La ciudad de Corinto en tiempos del Apóstol San Pablo era una de las más
populosas de Grecia, y tenía en torno a 80.000 habitantes (20.000 más en sus
suburbios aledaños). Estaba situada en un lugar de gran valor estratégico, en
el extremo sur del istmo de une el Peloponeso con las tierras meridionales de
Grecia –a medio camino, pues, entre Atenas y Esparta- y tenía fácil acceso a
dos mares, el Egeo por el este y el Adriático por el Oeste. Era una ciudad de
gran tradición e historia, citada por Homero y Píndaro, y un poderoso centro
industrial que poseía grandes astilleros, pero también era famosa por las
artes, hasta el punto que Cicerón la definió como “luz de toda Grecia” (Pro lege
Manil, 5). Pero la ciudad también era un importante centro deportivo, ya
que allí se celebraban los juegos ístmicos
en primaveras alternas y donde confluían los mejores atletas de Grecia y Roma.
La ciudad, sin embargo, durante la conquista romana de Grecia fue
destruida (año 146 a.C.), y su territorio ocupado por esa nueva potencia
emergente del mediterráneo. Las ruinas no fueron reconstruidas hasta que en el
año 46 a.C. Julio César fundó una nueva Corinto bajo el nombre de Laus Juli, y más adelante Augusto le
otorgó la capitalidad de la provincia romana de Acaya. Con sus construcciones
revitalizó la economía de una ciudad clave para la distribución de grano a todo
el imperio (recordemos que hubo hambrunas sucesivas ocurridas en la época de
San Pablo: 41-42 en Roma, 48-51 en Judea y 51 en Grecia). Sus dos puertos
–Lecayón al oeste y Cencreas al este- facilitaron que muy pronto recuperase la
importancia comercial de la pretérita ciudad.
A pesar del dominio romano, que redimensionó las trazas de la ciudad,
podemos decir que la Corinto de la época era una ciudad indiscutiblemente
griega en el aspecto cultural. Al ser una ciudad biportuaria se facilitó un
impresionante trasiego de personas de todas las zonas del Mediterráneo, constando
su población de oficiales y militares romanos, hombres de negocio y mercaderes
de Grecia, Italia, Siria, Palestina, Egipto y demás regiones del Imperio, así
como una importante cantidad de mendigos, pícaros y prostitutas. La diosa
protectora de la ciudad era Afrodita
Pandemos y su templo dominaba la Acrocorinto, la gran roca escarpada que se
eleva detrás de la ciudad a una altura de 520 metros, y se dice que contaba con
mil sacerdotisas, que eran prostitutas sagradas. Pero también se adoraba a Apolo, a Atenea, a Isis y Serapis, a Démeter
y Koré y al dios de la medicina
Asclepio, cuyo comedor fue probablemente citado por San Pablo en 1 Cor.
8,10.
El gobierno de la ciudad –señala Álvaro Pereira en su magnífica monografía
sobre la Epístola- era ostentado por los duoviri
iure dicundo, elegidos anualmente por los comitia tributa (en griego, ekklesia),
doce tribus en las que se organizaban los ciudadanos (cives), colonos y sus descendientes y algunos residentes
extranjeros (incolae). Debemos anotar
que la pluralidad de identidades cívicas de la ciudad, unida a la diversidad de
cultos –que se acompañaban de celebraciones populares y festivas comidas
públicas- permitía espacios de libertad a los individuos, contribuyendo ese
ambiente social a generar un clima de tolerancia y ausencia de conflictos entre
los nuevos convertidos cristianos, a diferencia de lo que sucedía en
Tesalónica. También es imprescindible destacar que la inmoralidad, el
libertinaje y la corrupción de esta ciudad eran ciertamente conocidas en el
mundo antiguo. En griego koiné, el
verbo korinthiazein llegó a
significar “llevar una vida licenciosa”, y la expresión “horé korinté” (doncella corintia), era un eufemismo para designar a
las prostitutas.
En esa exuberante y dinámica ciudad, en medio de ese asfixiante clima
moral y espiritual san Pablo fundó en el año 51 a.C. una de las comunidades cristianas
más importantes (Hch. 18, 1-11). Y aunque a causa de las dificultades y
padecimientos abandonó la ciudad tras dieciocho meses de estancia (Hch. 18,
12-18), dejó una floreciente comunidad formada por judíos y gentiles conversos.
Todos vivían en un ambiente cultural dominado por la elocuencia retórica de la
segunda sofística, y por la filosofía popular que mezclaba ideas cínicas y
estoicas (de hecho la tumba del filósofo cínico Diógenes Laercio, situada en el
camino que iba al puerto de Lecayón, era destino de muchos curiosos). Los judíos
escucharían al principio con asombro, extrañeza y aun escándalo la predicación
de un mesías crucificado; los
segundos, lo tomarían como un absurdo (1 Cor, 1, 23). Pero pronto comprenderían
que “para los que han sido llamados,
judíos o griegos, el Mesías (es) fuerza de Dios y Sabiduría de Dios” (1
Cor. 1, 24). Es más, entendieron que el
anuncio del Dios de Jesucristo no era una devoción más, compatible con otras
que mantuvieron en el pasado, sino que abarcaba todas sus dimensiones y sus
anhelos de salvación, y por tanto exigía comenzar una nueva vida con el
bautismo, y romper radicalmente con los errores morales y religiosos del pasado
(1 Cor. 10, 8 y 10, 14-22). Esa tensión en los convertidos corintios se
manifiesta muy bien en diversos pasajes de esta Carta. Podemos decir, en
definitiva, para concluir esta introducción que nos presenta un cuadro muy
completo del mundo pagano del siglo I, de tal modo que es lícito hacer una
comparación con las bulliciosas, multiculturales y neopaganas grandes urbes
modernas, y por ello merece y conviene ser muy meditada por los cristianos de
hoy. No olvidemos que, como siempre se ha afirmado con gran intuición, “Todo el mundo es Corinto”.
FECHA, LUGAR y CIRCUNSTANCIAS de la CARTA.-
Cuentan los Hechos de los Apóstoles que el mismo Señor animó al Apóstol en sueños, diciéndole: “No temas, al contrario
habla y no calles; yo estoy contigo y nadie te atacará para maltratarte, porque
en esta ciudad tengo un pueblo numeroso” (Hch. 18, 9-10). Y, en efecto, San
Pablo hablaría alto a través de sus dos magníficas epístolas a los Corintios,
la primera redactada sobre el año 54 a.C, durante el tercer viaje misional del
Apóstol y estando en Éfeso. Allí recibió preocupantes noticias de Corinto que
le produjeron seria inquietud: relajación en materia de impureza, hasta el
punto que un cristiano convivía con la mujer de su padre (1 Cor. 5), pleitos ante
tribunales paganos (1 Cor. 6), demasiada desenvoltura de las mujeres en las
asambleas litúrgicas (1 Cor. 11,16), conductas impropias e insolidarias durante
la Coena Domini (1 Cor. 11,20). Y,
además, le presentaron dudas doctrinales como el matrimonio y la virginidad (1
Cor. 7,1), las carnes inmoladas a los ídolos (1 Cor. 8), uso de carismas (1
Cor. 12,1) y la resurrección de los muertos, que aquí abordaremos con
detenimiento.
Esta primera carta fue llevada a la populosa urbe muy probablemente por
Estéfanas, Fortunato y Acaico. Se
trataba sin duda de una carta pública por su exhortación al beso
santo (1 Cor. 16,20) y la bendición de gracia (1 Cor. 16,23). Como indica
Álvaro Pereira, podemos deducir de la segunda carta -que les remitió poco
tiempo después, antes del año 57 a.C.- que 1 Cor. resolvió algunos problemas pero
planteó otros nuevos.
La carta se divide en dos partes que corresponden al doble motivo que
impulsó al apóstol a tomar la pluma para redactarla: la reacción de San Pablo
ante los informes negativos que recibió (Capítulos 1 a 6), y respuesta a las
dificultades doctrinales planteadas (Capítulos 7 a 15). Uno de esos problemas
era la resurrección de los muertos (resurrección corporal), que muchos
corintios rechazaban al estar muy influenciados por la filosofía helenística,
que de conformidad a su estricto dualismo, afirmaba junto a la inmortalidad del
alma la corrupción de la carne. Las dudas sobre el “cómo” eran tan poderosas que
llegaban a negar esta verdad de nuestra fe. Ciertamente es una constante del
espíritu humano que, cuando las cuestiones resultan excesivamente difíciles de
resolver, se tiende a marginar las razones que han llevado a plantearlas. Pero
aquí no nos encontramos ante una cuestión disciplinar como en otras partes de
la carta, sino de algo doctrinal y de suma importancia, por lo que San Pablo
entrará a fondo, respondiendo con amplitud y exponiendo el dogma cristiano. Se
trata, pues, de una cuestión absolutamente necesaria de creer para ser salvo,
pues en otro caso “todavía estáis en
vuestros pecados, advierte San Pablo (1 Cor. 15,17). Y no puede haber una
desviación de la verdadera fe.
1 COR. 15, 1-53.- RESURRECCIÓN de los MUERTOS
y CONSUMACIÓN ESCATOLÓGICA.-
La resurrección es, como dijimos, el último gran tema planteado en 1
Cor. San Pablo la trata en un tono ciertamente magisterial, y como apunta atinadamente
Álvaro Pereira “no es una simple
respuesta circunstancial al final de esta ya larga carta (…) Se equivocan tanto
los que leen 1 Cor. 15 como un tratado sistemático sobre la resurrección, como
los que sólo encuentran en ella una respuesta accidental a los problemas de
aquella Iglesia”. Podemos dividir este capítulo 15 en tres partes, que
enseñan tres verdades de nuestra fe: la primera es la resurrección de Cristo,
primicia de la futura resurrección nuestra; la segunda, es la resurrección
de los muertos, que se fundamenta únicamente en la de Nuestro Señor
Jesucristo. Y en tercer lugar, el modo en el que se realizará ese evento
milagroso, tan cuestionado por los corintios.
1º.- La resurrección de Cristo
(1 Cor. 15, 1-11).-
San Pablo comienza reafirmando solemnemente la resurrección de Cristo
como hecho acaecido en la historia, que contó con numerosos testigos y que está
avalado por las Sagradas Escrituras. Realiza la solemne proclamación de esta
Verdad, enmarcándola en una tradición recibida cuyos hitos va desplegando mediante
un texto especialmente rítmico que, sin la menor duda, formó parte de algún antiguo
credo o himno cristiano. San Pablo recibió esta
tradición, la anunció, y la transmitió (1 Cor. 15, 1-3): “Pues os
transmití en primer lugar lo que a mi vez recibí.
Que Cristo murió por nuestros pecados,
Según las Escrituras;
Y que fue sepultado;
Y que resucitó al tercer día,
Según las Escrituras;
Y que se dejó ver de Cefas y, después, de los
Doce.
Después se dejó ver de más de quinientos
hermanos a la vez,
De los cuales la mayoría siguen (vivos) hasta
ahora y algunos murieron.
Después se dejó ver de Santiago, después de
todos los apóstoles.
Al final de todo se dejó de ver también de mí como engendro abortado" (1 Cor. 15, 3-8).
Llama la atención, en primer lugar, que la redacción de este texto se
haya producido a los veinte o veinticinco años de la muerte de Jesús –dentro de
la generación del autor- y que se citen testigos aún vivos de ese
acontecimiento (y que podrían corroborarlo). También que defina sin dudar la
finalidad de su muerte: “por nuestros
pecados”, expresión no sólo propiamente paulina (Gal. 1,4, Rm. 4,25), sino
también joánica (Jn. 3, 16-17), petrina (1 Ped. 2,24, 3,18), sinóptica (Mt.
26,28, Mc. 14,24) y neotestamentaria (Hch. 3, 18-19, 8,32-35). El entendimiento
de la muerte de Cristo para nuestra
redención no es, pues, una verdad fruto de un tardío desarrollo teológico,
sino nuclear desde el principio.
El verbo “egéiro” (resucitar),
significaba literalmente levantarse, pasar de estar tumbado a estar de pie. La
forma “egérgertai” es un perfecto
pasivo (“ha sido resucitado”), y la voz pasiva denota que es Dios el que ha
resucitado a Jesús (véase también Hch. 3,15, 3,26). La expresión “al tercer día”, repetida constantemente
en el Nuevo testamento (Mt. 16,21, Mc. 10,34, Lc. 24,7, Hch. 10,40), tenía por
objeto datar temporalmente el hecho de la resurrección, danto a entender que el
hecho es tan real que hasta se puede señalar la fecha, descartándose así que
este relato obedezca a razones teológicas.
El verbo usado para describir las apariciones de Jesús “òphté”, es aoristo pasivo de “ver”, y es usado en los LXX para introducir una teofanía. La voz pasiva sugiere que la visión es una gracia divina, no una capacidad humana, lo que es confirmado por descripciones de los Evangelios (el Señor resucitado se hace presente cuando quiere y como quiere). En cuanto a la lista de testigos de las apariciones, no se da una lista exhaustiva y excluye a las mujeres (que históricamente fueron los primeros testigos de la resurrección, como señalan unánimemente los Evangelios), señalando a varones porque la ley judía los aceptaba como testigos autorizados. Aunque en los Evangelios constan las apariciones a San Pedro y a los Doce (el colegio apostólico), las apariciones a Santiago y a los quinientos hermanos sólo son reportadas por San Pablo. Finalmente, la expresión paulina “como engendro abortado” (y también por ser el último testigo de la resurrección), quiere subrayar su indignidad para ser llamado porque persiguió a la Iglesia (1 Cor. 15,9). De hecho la palabra “ektroma” (“aborto”), usada para un adulto tiene una connotación de “objeto de horror y repugnancia”, algo así como nuestro vocablo “monstruo”.
Finalmente, 1 Cor. 15,11 recordará que no hay ningún tipo de discordia entre los apóstoles respecto a este asunto: “Sea yo o sean ellos, predicamos así y así abrazasteis la fe (1 Cor. 15,11). Como señala Martin Hengel: “Si damos a 15,11 su peso debido, de ello se sigue que al comienzo del primer cristianismo no existió una ilimitada diversidad de cristologías y confesiones conflictivas, sino un evangelio de Jesucristo”.
2º.- La resurrección de los
muertos (1 Cor. 12-34).-
A continuación San Pablo entrará a desmontar los argumentos de quienes
se oponen a la resurrección de los muertos. El Apóstol se muestra asombrado e
indignado. Su pensamiento es muy claro: “¿Cómo se puede negar la resurrección
de los muertos si habéis creído por los numerosos testigos oculares –incluido
yo mismo- que Jesús ha resucitado?”. Ergo
no tiene sentido negar la resurrección de los muertos. Sólo si Cristo no
hubiera resucitado, sería verdad esa negación, y la fe que poseemos, una mera vanidad;
no sirve para nada (1 Cor. 15,17). La inevitable consecuencia es que el kerigma sería vano; los ministros,
testigos falsos y la fe de los corintios, una futilidad. En consecuencia, si la
resurrección no existe, y nuestra esperanza se ciñe a esta exclusiva vida, “somos los más dignos de lástima de todos los
hombres” (1 Cor. 15,19).
Pero lo cierto, explica San Pablo, es que existe una íntima y necesaria
conexión entre la resurrección de Cristo (acaecida como una “primicia”, “aparjé”) y la nuestra, la de los cristianos, y
si negamos la una, debemos negar la otra. La razón teológica de esa ligazón, la
explicará Pablo en los versículos 20-23, conectándola con la solidaridad de los
hombres en Adán y en Cristo: “Pues como
todos mueren asociados a Adán, así también todos volverán a la vida asociados a
Cristo” (1 Cor. 15,22). Si Adán
trajo la muerte, Cristo trajo la resurrección, y el cristiano al incorporarse
por el bautismo al misterio pascual,
necesariamente participará de su resurrección (Rm. 6, 3-11). Esa participación,
que es el fruto final de la redención de Cristo, tendrá plena realidad para el
cristiano en la parusía del Señor, cuando los muertos resuciten para la gloria.
En definitiva, se reafirma la radical solidaridad entre Cristo -principio clave
de toda la obra de reparación humana-, y nosotros (como Iglesia, no de modo
individualizado, 1 Cor. 15,22). En 2 Cor. 5,21 lo expresará dramáticamente: “(Dios lo) hizo pecado en favor nuestro”.
Los versículos 22 a 28 son descritos por Álvaro Pereira como “un texto complejo y fascinante”. Y
ciertamente lo son como explicaremos. Primeramente San Pablo, después de probar,
como hemos visto, la conexión de la resurrección de Cristo con la nuestra por
el vínculo Adán-Cristo, en esos versos prueba que Cristo es primicia resucitada de los muertos, y lo
hace para responder a los que decían que ahora
no vemos que resuciten los muertos. Hay un orden fijado por Dios, nos
recuerda el Apóstol, una progresión desde Cristo (23) hasta que “-Dios esté totalmente en todas las cosas” (28).
Entremedio la historia del tiempo final de la salvación del hombre hasta que
llegue “el fin” (“to telos”). Pero
aquí introduce San Pablo un dato exclusivo, que no se contiene en ninguna otra de
sus cartas: “Él tiene que reinar hasta
que ponga a todos sus enemigos a sus pies” (1 Cor. 15,25).
No es éste el lugar para exponer exhaustivamente
la inacabable controversia, desde casi los orígenes de la Iglesia, acerca del
significado de ese reinado de Cristo y
el tiempo en el que se implementa o implementará. ¿Está hablando San Pablo,
aparte de la de Cristo, de una o de dos resurrecciones (primera, la de los que
son de Cristo; luego la de los demás y, entremedio, un milenio (Ap. 20, 4 in fine) en el que reinará Cristo con
los cristianos resucitados hasta que ponga a sus pies todos sus enemigos –el
último la muerte, 1 Cor. 15,25- (como
parece deducirse de Ap. 20 y sostuvieron San Justino y San Ireneo)? ¿O ya está reinando Cristo –como
defendió San Jerónimo y el último San Agustín-, en el tiempo de la Iglesia, identificando
éste los tronos (Ap. 20,4) con la
jerarquía católica, siendo ya el cristiano consciente de que reina con Cristo?
¿Debemos entender esa progresividad que señala San Pablo de conformidad con el citado
cap. 20 del Apocalipsis, de modo que primero resucitará Cristo como primicia “aparjé” (1 Cor. 15,23), luego –tras la
parusía o segunda venida- resucitarán los cristianos “los que son de Cristo” (1 Cor. 15,24), los cuales reinarán con
Cristo, puesto que Satanás estará encadenado
en el abismo, Ap. 20, 1,2? Y tras un “vendrá el fin” “to telos”, resucitarán todos los demás para el juicio universal y
habrá “nuevos cielos y nueva tierra” (Ap.
21,1)? Algunos teólogos como H. Lietzmann consideran que el “eita to telos” debe traducirse como “después el resto”, lo que reforzaría la
lectura milenarista del texto paulino. En el protestantismo, muchos defienden
ese reinado intermedio: “1 Corintios
15,22-24 revela un programa de resurrección en tres etapas con una brecha de
tiempo entre la segunda y la tercera etapa que permite un reino de Jesús antes
del fin” (Michael J. Vlach).
Hoy se descarta mayoritariamente esa
interpretación. Por ejemplo, el gran teólogo José Mª Bover S.I. indicó que “San Pablo no dice una palabra sobre el reino
de los mil años. Dada la amplitud y complejidad de la escatología paulina, este
silencio es harto significativo”. Álvaro Pereira, por su parte, afirma que
“no es lícito inferir una especie de
reinado mesiánico intermedio, al modo del reinado de mil años de Ap. 20,1-6”, por
cuando es incorrecto leer el texto como una precisa crónica del fin. El debate,
en cualquier caso, seguirá abierto y sólo se resolverá cuando venga por segunda
vez Nuestro Señor Jesucristo. Y de lo que sí estamos seguros todos los cristianos es que este evento se cumplirá.
En ese momento, Cristo, tras haber derrotado
a todos sus enemigos (el último de los cuales será la muerte –1 Cor. 15,26-),
entregará el reino a Dios Padre (“y
cuando le esté sometido el universo, entonces también el Hijo se someterá al
que le sometió el universo, para que Dios esté totalmente en todas las cosas” (1
Cor. 15,28). Coronada, por tanto, la misión redentora de Cristo, Dios Padre se
manifestará como principio de toda vida y destino último de la creación y de la
historia salutis.
Tras estos versículos 22-28 (que han supuesto
una digresión del discurso paulino), se continúa el argumento de la
resurrección de los muertos, desde el verso 29 al 34. Tras referirse a una
peculiar costumbre bautismal de los corintios (que evoca a 2 Mac. 12, 39-45 y que
el Apóstol ni aprueba ni condena), recordará las tribulaciones y peligros de
los cristianos (y de él mismo, “que luché
con las fieras en Éfeso” -1 Cor. 15,32-), para exponer otro argumento en
favor de la resurrección. Si Cristo no ha resucitado, somos tan desgraciados que
el único horizonte del hombre es comer y
beber (Is. 22,13). Y como dato curioso, San Pablo evocará un verso de la
comedia Táis del comediógrafo griego
Menandro, para exhortar a los
corintios a volver al recto camino de la fe. Ortodoxia y Ortopraxis, fe y moral
deben ir de la mano.
3º.- ¿Cómo resucitan los
muertos? (1 Cor. 35-58).-
A ese interrogante tratará de responder el Apóstol en la última parte de
este capítulo. En la comunidad de Corinto había paganos a los que, de acuerdo a
sus convicciones neoplatónicas, les parecía un dislate la resurrección de la
carne. Pero también encontramos judíos que sostenían concepciones hedonistas (semejante a las de los mahometanos) sobre
el paraíso. Frente a ambas posturas, San Pablo -usando la forma griega de la diatribë (un objetor imaginario al que
refuta usando el epíteto: ¡insensato! (1 Cor. 15,36)- defenderá tanto la
resurrección de los cuerpos como el hecho de que Dios, con su Sabiduría,
proporcionará a cada ser un “cuerpo” adaptado a las condiciones actuales de su
existencia: “Y hay cuerpos celestes y cuerpos
terrestres, pero uno es el resplandor de los celestes y otro el de los
terrestres” (1 Cor. 15,40). Pablo
aplica esa analogía a la resurrección de los muertos: “se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción” (1 Cor.
15,42). En esta vida el cuerpo del hombre es psychikon, que es instrumento del principio de existencia mortal,
la psychë; el cuerpo resucitado será pneumatikon, instrumento del pneuma, que en la vida gloriosa será
enteramente poseída por el Espíritu divino y dócil a ese mismo Espíritu. En los versículos 43 y 44 se señalarán las
cualidades de ese cuerpo espiritual: incorruptibilidad,
claridad, agilidad y sutileza. Aunque la expresión cuerpo espiritual parezca un oxímoron, será una realidad para los
justificados (sólo a ellos mira el Apóstol), de modo que sus cuerpos quedarán
bajo la acción y el dominio del Espíritu, gozando de sus prerrogativas. El
modelo es el mismo Cristo resucitado, el cual como explicará San Pablo en
Filipenses, “transformará nuestro pobre
cuerpo en un (cuerpo) a imagen de su cuerpo glorioso, dado el poder (con el
que) es capaz de someter a su imperio el universo” (Fil. 3,21). Si del
primer Adán recibimos un cuerpo caduco y mortal, de Cristo lo recibiremos
glorioso e inmortal (1 Cor. 15, 45-49). Será el mismo que tenemos, pero
transformado.
En definitiva, para entrar en la bienaventuranza es imprescindible una
transformación, ya que “la carne y la
sangre no pueden heredar el reino de Dios” (1 Cor. 15,50). Como dice Álvaro
Pereira “resucitar es abrirse a una nueva
y definitiva posibilidad de ser”. A partir de aquí y hasta el final del
capítulo 15 (versículos 51 a 58), San Pablo afrontará otro problema, el mismo
que ya se expuso por la comunidad de Tesalónica (1 Tes. 4,15) y él trató en una
carta anterior a ésta (escrita probablemente en el año 50 o 51 a.C.
curiosamente desde Corinto): “¿Qué pasará
con los que no hayan muerto?” San Pablo responde, usando una palabra que
confiere al texto un tono enigmático: “Mira,
os digo un misterio: no moriremos todos, pero todos seremos transformados”
(1 Cor. 15,51). Es decir, cuando llegue la parusía,
los cristianos que aún estén viviendo sobre la tierra recibirán una
necesaria transformación, al mismo
tiempo que los muertos resucitarán incorruptibles. “Transformación y resurrección son vistas como dos partes del mismo
evento” (Holleman, citado por Pereira).
San Pablo se hará eco de la tradicional escenografía apocalíptica de la
trompeta (1 Cor. 15,52), y –al igual que en 1 Tes. 4,17- emplea la primera
persona del plural, con lo que nos da a entender que conservaba la esperanza de
ser testigo en primera línea de la venida del Señor. Apunto que José María
Bover S.I., en las páginas 802 y ss. de su monografía sobre la teología paulina,
no está de acuerdo con esa convicción sostenida por la mayoría de los teólogos
y exégetas, pero no es éste el lugar para examinar sus argumentos.
Por último, los versículos 53 y 54 del capítulo 15, repiten cuatro veces
el demostrativo “este”, con lo que se refuerza la identidad del futuro cuerpo
con el que resucitaremos los cristianos con el que actualmente tenemos. Y concluirá San Pablo recordándonos que,
aunque “el aguijón de la muerte (es) el pecado, y la fuerza del pecado
la ley” (1 Cor. 15,56), el triunfo ya es nuestro, gracias a Nuestro Señor
Jesucristo (1 Cor. 15, 57).
Casi al final de este luminoso capítulo, San Pablo confeccionará un
brevísimo poema con versículos libremente leídos de Os. 13,14 e Is. 25,8. El
apóstol nos regala esta delicatesen
como despedida, a fin de que los corazones de los corintios (y los corazones de
cada uno de nosotros), agradecidos, rebosemos de esperanza y, sobre todo, de amor
a Nuestro Señor Jesucristo “A Él la
bendición, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos”
(Ap. 5,13):
“La muerte quedó absorbida en (la) victoria.
¿Dónde (está), oh muerte, tu victoria
¿Dónde, oh muerte, tu aguijón?
BIBLIOGRAFÍA.-
-
Las citas
bíblicas están tomadas de la Sagrada
Biblia Cantera Iglesias (2009) de la B.A.C. Se han contrastado con la Biblia ecuménica (2018) (Edelvives), y
se han tenido presente los comentarios de la Biblia Comentada por los profesores de Salamanca, tomo VIb (B.A.C.)
(1975) (págs. 94 y ss) y los de la Sagrada
Biblia Straubinger (1947).
-
Comentario bíblico “San Jerónimo” (Tomo IV, Nuevo Testamento II)(págs. 57 y
ss) (1972).
-
José María
Bover S.I., Teología de San Pablo
(B.A.C.)(1946, reimpresión 2008) (págs. 802 y ss).
- Desde la
perspectiva protestante, me ha sido útil la interesante monografía de Michael
J. Vlach “Él reinará por siempre. Una
teología bíblica del Reino de Dios” (Publicaciones Kerigma, 2020) (págs.
339 y ss).
- Fundamentalmente
me he servido de la completísima monografía del profesor Álvaro Pereira “”Primera Carta a los Corintios” (B.A.C.)(2017).
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