domingo, 16 de marzo de 2025

"Mis confesiones" en "Las confesiones": dos fechas manuscritas en el Libro VIII


(Foto de 2012, generación marista 1974-1987 en las escaleras de la Iglesia del Colegio San Fernando. El primero de la última fila por la izquierda es menda. Parque jurásico en vivo).

"¿No es un servicio militar el destino del hombre sobre la tierra?
(Job. 7,1).

"Milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre"
(Baltasar Gracián. Oráculo manual).

"Extenso y escabroso es el camino que lleva del infierno hacia la luz"
(John Milton. El paraíso perdido. Libro II).

I

Corría el año 1985 y cursaba por entonces el tercer y último curso del llamado BUP (Bachillerato  Unificado y Polivalente, ahí es nada) en el Colegio San Fernando de Sevilla, de los Hermanos Maristas. Tenía por entonces dieciséis años recién cumplidos y había una asignatura nueva que lograba el milagro de gustarme más incluso que la literatura, la filosofía. ¿Cómo es posible que no fuera hasta el ultimo año de nuestro colegio cuando literalmente nos enseñaron una disciplina para aprender a pensar? Y más que pensar sobre la Verdad -estaba en un colegio de curas-, a pensar de verdad.  

Nuestro profesor, además, era un dominico de excelente inteligencia y humor, el Padre Otero, y a él le debo mi primer acceso a un libro que ha marcado bastante mi vida, y que leí por vez primera en ese curso 1985-1986 (aunque omití los capítulos finales, excesivamente teológicos y densos para mi edad. Hoy, desde la distancia temporal, le daría un coscorrón a esa cabeza juvenil con algún que otro acné y bastante más pelo que ahora). Pero, en fin, recuerdo que el Padre Otero nos recomendó con gran insistencia que leyéramos Las confesiones mientras nos explicaba la llamada iluminación de la filosofía de San Agustín (Libro X, Cap. 10), la peculiar y cristianizada visión del santo del concepto de la reminiscencia platónica. 

No creo que mis compañeros le hicieran mucho caso, pero yo sí y aprovechando mi cumpleaños pedí a mi madre el libro, que adquirió en la Librería San Pablo de la calle Sierpes. Una coqueta edición en octavo de Ediciones Paulinas, con traducción de Antonio Brambila, que conservo todavía como oro en paño. En ella, el traductor nos avisa de que su versión es la primera en castellano que sustituye el reverente Vos (que los traductores daban a Dios), por el más entrañable pronombre Tú. Ciertamente el cambio es relevante y mucho.   

Volví hace unos meses, como dije, a adentrarme -ya por cuarta vez- en el ardiente corazón y portentosa mente de este santo africano, y mientras acariciaba el libro me di cuenta de ciertas fechas y notas que yo había manuscrito con lápiz, al final del Libro VIII, Cap. 12, durante otras dos anteriores ocasiones en las que había releído Las confesiones. Las fechas eran el 05 de julio de 2008 y el 11 de enero de 2010, (luego contaré por qué hice anotaciones bajo esas fechas). En ese capítulo situado en el centro del libro -y cenital por su importancia-, el santo describe, no su conversión (que fue un proceso largo iniciado pocos años antes en Milán por el contacto con San Ambrosio), sino su definitividad, su llegada a la meta. Es el conocidísimo episodio en el que estando en el jardín de su casa en Milán oyó extramuros una voz de niño que le decía en latín: "Toma y lee". Abrió el libro que tenía a su lado, las Epístolas paulinas, y al azar leyó el pasaje de Rm. 13,13-14 donde el Apóstol exhortaba a  dejar comilonas, embriagueces, fornicación, impudicia, contiendas y envidias; en definitiva, revestirse de Nuestro Señor Jesucristo y no dejarse llevar por las concupiscencias de la carne.  La rotundidad de su transformación la explica el santo con dos inolvidables frases:

"No quise leer más ni era menester. Porque al terminar de leer la última sentencia  una luz segurísima penetró en mi corazón, disipando las tinieblas de mi dubitación". 

II 

Como dije antes, tras haber llegado en las dos renovadas lecturas de la obra a ese capítulo que narra la conversión de San Agustín, yo, apunté dos fechas de manera consecutiva, una del año 2008 y otra del año 2010. Y escribí a continuación las siguientes frases: bajo el primer año, "Definitivo con todas las consecuencias"; bajo el segundo: "Ahora sí".  

Patético e imprudente, ya lo sé.  Esas vanas palabras que escribí, no eran sino una falsa certeza. En el fondo escondía aquel cínico deseo de San Agustín adolescente: "Dame castidad y continencia, pero todavía no. Temía que me escucharas demasiado pronto" (Libro VIII, Cap. 7).  

Cuando hace unos meses, concluí mi cuarta lectura de la obra, tuve la pudicia de no señalar a lápiz ni fecha ni certeza alguna en ese capítulo. Es verdad que lo volví a leer con juvenil emoción, y con la convicción de que mi fe católica seguía sólida como un diamante (porque ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? (Rm. 8,25). ¡Nada, ni nadie!) y, además, asumía más y mejor que antaño que, verdaderamente, todo es Gracia. Como dice San Pablo: "Aunque el hombre exterior se desmorone; sin embargo, nuestro (hombre) interior se renueva día tras día" (2 Cor. 4,16). Pero las fechas y notas del texto atestiguaban un soberano fracaso en mis altas expectativas morales de antaño como aspirante a santo. Las debilidades recurrentes de la carne se ataban y desataban por tiempos; caía y me levantaba, me levantaba y caía. Y aunque a veces dejaba constancia de altísimos propósitos en los venerables libros de santos que leía (como el San Agustín), la vida, tras años pesando sobre el suelo, volvía a mostrarme el demacrado rostro de mi debilidad humana. Sólo me sacó de tales desvelos el correcto entendimiento de aquello que el Señor advierte a San Pablo al final de Segunda Corintios: ¿Dices que tu fe es grande?¿Dices que tanto has recibido de Mí?  Pues te voy a dar una espina, emisaria de Satanás, para que no te engríes. Dicho y hecho, bendito sea su Nombre. 

Las Confesiones indagan sobre ese problema humano que traemos de fábrica -la concupiscencia-, dedicando el santo nada más y nada menos que seis capítulos (4 a 9) del Libro IV a describirnos con parsimonia los devastadores efectos psicológicos de una niñería fútil, el pecadillo que de niño todos hemos hecho alguna vez como sisar alguna fruta de un árbol ajeno. Es conmovedor cómo San Agustín narra que aquellas peras "ni siquiera eran apetecibles en forma y olor", perfecta metáfora de la falsa capa de bondad con la que nos engaña el pecado. Agustín no hurta las peras porque tuviera hambre sino que las cortó "sólo para robarlas, y prueba de ello es que apenas cortadas las arrojé", "lo importante era hacer lo que estaba prohibido". Lo hizo, en fin, "por fastidio de la justicia y sobra de iniquidad" . En definitiva, un magistral escrutinio espiritual sobre los devastadores efectos que la concupiscencia deja en el alma de los mortales. 

En suma, al leer por primera vez, con dieciséis años, esos pasajes culminados con la conversión de San Agustín, estaba seguro de que echándole voluntad se corregirían mis defectos, pero la realidad fue otra. De hecho, mi fe fue debilitándose progresivamente hasta caer en cierto sincretismo poco comprometido, aunque debo reconocer que jamás dejé de creer en Dios, pues el ateísmo siempre me ha parecido disparatado e irracional, una triste derrota del pensamiento, con sólo reflexionar un poco. Pero cierto día de octubre de 2003 la misericordia del Señor me volvió a llamar de la manera que suele hacerlo: cuando quiere y como quiere; sin que uno pueda esperarlo. El año siguiente -2004- leí por primera vez la Biblia entera, con treinta y cuatro años, tarde te conocí. Y poco tiempo después releí Las confesiones. Mi fe desde entonces no ha dejado de fortalecerse porque ambos libros son para mí verdaderos canales de la Gracia. 

Pero mis pasiones, aunque más controladas, seguían y siguen recordándome la milicia que es nuestra vida. La prueba de ello -prueba caligráfica- está manuscrita en los márgenes del final del capítulo 12, Libro VIII y fechadas en los años 2008 y 2010. Pero nunca llegó para mí el gran momento, el "definitivo con todas las consecuencias", el "ahora sí" que dejé marcado entoncesHoy, más modesto e prudente, sé reírme de mí mismo y serenamente desengañado (y a la vez con una bastante más depurada fe) me doy cuenta de que no comprendía de la misa a la media la grandeza del Señor y la insignificancia de mi yo. "Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mi el poder de Cristo" (2 Cor. 12,9).


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