viernes, 31 de octubre de 2025

31 de octubre de 2025, Halloween. Una historia sobre la caída del diablo.




Comprendo que desagrada, pero no podemos negar una verdad irrenunciable para un católico: el demonio no es una abstracta representación del mal sino un ser personal, -tan persona como como vd. o como yo-, sólo que sin cuerpo -es espíritu puro- y con una inteligencia descomunal, que no necesita de la mediación de los sentidos para conocer, y que por tanto es inmensamente superior a la suma de todas inteligencias que existen y han existido en el mundo desde el principio. Y hay infinidad de demonios, ya que al crear Dios nuestra realidad (la que conocemos imperfectamente), tuvo a bien rodearse de una miríada de seres angélicos, inicialmente buenos y excelentes, muchos de los cuales (parece ser un tercio de ellos -Ap. 12,3-9-) se rebelaron, como luego veremos.  Una vez creados, y como explica magistralmente el Padre Fortea en su Suma Demoniaca, Dios los sometió a una prueba. No se mostró a ellos tal como Él ES, sino que permitió que, a través de sus portentosas mentes, fueran llegando a la comprensión del poder tan infinito y benigno, que les había sacado literalmente de la nada para manifestar en ellos su gloria y poder. 

Los ángeles creados no cayeron jamás en el disparatado error del ateísmo, pues eran suficientemente inteligentes para percatarse de que ellos -seres que antes no eran y ahora son- nunca pudieron proceder de sí mismos. No había otra alternativa: un poder grandioso (e incomprensible, hasta para sus agilísimas inteligencias), les había sacado de la nada, produciendo un universo fastuoso como es el mundo angélico. Enseguida comprendieron la más importante verdad metafísica:  que la distinción entre ellos como criaturas y ese Creador era mayor incluso que la distinción entre ser y la nada. Y actuaron con coherencia. Agradecidos, procedieron a comunicarse a través de sus mentes con Él. Y -aunque no le vieron en un primer momento, pues el Dios trinitario se veló ante ellos-, la sola comprensión de la magnitud de Verdad, Bien y Belleza que pudieron alcanzar, les hizo arrodillarse todos a una; millones y millones de seres angélicos de una belleza inimaginable postrados ante la Belleza suma ¡Y aún no la habían percibido con visión beatífica! Meramente la aceptaban por un puro razonamiento. 

El mero reconocimiento intelectual -sin visión-,  de esa diferencia ontológica entre EL QUE ES y ellos como criaturas, les llevó naturalmente a una humilde sumisión. Sencillamente, asumían felizmente lo que eran. Y además  todos se reconocían a sí mismos por el  nombre que previamente les había designado el Creador. El ángel que más se destacó  por su amor fue, lógicamente, el que había sido creado con mayor belleza e inteligencia , y ese se llamaba Lucifer. Ninguna criatura angélica ha amado a Dios como él. Y ninguna le acabará odiando como él.

El Creador les reveló su naturaleza, Una y Trina, pero sólo de manera intelectual (que ellos comprendieron mucho mejor que todos los teólogos del mundo, y aun así no plenamente). No se les manifestó en una visión intuitiva inmediata de Él. Lo haría, sí, pero antes quiso darles la primera catequesis: por qué, existiendo Él desde la eternidad y en una perfecta comunión de amor y felicidad del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo, deseó manifestar su amor y gloria en los grupos de seres que iba a crear. Ellos los primeros (en el Evo, el tiempo cuasieterno de los seres angélicos). El universo material y al hombre -compuesto a la vez de materia y espíritu-, los últimos (ambos, en el tiempo cronológico). 

Todos los ángeles alabaron a Dios, por su magnificencia y sabiduría. Y los ángeles contemplaron asombrados cómo ex nihilo surgía un punto insignificante que contenía toda la historia natural y espiritual de esa creación que quiso hacer el buen Dios. Cómo de la Palabra brotó la luz, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios...., luego la materia, el espacio, el tiempo y las distintas fuerzas de la física, creadas y diseñadas para que en último lugar surgiese una criatura, que recibiría el mismísimo aliento de Dios, y que iba a ser amada por Él, más aún que a los mismos ángeles. Amada hasta la locura, hasta el punto de estar dispuesto a hacer cosas inimaginables para la misma inteligencia angélica como la Encarnación y la muerte del Hijo de Dios, si esa criatura abandonase el camino que Dios le encomendó. Un abajamiento, una kenosis, en fin, para buscar y salvar a un ser caído, ínfimo, compuesto de materia vil y espíritu de rebeldía. Y los ángeles serían colaboradores de Dios en tal propósito.

Por eso se dividió el senado angélico

Esa revelación fue aceptada lealmente por la mayoría de ángeles, y fue interpretada como la prueba definitiva del inigualable y auténtico amor de Dios. Otros sin embargo prefirieron juzgarla como un signo de debilidad. En el caso de Lucifer, al hacérsele presente instantáneamente los infinitos matices de la decisión divina en su mente portentosa, su inteligencia lo interpretó en principio como la inaudita sabiduría del amor de ese Dios, hasta entonces desconocido. Sin embargo, él, que era libre como los demás ángeles, fue consciente de que nacía en él algo nuevo, oscuro -que se denominaría soberbia- vinculado a su voluntad, donde hasta entonces sólo existía, gratitud y bondad. Y dudó. Por supuesto, era consciente de que debía cortar de raíz esa tentación, porque sabía que el mismo Dios les mostraría su rostro, y desde entonces nadie podría volver a sentir la más mínima tentación contra Él... pero ¿Y si en realidad no fuese tan poderoso? Por supuesto, Lucifer sabía que tal razonamiento era un sinsentido; el Dios que le sacó de la nada no sólo se revelaba como poderoso sino que en Él estaba el absoluto poder, o más exactamente, Él era el Poder..., Pero aún así, si ostentando ese poderío iba a actuar con el abajamiento que había explicado, algún flanco de debilidad tendría. 

La batalla angélica de la que hablan las Escrituras, como explica Fortea, fue estrictamente intelectual. Los argumentos de Lucifer eran contundentes: se viola el principio de contradicción, en un Dios que es todopoderoso, pero a la vez es débil a causa del amor. Si mundo que acaba de crear, con esa pareja que le alaba en el jardín de las delicias, es la niña de sus ojos, se desmiente de facto aquello que creímos cuando fuimos traídos a la existencia. El poder de crear de la nada se contrabalancea, por lo tanto, con su pasión senil por esa nueva criatura, ergo, no es tan todopoderoso. Digamos todos juntos NO. Si Dios quiere que sirvamos al hombre, no serviremos ni a éste ni a Dios. Non serviam

En cualquier caso, Lucifer, por su profunda inteligencia, intuía en lo más profundo de su espíritu el abismo al que se condenaba. La naturaleza de Dios era mucho más grande lo que jamás podría pensar criatura alguna, y sabía perfectamente que no podría vencerle, y que intentar herir a un ser inmutable, haciendo daño a esos mindundis que eran los hombres resultaba patético. No, por muy segura con que la soberbia tenía atenazada su voluntad, una mera criatura como era él no podría jamás derrotar al Ser que no puede no Ser. Lo sabía, y estaba seguro de que también Dios conocía sus pérfidas intenciones. Podía volver atrás, hacer rectificar a esa gran cantidad de ángeles que le habían comprado sur argumentos, los cuales se habían fiado más de su acreditado prestigio que de la solidez de los mismos. Estaba convencido de que Dios le perdonaría, pero algo vertiginoso -y por primera vez en sentido estricto diabólico- pasó por su espíritu. Si era derrotado, como ya estaba seguro que ocurriría, no sería exterminado por la natural bondad de Dios con sus criaturas, pero se convertiría en una especie de contra-dios, una grotesca pseudodivinidad, un maldito, un mono de dios, rebosante de de mentira y de rabia. Apartado de Dios, al que ya odiaba con toda su inteligencia pervertida, pero siempre sometido a su poder. Sabía, en definitiva, que Dios, como castigo, jamás aniquilaría la suma infelicidad de su odio siempre insatisfecho. Y lo aceptó definitivamente.

En ese momento, el buen Dios, que hasta entonces estuvo ofreciendo la Gracia de la Sabiduría a los ángeles para que no errasen, y para que volviesen los rebeldes, cortó de raíz ese envío y quedó fijada para eternidad la decisión de cada uno de los ángeles. Igualmente, levantó el velo de su esencia divina a los ángeles fieles, y no hay palabras para poder describir lo que contemplaron esos benditos. Sumadas todas sus portentosas inteligencias, todo lo que podían haber pensado quedó a años luz de lo que vieron y gozaron, ya para toda la eternidad.

Los rebeldes quedaron en un estado de oscuridad, de confusión, de reproches, de asco. Entre ellos, se blasfemaba, se maldecía y permanecieron, en defintiva, sometidos absolutamente a todos los pecados capitales exceptuados los de la carne, lo que añadió un insoportable plus de envidia sobre los hombres. (aunque compensado por la gran cantidad de desgraciados que acaban en el infierno por estos pecados).  En todo caso, jamás se alegran porque su odio es impermeable a cualquier ínfima dicha. Y sienten rabia cuando consiguen que el alma de un hombre acabe en el infierno, porque sufren por la certeza de que ha quedado de manifiesto ahí la perfecta justicia de Dios

El resto de su biografía podemos conocerla simplemente leyendo las Sagradas Escrituras. Y de ahí sabemos que su destino eterno es un lago de fuego inextinguible (Ap. 19,20).

Por todo ello, hoy, 31 de octubre de 2025, el día en el que muchos ignorantes, manipulados por tantos malvados, se consagran con sus gilipolleces a este ser (mientras que otros literalmente le rinden culto en antros donde probablemente se realicen sacrificios humanos), sólo me gustaría añadir una cosa sobre la psicología psicopática del demonio. 

Como vemos en el fotograma que encabeza este artículo, tomado de esa magnífica película, hoy de culto, llamada "Constantine", Lucifer -magistralmente interpretado por el actor sueco Peter Stromare- viene personalmente a llevarse el alma del moribundo Constantine, un exorcista tan eficaz como heterodoxo y cuyo tabaquismo le ha provocado un cáncer terminal. Un verdadero privilegio, que Satanás sólo otorga a sus grandes enemigos (y que no han confiado finalmente en la misericordia divina). La escena es memorable y me reveló (probablemente sin querer) un rasgo esencial del demonio. Mientras más amamos a Dios, más amor nos regala el mismo Dios para seguir amándole, porque "al consumar nuestros méritos, consumamos su obra". Sin embargo, el demonio, como buen mono de Dios, cuando recibe el amor de sus fieles más odio les manifiesta y con más crueldad les castigará en los antros del infierno. El demonio cobra las facturas con manifiesta usura, sobre todo a sus leales. Podemos pensar que, como contrapartida, cierto respeto expresará sobre aquellos que fueron sus grandes enemigos pero que al fin de sus vidas no se acogieron a la misericordia divina. En cualquier caso, él es un mentiroso compulsivo, no nos fiemos nunca de él. Combatámoslo siempre. 

Y recemos. Sobre todo un día como hoy.



   


martes, 28 de octubre de 2025

Los Domingos: locura para los paganos.


Vi este fin de semana "Los Domingos", película que alcanzó la "Concha de oro" del festival de San Sebastián y lo cierto es que me encantó; es más, puedo decir que logró el milagro de que volviera a reconciliarme con el cine español, cuyo sectarismo y chabacanería habían alcanzado picos inimaginables. La circunstancia de que su directora fuese una mujer sin creencias religiosas, la baracaldesa Alauda Ruiz de Azua, hace más meritorio su trabajo, pleno de talento y sensibilidad, a años luz de la chabacanería de un Almodóvar o del sectarismo de un Amenábar. Me imagino los dislates que ambos (excelentes directores por otro lado, pero sólo desde el punto de la realización técnica) introducirían en el profundo y meditado guion de esta extraordinaria película. 

Antes y después de ver la película he leído algunas críticas sobre ella, y todas sin excepción ponderaban su excelente factura, sus múltiples lecturas y -lo más interesante a mi juicio como cristiano- todas ellas revelaban ininteligibilidad sobre el fenómeno de la conversión, y su fuerza para transformar cada vida. 

De hecho, la crítica que más me ha impresionado ha sido la que he leído de Fotogramas, redactada por un tal Fran Chico titulada provocativamente "La mejor película de terror de 2025". Pero no porque me parezca una mala crítica, todo lo contrario. A mi juicio es, a la vez, la que mejor -y también la que peor- entiende la película, una paradoja que también he observado en otras críticas que he leído, pero que este brillante crítico lleva hasta su punto más radical.  

El común denominador de todas las reflexiones que he podido contrastar es la incomprensibilidad ante la decisión de la protagonista: ¿Lo hace ante la ausencia de una madre y el horizonte de un padre amenazado por una quiebra económica? ¿Está manipulada por la Madre del convento? ¿O se trata de una conversión auténtica, una de esas que nos regala una nueva manera de percibir nuestra vida y nuestro mundo? La película, incluso, introduce el elemento de amor humano de la protagonista, Ainara, con un chico que le gusta, pero no lo hace para intentar demostrarnos la poca consistencia de su vocación (eso es lo que pretenderían burdamente un Amenábar o un Almodóvar), sino más bien resaltar la humanidad de la protagonista. No seamos mojigatos y tengamos presente que ella se encontraba en una situación de éstas en las que, como le explica Guillermo de Baskerville a Adso de Melk en la mítica novela de Umberto Eco "El nombre de la rosa", "hubiera caído hasta un padre del desierto". A diferencia de los anteriores directores, la directora no pretende llevarnos a un lugar predeterminado (es decir, manipularnos). Es el espectador el único soberano para decidir. Eso es de agradecer, y además es algo exclusivo de los grandes autores.

Todas esas miradas de los críticos a las que me he referido intentan diseccionan a los personajes de este drama para conocer sus motivaciones, y aquí observo un error de base. La disección que realizan les impide comprender el sentido último del personaje principal, porque un cadáver diseccionado en una mesa de autopsias no puede explicar un alma. Pero claro, introducimos una palabra -alma- que la mentalidad cientificista de nuestros pensadores progres rechaza por principio. Lo cierto, sin embargo, es que sin ella no se entiende nada de lo que vemos. La conversión no es una decisión de nuestro intelecto sino la transformación por un agente sobrenatural de nuestra alma. Una verdadera Gracia de Dios. 

El artículo que cité anteriormente carga las tintas con el hecho de que tanto nuestra sociedad como el propio cristianismo están moribundos. Nuestro mundo se caracteriza por una cultura nihilista barnizada de cristianismo; sin embargo, esta religión, a su juicio, no es otra cosa que un edificio en ruinas, un entramado hueco, hipócrita y, en algunos casos, criminal que se cae a pedazos. Dado el fracaso de la sociedad, puede ser comprensible escapar hacia una utopía que exija quedarnos ciegos para no percibir la devastación que conlleva nuestra elección. La vocación religiosa se enfoca de un modo naturalista. Desde el llamado "primer mundo" es la huida hacia la nada ante una realidad cada vez más fría, implacable e insoportable y, sobre todo, de una pobreza espiritual desoladora. Desde el "tercer mundo", una salida desesperada de muchos ante la pobreza material y el hambre.  Con esas premisas es lógico calificar este trabajo como una gran "película de terror".

Ciertamente es fácil hacer sangre con la Iglesia en un mundo como hoy, donde ha dejado de influir hasta en los mismos cristianos, y cuya decadencia social avanza con paso firme día tras día. Sin embargo, el occidente post cristiano, que se regodea verificando cómo va hundiéndose la llamada cristiandad (sin darse cuenta de que esa caída le arrastrará consigo), no puede captar que detrás de esas ruinas hay una realidad interior que siempre está viva y a la cual ningún poder humano podrá matar, porque una y otra vez resucita. Es como un corazón vivo, que se simboliza en el pabilo que parece estar a punto de apagarse en cada Sagrario. Y ahí sigue, iluminando el corazón de las tinieblas. 

Ese es Cristo, el viviente, que nos exige a cada cristiano una respuesta radical y definitiva, combatiendo en nuestra lucha diaria y en cada ámbito en el que nos encontremos esa falsa vida que se nos ha puesto delante. Ainara -aunque no lo explicite en la película- tenía la certeza de que, como refiere la Epístola a Santiago, "la oración fervorosa del justo tiene mucho poder ante Dios". Y no hay oración más grata y eficaz ante Dios que la de una humilde y fervorosa monja en un perdido convento. Mucho más que todos los tratados de paz que conciertan los poderosos del mundo. Y aunque no sepamos aún cómo, produce muchos más y mejores frutos. En el Cielo lo comprenderemos. 

Para concluir -y advierto que hago un importante spoiler- quiero destacar el personaje de Maite -impresionante actuación de Patricia López Arnaiz-, la tía de Ainara, tan razonable como atea en la primera parte de la película, pero que al final desvela, no su ateísmo, sino un verdadero "odium fidei", insultando como una auténtica poseída a la Iglesia y a las motivaciones de Ainara. Es el único momento en el que pensé que la película desbarraría, que la contundencia del alegato diabólico de la tía haría recapacitar a Ainara, y quitarle su "locura" de ser monja. Temía que esta excelente directora vasca se marcase "un Almodóvar" o "un Amenábar", y la protagonista profiriese un sesudo monólogo, agradeciéndole que se la sacase de su engaño, y se la hiciera volver al encantador universo progresista del que nadie razonable debiera salir. Pero no. Ainara dijo exactamente lo único que podía y debía responder un verdadero cristiano ante tal sarta de descalificaciones por parte de alguien muy querido. Sólo un misericordioso "rezaré por ti".  Aquí la película alcanza su cenit y desvela la autenticidad y profundidad  de la vocación de la protagonista.   

En definitiva, la vocación religiosa de una niña guapa de diecisiete años parece un desatino a nuestro mundo, que presume de racional y que, sin embargo entiende, como muy razonable, por ejemplo, la posibilidad de destruir una vida humana en el vientre de su madre. Por eso -y vuelvo al principio- las críticas que he leído son tan paradójicas. Como lo es nuestra fe, una locura para los paganos. Estos seguirán sin entender por qué ese desatino sigue vivo tras dos mil años de historia, y cómo es posible que los muros de la Iglesia siempre amenacen ruina, pero su interior siga tan vivo como un corazón que jamás dejará de latir. 

Algún día lo comprenderán, pero será demasiado tarde para ellos.