miércoles, 19 de agosto de 2020

Una misma figura femenina, una misma Iglesia.

 


Se encontraba el apóstol Juan desterrado en la isla de Patmos. Era domingo y, arrodillado, rezaba intensamente. Entonces entró en estado de éxtasis y comenzó a visionar unas tremendas imágenes –inefables unas, brutales otras- que, más tarde, fueron comunicadas a uno de sus ayudantes, también confinado con él, el cual las puso por escrito. El libro donde se recogen dichas visiones, fue años después titulado “Libro de la Revelación”. Aunque tardó tiempo en incorporarse al canon cristiano de libros inspirados, la convicción de la autoría joánica, y su uso indiscutido por importantes iglesias cristianas de Europa y Asia, elevó finalmente este extraordinario libro a la categoría de canónico. Actualmente es el texto que pone el cierre –y el broche de oro y diamantes, diría yo- a las Sagradas Escrituras.

Cierto es que pocos libros de la Biblia –y de la historia en general- habrán dado pie a más extravagantes y disparatadas interpretaciones, no tanto acerca de su sentido general -una descripción alegórica de los duros tiempos finales, y del triunfo final y absoluto de la Iglesia, esposa del Cordero-, sino de cada uno de sus detalles en particular. Y especialmente, el ajuste de cada alegoría o metáfora a la época histórica en que ha sido leído con pasión por cada generación cristiana, sobre todo en tiempos de persecución. Y muy acentuadamente en nuestra época, donde el glorioso concepto de cristiandad, herido desde los tiempos de la reforma (siglo XVI) y la revolución francesa (siglo XVIII), ha entrado hoy en fase de coma terminal, por no decir que en parada cardiorrespiratoria. Dice nuestro papa Francisco –con razón- que la Iglesia es un hospital de campaña (para los cristianos). La tragedia de nuestro tiempo –añadiría yo- es que la misma Iglesia es la que actualmente agoniza en ese mismo sanatorio improvisado, y que somos los cristianos –especialmente los laicos- los que, enfermos como estamos, debemos curarla y sacarla de ahí, porque sin su salud espiritualmente morimos. Y para lograrlo no basta ser cristianos comprometidos (como se dice), sino por encima de todo tener fe en Cristo. Fe de verdad, fe que transforma, fe que combata -sin miedo a ser señalado- contra un mundo donde el diablo hace estragos. Fe, en definitiva, en Nuestro Señor y Salvador como única y definitiva Palabra sobre nuestra vida particular y sobre la historia en general.

Libro excelso, pues, pero de difícil digestión, hasta el punto que en un momento determinado un ángel del Cielo pide al autor que lo devore “y aunque te amargue las entrañas, en tu boca será dulce como la miel” (Ap. 10,9). No obstante, pasado el tiempo, los jugos de la mente de tantas generaciones cristianas, con la ayuda del Espíritu que siempre acude en auxilio, han ido poco a poco desvelando sus misterios, de modo que hoy -visto desde la atalaya de tantos extraordinarios comentaristas, llenos de unción y sapiencia, en cientos de años-, podemos indagar mucho mejor sus enigmas. Y casi entenderlos.

Quiero detenerme en dos figuras de mujer, absolutamente antagónicas. Dos mujeres –dos prodigiosos símbolos- que aparecen en la segunda mitad del este libro. La primera surge significativamente tras abrirse el Templo del Cielo, la morada de Dios, y ser vista el Arca de la Alianza, entre truenos, relámpagos, temblores y granizo. Es un momento especialmente intenso, pues Juan, que no había tenido problema anteriormente en calificar a los judíos que combatían a los cristianos como “sinagoga de Satanás” (Ap. 3,9) , comprueba en su visión que, verdaderamente, como dijo San Pablo, los dones de Dios al pueblo de Israel son irrevocables y que, en su infinita bondad, “nos encerró a todos – a ellos, los pérfidos judíos, y a nosotros (que éramos miserables paganos)- en la rebeldía, para usar de misericordia con todos” (Rm. 11,32).

Pero ese temible Arca, símbolo del viejo Israel, queda desplazado tras una sublime imagen de mujer, que la inmensa mayoría de los sabios cristianos de todos los tiempos han intuido como la representación del nuevo Israel de Dios, el Israel de la promesa, la Iglesia cristiana. La mujer está vestida de sol –envuelta por la divinidad-, tiene doce estrellas sobre su cabeza –la gloria de Israel- , y pisa la luna, el símbolo de lo cambiante y no permanente, del mundo en definitiva, sobre el cual la Iglesia tiene (debe tener) dominio con la firmeza inmutable de sus principios y doctrinas, del depósito de la fe recibido del Señor. 

Juan observa que esa prodigiosa figura femenina está encinta y gime con dolores de parto. Aquí parece referirse a los duros trabajos de los millones de cristianos de todos los tiempos que, con oraciones, sacrificios, renuncias y abnegaciones, han clamado y claman hoy sin cesar en sus tribulaciones, como lo haría una parturienta, por la segunda venida del Mesías. Incesantemente, entre los dolores de la persecución –legal o física-, la muerte civil o el desprecio de un mundo dominado por el maligno (no en vano, un espantoso dragón aparecerá a continuación, con voluntad de devorar al Hijo cuando nazca). Es muy indicativo el hecho de su dolor, pues parece ratificar la idea de que una Iglesia sin mártires, una iglesia sin testigos, una Iglesia sin sacrificios ni penitencia está seca; una Iglesia cómoda y acomodada, conciliadora y conciliada con los errores y horrores de su tiempo, está muerta, es estéril, y jamás será la que alumbre al Mesías que ha de volver. Es la Iglesia de Sardes “que tienes nombre de que vives pero estás muerta” (Ap. 3,1).

La Iglesia que dé a luz al Mesías en su segunda venida será la que sufra la misma pasión que el Señor padeció en la primera “pues si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn. 15,20); una Iglesia donde los apóstoles le abandonen; donde un Pedro acobardado siga de lejos a Jesús (Mc. 14,54), para luego negarle abiertamente; una Iglesia, en definitiva, que, entre inimaginables persecuciones -entre burlas, bofetadas, salivazos, látigos y cruces-, exclamará, como si hubiera perdido toda esperanza,: ¿Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Y al final, tras la masiva apostasía que ese horror producirá en un rebaño sin pastores, quedará un pequeño resto que invoque al Señor (Sof. 3,15). Y ahí se condensará la historia terrenal de la Iglesia, justo antes de la venida del Señor para implantar su reino. Será como la resurrección de Cristo, tras la primera venida.

Si el sufrimiento es el rasgo más destacable de esa bella y dolorida mujer, el placer lo será de la segunda que aparece unos capítulos más adelante, llamada la ramera de Babilonia. A primera vista intuimos en ella un símbolo del pecado, pues parece hermosa (o vistosa) de lejos, pero de cerca es fea sin paliativos; sin embargo su significado es más específico. En efecto, las Sagradas Escrituras, al usar la imagen femenina, pretenden explicar la actitud de Israel con Dios, y por ello la primera mujer –la orlada de sol- es representación del Israel santo de la promesa, de su fidelidad a Dios y de la pureza de la religión. La segunda también podíamos verla como el nuevo Israel, pero ha traicionado a su esposo, ha adulterado y ha falsificado la religión. Es la misma mujer, por lo tanto, pero si en un caso se entrega con sacrificios a la voluntad de a Dios, en el otro se zambulle en el desenfreno del mundo y la fornicación de la idolatría. Si la primera es fecunda y genera vida –la Vida de todos, pues alumbra a Cristo-, la segunda es estéril, y produce muerte “embriagándose de la sangre de los mártires”.

Lo terrible es que ambas imágenes lo son de una misma mujer, una misma religión –la única religión verdadera- pero si en un caso se conserva pura e incontaminada (de ahí su hermosura, su fecundidad y también su dolor y su esperanza) , en el otro, se ha desfigurado hasta el espanto, al mezclase con los antivalores que propone el mundo (por ello su fealdad, sus horribles afeites, su fornicación improductiva con todo lo humano, y su grotesco y sucio destino, pues la horripilante bestia de los diez cuernos sobre la que cabalga –los tenebrosos poderes anticristianos- “ aborrecerán a la ramera, y la dejarán devastada y despojada, y devorarán sus carnes y la abrasarán con fuego” (Ap. 17,16). Si la dulce y dolorida mujer tiene a la cambiante luna domeñada y como permanente estrado de sus pies, la mala hembra no puede controlar al bicho deforme sobre el que cabalga, y acabará siendo fagocitada por él.

“Y me maravillé al verla, con gran maravilla” (Ap. 17,6), exclama el autor sagrado. Durante la contemplación de esta mala hembra, Juan expresará un asombro que ni siquiera manifestó en ninguna de las anteriores –e impresionantes – imágenes que pudo apreciar durante su experiencia mística. Recordemos que había estado junto al mismísimo trono de Dios, contempló al triunfante Cordero degollado que abrió los siete sellos, los cuatro jinetes, los miles y miles de mártires reclamando justicia, los 144.000 marcados…; recordemos que cuando se abrió el sexto sello, miró al sol y estaba negro como saco de crin, y la luna sangrienta; las estrellas caían sobre la tierra y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla en un espantoso terremoto. Y encima, el discípulo amado había soportado la visión de esa trinidad grotesca formada por el diablo, el anticristo y el falso profeta…, pero con todo ello no se había quedado tan absorto como cuando la ramera de Babilonia se puso delante de sus ojos. Probablemente, en un instante, le pareció reconocer en el rostro de esa ramera, algún rasgo de la mujer santa. Y eso le angustió sobremanera.

Esa es la prueba, a mi juicio, de la gravedad de lo que significa. La santidad y la verdad de nuestra fe jamás podrán conciliarse ni transigir con el pecado y con el error, por leves que ellos sean. “¿Pues qué participación entre la justicia con la iniquidad? ¿O qué comunicación de la luz con las tinieblas? Y ¿Qué armonía de Cristo con Belial? (2 Cor. 6, 14-15). Una enorme lección para nuestro tiempo, para nuestras almas y para nuestra Iglesia.




jueves, 13 de agosto de 2020

La oración que tu Hijo nos enseñó, para alabarte y suplicarte.

                            
   

                           


                                    “Padre nuestro que estás en el Cielo”

Cuando te rezo en la intimidad de mi habitación, Padre nuestro, empleando la sublime oración que nos enseñó tu Hijo, una primera emoción me obliga a sustituir el determinante plural por el singular. Y por eso exclamo con confianza de hijo: “Padre mío que estás en el Cielo”.

Así te invoco, Señor eterno y subsistente, que creaste la realidad desde la nada y, dentro de esa inmensidad de materia, tiempo, extensión, vida e historia, modelaste mi propio e insignificante ser. Y te expreso mi emocionada gratitud, no tanto por el hecho de renacer cada mañana, sino por algo más importante: porque tu misericordia me haya regalado la gracia de conocer, por medio de su Hijo Jesucristo, quién eres, y lo que has hecho por mí, Dios de amor. Por Jesús, te llamo Abba, Padre; y por Él, en su entrega de cruz, he sido salvado. Por eso mi corazón exclama, con emoción de hijo y gratitud de redimido: ¡Padre mío!

Tras ese íntimo y preliminar agradecimiento, mi plegaria se vincula luego con la que, día tras día, eleva el Cuerpo Místico de la Iglesia: con los demás cristianos que peregrinan en la tierra -hijos suyos también y por tanto hermanos míos-, y también con los que ya han alcanzado la Patria celeste. Y entonces, todos unidos, gritamos con una sola alma y corazón ¡Padre nuestro! Y Tú recoges las voces de tus hijos, y extiendes tu benevolente acción sobre el mundo, sobre los buenos y los malos, sobre los justos y los injustos, a la espera del tiempo de la siega.

Digo que estás en el Cielo. Mas lo que expreso no es un lugar, sino la inmensidad y eternidad de tu Ser, plenitud de Bien, Verdad y Belleza; tu Ser, que sustenta como causa todas las cosas. “He aquí que los cielos, y los cielos de los cielos no te pueden contener" (1 Rey. 8,27). Tampoco mi corazón y mi razón pueden abarcar tanta majestad, pero intento asear mi alma –como todas las mañanas mi cuerpo- , para que cuando el rayo de luz de tu bondad la ilumine, pueda al menos reconocer con San Juan de la Cruz, que “está mi casa sosegada”. Y por tanto, poder alabarte al comenzar el nuevo día: “aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad”.



                                    “Santificado sea tu nombre”

¿Cuál es tu Nombre, aquél que tan misterioso y arcano les parecía a los hombres en el pasado? Sinceramente no me importa, porque me basta nombrarte Padre mío. Tú ya nos revelaste el misterio de los misterios, la vida de tu Ser, uno y trino, pues eres Amor, que engendra desde la eternidad al Hijo de tu misma sustancia, y de esa comunicación íntima de tu Paternidad y su Filiación en la eternidad, procede el Espíritu Santo; Aquél que hace nacer la alabanza de nuestros humildes labios y las lágrimas en nuestros ojos. Sublime dificultad, que sólo con “la llama del amor se alcanza” como expresa Dante.

¿Realmente puedo encontrar un nombre más dulce para referirme a ti que el de Padre? ¿Quién llama a sus padres con el nombre de pila? El de mi padre terrenal era Francisco José, pero siempre me dirigía él -al igual que cualquier hijo- como papá, con la confianza de que no me faltaba como último refugio, como el bondadoso padre de la parábola del hijo pródigo. Porque los buenos padres de la tierra jamás nos decepcionan, y si creímos que en algún momento de nuestro pasado común lo hicieron, examinémonos cuando ya no estén con nosotros, cuando los echemos de menos. Nos percataremos entonces de qué necios fuimos en nuestras apreciaciones. Y eso que ellos no eran santos, en el sentido en que lo eres Tú, el único al podemos atribuir la plenitud de la santidad. Por eso Tú –el mejor de todos los padres- nunca puedes defraudarnos, por absurdos, duros e injustos que nos parezcan tantos reveses de nuestra vida. Son errados nuestros juicios, nunca lo son tus acciones. Yo siempre seré el hijo pródigo, Tú siempre serás mi Padre misericordioso.

Santificado sea tu nombre, te rezo por tanto. Las Escrituras te llamaron Dios desconocido (Is. 45,4), es verdad, pero fue San Pablo, quien en el discurso del areópago (Hch. 17,23) enseñó a los vanos filósofos que ese Dios, en el que nos movemos, vivimos y existimos, se había hecho uno de nosotros. Por eso, si quiero al fin pronunciar el verdadero nombre de Dios, ahí tengo el de Jesús, tu Hijo muy amado, Señor y dador de vida, Dios bendito ante el cual toda rodilla se dobla (Fil 2). Con el dulce nombre de Jesús me basta y me sobra.

                                    “Venga a nosotros tu reino”

Padre mío, reino implica una colectividad, con gobernantes y gobernados; por eso mi oración se sale en este momento del ámbito de la intimidad y desea unirse a la plegaria común de la iglesia militante, que pide que Cristo reine entre nosotros, y sean sus enemigos el estrado de sus pies (1 Cor. 15,25). Porque estamos seguros de que su justicia y misericordia son más grande que las del mejor gobernante de nuestra historia humana. Cuanto más pasa el tiempo, cuando los gobiernos humanos legislan con malicia contra la ley divina (cada vez con más descaro e impudicia), se vuelve más urgente esa dramática llamada a que implantes pronto tu reino. ¡Ven Señor! ¡Venga tu reino!, suplica por tanto mi alma. Y aunque no me corresponda fijar los tiempos, porque lo prohibió el Señor a sus discípulos, sí debo reclamarlo con la insistencia del amigo inoportuno, como tu Hijo me enseñó en su Evangelio (Lc. 11,5-11), con la convicción de que toda plegaria es escuchada.

Pido tu reino, por tanto, con la certeza de que no es una ilusión, sino una promesa cierta, una realidad ahora en potencia y en esperanza. Tu reino es (será) espiritual, sí, pero no es sólo espiritualidad. Estará aquí, en la tierra, tras ser transformado el universo tal y como lo conocemos. Sé que algunos interpretaron en un sentido estrictamente celestial, expresiones de tu Divino Hijo como el reino está dentro de vosotros (Lc. 17,21), o mi reino no es de este mundo (Jn. 18,36), pero Tú deseas que entendamos correctamente las Palabras que Él pronunció en la tierra.

El reino está dentro de nosotros, dice tu Hijo en Lucas, sí; pero también recuerda este evangelista aquella afirmación suya de que de la abundancia del corazón habla la boca. Es decir, el reino de tu Hijo no puede ser un mero tesoro escondido en las entretelas de mi alma, sino que debe ser predicado por mí y por toda la Iglesia hasta su definitiva implantación en el mundo, aunque el único consumador de ese triunfo será tu Hijo cuando vuelva, según nos prometió (Ap. 19,15). Circunscribir el reino a mi corazón y a mi vida privada –como se pide en tantos ámbitos, incluso eclesiales-, es traicionaros a los dos. Así me lo has enseñado por medio de tu Iglesia, aunque hoy ya casi nadie predique estas cosas.

El reino de tu Hijo no es (ahora) de este mundo, ciertamente. Ni lo fue cuando Pilatos le interrogó, ni lo es en nuestro tiempo. No puede serlo ahora, porque tu enemigo, ese príncipe de la mentira ha campado y campa a sus anchas por él, instigando todo tipo de errores y crímenes tanto en los hombres como en las naciones. Pero un día tu Hijo encadenará al enemigo Satanás, y se implantará (Ap. 20). Por eso sus palabras fueron: “Nunc autem meum regnum non est hinc". “Mas ahora, mi reino no es de aquí” (Jn. 18,36). Rezo para que pronto resurja entre nosotros. La Verdad de tu Palabra divina lo avala.



                                “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”

Parece extraño, Padre mío, que me animes a pronunciar esa oración ¡además imperativa!, porque “el hombre hace muchos planes, pero sólo se realiza el propósito divino” (Pr. 19,21). Pues nada de lo que has decidido dejará de cumplirse; construirás tu Reino sobre las ruinas de las necias obras de tus enemigos.

Entonces, ¿por qué me pides, Padre mío, que te exija lo inevitable? ¿Quién soy yo, mera criatura, para apoyar o torcer siquiera en una milmillonésima parte tus inescrutables proyectos? Pero la fe me asegura que por tu bondad, nos has anticipado algo de la divinidad que nos has prometido en el Cielo, y mediante el poder de la oración, influimos –sin contradicción- en aquello que ya has previsto desde la eternidad.

Tiene que ser así, sin duda, pues sólidamente lo confirma el Magisterio de tu Iglesia, mediante una sublime encíclica de un recordado vicario de tu Hijo:

“Es cosa evidente que los fieles necesitan del auxilio del divino Redentor, puesto que Él mismo dijo: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5); y, según el dicho del Apóstol, todo el crecimiento de este Cuerpo en orden a su desarrollo proviene de la Cabeza, que es Cristo (cf. Ef 4,16; Col 2,19). Pero a la par debe afirmarse, aunque parezca completamente extraño, que Cristo también necesita de sus miembros (…) Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante el que la salvación de muchos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, dirigidas a este objeto, y de la cooperación que Pastores y fieles ―singularmente los padres y madres de familia― han de ofrecer a nuestro divino Salvador. (Pío XII. Mystici Corporis Christi. Nº 19. 1943).

Padre mío, yo también soy padre de familia, y comprendo que, cuando los hijos nos piden lo necesario para sus cuerpos y sus almas, nuestros propósitos se modulan de conformidad al bien de ellos, aunque suponga modificar las primeras intenciones. Tú, sin embargo, eres perfecto y lo son tus obras; “no eres un hombre para que te arrepientas” (Num. 23,19). Todo lo has hecho con sabiduría, y aun así, las oraciones fervorosas de tus hijos, de manera misteriosa, hacen posible tus firmes y bondadosos designios sobre todas las cosas. ¡Sublime síntesis de tu Providencia y nuestra libertad!

¡Gracias, Padre mío, porque actúas respetando mi libertad, y en ella produces secretos milagros, que sólo en el Cielo podré comprender!

                                    “Danos hoy nuestro pan de cada día”

Padre mío, con inmensa sabiduría sitúas esta importante petición, debajo de aquellas que sólo procuran tu alabanza y tu gloria, tu reino en definitiva. Porque lo primordial es “buscar primeramente el reino y su justicia, y todo lo demás –qué como, qué bebo o con qué me vestiré- se me dará por añadidura” (Mt. 6, 33). Porque tu Reino no es “comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm. 14,17).

Habitualmente obro al revés, Padre mío, y creo que son muchos, demasiados, los cristianos que nos equivocamos y no transitamos por donde deseas que vayamos. Pongo el carro por delante de los bueyes, ahí me planto, y aunque la carne del animal me pueda servir de comida, es un alimento vil, y me debilita los sentidos para catar tus bienes exquisitos. No avanzo, cuando tu voluntad es que yo y todos mis hermanos en la fe, marchemos uncidos a ese carro –de justicia, de paz, de bondad- para llegar a la culminación de tu reino, donde contaremos con las mejores viandas que ni el ojo del hombre vio (1 Cor. 2,9).

Tu Hijo expresó, con adorable sensibilidad, que ni siquiera las vestiduras del gran Salomón podían compararse a la belleza de los lirios que florecían en los campos de Galilea en la primavera. Pero hemos perdido el sentido de la belleza, de lo divino en la Creación, y del orden que Tú has establecido en los bienes que nos has regalado. Y el hombre –cima de tu obra- parece preferir hoy la fealdad y lo torcido (se ensalza lo grotesco y lo obsceno), y ha convertido en fines absolutos, lo que son meros medios para su nutrición y reproducción. También yo, tantas veces, entro en esa dinámica perversa, y se me nubla tu Reino, como si dejase de ver un maravilloso templo dorado sobre una montaña, al ser envuelto en una súbita y densa niebla. Perdemos el horizonte del Cielo, nos aferramos a la tierra, y hasta nos confundimos con las funciones elementales de ésta. ¡Qué bajo cae la gloria de tu creación! ¡Qué bajo caigo!

Ilumíname siempre, Padre mío, para que no aparte mi vista de lo principal, y para creer intensamente que sólo a través del sendero que nos muestras día a día –alimentados con el Pan eucarístico de tu Hijo- llegue a tu reino de plenitud y felicidad. Y, hasta entonces, te pido que no me falte el pan nuestro de cada día, y que te alabe siempre por procurármelo.



    “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”

Otra vez me sorprendes, Padre mío, por poner como requisito de tu perdón, el que nosotros lo otorguemos antes a nuestros enemigos. Si esa es tu condición –olvidar las injurias que me hacen-, soy el más desdichado de los hombres, pues nunca pondré contar con tu misericordia. ¿Cuántas veces perdono desde el alma? De boquilla muchas, sí, pero de corazón…

Si condonas mis ofensas, por tanto, se debe a que desde la eternidad has previsto que cada vez que te rezo e imploro el perdón, tengo sincero deseo cumplir tus mandatos, y por eso supones que he perdonado previamente a mis semejantes, sea cual sea la falta que hayan cometido contra mí, “pues antes de colocar tu ofrenda en el Altar de Dios, reconcíliate primero con tu hermano” (Mt. 5,24). Padre mío, ¿cómo confías tanto en mi debilidad?

Eres inflexible, pues Tú no me indultas, si yo no perdono a mi prójimo (haya lo que haya hecho conmigo). Y eres exigente, pues no sólo me mandas todo aquello que humanamente puedo hacer, sino aun lo que me es imposible, porque siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste (Mt. 25,24).

Sin embargo, Tú no nos abandonas en esa lucha que nos desborda, y nos donas la fuerza sobrenatural de tu Gracia. Pero antes me exiges un esfuerzo espiritual –que transite por el camino estrecho (Mt. 7,13)-, y para ello debo entrenarme día a día, ofensa a ofensa, pues sin ascesis nadie puede progresar en la vida de santidad. Como enseña tu sierva Santa Teresa de Jesús, en su Camino de perfección, “pensar que Dios admite a su amistad a gente regalada y sin trabajos es locura”.

Pero cuando me han herido tan hondo, de modo que no puedo dar un perdón incondicional y absoluto (como el que tú nos regalas), o cuando añado al perdón esa trampa mezquina de “no olvido”, vienes en mi auxilio con la caricia amorosa de tu Gracia. Un ubérrimo regalo de tu infinita bondad, sin ningún merecimiento por mi parte. Y con ella me santificas, y así activas el milagro –porque lo es- de que pueda perdonar ¡hasta setenta veces siete! (Mt. 18,22). Y sé que fue tu Hijo –verdadero Dios-, cuando rezó por los verdugos que le clavaban a una cruz, el que nos logró a cada cristiano esa Gracia, que nos auxilia cuando el odio parece que nos vence.

¡Bendito seas Padre, que jamás me abandonas en mi debilidad! Tu perdón excederá infinitamente al que yo pueda ofrecer al más perverso de los hombres, por grave que haya sido el daño que me haya infringido. Tu Hijo, en una profunda parábola, nos presenta la inalcanzable distancia que va de los diez talentos que debo al rey de reyes –o 300.000 euros-, a los cien denarios -menos de un euro-, en donde se computa cualquier bien que otro hombre pueda arrebatarme durante toda una vida (Mt. 18, 23-35).

Si fuera consciente, en fin, de la Verdad que nos expones a través de esa narración, si la tuviera a fuego grabada en mi corazón, qué presto me dirigiría siempre a perdonar, qué fácil sería hacerlo, Padre mío y Dios mío.


                                    “Y no nos dejes caer en la tentación”

Vuelvo al singular, Padre mío; no me dejes caer en la tentación. Desde la nada me creaste, y me plantaste en esta etapa complicada del mundo, que ya juzgo terminal. ¿Es así, Padre mío, o hago elucubraciones imprudentes y temerarias? Porque examino mi mundo, y la tentación de abandonar todos tus caminos de salvación se me propone de forma globalizada, con un ropaje tan atractivo y con diabólica insistencia, en todos los terrenos que piso; como si un virus espiritual (mucho más grave que el que físico que hoy nos ataca) se hubiese infiltrado, de veinte años para acá, en los todos los poros de la realidad (personas, familias, naciones). “Tiempos postreros donde algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus falsos y a doctrinas de demonios” (1 Tim. 4,1).

Por eso, Padre mío, te suplico: ¡que no ceda ni un milímetro al mal que por todas partes acecha! No te puedo suplicar que no aparezcan tentaciones en mi vida, porque para santificarme tienes que testar el temple de mi alma, y por ello tu Palabra ya me advirtió que “si tratas de servir al Señor, prepárate para la prueba” (Eclo. 2,1). Y a mayor santidad, más duras pruebas. Pero sí te ruego que no me rinda ante ellas y, menos aún, reincida en los viejos pecados, que tu misericordia me perdonó, pero que siguen vivos en mi recuerdo, con vergüenza y con asco.

Porque “¡Todo lo puedo en ti, que me confortas! (Fil. 4,13), no permitas que ”sea tentado más allá de mis fuerzas” (1 Cor. 10,13). Sobre todo, impide con tu soberano poder que yo me hunda en la más fuerte y diabólica de las tentaciones de mi tiempo, la desesperanza, porque como expresó San Pablo –como si contemplase nuestro mundo- “Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera solo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales” (1 Cor. 15,19).

Padre mío, es seguro que ninguna sociedad cristiana de antaño estuvo exenta de los siete pecados capitales en sus miembros (porque el hombre caído descuidaba las cuatro virtudes cardinales), pero aun así, quedaban incólumes en sus almas las fundamentales, las tres virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad. La voluntad era débil, pero la fe era sólida.

Pero hoy, fe, esperanza y caridad palidecen y son combatidas como nunca, y esa guerra parece sobrehumana, verdaderamente diabólica. ¿Por qué lo permites, Padre mío? ¿Es que estamos en los tiempos en que “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás fue precipitado a la tierra, y sus ángeles fueron con él precipitados” (Ap. 12,9).

Advirtió tu Hijo -y hoy se cumple con precisión- que “por haberse multiplicado la maldad, la caridad de muchos se enfriará” (Mt. 24,12); ello provocará perder el fuego de tu Espíritu, y se suplantará por una calculada solidaridad, un humanismo buenista ayuno de trascendencia. También profetizó “que no encontraría fe en la tierra cuando volviera” (Lc. 18,8). No la habrá, y no porque el ateísmo o el agnosticismo hayan tomado la delantera a la fe de los hombres (eso no creo que alguna vez suceda), sino porque la fe se ha contaminado con supersticiones y errores modernos, olvidando que tu Reino sólo será alzado por la intervención trascendente de tu Hijo, y no por la confianza inmanente en un progreso sin límites con la sola acción del hombre. En definitiva, tu religión sobrenatural ha sido falsificada desde sus cimientos.

Padre mío, vuelvo a preguntarte lo mismo de antes, ¿es como digo, o hago elucubraciones imprudentes y temerarias? Y me respondes que siga meditando la Palabra divina que entregaste a tu Iglesia, y pidiendo humildemente el don de la Sabiduría.

Combatidas la fe y la caridad, cómo no iba a derrumbarse, Padre mío, la virtud teologal de la esperanza. Tu Hijo nos “salvó en esperanza” (Rm. 8,24), sacó al mundo de ese foso de desesperación pagana en el que se revolvía como una sanguijuela en una ciénaga, pero hoy volvemos a las andadas, al nihilismo, a la desesperación del paganismo, al culto al hombre, al cierre de toda trascendencia.

No me dejes caer en la tentación. Y que al final de mi vida, con la tranquilidad de haber hecho lo que honestamente pude y haber dejado que Tú hicieras el resto, con la esperanza de que me llevarás a tu Reino, y el amor con el que siempre te he amado, pueda decirte a corazón abierto: “Padre mío, he luchado la noble lucha, he finalizado la carrera, he conservado la fe” (II Tim. 4,7).

                                    “Sed libera nos a malo”

Padre mío, el idioma latino recoge con mayor precisión que el castellano esta última frase de la oración con la que tu Hijo nos enseñó a dirigirnos a ti. No quiso decir “líbranos del mal” (en abstracto), sino líbranos de alguien muy concreto, del “malo” por excelencia, de Satanás: el gran enemigo de su obra -la serpiente que amargó la existencia a los hombres (Gen. 3,1)-, aquel que sistemáticamente coloca palos a las vigorosas ruedas que nos llevan hacia el Reino de tu Hijo.

Si la primera mención del Padrenuestro es una alabanza a tu gloria trascendente, la última ha descendido hasta el inframundo, la mansión lóbrega de tu adversario (patético contrario, comparado contigo, pero peligrosísimo si su referencia somos nosotros, los débiles hombres; si soy yo). Por eso te pido, Padre mío, que me libres de su odiosa cercanía “pues ronda como león rugiente buscando a quien devorar” (1 Ped. 5,8).

Que la bella oración del Padrenuestro la cierre tu Hijo con la referencia a alguien tan siniestro, prueba que expresamente deseas que le dé la importancia debida en mi vida cristiana. Naturalmente sin obsesiones, y con la certeza de fe de que la cruz de tu Hijo fijó para siempre su destino de perdedor, pues marcha inexorablemente hacia “el estanque de fuego y azufre donde será atormentado noche y día por los siglos de los siglos” (Ap. 20,10). Más aún, la cruz no sólo le ha derrotado a él, sino que además nos ha regalado a los cristianos la condición de “hijos tuyos, coherederos con Cristo, de tal modo que si padecemos con Él, seremos también glorificados con Él” (Rm. 8,17). Y eso es mucho más de lo que su envidia puede soportar, pues ese don que nos has entregado es lo que verdaderamente le atormenta, más que el fuego de tu justicia y el azufre de tu ira.

Por lo tanto, debo estar atento a sus planes y acciones perversas, especialmente intensas en nuestro tiempo. No obstante, aunque hoy actúa en todos los ámbitos de nuestra vida individual y colectiva, con una desfachatez inaudita en la historia humana (prueba indiscutible de su desesperación porque “le queda poco tiempo” (Ap. 12,12), no merece la pena seguir mencionándole.

Pero sí citaré, Padre mío, para concluir esta oración de alabanza, a alguien muy especial para ti, y especialmente aborrecido -sobre todo temido- por ese enemigo. Yo diría que es la única criatura tuya –una mujer- a quien el demonio no pudo ni acercarse, y eso que él se atrevió con tu divino Hijo. Tal es el horror que el poder de su pureza, su hermosura y su santidad le provocaban.

Una mujer, a quien, al principio mismo de la historia, anunciaste como la definitiva esperanza de la humanidad en una profecía que, gracias a tu Hijo, hemos comprendido los cristianos con luminoso entendimiento y emocionado corazón:

                       “Enemistad pongo entre ti y la mujer,

                                Entre su linaje y el tuyo,

                               Ella te pisará la cabeza

                     Y tú le dañarás el calcañar” (Gen. 3,15).

Padre mío, no te bastaba elevar nuestra pobre condición, mediante el don de tu paternidad, hasta la cima de lo divino. Tenías, además, que acompañar tanta benevolencia con un sublime toque humano, regalándonos la más bella, dulce y bondadosa de todas las madres del mundo, aquella que por ser la madre de tu Hijo, la hiciste a la vez Madre de Dios y madre nuestra.

Padre mío, permíteme que mi último pensamiento se dirija a nuestra madre del Cielo, la bienaventurada Virgen María, para que su maternal protección siga siendo el mejor escudo para todos los males.

"A ti, virgen santa, esposa del Espíritu Santo, madre y corazón de mi fe, con mi alma rendida, te rezo y te imploro para que no me dejes solo ningún día de mi vida, desde ahora hasta la hora de mi muerte; ayúdame a vencer la tentación, a cumplir sin excusas los mandatos de tu Hijo y a no perder la fe, la esperanza y la caridad. Y cuando llegue el momento de comparecer ante Él, sea tu decisiva mediación la que me lleve al Cielo, pues entonces tu Hijo, como aquel día de gozo en Caná de Galilea, habrá escuchado de tu dulcísima voz: “Él ha hecho lo que tú has dicho”. Amén". 

miércoles, 5 de agosto de 2020

La desaparición del horizonte escatológico en la predicación cristiana.

Señales del Fin del Mundo según el Apocalipsis – Séptima Puerta



Acabo de concluir la lectura de un interesante libro del escritor argentino Hugo Wast, publicado a inicios de la década de los 40 del siglo pasado, titulado “El sexto sello”. En él, Wast se aleja del habitual género de fantasía e imaginación, propio del novelista, para intentar explicar, mediante un apasionante ensayo, algunas arduas cuestiones del Libro de la Revelación de San Juan. Para él –y para mí y para cualquier cristiano que se tome en serio la fe-, el Apocalipsis no es un “centón de misterios irresolubles” sino una profecía en sentido literal, profecía aún no cumplida, y por eso debe apasionar a un creyente en proporción a la intensidad de su creencia en Cristo y en la instauración de su Reino. Porque, según la atención que un cristiano preste a este prodigioso libro, podemos calibrar con precisión la temperatura de su fe. Es significativo que hoy –tiempos de progresiva apostasía, de “cristianismo secundario” (Romano Amerio)- sólo unas pocas voces proféticas han vuelto con fuerza a recordar ese artículo básico de nuestra fe que dice: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. En todo caso, para entender el contexto en el que ese versículo se hará realidad, es imprescindible conocer y reflexionar sobre el último libro de la Biblia, lo que hace brillantemente el argentino (si bien con errores, propios de quien intenta comprender el futuro, como por ejemplo asociar el lema de San Malaquías “de la media luna” con un antipapa (en realidad, fue Juan Pablo I) o “de gloria olivae” con la conversión general de los judíos (se corresponde al papado del añorado Benedicto XVI) .

En fin, de cuantas ideas e imaginaciones me ha inspirado la atenta lectura de esta obra del autor argentino, deseo reflexionar sobre un hecho, que él no pudo prever en la época en que escribió su libro (1941), pero que se manifiesta con una impresionante claridad en nuestra época. Me refiero a la pérdida de la tensión escatológica, desvanecida del magisterio y la reflexión de los sucesores de Pedro, desde San Juan XXIII.

Parece ser que éste último, en su famoso discurso de apertura del Concilio Vaticano II (en 1962), marcó la directriz (o el espíritu) que desde entonces han seguido sus sucesores sin excepción.

Señaló entonces el papa “bueno”:

“En el cotidiano ejercicio de nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia.

Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente”.

Ahora bien, ¿carecía San Pío X del sentido de la discreción y la medida, cuando en su primera encíclica E supremi, afirmó 

“Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público ni en privado: aún más, se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios.

Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol.


¿O era un profeta de calamidad, Pío XI, quien en “Divini Redentoris” (en la cual advertía sobre “los síntomas anunciados por San Pablo como señales infalibles del fin del mundo”), afirmó además:

“Por primera vez en la historia asistimos a una lucha, fríamente calculada y prolijamente preparada, del hombre contra todo lo que es divino (II Tes. 2,4)

En 1962, cuando Juan XXIII expone su pelagiana esperanza en que “los hombres, aun por sí solos (sic), están propensos a condenar (sus errores)”, la situación de la fe cristiana, en los hombres y en los Estados ¿era menos dramática que en los tiempos recios de los dos papas antes citados? Porque hablamos de un periodo en el que el horror del comunismo se había apoderado de una buena parte de la humanidad, y el miedo a un conflicto nuclear derivado de la guerra fría era fácilmente constatable.

¿Y es lícito considerar que en nuestro tiempo, en 2020, donde las leyes de los Estados se ciscan sin complejos en la Ley Divina y Natural, donde se han asesinado a millones y millones de inocentes con el aborto legalizado, y donde se propugna desde todos los ámbitos –incluso cristianos- una espiritualidad sincretista que abomine de la Verdad (con mayúsculas), la situación del cristianismo es menos preocupante que en la época de aquellos Píos? ¿Es insensato reconocer que, si se sigue este camino de franca apostasía, el futuro que se nos abre será literalmente siniestro para la fe (y para la vida) de los cristianos (de los cristianos que no se avergüencen de su fe)?

Sin embargo, el horizonte escatológico ha desaparecido absolutamente de los documentos papales y de la exposición de la fe, que ahora adopta un tono bajo –horizontal-, centrándose en las obras pías (sin mácula de predicación), la concordia con las religiones falsas, la conversión ecológica (sic) y, ante todo, la evitación del escándalo de la predicación de la cruz.

Hundida la predicación, eliminados los elementos molestos del cristianismo para el mundo, la fe de los jóvenes bautizados se ha resentido.  Hoy no sólo no creen en que Cristo volverá (y pronto), sino que -si lo creen, o al menos saben que así lo afirma el Credo que recitan en Misa sin reflexionar en su contenido-, ni lo desean, no sea que pierdan la comodidad de una vida pegada a la play, al Instagram o al tiktok o a netflix.

Es evidente, por tanto, que si no se predica o no se enseña esa verdad fundamental de nuestra fe, jamás podrá ser asimilada como ardiente deseo de cada nueva generación cristiana. Como le dijo el etíope a Felipe: “cómo voy a entender (la Escritura) si nadie me la explica” (Hch. 8,31).  Por eso pudo afirmar el Señor esa triste frase de que no encontraría fe en la tierra cuando volviera.

En definitiva, si en tiempos de Pío X se podía entender como un hecho objetivo (pero no universal como hoy) que “se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios”; siante esa situación, el papa Sarto dedujo que “esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos” ¿Qué diría hoy este fervoroso Papa si viera la deriva, no ya descristianizadora, sino abiertamente diabólica de nuestro siglo XXI?

O si Pío XI, pudo poner en un documento que advertía de “los síntomas anunciados por San Pablo como señales infalibles del fin del mundo” ¿Qué conclusión sacaría hoy sino que el mismo Anticristo se ha apoderado ya espiritualmente de nuestro mundo, aunque todavía no haya mostrado –pero pronto lo hará- su faz engañosa?

martes, 28 de julio de 2020

La recepción de la Sagrada Comunión en la mano o la historia de una desobediencia (y 2)



Una vez comentado el hecho histórico de la “aprobación” por Roma de la llamada “comunión en la mano”, paso a continuación a referirme a otros contenidos del documento de mi obispo, que producen la desagradable impresión de querer deformar, hasta el extremo de lo absurdo, la posición de los que defendemos la comunión según la tradición. Errar en la narración de un suceso histórico cercano en el tiempo es impropio de un documento objetivo que, según afirma en su encabezamiento, es fruto “de un concienzudo estudio, con pertinentes consultas a canonistas y liturgistas”. Pero lo segundo, es poco serio y moralmente inaceptable.

Dice el documento:

“No se puede afirmar, sin embargo, que los cristianos durante nueve siglos hayan estado comulgando irreverentemente, o peor, sacrílegamente”.

¿Quién ha afirmado esa barbaridad, excelencia? ¿Lo exponen algunas de las misivas que le han enviado cristianos de su diócesis, preocupados por la deriva que está tomando este asunto, hasta el punto dramático de serles negada la comunión en algunos casos? Si alguno ha dicho ese disparate, me parece de mal gusto destacarlo en su carta. No enfanguemos el terreno del debate. Usted sabe perfectamente que la naturaleza del problema no es estrictamente disciplinaria –como destacó Pablo VI en la “Memoriale Domini”- sino que afecta a la conciencia de los fieles, y no se puede tratar este grave asunto con la conocida falacia del hombre de paja, mostrando el primer argumento estúpido que haya podido expresar algún desequilibrado. Estoy convencido que la mayoría de esos fieles le han expuesto no sólo razonamientos con fuerza lógica e histórica, sino también con intensa emoción, pues hablamos de Cristo –nuestro Señor- y de cómo debemos estar y actuar ante Él.

Es hoy materia viva de discusión de historiadores la manera en que se recepcionaba antaño la Santa Eucaristía por los fieles, por lo que es muy atrevido afirmar, como hecho contrastado, los nueve siglos de comunión en la mano. No sólo atrevido, sino peligroso y perturbador, porque parece contradecir al mismo Concilio de Trento, el cual no debió tener en cuenta tal “novenario” cuando consideró, nada más y nada menos, como Tradición Apostólica, que sólo los sacerdotes recibiesen el Pan divino con sus manos. Obviamente, como cristiano, me tomo más en serio la mención de ese Concilio –tan denostado por la progresía- que las discusiones sin tasa acerca de las prácticas de la iglesia primitiva, una cuestión que curiosamente (por las escasas fuentes, y la necesidad de suplir esa ausencia con imaginación) fascina más a los protestantes que a nosotros los católicos. Parece que la rehabilitación –de facto- de Lutero, a quien se le ha calificado como “testigo del evangelio” por un dicasterio romano, comienza a dar sazonados frutos. Por cierto, Lutero odiaba a muerte el Santo Sacrificio del Altar, esto es, la Santa Misa.

En fin, volviendo a lo anterior, ningún cristiano tradicional, con una mente clara, tachará como hereje o sacrílego a cualquier católico que de buena fe haya comulgado en la mano, bien en el pasado o lo haga ahora. Sólo el Señor conoce nuestras conciencias, y no es un problema de ser más o menos santos, ni tampoco de si la boca es más santa que la mano (como también, de manera muy poco elegante y descendiendo a niveles que causan sonrojo, alude en su carta). Hablamos de otra cosa mucho más grave, y es triste que no quiera captar el problema de fondo. Antes hablé de desobediencia. Ahora hablo de fe, o más exactamente, de sensus fidei.

Se puede explicar con una analogía. Hasta que el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María fue definido ex cathedra por Pío IX en 1854, la cuestión podía ser objeto de discusión entre los católicos. De hecho, nuestro obispo conocerá perfectamente que en su diócesis de Sevilla, durante el siglo XVII se concitaron tremendas discusiones –y no sólo académicas, pues el mismo pueblo participaba- entre una minoría representada por los dominicos (quienes amparados en la insigne autoridad de santo Tomás de Aquino cuestionaban el dogma aún no definido), y los franciscanos, partidarios del mismo, con la sublime expresión de Juan Duns Scoto (“Potuit, decuit, ergo fecit”). Cuando Roma habló, se zanjó para siempre la cuestión –Roma locuta, causa finita-, y a partir de entonces cualquier católico que cuestione esa verdad definida, queda fuera de la comunión católica, apartado como hereje. Hay que destacar que fue la fuerza del pueblo cristiano la que logró con su fe la proclamación de ese dogma. Roma acogió con generosidad el sentido de la fe de la mayoría de los católicos. 

Pero, como veremos, en 1969 no se respetó el criterio de los católicos sobre la recepción de la eucaristía, pese a las rotundas respuestas dadas por los obispos del orbe en la encuesta que les propuso el papa. El pueblo no sólo no deseaba cambar la forma de comulgar, sino que incluso no admitía que se introdujese la práctica novedosa: no lo iban a aceptar de buen grado. Pero Roma no hizo caso.

La cuestión de la manera de recibir la comunión por los fieles no es dogmática, ciertamente, pero tampoco, como afirma Pablo VI, es una cuestión meramente disciplinar. Pablo VI lo califica como “cosa de tanta importancia, que se asienta en una tradición antiquísima y venerable, además de tocar la disciplina”.

¿Por qué destaca Pablo VI su importancia? Sin duda por los argumentos que a continuación despliega en su instrucción: la pérdida de la debida reverencia, el riesgo de profanación y –ojo a lo que dice- la adulteración de la sana doctrina.

¿Alguien puede decirme, tras leer esto, que la cuestión es un asunto de disciplina eclesiástica o de una venerable tradición a la que podemos mandar al asilo?

Intentemos profundizar un poco más. Cualquier católico bien formado sabe con la certeza de la fe que la Hostia consagrada es el Cuerpo, la Sangre, el alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y si ante el mero nombre de Jesús toda rodilla debe doblarse (Fil. 2) ¿Qué haremos cuando verdadera y realmente Él está delante de nosotros?

El pueblo cristiano sacó la consecuencia inevitable, y me da igual si el siglo en que captó esa necesidad fue el II, el IV, el IX o el X. El pueblo comprendió que, ante Él, nuestro Dios y Señor, sólo podíamos –como hizo Moisés en el Sinaí- postrarnos a causa de la inmensidad de un misterio que nos desborda, por un amor inmerecido que jamás podremos alcanzar. Por eso, cada vez que comulgaba, tenía que ponerse de rodillas y cuando lo recibía, de manos del sacerdote, se consideraba indigno de tocar con las suyas el misterio de los misterios, el amor de los amores; la realidad de un Dios hecho pan, no para que nuestra mano lo cogiese, sino para un hombre consagrado nos lo pusiera en la boca, a fin poder injertarlo en nuestras entrañas, como prenda de nuestra salvación.

¿Era esa convicción fruto del fanatismo de los denostados “años oscuros”, de la exageración medieval, de una presunta hibris cristiana, o sencillamente, era un gesto absolutamente coherente con la inmensidad infinita del regalo que recibía el cristiano? Lo cierto es que hubo un momento el que el pueblo cristiano –y no por imposición de los sacerdotes- recibía de manera absolutamente natural –y universalmente- el sacramento de rodillas y en la boca (salvo situaciones excepcionales, vinculadas a la persecución). Y cada vez que un cristiano se postraba y recibía la comunión en la boca, se reafirmaba una y otra vez que era el mismo Dios a quien se recibía. Es decir, una cuestión de carácter aparentemente disciplinario, el pueblo cristiano –no Roma- la convirtió en sólida tradición, como una muestra de reverencia de los católicos al Santo de los Santos por los siglos de los siglos.

Es esencial insistir que en 1969, los obispos del orbe, a la cuestión, planteada por el Papa sobre la recepción de la nueva manera de comulgar por el pueblo, respondieron mayoritariamente que el pueblo no iba a aceptar de buen grado ese nuevo “rito” (así califica la instrucción el nuevo modo de recepción), incluso aunque se les hiciera “una preparación catequética bien ordenada” (es decir, el sentido de la fe del pueblo vencería ante los argumentos novedosos de los teólogos modernos, porque no se ventilaba una cuestión menor o meramente disciplinaria) . Decía no porque, aún en los años 60, el pueblo tenía un sentido católico de la vida, porque su percepción de fe le advertía exactamente de los mismos peligros que el propio Santo Padre preveía en el cambio de “rito”: Pérdida de la fe en la Presencia Real y facilidad para ser profanado (no solo materialmente, sino de manera más subrepticia: rebajando su sacralidad y diluyendo con errores la fe sólida del pueblo). 

Eso ya no es disciplina. Eso toca de lleno a la doctrina y al dogma. Y eso es lo que pasó.

Podemos decir, volviendo a la analogía, que si el sentido de la fe del pueblo cristiano –el español sobre todo- coadyuvó a que se proclamase el dogma de la Concepción Inmaculada de Nuestra Madre del Cielo, esta misma intuición de los católicos selló la disciplina sacramental acerca de la manera de comulgar. Sin embargo, en un caso, Roma actuó conforme al sentido de la fe del pueblo cristiano, y, en el otro, hizo lo contrario, y además de manera artera y ladina: aceptando la práctica tradicional, pero poniendo las bases de su desaparición; abriendo la puerta a una novedad llena de peligros, que todos sabían positivamente que iban a consumarse pues los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz (Lc. 16,8).

Hacerlo, además, en la época del caos del postconcilio facilitó que el mal se propagase con diabólica velocidad; sí, he dicho el mal, no porque sean malos los que comulgan en la mano, sino porque obran en contra de lo que –como comprobaron los obispos- creyeron con profundo sentido de la fe sus padres y abuelos, produciendo un “cambio dañoso, tanto para la sensibilidad como para el culto espiritual de los mismos Obispos y de muchos fieles". Atención a lo que dice. No sólo la fe el pueblo enfermaría sino también los obispos sufrirían ese daño. En efecto, la fe de los cristianos hoy sufre una tremenda regresión respecto a la de sus padres, y cincuenta años después, un humilde cristiano tiene que criticar con dolor un texto de su obispo sobre la manera de recibir la comunión.

Sí, la comunión en la mano objetivamente (esto es, sin juzgar la intención, la fe o la santidad de quienes así la reciben), es un mal. Es una desobediencia y una traición al sentir de los católicos que nos precedieron, que en fe y fervor ganaban por goleada a nuestra generación. Por eso decimos no, ahora y siempre, haya o no pandemias. Por eso digo NO.

Concluyo con un texto de Baltasar Gracián, un excepcional escritor español, jesuita por más señas, que vivió en el siglo XVII y es el autor de una de las tres más grandes novelas escritas en España, El criticón (las otras dos son El Quijote y La Regenta). Escribió un único libro religioso en su vida –El comulgatorio-, y de él he recogido estas palabras con la que concluyo mi reflexión:

“Advierte, alma, que al mismo Cristo, gloriosamente llagado tienes dentro de esta Hostia; oye lo que te dice: “Acércate a mí, recíbeme y tócame, no ya con los dedos sino con tus labios; no con la mano grosera, sino con tu lengua cortés, con tu corazón amartelado; pruebe tu paladar a qué saben estas llagas; pega esos labios sedientos a la fuente de este costado abierto; apáguese la sed de tus deseos en este manantial de consuelos” (El Comulgatorio. Meditación XLII, nº 2)

domingo, 26 de julio de 2020

La recepción de la Sagrada Comunión en la mano o la historia de una desobediencia (1).


En un documento del Arzobispo de mi ciudad, D. Juan José Asenjo (1), del pasado día 14 de mayo de 2020, a fin de "resumir el estado de la cuestión sobre la forma de administrar la sagrada comunión en tiempo de epidemia", se "recomienda vivamente" que, a causa de la excepcionalidad que ha producido la crisis sanitaria del COVID19, los fieles que vayan a comulgar, reciban la Sagrada Forma en la mano. No se obliga, se recomienda.


Afirma nuestro pastor que esta decisión cuenta con "el refrendo de los profesionales sanitarios", y "la inmensa mayoría de los obispos de todo el mundo", quienes han "recomendado o preceptuado" esa forma de recibir la comunión.


Lo primero que me gustaría decir es que me parece muy noble y muy necesario que mi obispo se preocupe por la salud de fieles y sacerdotes, sobre todo teniendo en cuenta que esta epidemia (aún no erradicada) se está cebando con las vidas de las personas mayores, y desgraciadamente muchos sacerdotes están en ese grupo de especial riesgo. Si, en efecto, como consecuencia de no tomar las medidas médicas oportunas, fallecieran muchos consagrados, el colapso de asistencia litúrgica, pastoral y sacramental en nuestra diócesis -en todas en realidad- en unos meses sería impresionante, y el pueblo cristiano sufriría la imposibilidad de acceder a los sacramentos.


Nada por tanto que objetar a las buenas intenciones de mi arzobispo, quien además -según afirma- cuenta con el apoyo de profesionales sanitarios, si bien me consta que hay médicos que han considerado que es más arriesgado recibir la comunión en la mano que en la boca. Por ejemplo, leo en "infocatólica" que:


"el profesor Filippo Maria Boscia, presidente de la asociación de médicos católicos, expresó el pasado mes de mayo, durante el confinamiento, su sentir: "como médico, estoy convencido de que la comunión en la mano es menos higiénica y, por lo tanto, menos segura que la comunión en la boca. Definitivamente, las manos son las partes del cuerpo más expuestas a los patógenos".


E igualmente, veintiún médicos católicos austriacos recomendaban recibir la comunión al modo tradicional, de rodillas y en la boca, pues entienden que si la reciben así, al estar el sacerdote a diferente nivel que el fiel, hay


"menos riesgo de infección que cuando se administra la comunión de manos. En ese caso, el sacerdote y el receptor están al mismo nivel, por lo que el riesgo de infección por gotitas es mayor".

Por lo tanto, cuando nuestro arzobispo menciona el "refrendo de los profesionales sanitarios" , quizás hubiera sido más exacto referir "refrendo de (algunos) profesionales sanitarios", o incluso le concedo "refrendo de (la mayoría de) los profesionales sanitarios".


Pero no es ese aspecto científico discutido lo que quiero comentar, sino otras afirmaciones que hace mi obispo, dos concretamente:


1º.- Su mención a la instrucción del papa Pablo VI "Memoriale domini" de 1969, con afirmaciones que no responden a la realidad.


2º.- Determinadas expresiones donde parece -resalto esa palabra, parece- criticar las motivaciones de aquellos cristianos -como el que ahora escribe-, que jamás tomaran en sus manos el Cuerpo del Señor (salvo, obviamente, el supuesto extremo de tener que protegerle en caso de profanación).


En relación con lo primero -y siento decirlo-, es falsa la afirmación de que "La comunión en la mano fue permitida por la Santa Sede después de haber consultado al Episcopado universal en 1968". Repito, es contrario a la verdad histórica lo que se afirma en esa frase, la haya escrito el Arzobispo o algún auxiliar o secretario suyo.


Lo que dice dicha Instrucción de la Sagrada Congregación del Culto Divino (en 1969, por cierto) es exactamente lo contrario. Que tras consultar el papa al episcopado universal, constató que la mayoría de los obispos del mundo a).- No deseaban que se aceptase el nuevo medio de recibir la comunión en la mano, b).- No deseaban que se hicieran experimentos (sic) con ese tema y c).- Creían que los fieles católicos no iban a aceptar de buen grado (sic) esa novedad. Además, la Instrucción de 1969 añade a continuación:




"Se ve por las respuestas dadas que la mayor parte de los obispos estiman que no debe cambar la disciplina vigente, más aún, que el cambio sería dañoso, tanto para la sensibilidad como para el culto espiritual de los mismos Obispos y de muchos fieles"




Por lo tanto, la Santa Sede confirmó (en 1969) la tradición de recibir la comunión de rodillas y en la boca.


"En consecuencia, la Sede Apostólica exhorta calurosamente a los Obispos, sacerdotes y fieles que se conformen diligentemente a la ley vigente y nuevamente confirmada, tomando en consideración el juicio dado por la mayor parte del Episcopado católico, la forma empleada por el rito actual de la sagrada liturgia y también el bien común de la misma Iglesia"



No es cierta, como vemos, la afirmación del documento de mi obispo de 14 de mayo del presente año. Ahora bien, no son tan necios los que redactan los documentos a nuestro obispo como para hacerle avalar algo tan burdo que cualquiera que conozca mínimamente esos hechos podría objetarle. Por eso, esa mentira, en realidad, es mucho más grave porque mezcla una falsedad (aprobación por Roma a una práctica que se ha considerado indeseable) con una verdad (aceptación excepcional y por vía de indulto de esa mala praxis, exclusivamente en sitios donde estuviera implantada). Y esa excepción, que Roma hizo a regañadientes a una prohibición (lean el documento y constatarán la desolación que muestra), la hace pasar el documento como una verdad general. Y digo que eso es más grave porque si una mentira pura podía atribuirse a ignorancia, una mentira de esta naturaleza supone una manipulación consciente de un lector incauto. Sinceramente, siento vergüenza no tanto por la mentira, sino porque nuestros obispos sigan creyendo que sus fieles somos menores de edad, y pueden engañarnos como a un niño con que viene el coco.



La Instrucción de 1969, -y con la intención de evitar escándalos allí donde se comulgaba a la manera de los protestantes-, lo permitió excepcionalmente (a título de indulto), pero exigiendo que las Conferencias Episcopales (sólo de los países donde aquello estuviera extendido) solicitasen la confirmación de la sede apostólica. Y eso es lo que hicieron -como dice el documento de nuestro arzobispo- los obispos españoles en 1975, cuando lo cierto era que en España, en el año 1969 -el de mi nacimiento-, todos los católicos (sin excepción) comulgaban de rodillas y en la boca. En 1969 y, casi seguro también, en 1975. Yo tenía por entonces 5 años, pero el testimonio de mis mayores era inequívoco.


Es decir, Roma exhortaba a mantener la práctica tradicional, y en España se seguía pacíficamente ésta. Cinco años después vino la desobediencia. Nadie puede negar entonces que pasados cinco años, los obispos españoles -bien por su cuenta, o bien, tras examinar el presunto cambio producido en este asunto en la mayoría del pueblo español (si es que se produjo, pues muchos me dicen que no)-, decidieron desobedecer a Pablo VI. Sí, desobedecer, ser rebeldes a la normativa del Papa, aunque en realidad se trataba de algo mucho más grave, pues comulgar en la mano o en la boca no era un asunto estrictamente disciplinar. La misma instrucción de Pablo VI afirma que:


"Pues una mutación en cosa de tanta importancia, que se asienta en una tradición antiquísima y venerable, además de tocar la disciplina".


Y por último, como los buenos documentos de la Iglesia, éste tenía naturaleza profética que, como era de esperar, se ha cumplido con exactitud en nuestro tiempo:


"y además también puede traer consigo peligros, que se teme podrán surgir del nuevo modo de administrar la sagrada comunión, a saber: que se llegue a una menor reverencia hacia el augusto Sacramento del Altar, o a la profanación del mismo Sacramento o a la adulteración de la recta doctrina".


Hay que estar muy ciego o ser muy malvado para negar que esa hydra de tres cabezas -los tres peligros anteriores- causan estragos hoy en todas las naciones (recepción por parte de pecadores públicos y no arrepentidos, profanaciones, y falta de fe en la Presencia Real) . Y sabemos el año en que esa hydra nació y quién fue su madre: la desobediencia de nuestros obispos a las claras órdenes del papa. Un pecado especialmente repugnante.


Si me preguntasen por que jamás comulgaré, recibiendo al Señor en la mano, aparte de argumentos de toda naturaleza conformes a la tradición, añadiré como corolario éste: porque tiene origen en un pecado, y nada fundado en el pecado puede agradar a Dios.


(Continuará)


(1).- Dicho documento se ha enviado a algunos fieles, que manifestaron al arzobispo su preocupación por la situación de hostilidad que percibían cuando pretendían comulgar por el modo tradicional. La copia que poseo no está firmada por él, aunque sí consta su nombre a pie de página. 

sábado, 11 de julio de 2020

Unplanned, dos mujeres y el mito de la caverna



De las cosas que heredé de mi padre, tengo un especial cariño a una Biblia en cuatro tomos, con numerosas ilustraciones de obras señeras del arte religioso universal. Cada cierto tiempo, coloco uno de los tomos, abierto por alguna página, sobre un atril situado en un mueble a la entrada de mi casa, y siempre dejo una candela junto a ella, que enciendo cada mañana y apago al acostarme.


Hace unas semanas coloqué el tomo, que estaba abierto por una página con una preciosa ilustración del encuentro de María e Isabel, al inicio del la historia de nuestra salvación. Curiosamente, el texto no era el del Nuevo Testamento, sino el de la conocida profecía del profeta Jeremías sobre una nueva alianza que sustituiría a la primera. Con buen sentido, se ha visto a San Juan Bautista como conclusión de los profetas del viejo testamento, mientras que el Señor es inicio y culminación -Alfa y Omega- de la definitiva y universal alianza de Dios con todos los hombres. Por eso esa imagen era perfecta en ese sitio.


Ayer fui solo al cine para ver la película "Unplanned", y al volver a casa me di cuenta de que casualmente la foto de esa página representaba a dos extraordinarias mujeres encinta (de seis meses Isabel, de poco tiempo María). Y también observé que el pabilo de la vela estaba muy débil, pues apenas quedaba cera. Y como un intenso contraste me vinieron a la mente muchas duras imágenes de esa imprescindible película.


No quiero hablar de la crueldad, cobardía y horror del acto del aborto terapéutico, filmado sin truculencias pero con tremendo realismo (sí fueron en cambio brutales y desagradables las escenas del efecto de un aborto químico con la píldora RU-486). Tampoco quiero centrarme en la hipocresía y maldad de una asociación como "Planned Parenthood", que definiéndose como una entidad sin ánimo de lucro, no vive de asesorar y proteger los "derechos reproductivos"("proveedor de servicios de salud reproductiva" dicen), sino del negocio de la muerte. De hecho, en un momento de la película, la responsable de esa clínica abortista compara el negocio de las hamburgueserías con el de esa asociación. Los beneficios de las primeras no se obtienen de la carne de vacuno sino de las bebidas y las patatas fritas, cuyos márgenes son mucho más grandes. Los de "Planned Parenthood", de matar la vida de millones de fetos en todo el mundo. Ese es, pues, el origen de su beneficio: matar.


Lo que sí quiero comentar es la extraña ceguera que parecían sufrir todas aquellas personas (todas mujeres) que trabajaban allí, excepción hecha de los médicos y sanitarios (es un decir) y de la máxima responsable de esa clínica. Aquellas mujeres -como Abby Jonhson, la protagonista principal a la cabeza- parecían no comprender lo que es un aborto, y trabajaban en un ambiente alegre donde abstracciones como "derecho a decidir" o "derechos reproductivos" eran una valla que no permitía ver la carnicería humana detrás de ella, a escasos metros de donde trabajaban; en quirófanos donde, aparte de asesinar, se dejaban cicatrices horrendas en el alma de las que pudieron ser madres. Estremecedor el plano donde se ve a varias mujeres, tras el aborto, con camisones tan blancos como sus rostros, mirando todas al suelo y agarrando sus vientres.


Cuando Abby Johnson contempla en directo un aborto (tras años trabajando y ascendiendo allí, tras recibir un premio de esa asociación de matarifes, e incluso tras haber consentido dos abortos voluntarios en el pasado), toma entonces conciencia de la realidad del mal al que está contribuyendo. Corta por lo sano, ingresa en un grupo provida y se enfrenta valientemente "a una de las asociaciones más poderosas del mundo", como le recuerda su antigua jefa para amedrentarla (la única verdad que dice en toda la película). Al final, Abby redime con lágrimas su alma, y en la valla de ese matadero coloca dos rosas en recuerdo de los dos hijos que asesinó en el pasado.


Ahora bien, ¿es posible de buena fe tal ceguera? ¿Es necesario ver morir a alguien a manos de otro para saber lo que es un homicidio? La propia Abby -que es la que narra su experiencia durante la película- admite al principio que su historia es muy incongruente, y eso es lo que más me llamó la atención: la capacidad del ser humano para construir un muro de abstracciones que le protejan de la cruda realidad, aunque a veces ésta -por inspiración del Altísimo sin duda alguna- se nos muestra tal y como es. Y entonces podemos desprendernos del error, vislumbrar la verdad, obrar bien y en definitiva salvarnos.


Hace veinticinco siglos el filósofo Platón, en el libro VII de "Las Leyes" narró el famoso "Mito de la Caverna", en el cual unos hombres encadenados, dentro de una gruta, contemplan en la pared del fondo las sombras de una serie de figuras. Las figuras reales, en realidad, están detrás de ellos -sobre un muro-, y más atrás aún hay una luz que al proyectarse sobre ellas, generan las sombras que contemplan esos encadenados. Ahora bien, lo que contemplan los encadenados, son pálidas imágenes de la Verdad, que se encuentra en el mundo de las Ideas Platónicas y que gracias a la luz de un sol (Dios o el Bien) que se emite sobre ellas, se manifiesta imperfectamente en nuestro entendimiento  Vemos una "ecografía" de la realidad, una verdad -sin duda- pero está oscurecida. La verdad es la adecuación del entendimiento con la realidad. Los esclavos ven la sombra de un toro porque tras ellos hay un toro real.


El caso que nos plantea esa película es diferente, y es un signo de la modernidad. La mayoría de los que defienden el aborto no ven ni la sombra de la verdad del aborto. A la madre ni siquiera se le muestra una ecografía. Lo que ven es otra cosa radicalmente diferente: un mentiroso bien ajeno -derechos reproductivos, derecho a decidir, titularidad absoluta del cuerpo de la mujer-, y lo que le ocurre a la verdad no es que se oscurezca, es que literalmente desaparece. Parece como si el sol, el dios o el bien del que brota la luz (que permite al menos que lo que vemos en la pared sea una pálida aparencia de la realidad), se hubiera transmutado en un ser malvado, padre de la mentira y la confusión, que logra que aprehendamos algo totalmente diferente, en apariencia positivo y que anula lo que deberíamos percibir sin esa manipulación, y con el único fin de extender su reino de la muerte y del terror por todo el mundo. Afortunadamente, Abby logró darse la vuelta ,y concienciarse de que no era un dios benévolo quien movía aquellos hilos, sino el ser al que los cristianos llamamos con los nombres de Satanás o el Adversario. O como le calificó Nuestro Señor: el padre de la mentira.


Nuestro mundo ha dado una vuelta de tuerca al famoso mito platónico, pues ya lo que nos ofrece nos es una sombra de la verdad, sino sencillamente lo contrario, la falsedad. Los asesinatos de inocentes no se centran en las víctimas, sino en los injustos derechos de los verdugos, que igual se pueden llamar derechos reproductivos para las feministas o, hace ochenta años, protección de la nación racial para los nazis. Se oculta la verdad para no asumir que hablamos simple y llanamente de asesinatos de seres humanos inocentes. Eso es un signo de nuestro tiempo, el predominio de la mentira. El periodista francés Revel así lo expresó en su lúcido ensayo "El conocimiento inútil": "La primera fuerza que rige al mundo es la mentira". No una verdad emborronada, no. Es sencillamente la mentira.


O esa inmortal frase del escritor austriaco Stefan Sweig, en su ensayo sobre Calvino y Servet: "Matar a un hombre no es defender una doctrina -digamos hoy ideología-, sino matar a un hombre».


Como dije, llegué a mi casa tras la película, y contemplé con alegría la imagen del abrazo de esas dos mujeres. Pero el pabilo de la vela estaba mortecino, y muy poco después se apagó. Parecía que con esa pequeña luz que se apagaba, una inmensa tiniebla se cerniese sobre nuestro desdichado mundo. Pese a ello, aquellas mujeres embarazadas seguían indicando, con su cariñoso abrazo, que nada ni nadie podrá destruir el amor, porque es mucho más fuerte que la muerte.

domingo, 5 de julio de 2020

Fe, esperanza y caridad. Sobre una Misa Tradicional en Lucena (Córdoba).




FE y CARIDAD 


En el discurso de apertura de la Segunda Sesión del Concilio Vaticano II, en 1963, el papa Pablo VI manifestó lo siguiente: “El Concilio quiere ser un despertar primaveral de inmensas energías espirituales y morales latentes en el seno de la Iglesia. Se presenta como un decidido propósito de rejuvenecimiento, no sólo de las fuerzas interiores sino también de las normas que regulan sus estructuras canónicas y sus formas rituales”.

Apenas diez años después, el mismo papa tuvo que rendirse a la evidencia del rotundo fracaso de esos estupendos propósitos. En la homilía del 29 de junio de 1972, con ocasión de la festividad de San Pedro y San Pablo, afirmará: “Se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. […]. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad”.


Ayer asistí, junto con algunos asociados de UNA VOCE SEVILLA, en Lucena (Córdoba) a la Misa Tradicional Votiva en honor de la patrona de esa localidad corbobesa, la Santísima Virgen de Araceli (que había sido trasladada de su ermita a la parroquia) ; misa organizada por nuestros hermanos UNA VOCE CÓRDOBA y celebrada en la bellísima Parroquia de San Mateo de esa localidad.



Luego, compartimos una comida de hermandad los miembros de ambas asociaciones, donde –como observó atinadamente el Presidente de UNA VOCE SEVILLA-, la mayoría de los asistentes eran gente muy joven, tanto chicos como chicas.


Sobre la Santa Misa Cantada aún ahora la recuerdo con inmensa emoción. Hacía tiempo –y no sólo por el desierto litúrgico generado por la crisis del COVID19- que no asistía a una ceremonia de tanta belleza . Durante esa hora y media-que pareció un suspiro- estuve con los dedos tocando el Cielo. Al ser una Misa Votiva en honor a la Santísima Virgen, la Liturgia de la Palabra proponía en primer lugar la lectura de Isaías, aquella en la que profetizaba al Rey Acaz el nacimiento de un hijo –el futuro monarca Ezequías-, un gran reformador litúrgico y moral, que destruiría los restos idolátricos con los que aún coqueteaba el pueblo judío. Sin embargo, el texto del profeta se interpretaba mesiánicamente por la referencia a un nacimiento virginal –o de una doncella-; así los Santos Padres vieron reflejado en ese texto el nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo.


Como ya había leído el texto latino en el misal –y conozco bien la traducción- me limité a escuchar con los ojos cerrados el perfecto latín del Padre franciscano, Joaquín Pacheco, que oficiaba el Santo Sacrificio.


Imposible fue no emocionarse con aquella expresión -Ecce, virgo concipiet et pariet filium et vocabit nomen eius Emmanuel-. Pero aún, a pesar de todo, pude retener mis lágrimas.



No sucedió así con la segunda lectura, que de tanto escucharla, leerla y meditarla en el pasado, el latín ahora se transformaba en verdadera lengua materna. Pues ¿a quién puede extrañar el más grandioso saludo hecho nunca en la historia de la humanidad?


“Ave María, Gratia plena, Dominus tecum”.


Me tuve que subir la dichosa mascarilla a la altura de los ojos, para ocultar las lágrimas que, sin respetos humanos y sin consideración a las gentes que me rodeaban (a metro y medio por supuesto), brotaban de mis ojos.


Si con la lectura de Isaías toqué con los dedos el cielo, con la lucana tuve la sensación de que una maternal caricia de la bienaventurada Virgen María, nos abrazaba a todos los que asistíamos a ese Santo Sacrificio, y que nos hacía repetir en un único corazón, su humilde y eterna respuesta a Nuestro Padre del Cielo, por mediación del ángel Gabriel:


“ Ecce ancilla Domini; fiat mihi secundum verbum tuum”.


Concluida la Liturgia de la Palabra –o Misa de los Catecúmenos- , comenzó la Misa de los Fieles con ese impresionante Ofertorio en silencio que comienza “Suscipe Sancte Pater , onmipotens aeterne Deus, hanc inmaculatam hostiam…” . Y de algún modo a partir aquí la Misa, dejando atrás lecturas de esperanza, va adquiriendo el tono dramático del Sacrificio real (y sacramental) que va a consumarse a continuación. Por eso, ya no nos centramos tanto en la alabanza al Dios que nos lo ha dado todo –su amor, su paternidad e incluso su Hijo-, sino más bien nos miramos a nosotros mismos, a nuestros pecados y a nuestra indignidad ante quien va a morir por amor a cada uno de sus hijos. Por un amor puro, que no nos merecemos, y que jamás seremos capaces de merecer, y pese a ello, nos lo regala en cada Santa Misa.


Cuando el sacerdote –Alter Christus- eleva al Señor , ahí le ahí vemos, en la cruz que levantaron sus verdugos –es decir, nosotros con nuestros pecados- , mientras Él seguía intercediendo y amándonos sin medida…. “Pater, dimitte illis, non enim sciunt quid faciunt”, “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen”. En verdad no sabemos, porque somos meras criaturas, pero sí comprendemos con nitidez que, por parte de Él, la Santa Misa es el perfecto y único Sacrificio que, aun pasado, se actualiza real y sacramentalmente ahora. Y por parte de nosotros, es una “eucaristía”, una “acción de gracias” por los beneficios que de Él recibimos.


Todos arrodillados, en absoluto silencio y piedad –como estuvieron los millones de ángeles ante el Calvario y están ante cada misa que se celebre en el mundo-, tenemos la certeza de que nunca podremos comprender la magnitud de ese misterio que se exhibe ante nuestros anegados ojos. Pero sabemos que el mismo poder bondadoso y eterno que creó la realidad desde la nada –y nos hizo a cada uno de nosotros-, es el que actúa allí. Y que somos bendecidos por poder acercarnos al Misterio de los Misterios, a Dios, que es Uno y Trino, que es Amor y que nos lo demostró, de una vez para siempre, con la locura de la cruz.


Cuando comulgamos lo hacemos de rodillas y en la boca, pues somos indignas criaturas ante Él, y no debemos tener la osadía de la pobre cananea que tocó su manto para librarse de sus hemorragias, o como la Magdalena, que se abrazó a sus pies cuando le reconoció tras la resurrección. Ellas lo hicieron en momentos de absoluta necesidad; nosotros, aunque desde luego podríamos invocar lo mismo que aquellas mujeres de fe, preferimos ser humildes y dejar que sólo manos consagradas toquen al Señor. Y le pedimos que la vida no nos ponga en la tesitura de tener que cogerle (o acogerle) algún día con nuestras sucias manos, para protegerle de sus enemigos.


“Ite Missa est”. Ha concluido la Misa, el acto más excelso de alabanza al Creador, que definitivamente no es obra humana sino divina. Verdad, Bien y Belleza absolutas, unidas sin confusión mezcla o división. Sacrificio definitivo del Hijo que, acogido benévolamente por el Padre, remite nuestros pecados, y tiene por tanto un carácter también propiciatorio.


¿Falta algo por darnos el Creador? En principio no, pues el Sacrificio del Hijo, realizado de una vez para siempre y ofrecido al Padre, ha sido ahora actualizado y en sí mismo es absolutamente perfecto, por lo que la respuesta parece ser negativa. Por eso se dice, “Id, la misa ha concluido”. Sin embargo, podríamos añadir lo que recuerda Santa Teresa de Jesús en Las Moradas: “Harto desatino sería pensar (que no es posible quedar nada por decir), pues la grandeza de Dios no tiene término, tampoco le tendrán sus obras ¿Quién acabará de contar sus misericordias y grandezas?”(Libro VII, Cap. I).


En efecto, la naturaleza humana, que no actúa sólo con la cabeza sino también con el corazón, venera a la maternidad tanto o más que a la paternidad, y eso creo que es fácil de entender y no requiere más explicaciones. Aunque los teólogos modernos, con algo de razón, admiten el doble carácter, paternal y maternal, de Dios, yo prefiero no entrar en este tipo de cuestiones por considerarlas peligrosas e innecesarias. El Dios bíblico es padre ante todo, y precisamente por eso, en su plan de salvación, ya nos ha dado a una madre, la más excelsa, hermosa y buena de la historia, la bienaventurada Virgen María. La ha consagrado, por sus inmensos méritos, Reina del Cielo y de la tierra; madre de Dios, madre de los creyentes y madre de la Iglesia. De ella, en su invocación de Virgen de Araceli, nos despedimos con lágrimas en los ojos, y la Salve en nuestros labios. De ti me despido, madre, con el corazón henchido de amor:


“Salve, Regina, Mater misericordiae,

Vita, dulcedo, et spes nostra, salve.

Ad te clamamus, exsules filii Hevae,

Ad te suspiramus, gementes et flentes

In hac lacrimarum valle.

Eia, ergo, advocata nostra, illos tuos

Misericordes oculos ad nos converte;

Et Jesum, benedictum fructum ventris tui,

Nobis post hoc exilium ostende

O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.



Ora pro nobis sancta Dei Genetrix.

Ut digni efficiamur promissionibus Christi”.


II 

ESPERANZA 


Con la Santa Misa celebrada en la Parroquia de San Mateo de Lucena, podríamos decir que quedaron fortalecidas las tres virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad.


La fe, porque en la Misa Tradicional, celebrada en un templo antiguo de inmensa belleza, ornado con delicadeza y proporción, y oficiada por un sacerdote con un cuerpo de acólitos que parecían tener una misma alma y un mismo corazón, me confirma sin la más mínima sombra de duda, las Verdades y doctrinas que he recibido, de acuerdo al axioma, lex orandi, lex credendi.


La caridad, porque es imposible meramente comprender una gota de ese océano de belleza, sin sentir el fuego del amor de Dios.


Y La esperanza, porque ahí –en esa celebración que tan intensamente ha tocado el corazón de quien esto escribe- veo la mano de Dios, que jamás abandonará a su amada Iglesia, por infieles, cobardes o mezquinos que seamos sus miembros, estén o no consagrados.


Por eso, -volviendo con las citas del papa Pablo VI al inicio de este escrito- creo que cuando se refería con entusiasmo –en 1964- a “rejuvenecer las formas rituales” y constató años después -1972- que no se había producido rejuvenecimiento alguno, sino caos y confusión –doctrinal sobre todo, pero también litúrgica-, no comprendió entonces la verdadera razón de esa catástrofe. Con la bonita expresión de “rejuvenecer”, lo que en realidad se había conseguido fue afear con afeites espantosos (muy modernos) el rostro augusto y casto de la bimilenaria Iglesia Católica. A una venerable anciana, llena aún de vida y de sorprendente belleza, se la prostituyó, se la vistió con los ropajes de una adolescente inmadura –la modernidad-, se la embadurnó con maquillajes agresivos que le dieron un rostro espantable, de tal modo que las Iglesias vanguardistas parecen garajes o discotecas, y la liturgia una asamblea libertaria donde no hay ni distinción ni diferencia entre sus miembros, diluyéndose la noción de lo sagrado. En definitiva, “no le abrió los brazos al mundo, sino las piernas”, en brutal expresión del gran escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila. Y nadie puede dudar que la denominada reforma litúrgica haya sido, al menos, concausa de ese desastre, pues hasta nuestro querido papa emérito Benedicto XVI lo afirma con rotundidad en su autobiografía.



Tras asistir a la Misa Votiva de Lucena, me pregunto por qué había de cambiar algo en ella. Si aquella manifestación de amor de Dios es excesivamente elevada para los fieles, habría que aclarar que lo es para cualquier mortal que tenga fe, ya sea analfabeto o lector de millones de libros. Nadie puede alcanzar la cima de lo que se nos está ofreciendo, y probablemente el cristiano ignorante –con fe de carbonero-, por su humildad, tenga mayor sensibilidad para percibir su misterio que el hombre culto, cuyas letras le vuelven soberbio y escrupuloso. Todos –absolutamente todos los mortales- somos indignos y miserables ante Dios. Y ni siquiera en el Cielo –cuando seamos semejantes a Él según nos prometió- podremos llegar a comprender la infinita profundidad de su misterio amoroso. Él es el Ser por excelencia. Nosotros no.


¿Vamos a aguar el mismo misterio, para hacerlo digerible a la torpeza de nuestro entendimiento? Ahí está el problema. La Santa Misa está hecha exclusivamente para agradar a Dios, no para agradar a los hombres, ¿Lo hemos olvidado? Y precisamente por esa impotencia humana ante ella, nos fascina y qué inmenso gozo siente el cristiano que asiste a ella, con la certeza de que todo aquello le supera, precisamente porque sabe que al ser obra de Dios, necesariamente no puede abarcarlo.


Ahora nos aburrimos en las Misas modernas precisamente porque lo comprendemos casi todo, y la mediocridad de nuestra vida se cuela en las formas, la música y los comportamientos y gestos de sacerdotes y fieles. Giro antropocéntrico llaman a esta degeneración. Yo lo llamaría obra diabólica. “Quien reforma un Rito, hiere a un dios” nos vuelve a recordar la sabiduría de Gómez Dávila.


Ahí está la raíz de la crisis. ¿Tan complicado es darse cuenta? Hay que volver a la centralidad de Dios, a diferenciar lo sagrado de lo profano, a celebrar la Misa con la mirada de todos fija en el Altar y no en el oficiante; a utilizar una lengua imposible de contaminar; hay que volver a la Misa de siempre si queremos salir del túnel encenagado donde nos han llevado. Esa certeza, en definitiva, quedó grabada en mi corazón tras abandonar feliz de aquella Parroquia de San Mateo de Lucena (por cierto, para no perderse la capilla sacramental, una joya del barroco español sin lugar a dudas).


Pero ya dije, con mi querida Santa Teresa de Jesús, que el Señor siempre nos tiene preparado más de lo que pensábamos. El Apóstol lo confirma al exclamar que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor. 2,9).

Concluida la Misa, fuimos a un hotel cercano para una comida fraterna, entre cristianos tradicionales de Córdoba y de Sevilla, la mayoría gente muy joven de ambos sexos. Y ahí, la virtud de la Esperanza, que de las tres teologales era la que menos había hasta entonces destacado, alcanzó un brillo como no pude imaginar.


Tras el postre, dieron excelentes discursos D. Agustín, presidente de UNA VOCE Córdoba; el sacerdote que ofició la Santa Misa –el franciscano Padre Joaquín-, y el Padre D. Alberto González Chavez, quien por cierto nos sorprendió con su espectacular voz, cantando la conocida canción del sembrador, de la zarzuela “La rosa del azafrán”. Pero con ser asombrosa interpretación –digna de un barítono de prestigio-, lo más importante fue su brillante reflexión sobre la necesidad de fortalecer fuertes vocaciones cristianas, ya sean llamadas a la vida consagrada (que él acertadamente consideraba como las mejores), o a cualquier otro estado, como la vida matrimonial. Presentó a dos jóvenes del grupo tradicional de Córdoba, que habían ingresado –o iban a ingresar- en el seminario, los cuales me admiraron no sólo por la rotundidad de su fe y su vocación, sino por su solidez humana. Al igual que muchos chicos y chicas de UNA VOCE CÓRDOBA, los cuales hablaron públicamente –animados por D. Alberto, al que todos tenían como un padre-. Y me quedé fascinado por el sincero amor con el que seguían a Cristo, vivían su fe católica y percibían la belleza de la Misa Tradicional. Y noté que era la Gracia del Señor quien fortalecía la fe de esos chavales (que no superaban los veintipocos años), y que esa Gracia les había verdaderamente regalado, como don añadido, una gran madurez personal, convirtiéndoles en hombres y mujeres adultos de fuerte personalidad, rotundas convicciones e inmensa fuerza para la lucha contracorriente. Lucha de la que todos ellos –como un valiente ejército- eran conscientes, pues sin excepción conocen perfectamente que “quien quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirá persecución” (2 Tim. 3,12).


Palpé con mi alma –si así puede decirse- la virtud de la esperanza, que agregada a la fe (fortalecida tras la Santa Misa), y la caridad, (infundida por esa dulce mediadora de la Gracia que es la bienaventurada Virgen María), convirtió la jornada de Lucena en uno de esos recuerdos que retiene la mente, precisamente porque están repletos lo que más nos falta en estos tiempos recios: de esperanza.


Esperanza en un resurgir de nuestra fe, probablemente unido a pruebas tremendas que aún no han llegado, pero que no tardarán. Y certeza en que ese resurgir, brotará como pequeño grano de mostaza, de la veneración de los jóvenes por la Misa Tradicional.


¡Pastores de la Iglesia, por qué nos despreciáis, y no queréis comprender que ahí está la única salida a ese túnel de oscuridades del que hablaba Pablo VI! ¡No seáis guías ciegos!


En fin, nos despedimos todos tras esa deliciosa velada, y volvimos a Sevilla. En mi coche conducía yo, e iban Javier Quintana, vicepresidente de UNA VOCE SEVILLA, y dos chavales, uno llamado Javier, y Catalina, una chica colombiana, asidua a la Misa Tradicional de Sevilla (actualmente suspendida). Ésta nos propuso durante el viaje rezar el rosario, y a todos nos pareció bien. Era sábado, y pensaba que los Misterios de ese día eran los gozosos, pero ella me aclaró que en el Rosario Tradicional, correspondían los gloriosos. Estuvimos rezando –en latín- cada misterio, y al llegar al último “La coronación de la Virgen María como reina de Cielo y tierra”, sólo pude pensar con el corazón rebosante de alegría y esperanza, en aquella profunda frase de San Ignacio de Antioquía:

“la fe es el principio, pero la Caridad es el término”.