sábado, 22 de agosto de 2026

Teología del Templo en Ezequiel y en Crónicas.


 

(Este artículo es una parte del TFG que estoy realizando para la obtención del título de Bachillerato de Ciencias Religiosas, del Instituto Superior de CC.RR San Isidoro y San Leandro, de la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla. Texto provisional, pendiente de revisión académica).

“Scriptuarum oceanum et mysteriorum Dei labyrinthum”

(San Jerónimo. In Comm. in Ez.).

Es casi seguro que Ezequiel contempló el Templo de Salomón antes de ser destruido por las tropas babilónicas (587 a.C.), y es posible también que lo conociera cuando estaba en ruinas. Sabemos que el sufrió el primer destierro, el del año 597 a.C. (2 Re. 24,14), y cuenta en su profecía que, al igual que sucedió con sus visiones de la Gloria de Dios que abandonaba el Templo, o de las abominaciones que ocurrían en su interior y en toda Jerusalén, fue sobre abril del año 572 a.C. (unos quince años después de ser destruida la ciudad santa), cuando pudo observar en visión el monte del templo.

“La mano de YHWH me condujo allá (…) me trasladó al país de Israel, sobre una montaña muy alta, encima de la cual había como las construcciones de una ciudad por la parte del mediodía” (Ez. 40,1-2).

 Una figura celestial, con aspecto de bronce y que llevaba en la mano un cordel de lino y una caña de medir, exhorta al profeta a anunciar cuanto ve a la casa de Israel. Y contemplará entonces un inmenso Templo (y sus zonas aledañas), en la cima del Monte Sión, con unas medidas desmesuradas e idealizadas que superan con creces al Templo de Salomón. Para hacernos una idea, éste medía unos 30 metros de largo, 10 metros de ancho y 15 metros de alto (según la medida bíblica 1 codo = 45 centímetros). El de Ezequiel mide más del doble, pero además las dimensiones del recinto exterior se desbordan; son tan enormes que superan los 60.000 metros cuadrados, cifra que haría imposible su construcción en la cima del Monte Sión.

Sabemos por la historia que, en esa cumbre, sobre las ruinas del templo salomónico, se reconstruyó entre los años 520-515 a.C. un segundo templo. Sabemos también por Esdras (Es. 3,15-16), que muchos judíos se alegraron al comenzar su cimentación, pero precisamente los más ancianos, los que habían conocido la grandeza del anterior templo se entristecieron pues, como explica Felipe Scio de San Miguel, en su comentario bíblico sobre este versículo:

“fue tan inferior a aquél en esplendor y magnificencia, que los judíos, que habían conocido el primero, lloraban al ver el segundo, como se lee en Esdras”.

 Pero hay un dato más decisivo: los lugares más sagrados de ambos templos, el de Salomón y el de Ezequiel (y sin duda también del reconstruido en el siglo VI a.C.) tenían exactamente las mismas medidas: 18 x 9 metros el Lugar Santo-Hekal (donde estaba el Candelabro de oro los siete brazos, la Mesa con los panes de la proposición y el Altar del incienso), y 9 x 9 metros el Lugar Santísimo-Debir (el lugar donde reposaba el Arca de la Alianza entre dos Querubines). (Ez. 41, 1-4) (1 Re. 6,17-20).

Podemos pensar que la idéntica dimensión de los lugares más sagrados de los templos que nos presentan las Sagradas Escrituras, se vincula al hecho decisivo de que en ellos decidió residir de modo permanente la Gloria de YHWH, y Él mismo fue el que fijó esos límites. Según 1 Cro. 28, 11-12, David le entrega a Salomón un modelo de la obra a realizar, en el que le asegura que:

“Todo esto escrito de mano de YHWH se me ha dado a conocer” (1 Cro. 28, 19).

También las medidas del Lugar Santísimo del Templo ideal son indicadas por Dios a Ezequiel (Ez. 41,2) y son las mismas que el de Salomón (2 Cron.3,8). 

Ahora bien, como sabemos, la Gloria de Dios no puede quedar atada a un lugar concreto, pues el mismo Salomón proclamó:

“Pero, ¿de verdad habitará Elhoim con el hombre sobre la tierra? He aquí que los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, ¡cuánto menos esta Casa que te he edificado! (2 Cro. 6,18).

De hecho, la visión de la Gloria de Dios que nos presenta Ezequiel al inicio de su profecía (Ez. 1, 4-14) confirma esta Verdad, al mostrarnos un cuadro con un dinamismo espiritual desmesurado: huracanes, resplandores, rayos, lamassus asirios sosteniendo el trono de YHWH, del único Dios (es decir, sometidos a Él). Eran seres con cuatro caras y cuatro alas, donde se distinguía el rostro de un hombre, las alas de un águila, y el cuerpo de un león y de un toro. Cuatro vivientes, en fin, asentados a su vez sobre cuatro ruedas, cada una de las cuales tenía otra dentro de sí que gira en sentido opuesto, y que marchan sorprendentemente en las cuatro direcciones. Vivientes y ruedas avanzan coordinadas por el Espíritu (Ez. 1,20), pero lo más impresionante será una figura con aspecto de hombre en la cima de la Visión:

“Por encima del basamento que hallábase sobre sus cabezas (las de los Cuatro Vivientes) había una especie de trono como piedra de zafiro, y sobre esa especia de trono una forma con el aspecto de un hombre, sobre él, en lo alto (…) Como el aspecto del arco que aparece en las nubes en el día de lluvia, tal era el aspecto del resplandor que había en derredor: era la visión de la imagen de la Gloria de YHWH” (Ez. 1,26).

En definitiva, el Templo sólo es sagrado porque allí habita la Gloria de Dios -imposible de describir con palabras e ideas humanas convencionales-.  Sin embargo, la maldad y la idolatría del pueblo puede provocar que esa Gloria abandone el recinto donde mora, abandonando el templo y la ciudad santa. Y eso mismo es lo que nos relatará Ezequiel en estremecedores versículos.

La causa directa por la que la Gloria de Dios abandona el Templo es la idolatría, tanto de laicos como de consagrados. Nos narra el Cap. 8 del Libro de Ezequiel que la mano de fuego de YHWH le agarró por el cabello, mientras rezaba con los ancianos de Israel junto al río Kebar y le transportó extáticamente hacia Jerusalén, ciudad en la que contempló la Gloria de Dios (Ez. 8,4). Pero la luz de esa Gloria le fue desvelando las diversas idolatrías de la ciudad, desde el ídolo del celo, situado a la entrada misma junto a la puerta norte, hasta las implementadas en el mismo templo:

 "las grandes abominaciones que la casa de Israel comete aquí para alejarme del Santuario" (Ez. 8,6).

Vio el profeta en la ciudad a mujeres que plañían a Tammuz (ídolo fenicio de la fecundidad, ligado a los ciclos de la vida) y a hombres que, vueltas las espaldas al templo, adoraban al sol. Luego fue luego trasladado al mismo Templo y por un agujero en la fachada pudo reconocer a sacerdotes que incensaban secretamente "imágenes de reptiles y bestias repugnantes" (Ez.8,19) (probablemente un guiño a Egipto por parte de Sedecías -último rey de la casa de David (597-587 a.C.)- que se había aliado con la nación del Nilo para combatir a Babilonia).

Los sacerdotes, además:

"lo hacían en la oscuridad, cada uno en su respectiva cámara, repleta de imágenes, y afirmaban YHWH no nos ve; YHWH ha abandonado el país" (Ez. 8,12). 

En suma, la Gloria de YHWH que acompañaba a Israel desde su misma constitución como pueblo (Ex. 13,21); la Gloria que se hacía presente en el Tabernáculo móvil que Moisés mandó fabricar en el desierto (Ex. 40, 34-35); y la Gloria presente cuando fue inaugurado el Santuario por Salomón, y que era tan grande que:

“los sacerdotes no pudieron mantenerse prestando servicio por causa de la Nube, pues la Gloria de YHWH había llenado la casa de YHWH" (1 Rey. 8, 10-11);

esa misma Gloria, decimos, abandonó el lugar Santísimo, saliendo de encima del Arca de la Alianza en dirección al umbral este de la Casa (Ez. 9,3). Y, finalmente marchó en dirección al Monte oriental de la Ciudad (el monte de los olivos) (Ez. 11,23), decayendo entonces la visión del profeta.

"El Espíritu de Elohim, me trasladó a Caldea, cerca de los cautivos. Y desapareció la visión y comuniqué a los cautivos todas las cosas que YHWH me había comunicado" (Ez. 11,24).

Dios abandona el Templo, y el edificio queda convertido en una mera cáscara vacía que muy pronto será destruida como castigo. Pero el hecho que nos describe Ezequiel de que la salida de la Gloria de YHWH sea precisamente por la puerta oriental (Ez. 11,1), puede interpretarse en el sentido profundo de que YHWH no abandona jamás a su pueblo, desterrado en el oriente, en Babilonia. La mirada misericordiosa de Adonai jamás se aparta de su pueblo.

El Señor deja vacío el templo que había sido profanado por idolatrías, sí, pero jamás deja solo a su pueblo, pues eterna es su misericordia, y se extiende de generación en generación, y nunca nos trata como merecen nuestros pecados. YHWH sigue acompañando a su heredad, porque exilio no significa que Dios haya dejado de su mano a su pueblo. Más bien significa una transformación de su presencia. Lo dirá el mismo Ezequiel:

“Aunque los he alejado de entre las naciones y los he dispersado por los países; sin embargo, he venido a servir un poco para ellos de santuario en los países donde han emigrado” (Ez. 11,16).

Y no transcurrirá mucho tiempo hasta que se produzca el milagro del retorno, y la Gloria de Dios retorne al templo. Y lo hará por la Puerta Oriental del Templo, la misma por la que lo había abandonado:

"Luego me trasladó a la puerta orientada en dirección al este, y he aquí que la Gloria del Dios de Israel venía del lado oriental. Su ruido era como el ruido de muchas aguas, y la tierra resplandecía de su Gloria. La visión que yo vi era como la visión que había visto cuando vino EL a destruir la ciudad, y la visión que había yo contemplado junto al río Kebar. La Gloria de Dios penetró en la casa por el camino de la puerta que da al oriente” (Ez. 43, 1-3).

Ezequiel no sólo consuela a la comunidad exiliada profetizando el retorno. Les anunciará que, tras el destierro, Israel no sólo recuperará lo que fue destruido, sino que habrá una restauración integral –del país, del Templo y sobre todo del espíritu arrepentido del pueblo-, que propiciará una relación más plena y definitiva con YHWH.

El pueblo, al igual que profetizó Jeremías (Jer. 31, 31-33), será purificado:

“Os daré un Espíritu nuevo y un corazón renovado, y quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vuestro interior y guardaréis y practicaréis mis normas” (Ez. 36,27).

Y las dos comunidades divididas, Judá e Israel, volverán a unirse:

“Haré de ellos una sola nación en mi país y en las montañas de Israel, y un solo rey tendrán todos ellos y ya no constituirán dos naciones ni se dividirán en dos reinos” (Ez. 37, 22). 

De modo que:

“Y pactaré con ellos una Alianza de paz; una Alianza eterna con ellos será. Y los estableceré y multiplicaré y colocaré mi Santuario en medio de ellos para siempre” (Ez. 37,26).

Además, la Gloria de Dios produce vida, y el profeta emplea la preciosa imagen del río de Agua Viva que salía del lado oriental del Templo. Un abundante manantial, que fecundaba los campos con árboles frutales en sus orillas, y que desembocaba en el Mar Muerto, logrando sanear sus aguas y llenarlas de todo tipo de peces, haciendo desaparecer las salinas (Ez. 47, 1-12).

Como vemos, por el lenguaje que usa Ezequiel, se supera con creces a lo que es una mera restauración histórica tras el fin del exilio; más bien se alcanza una dimensión verdaderamente escatológica, con vistas a un futuro que todavía no ha llegado y que podemos calificarlo como mesiánico. En ese aspecto, la perspectiva del profeta Ezequiel se aparta claramente de Crónicas, cuyo templo sabemos que no es la idealización de Ezequiel, sino la construcción tolerada por el Ciro el Grande (2 Cro. 36, 22-23-Esd 1, 1-2), si bien nos la presenta el Cronista como un mandato imperativo de YHWH al poderoso rey persa.

Si la mirada de Ezequiel se pierde en un futuro preternatural, marcado por un triunfo absoluto de la gloria de Dios (de modo que se puede afirmar ya para siempre que “YHWH está aquí” (Ez. 48,35), Crónicas mira hacia atrás, y sueña con una época ya pretérita –la de Salomón-, que a su juicio debe nuevamente proyectarse sobre la deprimente actualidad en la que vive el pueblo. Pero sin excesivos entusiasmos. La nación israelita debe volver a reconstruir lo que fue destruido, una vez ha alcanzado la posibilidad de volver del destierro. El hecho de que, como ya hemos indicado a lo largo de nuestro trabajo, David haya sido quien haya recibido de Dios el modelo del templo, lo haya entregado a Salomón y además haya organizado el sacerdocio levítico, sirve al autor de Crónicas para no perder los pies del suelo, no elevarse hacia las alturas inasumibles de Ezequiel, y legitimar teológicamente la construcción del Segundo Templo, como una continuación de aquel templo de David y Salomón, sin repercusiones escatológicas.

   Por otro lado, en Ezequiel se observa una obsesión, diríamos patológica, por la restricción de los accesos a los lugares más santos del Templo, limitada a los sacerdotes sadoquitas. Ello puede explicarse, desde el punto de vista histórico por el hecho de haberse permitido en la época anterior a la catástrofe del año 587 a.C.  el paso de personas no consagradas al Templo para ofrecer sacrificios a ídolos. Como también señalamos, para Ezequiel es obligación inexcusable del sacerdote enseñar al pueblo la distinción entre lo santo y lo profano, lo inmundo y lo puro (Ez. 44,33).

Sin embargo, para Crónicas esa distinción no es un asunto especialmente esencial, y se preocupa más de la organización institucional, con un sentido más práctico, distribuyendo sacerdotes, levitas y, en general, todo el personal necesario en un Templo: cantores, porteros, guardianes…

En definitiva, frente a la visión ideal, escatológica y absolutamente sacralizada del Templo que nos proporciona Ezequiel, Crónicas insiste en presentarlo como una institución histórica, anclada radicalmente en los reyes-liturgos David y Salomón, y cultualmente bien organizada, con clara delimitación e institucionalización de las funciones litúrgicas de cada uno.

Y una última reflexión para concluir este punto y nuestro trabajo.  Pese a las diferencias en la concepción acerca del significado y alcance del Segundo Templo, la restauración escatológica del Templo propuesta por Ezequiel no significa una ruptura del modelo cultual salomónico (el de Crónicas), sino una renovación y purificación; y más concretamente, diría yo, que una culminación. El centro de la Presencia divina permanece, y todo el espacio que circunda se reorganiza para lograr la separación perfecta entre lo santo y lo profano (interés supremo del profeta). Pero, además, con la descripción de las dimensiones extraordinarias del Templo el profeta, a nuestro juicio, quiso revelarnos la idea capital de que la fuerza de YHWH, aparte de vincularse al templo de Jerusalén, puede seguir a sus fieles hasta el destierro. Pero también algo más. También, a mi juicio, puede significar la expansión y universalización del culto a YHWH, en la línea del último Isaías.

Probablemente esta segunda perspectiva no estuviera presente en la intención del propio Ezequiel (obsesionado únicamente por separar lo profano de lo sagrado). Pero lo cierto es que cabe legítimamente comparar los textos exultantes de los capítulos 36 y 47 de Ezequiel (el primero, acerca de la purificación del pueblo por la acción de Dios; el segundo, sobre la acción benéfica sobre todo el país del templo donde reside la Gloria de Dios) con los también gloriosos versículos del último Isaías (Is, 56-66).

Ciertamente Ezequiel no es, en principio, universalista; incluso hará al final de su libro (Ez. 48) una partición de la tierra entre las tribus israelitas. Pero muy significativo es que el ya citado capítulo 47, concluya con un versículo (23) en el que se considera al extranjero que reside entre ellos, como al israelita nativo. De igual modo, su profecía alude la certeza que tendrán las naciones de la acción salvífica de YHWH con su pueblo:

Entonces conocerán las naciones (…) que Yo, YHWH, he reedificado las cosas destruidas y replantado lo asolado. Yo, YHWH lo he dicho y lo realizaré” (Ez. 36,36).

También el Agua Viva, que ha salido del Templo y ha llenado de color y de alegría el paisaje desértico y las salinas del Mar Muerto, no acabará su recorrido ahí:

Y todo ser viviente (…) allá donde llegue el río vivirá” (Ez. 47,9).

Todo esto desemboca en una clara (y oceánica) conclusión: el Templo y sus aledaños (reconstruidos), donde reside la Gloria de Dios (retornado) y cuyas dimensiones escapan a la vista humana, no puede ceñirse a unos límites geográficos, y en exclusivo beneficio de un pueblo específico, sino que debe extenderse más allá, de modo que despliegue sus efectos benéficos universalmente. Ezequiel, posiblemente sin ser muy consciente de ello, convierte al Templo –o más concretamente a la Gloria de YHWH que lo habita (sin Ella, el Templo es nada)- en una fuente radiante de vida que se proyecta hacia afuera, y sin límites de raza. Exactamente eso mismo anuncia el último Isaías:

“Pues mi Casa se llamará Casa de oración para todos los pueblos” (Is. 56,7).

Israel es restaurado, pero no como el fin último de la voluntad de Dios, sino como punto de partida de la acción divina, de su Presencia y de su Vida que se proyecta hacia los cuatro puntos cardinales: como las manos y caras de la figura que simboliza la Gloria de Dios (Ez. 1,8), como la dirección de las ruedas en esa misma visón (Ez. 1,17) o como puertas de la Jerusalén ideal (Ez. 48, 30-34), ciudad que el Libro de la Revelación vio bajar del cielo, como una novia ataviada para su esposo, que también albergaba “la gloria de Dios” (Ap. 21, 2-21,11).

Que Ezequiel concluya su profecía en la ciudad de Jerusalén renovada, rebautizada con el título de “YHWH está aquí” (Ez. 48,35), evoca asimismo a la Jerusalén celeste del último escrito de la Biblia. Un Libro que, con finísima ironía, pondrá fin a aquello que fue en la tierra el centro de toda la Historia Sagrada, es decir, el Templo, sede de la Gloria (Kabod) de Dios. Un lugar tantas veces profanado por el pecado del hombre, y que tantos ríos de tinta hizo correr. 

Sin embargo, como explicó San Pablo a los sabios atenienses:

Dios (…) no habita en santuarios construidos por manos humanas” (Hch. 17,24).

En conclusión, en la Patria última a la que todos estamos convocados para vivir junto a Dios, no habrá ni templos de piedra, ni lugares estancos santos o santísimos, ni luminarias naturales como el sol o la luna. Y allí descansaremos de todos nuestros trabajos, porque estaremos siempre ante Él, y nunca será ya para nosotros Deus absconditus: Se cumplirá así, en plenitud, lo que nos narra el Evangelio de San Juan, aquello que el Señor le aseguró a la samaritana junto al pozo de Jacob, que los verdaderos adoradores adorarán en espíritu y en verdad. El mismo Juan lo confirma en su visión celestial:

“Y no vi Santuario en ella; pues el Señor Todopoderoso, y el Cordero, era su Santuario. Y aquella ciudad no tiene necesidad del sol ni de luna para que la alumbren, pues el esplendor de Dios la ilumina y el Cordero es su lámpara” (Ap. 21,22-23).









 

 

 


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