La historia es como sigue: los gobiernos del mundo ocultan deliberadamente noticias ciertas y contrastadas de comunicaciones con civilizaciones extraterrestres, e incluso disponen de cuerpos de alienígenas procedentes de naves espaciales estrelladas contra la tierra. Además, se trata de una informacion tan reservada, que es posible que ni sea conocida por los actuales gobernantes, siendo manejada exclusivamente por agencias secretas, unas cloacas ajenas a la estructura visible de los Estados, y con fondos procedentes de complejos mecanismos de ingeniería financiera. Ante esto, unos honrados trabajadores de ese organismo ultrasecreto, movidos por un profundo coraje cívico y democrático, se conjuran para que esa verdad se dé a conocer sin reservas a la opinión pública mundial, porque tienen derecho a saber. Sin duda, cada hombre o mujer de nuestro planeta es lo suficientemente maduro, serio y responsable como para extraer las mejores consecuencias de toda índole (incluidas espirituales y religiosas) derivadas de ese revolucionario desvelamiento. Por consiguiente, por motivos filantrópicos como los de Robin Hood, roban el material informático de esa agencia a fin de difundirlo de manera masiva, en canales de televisión en abierto. Y la Agencia intentará impedirlo por todos los medios (incluyendo el asesinato).
Lo anterior es una sinopsis de la última película de Steven Spielberg, Disclosure day, el día de la Revelación (2026), una cinta de ovnis y acción con un argumento, como vemos, algo convencional. Pero lo que la diferencia de otras similares, es la introducción de explícitos elementos religiosos -empezando por el titulo-, de tal modo que podríamos juzgarla como una suerte de Encuentros en la tercera fase (1977) "a lo divino". Si el anterior resumen es el cuerpo de este filme, esos elementos constituyen su alma, su espíritu que nos dirige hacia el último plano de la película, donde se va a entronizar a un Mesías y a su Palabra. En efecto, la periodista Margaret Fairchild (interpretada por la excelente y guapa actriz Emily Blunt), es presentada como mucho más que una médium que ha recibido de modo telepático la revelación de un alienígena de carne y hueso. Aunque está codificada en un lenguaje críptico-matemático (o gnóstico), ella posee sabiduría para traducirla ante una receptiva humanidad sin rastro de pecado original. Lo hará en directo y delante de las cámaras de televisión, donde previamente millones de absortos espectadores han estado contemplado imágenes y vídeos reales de ovnis y extraterrestres (algunos sometidos a torturas y experimentos en bases militares; guiño probable a la idolatría animalista). Ya en el aire, ella intervendrá con una única palabra, y así concluirá la película. Una palabra que contiene en sí misma tal significación religiosa que permite asegurar que vamos a recibir una nueva Epifania por parte de un Ungido: "Escuchadme".
Si suponemos ingenuamente que no se ha pretendido blasfemar, parodiando la sublime Teofanía Trinitaria acaecida durante la Transfiguración del Señor: "Este es mi Hijo muy amado, escuchadle" (Mc. 9,7), creo que nos equivocamos. Quien haya estado suficientemente atento a esta película percibe que aquí las alusiones al cristianismo no son casuales. ¿Es casualidad que en unas escenas anteriores, Margaret sea autora de asombrosos fenómenos preternaturales? ¿Lo es que los rebeldes de esa Agencia parezcan sumar doce -los doce- y que la reciban como a un enviado e incluso que veamos a alguien arrodillándose ante ella? ¿O que una monja del convento donde se refugian los protagonistas, haya recitado el conocido pasaje joánico "conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres" (Jn. 8, 32), una frase que, en ese contexto ufológico, puede significar exactamente lo contrario de lo que nos quiso enseñar el Señor. Es decir, aquello tan siniestro de "Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal" (Gn. 3,5). Se nos invita ¡una vez más! a comer del "Árbol de la Ciencia, del bien y del mal", sólo que ayer el anfitrión fue una serpiente y hoy es una actriz en una mera película de entretenimiento. Pero si cedemos a la tentación otra vez, quién duda que nuevamente nos excusaremos compungidos: "Tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí de Ti" (Gn. 3,10). Nada es casual.
En principio, no sabemos lo que contará Margaret tras ese autoritativo escuchadme. El espectador puede rellenar a su gusto las líneas que han quedado vacías, aunque es muy previsible lo que saldrá de los labios de esa profetisa de los nuevos tiempos. Ante todo, cómo no, una Buena Noticia (un Evangelio): la certeza indubitada de que no estamos solos en este frío e inmenso universo, sino que hay otros seres racionales y con una inteligencia y tecnología suficientemente poderosa que les permite enrollar -como si fuera un calcetín- el espacio-tiempo a fin de poder acceder fácilmente a nosotros. Y, por descontado, no para traer el caos, como propuso Tim Burton con la gamberra "Mars attacks" (1996), Roland Emmerich, en su americanada "Independence day" (1996), o esa serie de culto de los 80, "V", con malvados lagartos extraterrestres. O incluso el propio Spielberg con su estremecedora versión del clásico "La guerra de los mundos" (2005), reverso tenebroso de su insuperable "E.T." (1982).
¡En absoluto!, protestará ahora nuestro venerable director, quizás algo avergonzado por haber llevado hace veinte años a la pantalla una visión tan sanguinolenta de la influente novela de H.G.Wells. Los nuevos alienígenas irrumpirán hoy entre nosotros con las mejores intenciones, con la generosa y altruista vocación de poner en común sus ricos conocimientos, los cuales reportarán decisivas mejoras de la calidad de vida de los humanos (pensemos en las enfermedades y las hambrunas). Asimismo es predecible que, al estar dotados de tan portentosa inteligencia, actúen siempre con un elevado listón de moralidad. Y las tres joyas de su corona, su reflexión metafísica: primero, su idea racional de Dios, elaborada por una mente superior a la humana. Segundo, la posibilidad de que hayan sido agraciados con algún tipo de Revelación Sobrenatural (que compartirán con nosotros). Y por último, la pregunta más personal: ¿Somos inmortales los seres racionales? ¿Lograremos ser felices eternamente?
Todos esos interrogantes tendrán una respuesta consoladora, quién lo duda, tan excelente para nuestra razón como esperanzadora para nuestra voluntad. Y sus soluciones se aplicarán en nuestro mundo hasta el punto que muchos pensaran que se está implantando una modalidad terrenal del soñado Reino de los Cielos. Pero, como contrapartida, se exigirá a la humanidad determinadas renuncias que irán socavando poco a poco la fe cristiana, hasta un punto insoportable. Se irá transfiriendo la adoración del Dios único a los nuevos salvadores extraterrestres (que al fin y al cabo serían, como nosotros, meras criaturas de ese mismo Dios); es decir, caeríamos inevitablemente en el gravísimo pecado de la idolatría. Porque un principio antropológico universal enseña que las civilizaciones superiores absorben a las inferiores, y esta película parece decirnos que si creíamos que más allá del hombre, sólo estaba Dios y sus ángeles nos equivocábamos.
¿Implica tal novedad que debemos replantear nuestras creencias más íntimas (religiosas)? Que Disclosure day no arriesgue una respuesta explícita a esta cuestión no significa que no haya querido ponerla sobre el tapete e incluso insinuar su respuesta en el sentido más flexible y menos dogmático. De hecho toda esta película parece esforzarse en convencer a los espectadores para que se vayan preparando a fin de asumir un acontecimiento real (y cercano) de tal magnitud que nos obligará a repensar (y hasta sustituir) las verdades que hemos recibido merced a la virtud sobrenatural de la fe. El propio Spielberg, en una entrevista, insinuó está idea.
De una cosa estoy seguro. Cualquier nueva revelación de criaturas superiores en inteligencia -si ocurriese- chocaría necesariamente con lo que conocemos por la Revelación sobrenatural tal y como la hemos recibido de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia. La causa de ese choque es que nuestro Dios, tal y como se nos ha revelado, es un Dios celoso (Ex. 20,5), que no admite componendas, idolatrías ni competidores, y que no comparte su gloria con absolutamente nadie (Is. 42,8). Y su mayor gloria ha sido revelarse y encarnarse en Cristo, de una vez para siempre, por amor a su predilecta criatura humana. Con Cristo, concluyen las revelaciones (Hb. 1,2). Es cierto que vendrá por segunda vez, pero no para ampliar el contenido de su primera y única revelación, sino para juzgarnos por nuestra decisión ante ella.
Por lo tanto, suponiendo que sucediera algo así, que un ángel del Cielo -un extraterrestre, en este caso- pretendiera anunciarnos otra nueva buena noticia, nuestra respuesta como cristianos sólo puede ser reafirmar la contundente expresión que usó San Pablo: anathema sit (Gal. 1,8). Y es que stat crux dum volvitur orbis: ni una coma de nuestra revelación puede ser tocada. El Dios que hemos visto y oído (por fe) en Jesucristo es EL QUE ES desde la eternidad, antes de que existiese la creación; sí, el único Dios, aunque hubiese creado por amor, además del nuestro, billones y billones de universos en los que pudiera existir vida inteligente, seres capaces de relacionarse con Él. Porque Dios, que trasciende el universo (o los universos), es el mismo, ayer, hoy y siempre, y su revelación a nosotros está cerrada: "ha sido dada una vez (hapax, de forma final y total) a los santos" (Jd. 3). No hay, en consecuencia, nuevas revelaciones, pues ésta se clausuró con la muerte del último apóstol. El día de la revelación, en definitiva, ya ha acaecido. Como expuso San Juan de la Cruz "Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo hablo junto y de una sola vez en una sola Palabra y no tiene más que hablar" (Subida del Monte Carmelo II, 22-3).
En conclusión, los cristianos debemos tener grabada está decisiva verdad en nuestra mente, en nuestro corazón y hasta en las jambas de nuestras puertas, y más aún en un tiempo de confusión como el de hoy. "Acuérdate, pues, de lo que has recibido y has oído, y guárdalo y arrepiéntete" (Ap. 3,3). Comprendo perfectamente que, por este enrarecido ambiente espiritual de nuestra época, algunos grupos cristianos (tachados, por supuesto, como "peligrosísimos fundamentalistas") hayan juzgado como satánica está película de ciencia ficción, precisamente porque suponen que profetiza la pronta manifestación de diablos travestidos de alienígenas. Refuerzan esa percepción con la importancia que adquiere en ella la imagen del ojo, un poderoso símbolo de sociedades esotéricas indisimuladamente anticristianas. E incluso citan el pasaje bíblico de Gn. 6,4 como un precedente bíblico-histórico de seres no humanos y semidivinos (denominados hijos de Dios) que copularon con hembras de nuestra especie, dando origen a una raza degenerada que corrompió a la humanidad, y que mereció ser exterminada por el diluvio.
¿Un disparate de los fanáticos del Bible Belt, o una coherente reflexión, basada en el espíritu general de las Sagradas Escrituras y en la convicción de vivir en un mundo donde la impiedad y la tecnología crecen en progresión geométrica? A mí juicio importa poco. Lo relevante no es la conclusión a la que lleguemos (pues podemos equivocarnos) sino estar -como advierte Nuestro Señor- "en vela" (Lc. 31,36). Ante cualquier evento turbador, debemos permanecer vigilantes y firmes en la fe, aunque erremos en la lectura de nuestro tiempo; mejor eso a que "nos vomiten por tibios" (Ap. 3,16).
Pero ¿y si, en realidad, estamos exagerando? Al fin y al cabo hablamos de cine, de una entretenida película más de este mítico director, que tantos momentos de felicidad y reflexión nos ha regalado a lo largo de nuestras vidas. Además, los profetas más veraces no están en el celuloide sino en el papel de la Biblia. ¿Y qué se profetiza ahí?:
"Nadie os engañe de ninguna manera; porque no vendrá (el día del Señor) sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios"
(2 Tes. 2, 2-3).
Me da que el Anticristo, cuando aparezca (y eso sucederá sí o sí) será humano, demasiado humano. Vamos, que todo quedará en casa. Nada que ver, por lo tanto, con marcianos presuntamente justos y benéficos. O con repulsivos lagartos antropófagos.
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