efectos de gracia. Si falta la fe, el sacramento queda sólo como un símbolo exterior o un rito vacío con el riesgo de convertirse a la larga en un puro gesto mágico. La fe, por lo tanto, no es la que hace el sacramento como evento de salvación, pero sí conditio sine qua non para que Dios produzca en ella el don divino de la gracia eficaz. Por ello, el sacramento, siendo operativo desde la acción divina, no realiza en el hombre los frutos que representan sin la fe y sin sus relativas disposiciones morales. Los sacramentos, en definitiva, nutren, robustecen y reflejan la fe a dos niveles: nivel ontológico-antropológico, y nivel psicológico-pedagógico.

3º.- Los sacramentos como epifanía de la Gloria Dei en la asamblea litúrgica de la Iglesia.- La expresión Kabod JHWH, Gloria de Dios, acompaña toda la historia de la salvación, y es una expresión que coincide con los grandes actos divinos. Y como dijo San León Magno, “todo cuanto en Nuestro Señor se mostró de modo espléndido ha pasado ahora a los sacramentos”. Y es que los sacramentos son, en sentido propio y verdadero, actuaciones de la gloria de Dios en el tiempo de la Iglesia.

Pero hoy, insertos en una cultura de lo efímero, el hombre moderno es incapaz de asombrarse ante las grandes obras de Dios. Es ciertamente triste que ese asombro, que recorre toda la Biblia ante las mirabilia Dei, el hombre occidental parece haberlo olvidado en su fe y en su experiencia sacramental. Asombro que exige también fiesta, pues –como dicen los Padres- “El resucitado hace de la vida del hombre una fiesta indestructible”. Recordemos la expresión “liturgia como juego”, del gran teólogo alemán Romano Guardini. El homo ludens se dirige al Deus ludens y de ahí la Ecclesia ludens y la danza celeste de los redimidos en torno al Señor. Obviamente la fiesta, como explosión libre y gozosa de la vida y neutralizadora de la rutina, no debe entenderse en el sentido de exceso y burla, sino como ensanchamiento de la conciencia humana, como experiencia de comunión, de acogida, de intercambio de regalos. No hablamos de fiesta en sentido antropológico sino en sentido teológico cristiano. Aquí celebramos un evento de muerte –el Sacrificio de Cristo en el Calvario-, que es definitivamente vencido en la resurrección, un evento escatológico que introduce una novedad absoluta en la historia.

En ese sentido podemos decir que el Cristo de la pascua es la fiesta del hombre. La gloria de Dios en la resurrección de Cristo se manifiesta como la primavera del mundo, primicia e inauguración de la creación escatológica. La celebración litúrgica es la epifanía de la fiesta de la fe.

Ahora bien, se pregunta atinadamente Rocchetta cómo es posible hablar de la fiesta de Cristo resucitado cuando vemos todo aquello que impide al mundo estar en fiesta: guerra, hambre, subdesarrollo, injusticia social, crimen organizado, racismo… Incluso se pregunta acerca de las razones para hacer una fiesta cuando el hombre es víctima de su semejante. La respuesta está en considerar que la fiesta de Cristo nada tiene que ver con una beati possidentes ni con una fuga mundi, por el contrario, es la causa más profunda e imborrable de una lucha sin cuartel para la construcción de una cultura del amor y de la vida. La ortodoxia sacramental queda así armonizada de modo inseparable con la ortopraxis sacramental.

Rocchetta concluye su espléndido libro con una certeza: no hay posible vida cristiana si no participa del ambiente vital de los sacramentos. El cristianismo no es la yuxtaposición de una creencia a una moral sino la vida misma de Dios suscitada en el hombre. Y los sacramentos hacen a la Iglesia, pues no sólo se practican dentro de la Iglesia, sino que están ahí para su construcción, generando nuevos hijos, agregándolos al nuevo Pueblo de Dios y consolidando la koionía con la comunidad creyente. Por tanto, no son tanto, actos ordenados a la santificación de los hombres cuanto actos ordenados a la edificación del Cuerpo de Cristo, en particular en el sacramento de la eucaristía. Apela nuestro autor, antes de concluir su obra, a la necesidad de formación sacramental del cristiano, de conocer los símbolos y entender el lenguaje para una participación fructuosa. Sólo así puede producir en el creyente la necesidad de anunciar el misterio, no reservándolo sólo para él. Los sacramentos invitan por lo tanto a la misión.

La razón última de todo es “la caridad derramada en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm. 5,5). Y es que los sacramentos son como el torrente, la forma y la vía de la caridad teologal. Sacramentos, moral, liturgia, misión y caridad quedan así radicalmente integrados en la vida de cada cristiano, para la edificación del Cuerpo de Cristo, y,  en definitiva, para Gloria de Dios, Nuestro Padre. 

viernes, 24 de abril de 2026

El Señor me ha ungido para dar la libertad a los cautivos.

 


Mientras la ciudad donde habito es noticia internacional por una fiesta local -la Feria de Abril-, tan artificiosa y efímera como ayuna de virtudes teologales y cardinales, el Vicario de Cristo se ha marchado a África para proclamar la Buena Noticia de Jesús. Y ha concluido su viaje en el único país hispanohablante del continente, una antigua colonia española, Guinea Ecuatorial, regida durante décadas por un dictador con puño de hierro; más concretamente, su última visita la ha efectuado a una prisión de esa nación. Pero lo llamativo ha sido que muchos de sus reclusos -hermanos míos en la fe católica (y desde luego más hermanos que tantos neopaganos con los que convivo y me cruzo día a día en mi mariana ciudad)- han celebrado su venida con un canto y un baile que ha tocado el corazón de León XIV. Pero también -y de qué modo- el mío. 

En el patio de esa cárcel, los presos ejecutaron una performance cuya letra rezaba así:

"Nuestro Santo Padre, te damos gracias, ora por nuestros pecados y nuestra libertad; nos arrepentimos por todo lo que ha pasado en nuestras vidas; muchos hemos sido engañados por el diablo y otros por malas influencias. Pero tenemos la esperanza de recuperar nuestra libertad. Somos creyentes, nunca seremos olvidados conforme a la ley, conforme a la voluntad de Dios. Nuestro Santo Padre, te damos gracias, ora por nuestros pecados y nuestra libertad".

https://youtube.com/shorts/lMwsDJ00Lyw?is=HLIBPGQpJAMFa7u4

Hablaban de pecado, de arrepentimiento, del diablo y sus engaños, de la libertad, de esperanza, de oración, de agradecimiento, de la voluntad de Dios sobre sus vidas... en finde lo que es la misma esencia del cristianismo, palabras que han dejado hoy de escucharse en Europa y en nuestro mundo occidental. Al concluir el baile-canción, yo estaba profundamente conmovido, puesto que enseguida asocié ese momento a uno de los más sublimes pasajes del Evangelio, sólo narrado por Lucas (Lc. 4,16-30): el anuncio cristiano de la libertad a los cautivos.  

Recordemos que el Señor acababa de vencer al diablo en su primer asalto, cuando éste le tentó en el desierto. El padre de la mentira le dijo expresamente que todo lo del mundo a él le pertenecía. A veces imagino que lo que le fue mostrado al Señor en ese monte altísimo fue un paisaje parecido al Real de la Feria -en cuyo límite se sitúa significativamente la denominada calle del infierno-; Real donde todo exceso y vicio asienta sus reales. Si Él era -según decía- el Hijo de Dios, sus acciones -pensó el diablo- deberían ser tan espectaculares como las de un Júpiter, por eso su tentación se centró en el placer, la fama y, sobre todo, el poder. Pero sorprendentemente, el divino Jesús era la antítesis de todo lo que los vates griegos referían de sus dioses. Las Bienaventuranzas nos presentan el mundo al revés; en su vida, Él no tenía donde reclinar su cabeza (Mt. 8,20); no quiso que se difundiera la noticia de sus curaciones (Mc. 8, 41-42), y menos aún que lo proclamaran rey (Jn. 6,15);  pasó su existencia sirviendo a los demás (Mc. 10,45), sin pausa hasta la muerte y una muerte de cruz, en la que canceló el acta de acusación por nuestros pecados (Col. 2,14). No dejó absolutamente nada para sí, todo lo suyo nos lo entrego para siempre (su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad); hasta limpió como un siervo los pies de quienes luego le abandonarían vergonzosamente (Jn. 13, 1-20). Él prefería a las prostitutas, a los pobres y a los más despreciados de su sociedad (porque creyeron en Él), y los antepuso a los ricos, a los sabios, a sacerdotes, escribas y letrados (que le rechazaron) (Mt. 21,31); Él vino a nosotros, en definitiva, a liberar a los cautivos y menesterosos (es decir, a todos y cada uno de los hombres, sin excepción), y lo logró de un modo asombroso; rescatándonos de las dos peores esclavitudes que alguien puede padecer (más incluso que una prisión de Guinea): una, la del pecado, y otra -mucho peor, y mucho más habitual- la soberbia de suponer que estamos libres de él. Jesús carga y destruye nuestros pecados, pero, sobre todo, no deja de advertirnos del funesto error de creernos justos. De ahí la parábola del fariseo y el publicano en el templo (Lc. 18,9-14). Fue el  pecador publicano -y no el justo fariseo- el único justificado.

Tras la experiencia del desierto, Jesús expuso en la Sinagoga de Nazaret -con palabras tomadas de Isaías- su programa de acción salvadora:

"El Espíritu del Señor está sobre Mí;

por cuanto me ha ungido para dar la buena nueva a los pobres,

me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;

a pregonar la libertad a los cautivos,

y la vista a los ciegos.

A poner en libertad a los oprimidos

y a predicar el año de gracia del Señor".

Aquellos presos de Guinea, verdaderamente tenían interiorizadas esas letras, quizás oídas durante la infancia, en la escuela o en la iglesia o en alguna película cristiana que vieron en la televisión con sus familias. Pasó el tiempo, sus vidas se torcieron y mucho, pero la luz de Cristo -su amor incondicional por los pecadores- nunca se apagó en sus corazones. Por ello pudo activarse de nuevo y con gran intensidad tras la visita del sucesor de Pedro, de aquél a quien el Señor encomendó precisamente "confirmar en la fe a los hermanos" (Lc. 22,32). 

Gracias, en definitiva, querido Santo Padre León por hacerlo, por ir a donde nadie en su sano juicio desea estar, por cumplir la obra de caridad de visitar presos, por fortalecer la fe en Jesús y llevarle a esos hombres la verdadera libertad que nos ha traído Nuestro Señor. Al igual que Jesús con el buen ladrón (Lc. 23,43), has regalado la esperanza a aquellos, cuyas malas acciones les habían conducido a perder la libertad. O como ellos mismos reconocen en su canción, están arrepentidos de sus malos actos instigados directamente por el diablo (con sus tentaciones), o por las malas compañías (es decir, también por el diablo aunque indirectamente). Pero con todo, el Señor ya nos aseguró que sólo podemos perder la libertad por el pecado (Jn. 8,34), y creo que esos presos han asimilado muy bien esa profunda lección cristiana. De este modo, la cárcel -con ser muy dura, y más por el país que la alberga- se convierte en un problema secundario para quien ha recibido la paz y la libertad interior, algo que sólo nos puede regalar la fe viva en Jesucristo. Y ha sido el Papa quien lo ha propiciado en este viaje apostólico, que comenzó en la patria de un gran pecador -San Agustin de Hipona-, y concluye en esta cárcel guineana, símbolo -quien lo diría- de la irreductible esperanza cristiana.

¡Que el Señor le bendiga y le proteja, querido Santo Padre León!