viernes, 10 de abril de 2026

¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? Una lectura del capítulo 15 de 1ª Corintios.



INTRODUCCIÓN.-

La ciudad de Corinto en tiempos del Apóstol San Pablo era una de las más populosas de Grecia, y tenía en torno a 80.000 habitantes (20.000 más en sus suburbios aledaños). Estaba situada en un lugar de gran valor estratégico, en el extremo sur del istmo de une el Peloponeso con las tierras meridionales de Grecia –a medio camino, pues, entre Atenas y Esparta- y tenía fácil acceso a dos mares, el Egeo por el este y el Adriático por el Oeste. Era una ciudad de gran tradición e historia, citada por Homero y Píndaro, y un poderoso centro industrial que poseía grandes astilleros, pero también era famosa por las artes, hasta el punto que Cicerón la definió como “luz de toda Grecia” (Pro lege Manil, 5). Pero la ciudad también era un importante centro deportivo, ya que allí se celebraban los juegos ístmicos en primaveras alternas y donde confluían los mejores atletas de Grecia y Roma.

La ciudad, sin embargo, durante la conquista romana de Grecia fue destruida (año 146 a.C.), y su territorio ocupado por esa nueva potencia emergente del mediterráneo. Las ruinas no fueron reconstruidas hasta que en el año 46 a.C. Julio César fundó una nueva Corinto bajo el nombre de Laus Juli, y más adelante Augusto le otorgó la capitalidad de la provincia romana de Acaya. Con sus construcciones revitalizó la economía de una ciudad clave para la distribución de grano a todo el imperio (recordemos que hubo hambrunas sucesivas ocurridas en la época de San Pablo: 41-42 en Roma, 48-51 en Judea y 51 en Grecia). Sus dos puertos –Lecayón al oeste y Cencreas al este- facilitaron que muy pronto recuperase la importancia comercial de la pretérita ciudad.

A pesar del dominio romano, que redimensionó las trazas de la ciudad, podemos decir que la Corinto de la época era una ciudad indiscutiblemente griega en el aspecto cultural. Al ser una ciudad biportuaria se facilitó un impresionante trasiego de personas de todas las zonas del Mediterráneo, constando su población de oficiales y militares romanos, hombres de negocio y mercaderes de Grecia, Italia, Siria, Palestina, Egipto y demás regiones del Imperio, así como una importante cantidad de mendigos, pícaros y prostitutas. La diosa protectora de la ciudad era Afrodita Pandemos y su templo dominaba la Acrocorinto, la gran roca escarpada que se eleva detrás de la ciudad a una altura de 520 metros, y se dice que contaba con mil sacerdotisas, que eran prostitutas sagradas. Pero también se adoraba a Apolo, a Atenea, a Isis y Serapis, a Démeter y Koré y al dios de la medicina Asclepio, cuyo comedor fue probablemente citado por San Pablo en 1 Cor. 8,10.

El gobierno de la ciudad –señala Álvaro Pereira en su magnífica monografía sobre la Epístola- era ostentado por los duoviri iure dicundo, elegidos anualmente por los comitia tributa (en griego, ekklesia), doce tribus en las que se organizaban los ciudadanos (cives), colonos y sus descendientes y algunos residentes extranjeros (incolae). Debemos anotar que la pluralidad de identidades cívicas de la ciudad, unida a la diversidad de cultos –que se acompañaban de celebraciones populares y festivas comidas públicas- permitía espacios de libertad a los individuos, contribuyendo ese ambiente social a generar un clima de tolerancia y ausencia de conflictos entre los nuevos convertidos cristianos, a diferencia de lo que sucedía en Tesalónica. También es imprescindible destacar que la inmoralidad, el libertinaje y la corrupción de esta ciudad eran ciertamente conocidas en el mundo antiguo. En griego koiné, el verbo korinthiazein llegó a significar “llevar una vida licenciosa”, y la expresión “horé korinté” (doncella corintia), era un eufemismo para designar a las prostitutas.

En esa exuberante y dinámica ciudad, en medio de ese asfixiante clima moral y espiritual san Pablo fundó en el año 51 a.C. una de las comunidades cristianas más importantes (Hch. 18, 1-11). Y aunque a causa de las dificultades y padecimientos abandonó la ciudad tras dieciocho meses de estancia (Hch. 18, 12-18), dejó una floreciente comunidad formada por judíos y gentiles conversos. Todos vivían en un ambiente cultural dominado por la elocuencia retórica de la segunda sofística, y por la filosofía popular que mezclaba ideas cínicas y estoicas (de hecho la tumba del filósofo cínico Diógenes Laercio, situada en el camino que iba al puerto de Lecayón, era destino de muchos curiosos). Los judíos escucharían al principio con asombro, extrañeza y aun escándalo la predicación de un mesías crucificado; los segundos, lo tomarían como un absurdo (1 Cor, 1, 23). Pero pronto comprenderían que “para los que han sido llamados, judíos o griegos, el Mesías (es) fuerza de Dios y Sabiduría de Dios” (1 Cor. 1, 24). Es más,  entendieron que el anuncio del Dios de Jesucristo no era una devoción más, compatible con otras que mantuvieron en el pasado, sino que abarcaba todas sus dimensiones y sus anhelos de salvación, y por tanto exigía comenzar una nueva vida con el bautismo, y romper radicalmente con los errores morales y religiosos del pasado (1 Cor. 10, 8 y 10, 14-22). Esa tensión en los convertidos corintios se manifiesta muy bien en diversos pasajes de esta Carta. Podemos decir, en definitiva, para concluir esta introducción que nos presenta un cuadro muy completo del mundo pagano del siglo I, de tal modo que es lícito hacer una comparación con las bulliciosas, multiculturales y neopaganas grandes urbes modernas, y por ello merece y conviene ser muy meditada por los cristianos de hoy. No olvidemos que, como siempre se ha afirmado con gran intuición, “Todo el mundo es Corinto”.  

FECHA, LUGAR y CIRCUNSTANCIAS de la CARTA.-

Cuentan los Hechos de los Apóstoles que el mismo Señor animó al Apóstol en sueños, diciéndole: “No temas, al contrario habla y no calles; yo estoy contigo y nadie te atacará para maltratarte, porque en esta ciudad tengo un pueblo numeroso” (Hch. 18, 9-10). Y, en efecto, San Pablo hablaría alto a través de sus dos magníficas epístolas a los Corintios, la primera redactada sobre el año 54 a.C, durante el tercer viaje misional del Apóstol y estando en Éfeso. Allí recibió preocupantes noticias de Corinto que le produjeron seria inquietud: relajación en materia de impureza, hasta el punto que un cristiano convivía con la mujer de su padre (1 Cor. 5), pleitos ante tribunales paganos (1 Cor. 6), demasiada desenvoltura de las mujeres en las asambleas litúrgicas (1 Cor. 11,16), conductas impropias e insolidarias durante la Coena Domini (1 Cor. 11,20). Y, además, le presentaron dudas doctrinales como el matrimonio y la virginidad (1 Cor. 7,1), las carnes inmoladas a los ídolos (1 Cor. 8), uso de carismas (1 Cor. 12,1) y la resurrección de los muertos, que aquí abordaremos con detenimiento.

Esta primera carta fue llevada a la populosa urbe muy probablemente por Estéfanas, Fortunato y Acaico.  Se trataba sin duda de una carta pública por su exhortación al beso santo (1 Cor. 16,20) y la bendición de gracia (1 Cor. 16,23). Como indica Álvaro Pereira, podemos deducir de la segunda carta -que les remitió poco tiempo después, antes del año 57 a.C.- que 1 Cor. resolvió algunos problemas pero planteó otros nuevos.   

La carta se divide en dos partes que corresponden al doble motivo que impulsó al apóstol a tomar la pluma para redactarla: la reacción de San Pablo ante los informes negativos que recibió (Capítulos 1 a 6), y respuesta a las dificultades doctrinales planteadas (Capítulos 7 a 15). Uno de esos problemas era la resurrección de los muertos (resurrección corporal), que muchos corintios rechazaban al estar muy influenciados por la filosofía helenística, que de conformidad a su estricto dualismo, afirmaba junto a la inmortalidad del alma la corrupción de la carne. Las dudas sobre el “cómo” eran tan poderosas que llegaban a negar esta verdad de nuestra fe. Ciertamente es una constante del espíritu humano que, cuando las cuestiones resultan excesivamente difíciles de resolver, se tiende a marginar las razones que han llevado a plantearlas. Pero aquí no nos encontramos ante una cuestión disciplinar como en otras partes de la carta, sino de algo doctrinal y de suma importancia, por lo que San Pablo entrará a fondo, respondiendo con amplitud y exponiendo el dogma cristiano. Se trata, pues, de una cuestión absolutamente necesaria de creer para ser salvo, pues en otro caso “todavía estáis en vuestros pecados, advierte San Pablo (1 Cor. 15,17). Y no puede haber una desviación de la verdadera fe.

1 COR. 15, 1-53.- RESURRECCIÓN de los MUERTOS y CONSUMACIÓN ESCATOLÓGICA.-

La resurrección es, como dijimos, el último gran tema planteado en 1 Cor. San Pablo la trata en un tono ciertamente magisterial, y como apunta atinadamente Álvaro Pereira “no es una simple respuesta circunstancial al final de esta ya larga carta (…) Se equivocan tanto los que leen 1 Cor. 15 como un tratado sistemático sobre la resurrección, como los que sólo encuentran en ella una respuesta accidental a los problemas de aquella Iglesia”. Podemos dividir este capítulo 15 en tres partes, que enseñan tres verdades de nuestra fe: la primera es la resurrección de Cristo, primicia de la futura resurrección nuestra; la segunda, es la resurrección de los muertos, que se fundamenta únicamente en la de Nuestro Señor Jesucristo. Y en tercer lugar, el modo en el que se realizará ese evento milagroso, tan cuestionado por los corintios.

1º.- La resurrección de Cristo (1 Cor. 15, 1-11).-

San Pablo comienza reafirmando solemnemente la resurrección de Cristo como hecho acaecido en la historia, que contó con numerosos testigos y que está avalado por las Sagradas Escrituras. Realiza la solemne proclamación de esta Verdad, enmarcándola en una tradición recibida cuyos hitos va desplegando mediante un texto especialmente rítmico que, sin la menor duda, formó parte de algún antiguo credo o himno cristiano. San Pablo recibió esta tradición, la anunció, y la transmitió (1 Cor. 15, 1-3): “Pues os transmití en primer lugar lo que a mi vez recibí.

Que Cristo murió por nuestros pecados,

Según las Escrituras;

Y que fue sepultado;

Y que resucitó al tercer día,

Según las Escrituras;

Y que se dejó ver de Cefas y, después, de los Doce.

Después se dejó ver de más de quinientos hermanos a la vez,

De los cuales la mayoría siguen (vivos) hasta ahora y algunos murieron.

Después se dejó ver de  Santiago, después de todos los apóstoles.

                            Al final de todo se dejó de ver también de mí como engendro abortado"                                                                         (1 Cor. 15, 3-8).

Llama la atención, en primer lugar, que la redacción de este texto se haya producido a los veinte o veinticinco años de la muerte de Jesús –dentro de la generación del autor- y que se citen testigos aún vivos de ese acontecimiento (y que podrían corroborarlo). También que defina sin dudar la finalidad de su muerte: “por nuestros pecados”, expresión no sólo propiamente paulina (Gal. 1,4, Rm. 4,25), sino también joánica (Jn. 3, 16-17), petrina (1 Ped. 2,24, 3,18), sinóptica (Mt. 26,28, Mc. 14,24) y neotestamentaria (Hch. 3, 18-19, 8,32-35). El entendimiento de la muerte de Cristo para nuestra redención no es, pues, una verdad fruto de un tardío desarrollo teológico, sino nuclear desde el principio.

El verbo “egéiro” (resucitar), significaba literalmente levantarse, pasar de estar tumbado a estar de pie. La forma “egérgertai” es un perfecto pasivo (“ha sido resucitado”), y la voz pasiva denota que es Dios el que ha resucitado a Jesús (véase también Hch. 3,15, 3,26). La expresión “al tercer día”, repetida constantemente en el Nuevo testamento (Mt. 16,21, Mc. 10,34, Lc. 24,7, Hch. 10,40), tenía por objeto datar temporalmente el hecho de la resurrección, danto a entender que el hecho es tan real que hasta se puede señalar la fecha, descartándose así que este relato obedezca a razones teológicas.

El verbo usado para describir las apariciones de Jesús “òphté”, es aoristo pasivo de “ver”, y es usado en los LXX para introducir una teofanía. La voz pasiva sugiere que la visión es una gracia divina, no una capacidad humana, lo que es confirmado por descripciones de los Evangelios (el Señor resucitado se hace presente cuando quiere y como quiere). En cuanto a la lista de testigos de las apariciones, no se da una lista exhaustiva y excluye a las mujeres (que históricamente fueron los primeros testigos de la resurrección, como señalan unánimemente los Evangelios), señalando a varones porque la ley judía los aceptaba como testigos autorizados. Aunque en los Evangelios constan las apariciones a San Pedro y a los Doce (el colegio apostólico), las apariciones a Santiago y a los quinientos hermanos sólo son reportadas por San Pablo. Finalmente,  la expresión paulina “como engendro abortado” (y también por ser el último testigo de la resurrección), quiere subrayar su indignidad para ser llamado porque persiguió a la Iglesia (1 Cor. 15,9). De hecho la palabra “ektroma” (“aborto”), usada para un adulto tiene una connotación de “objeto de horror y repugnancia”, algo así como nuestro vocablo “monstruo”.   

Finalmente, 1 Cor. 15,11 recordará que no hay ningún tipo de discordia entre los apóstoles respecto a este asunto: “Sea yo o sean ellos, predicamos así y así abrazasteis la fe (1 Cor. 15,11). Como señala Martin Hengel: “Si damos a 15,11 su peso debido, de ello se sigue que al comienzo del primer cristianismo no existió una ilimitada diversidad de cristologías y confesiones conflictivas, sino un evangelio de Jesucristo”.

2º.- La resurrección de los muertos (1 Cor. 12-34).-

A continuación San Pablo entrará a desmontar los argumentos de quienes se oponen a la resurrección de los muertos. El Apóstol se muestra asombrado e indignado. Su pensamiento es muy claro: “¿Cómo se puede negar la resurrección de los muertos si habéis creído por los numerosos testigos oculares –incluido yo mismo- que Jesús ha resucitado?”. Ergo no tiene sentido negar la resurrección de los muertos. Sólo si Cristo no hubiera resucitado, sería verdad esa negación, y la fe que poseemos, una mera vanidad; no sirve para nada (1 Cor. 15,17). La inevitable consecuencia es que el kerigma sería vano; los ministros, testigos falsos y la fe de los corintios, una futilidad. En consecuencia, si la resurrección no existe, y nuestra esperanza se ciñe a esta exclusiva vida, “somos los más dignos de lástima de todos los hombres” (1 Cor. 15,19).

Pero lo cierto, explica San Pablo, es que existe una íntima y necesaria conexión entre la resurrección de Cristo (acaecida como una “primicia”, “aparjé”) y la nuestra, la de los cristianos, y si negamos la una, debemos negar la otra. La razón teológica de esa ligazón, la explicará Pablo en los versículos 20-23, conectándola con la solidaridad de los hombres en Adán y en Cristo: “Pues como todos mueren asociados a Adán, así también todos volverán a la vida asociados a Cristo” (1 Cor. 15,22).  Si Adán trajo la muerte, Cristo trajo la resurrección, y el cristiano al incorporarse por el bautismo al misterio pascual, necesariamente participará de su resurrección (Rm. 6, 3-11). Esa participación, que es el fruto final de la redención de Cristo, tendrá plena realidad para el cristiano en la parusía del Señor, cuando los muertos resuciten para la gloria. En definitiva, se reafirma la radical solidaridad entre Cristo -principio clave de toda la obra de reparación humana-, y nosotros (como Iglesia, no de modo individualizado, 1 Cor. 15,22). En 2 Cor. 5,21 lo expresará dramáticamente: “(Dios lo) hizo pecado en favor nuestro”.

Los versículos 22 a 28 son descritos por Álvaro Pereira como “un texto complejo y fascinante”. Y ciertamente lo son como explicaremos. Primeramente San Pablo, después de probar, como hemos visto, la conexión de la resurrección de Cristo con la nuestra por el vínculo Adán-Cristo, en esos versos prueba que Cristo es primicia resucitada de los muertos, y lo hace para responder a los que decían que ahora no vemos que resuciten los muertos. Hay un orden fijado por Dios, nos recuerda el Apóstol, una progresión desde Cristo (23) hasta que “-Dios esté totalmente en todas las cosas” (28). Entremedio la historia del tiempo final de la salvación del hombre hasta que llegue “el fin” (“to telos”). Pero aquí introduce San Pablo un dato exclusivo, que no se contiene en ninguna otra de sus cartas: “Él tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos a sus pies” (1 Cor. 15,25).

No es éste el lugar para exponer exhaustivamente la inacabable controversia, desde casi los orígenes de la Iglesia, acerca del significado de ese reinado de Cristo y el tiempo en el que se implementa o implementará. ¿Está hablando San Pablo, aparte de la de Cristo, de una o de dos resurrecciones (primera, la de los que son de Cristo; luego la de los demás y, entremedio, un milenio (Ap. 20, 4 in fine) en el que reinará Cristo con los cristianos resucitados hasta que ponga a sus pies todos sus enemigos –el último la muerte, 1 Cor. 15,25-  (como parece deducirse de Ap. 20 y sostuvieron San Justino y San Ireneo)? ¿O ya está reinando Cristo –como defendió San Jerónimo y el último San Agustín-, en el tiempo de la Iglesia, identificando éste los tronos (Ap. 20,4) con la jerarquía católica, siendo ya el cristiano consciente de que reina con Cristo? ¿Debemos entender esa progresividad que señala San Pablo de conformidad con el citado cap. 20 del Apocalipsis, de modo que primero resucitará Cristo como primicia “aparjé” (1 Cor. 15,23), luego –tras la parusía o segunda venida- resucitarán los cristianos “los que son de Cristo” (1 Cor. 15,24), los cuales reinarán con Cristo, puesto que Satanás estará encadenado en el abismo, Ap. 20, 1,2? Y tras un “vendrá el fin” “to telos”, resucitarán todos los demás para el juicio universal y habrá “nuevos cielos y nueva tierra” (Ap. 21,1)? Algunos teólogos como H. Lietzmann consideran que el “eita to telos” debe traducirse como “después el resto”, lo que reforzaría la lectura milenarista del texto paulino. En el protestantismo, muchos defienden ese reinado intermedio: “1 Corintios 15,22-24 revela un programa de resurrección en tres etapas con una brecha de tiempo entre la segunda y la tercera etapa que permite un reino de Jesús antes del fin” (Michael  J. Vlach).

Hoy se descarta mayoritariamente esa interpretación. Por ejemplo, el gran teólogo José Mª Bover S.I. indicó que “San Pablo no dice una palabra sobre el reino de los mil años. Dada la amplitud y complejidad de la escatología paulina, este silencio es harto significativo”. Álvaro Pereira, por su parte, afirma que “no es lícito inferir una especie de reinado mesiánico intermedio, al modo del reinado de mil años de Ap. 20,1-6”, por cuando es incorrecto leer el texto como una precisa crónica del fin. El debate, en cualquier caso, seguirá abierto y sólo se resolverá cuando venga por segunda vez Nuestro Señor Jesucristo. Y de lo que sí estamos seguros todos los cristianos es que este evento se cumplirá.

En ese momento, Cristo, tras haber derrotado a todos sus enemigos (el último de los cuales será la muerte –1 Cor. 15,26-), entregará el reino a Dios Padre (“y cuando le esté sometido el universo, entonces también el Hijo se someterá al que le sometió el universo, para que Dios esté totalmente en todas las cosas” (1 Cor. 15,28). Coronada, por tanto, la misión redentora de Cristo, Dios Padre se manifestará como principio de toda vida y destino último de la creación y de la historia salutis.

Tras estos versículos 22-28 (que han supuesto una digresión del discurso paulino), se continúa el argumento de la resurrección de los muertos, desde el verso 29 al 34. Tras referirse a una peculiar costumbre bautismal de los corintios (que evoca a 2 Mac. 12, 39-45 y que el Apóstol ni aprueba ni condena), recordará las tribulaciones y peligros de los cristianos (y de él mismo, “que luché con las fieras en Éfeso” -1 Cor. 15,32-), para exponer otro argumento en favor de la resurrección. Si Cristo no ha resucitado, somos tan desgraciados que el único horizonte del hombre es comer y beber (Is. 22,13). Y como dato curioso, San Pablo evocará un verso de la comedia Táis del comediógrafo griego Menandro, para exhortar a los corintios a volver al recto camino de la fe. Ortodoxia y Ortopraxis, fe y moral deben ir de la mano.    

3º.- ¿Cómo resucitan los muertos? (1 Cor. 35-58).-

A ese interrogante tratará de responder el Apóstol en la última parte de este capítulo. En la comunidad de Corinto había paganos a los que, de acuerdo a sus convicciones neoplatónicas, les parecía un dislate la resurrección de la carne. Pero también encontramos judíos que sostenían concepciones hedonistas (semejante a las de los mahometanos) sobre el paraíso. Frente a ambas posturas, San Pablo -usando la forma griega de la diatribë (un objetor imaginario al que refuta usando el epíteto: ¡insensato! (1 Cor. 15,36)- defenderá tanto la resurrección de los cuerpos como el hecho de que Dios, con su Sabiduría, proporcionará a cada ser un “cuerpo” adaptado a las condiciones actuales de su existencia: “Y hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres, pero uno es el resplandor de los celestes y otro el de los terrestres” (1 Cor. 15,40).  Pablo aplica esa analogía a la resurrección de los muertos: “se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción” (1 Cor. 15,42). En esta vida el cuerpo del hombre es psychikon, que es instrumento del principio de existencia mortal, la psychë; el cuerpo resucitado será pneumatikon, instrumento del pneuma, que en la vida gloriosa será enteramente poseída por el Espíritu divino y dócil a ese mismo Espíritu.  En los versículos 43 y 44 se señalarán las cualidades de ese cuerpo espiritual: incorruptibilidad, claridad, agilidad y sutileza. Aunque la expresión cuerpo espiritual parezca un oxímoron, será una realidad para los justificados (sólo a ellos mira el Apóstol), de modo que sus cuerpos quedarán bajo la acción y el dominio del Espíritu, gozando de sus prerrogativas. El modelo es el mismo Cristo resucitado, el cual como explicará San Pablo en Filipenses, “transformará nuestro pobre cuerpo en un (cuerpo) a imagen de su cuerpo glorioso, dado el poder (con el que) es capaz de someter a su imperio el universo” (Fil. 3,21). Si del primer Adán recibimos un cuerpo caduco y mortal, de Cristo lo recibiremos glorioso e inmortal (1 Cor. 15, 45-49). Será el mismo que tenemos, pero transformado.

En definitiva, para entrar en la bienaventuranza es imprescindible una transformación, ya que “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios” (1 Cor. 15,50). Como dice Álvaro Pereira “resucitar es abrirse a una nueva y definitiva posibilidad de ser”. A partir de aquí y hasta el final del capítulo 15 (versículos 51 a 58), San Pablo afrontará otro problema, el mismo que ya se expuso por la comunidad de Tesalónica (1 Tes. 4,15) y él trató en una carta anterior a ésta (escrita probablemente en el año 50 o 51 a.C. curiosamente desde Corinto): “¿Qué pasará con los que no hayan muerto?” San Pablo responde, usando una palabra que confiere al texto un tono enigmático: “Mira, os digo un misterio: no moriremos todos, pero todos seremos transformados” (1 Cor. 15,51). Es decir, cuando llegue la parusía, los cristianos que aún estén viviendo sobre la tierra recibirán una necesaria transformación, al mismo tiempo que los muertos resucitarán incorruptibles. “Transformación y resurrección son vistas como dos partes del mismo evento” (Holleman, citado por Pereira). San Pablo se hará eco de la tradicional escenografía apocalíptica de la trompeta (1 Cor. 15,52), y –al igual que en 1 Tes. 4,17- emplea la primera persona del plural, con lo que nos da a entender que conservaba la esperanza de ser testigo en primera línea de la venida del Señor. Apunto que José María Bover S.I., en las páginas 802 y ss. de su monografía sobre la teología paulina, no está de acuerdo con esa convicción sostenida por la mayoría de los teólogos y exégetas, pero no es éste el lugar para examinar sus argumentos.

Por último, los versículos 53 y 54 del capítulo 15, repiten cuatro veces el demostrativo “este”, con lo que se refuerza la identidad del futuro cuerpo con el que resucitaremos los cristianos con el que actualmente tenemos.  Y concluirá San Pablo recordándonos que, aunque “el aguijón de la  muerte (es) el pecado, y la fuerza del pecado la ley” (1 Cor. 15,56), el triunfo ya es nuestro, gracias a Nuestro Señor Jesucristo (1 Cor. 15, 57).

Casi al final de este luminoso capítulo, San Pablo confeccionará un brevísimo poema con versículos libremente leídos de Os. 13,14 e Is. 25,8. El apóstol nos regala esta delicatesen como despedida, a fin de que los corazones de los corintios (y los corazones de cada uno de nosotros), agradecidos, rebosemos de esperanza y, sobre todo, de amor a Nuestro Señor Jesucristo “A Él la bendición, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (Ap. 5,13):

“La muerte quedó absorbida en (la) victoria.

¿Dónde (está), oh muerte, tu victoria

¿Dónde, oh muerte, tu aguijón?


BIBLIOGRAFÍA.-

-        Las citas bíblicas están tomadas de la Sagrada Biblia Cantera Iglesias (2009) de la B.A.C. Se han contrastado con la Biblia ecuménica (2018) (Edelvives), y se han tenido presente los comentarios de la Biblia Comentada por los profesores de Salamanca, tomo VIb (B.A.C.) (1975) (págs. 94 y ss) y los de la Sagrada Biblia Straubinger (1947).

-        Comentario bíblico “San Jerónimo” (Tomo IV, Nuevo Testamento II)(págs. 57 y ss) (1972).

-        José María Bover S.I., Teología de San Pablo (B.A.C.)(1946, reimpresión 2008) (págs. 802 y ss).

-     Desde la perspectiva protestante, me ha sido útil la interesante monografía de Michael J. Vlach “Él reinará por siempre. Una teología bíblica del Reino de Dios” (Publicaciones Kerigma, 2020) (págs. 339 y ss).

-          Fundamentalmente me he servido de la completísima monografía del profesor Álvaro Pereira “”Primera Carta a los Corintios” (B.A.C.)(2017).


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