I
Como un inquietante déjà vu, la espada de Damocles de una nueva ruptura de nuestros queridos hermanos lefebvristas pende sobre la cristiandad. Y otra vez a cuenta de próximas consagraciones episcopales, aunque el problema de fondo fue y sigue siendo, aparte de la reforma litúrgica, la interpretación de algunas doctrinas dimanadas del Concilio Vaticano II, como son la "catolicidad de los Estados" o la "libertad religiosa". Nihil novum sub sole.
Es sobradamente conocido que la formulación que se hizo de esta última en la "Dignitatis humanae" de 7 de diciembre de 1965, supuso -y eso no lo discute hoy nadie- una novedad en relación a lo que la Iglesia había predicado hasta entonces. Si, como dijo con turbadora sinceridad Josef Ratzinger: "Nostra Aetate fue un Antisyllabus", podríamos añadir también que, correlativamente, la "Dignitatis humanae fue una Antiquantacura".
Que hubo cambio doctrinal es evidente. Basta una lectura sinóptica de los textos y, si queremos ratificar esta convicción, nos sobrarían ejemplos con la revolucionaria -indignante en muchos casos- praxis posterior. Pero la madre del cordero residía en el juicio teólogico-doctrinal del mismo: para unos supuso "ruptura" (FSSPX); según otros "desarrollo homogéneo de la doctrina" (Benedicto XVI). En este segundo caso, la variación podría ser legítima (novedosa pastoral); en el primero, abiertamente herética por atentar contra la tradición constante de la Iglesia (alteración doctrinal). Por ello, esta polémica ha hecho correr -y lo sigue haciendo hoy- ríos y ríos de literatura teológica (y ha dado pie a cientos de encajes de bolillos dialécticos), para calibrar su valor magisterial y lo que quiso realmente decirnos ese texto, tan histórico como ambiguo.
En este artículo me gustaría recordar a dos sacerdotes e intelectuales inequívocamente tradicionalistas, pero que tuvieron suficiente amplitud de miras para intuir, en el tiempo que les tocó vivir (siglos XIX y XX respectivamente), la irreversibilidad del rumbo de una sociedad que eligió el derrotero hacia el abismo de la libertad frente a la recta senda de la verdad. Y en consecuencia, ambos pensadores, escrutando con una lente escatológica la revolución perpetua (o progresismo) en la que vivían, asumieron, ante la siniestra perspectiva que se trazaba, la necesidad de modular doctrinas tradicionales asentadas de la Iglesia (e inviables hoy) como son la catolicidad de los Estados o la libertad religiosa. Dos santos y sabios curas; dos altísimos filósofos y teólogos: uno, nuestro Jaime Balmes (1810-1848); el otro, el argentino Julio Meinvielle (1905-1973). El primero, en su obra póstuma "Pío IX"; el segundo, en el epílogo de su soberbio y demoledor tratado contra el liberalismo católico: "Desde Lamennais a Maritain" (de 1945, aunque ampliado en 1967, con el comentario del texto conciliar). Los evoco porque creo honestamente que ambos pueden iluminar con su sabiduría -y también con su profetismo- el camino que conduzca a la definitiva reconciliación.
II
"Lejos de que Pío IX se haya alucinado sobre el espíritu de la época, desconociendo los elementos de disolución que en diversos sentidos y en todas partes se agitan, manifiesta en sus palabras y en sus obras que, profundamente penetrado de la gravedad de los males presentes, y del peligro de otros que amenazan, se propone esforzarse por prevenir estos y remediar aquellos".
Desgraciadamente, Balmes murió muy joven en ese mismo y caótico año de 1848. Caótico porque, junto con el liberalismo (y como corolario inevitable del mismo) apareció el movimiento marxista, merced al panfleto revolucionario de Marx y Engels, el "Manifiesto comunista". Nuestro filósofo catalán no tuvo tiempo de verificar hasta qué punto ese repugnante escrito envenenó (más aún que el liberalismo) la historia de la humanidad, llevando a la perdición a buena parte de la misma. Pero sí captó con gran lucidez el hecho crucial que ya hemos apuntado: la entronización de la libertad como fin y no como medio era irremediable. Y eso conducía a la tragedia de destronar a la Verdad, una auténtica catástrofe sin vuelta de hoja. Pese a ello, afirma Balmes en "Pío IX":
"La absoluta resistencia a toda idea de libertad se podrá defender en teoría como como el único medio de salvación de las naciones; pero ello es que esta teoría se haya en contradicción con los hechos" .
Y es que, para Balmes, las diferentes configuraciones políticas a que llevó esa implosión de libertad, no son malas o buenas en sí mismas, sino sólo en cuanto permiten la libertad de la religión (se refiere exclusivamente al catolicismo). No hay, pues, una necesidad inexcusable (que muchos sostenían entonces y aún hoy muchos lo hacen), de la vinculación del altar y del trono para salvar la religión:
"No conviene dejarse alucinar por el grito de libertad, pero también es preciso guardarse de otra ilusión, cual es, el que a la sombra de las palabras orden social, conservación de las monarquías, se cobijen intereses bastardos o fuero despotismo".
"Por ese espíritu de libertad que invade el mundo civilizado, y se dilata por todas las partes como un río que se desborda ¿hemos de temer que perezca la religión? No. La alianza del altar y del trono podría ser necesaria al trono, pero no al altar. En los Estados-Unidos la religión progresa bajo las formas republicanas: en la Gran Bretaña ha hecho increíbles adelantos a proporción que se ha desenvuelto la libertad; y si bien es cierto que en otros países ha sufrido considerables quebrantos, no creemos que estos deban atribuirse todos a la ruina del trono absoluto".
Es curioso, que esa misma reflexión histórica de Balmes (del año 1848) fue empleada por los norteamericanos John C. Murray, jesuita, y el arzobispo de Boston Richard Cushing, durante las sesiones del Concilio Vaticano II, cuando se debatió la "libertad religiosa". Éste afirmó orgulloso:
"nosotros hemos logrado ser 40 millones de católicos gracias a la libertad religiosa".
Aunque también es cierto que el arzobispo de Madrid-Alcalá, Casimiro Morcillo, sed contra, replicó:
"nosotros hemos mantenido 30 millones de católicos gracias a no haber disfrutado de esa libertad" .
¿Cuál arzobispo tenía razón? Aunque parezca contradictorio, los dos decían la verdad. La doctrina de la libertad religiosa, asentada en la propia constitución de EE.UU, favorecía al catolicismo (y lo sigue impulsando, como puede comprobarse con el incremento año tras año de católicos norteamericanos). Sin embargo, en el caso de España, la proclamación de la libertad religiosa en los diversos textos legislativos tras el mandato del Concilio (Fuero de los Españoles, modificado por Franco en 1967 y la Constitución de 1978, Art. 16) fue reduciendo en progresión geométrica el número de católicos, y lo que es peor, su práctica sacramental. Y en Hispanoamérica esa defección se ha vinculado a un trasvase masivo de católicos al evangelismo protestante (lo que no ha acontecido en nuestro país, donde siempre vamos tras un cura, sea con un cirio, sea con un garrote). Y siendo cierto que podemos hablar hoy de algún repunte del catolicismo (sobre todo el tradicional), la realidad es que nuestro país, pese a que conserve cultura y tradiciones católicas, es un erial en materia de fe. El cristianismo del pueblo español es epidérmico y me pregunto si -salvados algunos grandes personajes del pasado- alguna vez no lo fue. Decía Ciorán que la historia -la verdadera, no las ilusiones con las que mitificamos el pasado- es siempre tributaria de decepción. Sólo Cristo y su bendita madre nunca, nunca nos decepcionan:
"El humano linaje, aun en su vida sobre la tierra, es conducido por la Providencia a un término misterioso, y por caminos ignorados: quien desconozca la transformación que en todas partes se realiza, no ve lo que tiene delante; querer asirse únicamente a las formas pasadas, es confiar en un leve arbusto al bajar por una pendiente. Respetemos lo pasado, pero no creamos que con nuestro estéril deseo, lo podamos restaurar; y al interesarnos por los restos de lo que fue, no llevemos la exageración al punto de maldecir todo lo presente y lo venidero".
Y es que, en definitiva, Balmes reconoce que, incluso en los Estados más formalmente católicos y con sabias constituciones, hubo graves disfunciones.
"En las formas políticas nada hay que sea esencial a la religión: todas les ofrecen sus inconvenientes y sus ventajas. La protección de los reyes absolutos le produce un bien, cual es ampararla contra los perturbadores violentos; pero esa misma protección degenera en usurpaciones escandalosas (...) La tolerancia de las formas libres la daña con la licencia, que extravía las ideas y corrompe las costumbres, pero en cambio la deja más expedita en el ejercicio de sus funciones augustas (...) Es preciso pues no ligar con demasiada intimidad unas cosas con otras, no apocarse en el espíritu con ideas pusilánimes, y no lanzar un ay de espanto a cada paredón que se desplome en los antiguos edificios del mundo político. Todo lo humano envejece; todo se reduce a polvo; los mismos cielos y la tierra pasarán; lo que no pasará es la palabra de Dios"
A mi juicio, Balmes -tan inteligente como honesto- intuía que, aunque se pretendiera poner los recursos inmensos del Estado al servicio de la religión, no se garantizaba una vivencia auténtica en el pueblo. Habría en tal caso un seguimiento masivo, pero acrítico, de ritos y costumbres, unido a una latente y tolerada hipocresía social, todo ello a años luz de la transformación de nuestra alma por la inhabitación trinitaria que demanda nuestra fe a cada bautizado. Ir a Misa por conveniencia pública es fácil; no lo es, en cambio, sentir el Santo Sacrificio como una intensa acción de gracias ante el drama salvador del Calvario, y vivir la fe en una permanente ascesis, como una milicia contra nosotros mismos, y contra el mundo, el demonio y la carne. Y, paradójicamente, los Estados anticristianos propician mejor esa lucha espiritual merced a la gracia que el Señor no niega ante la persecución. Como dijo San Pablo: "Cuando soy débil, es cuando soy fuerte" (2 Cor. 12,10). Y Balmes sí era consciente de todo ello, de ahí su talante constructivo ante la nueva y deplorable situación.
III
"El régimen moderno de libertad es precisamente malo porque se ha erigido contra la verdad. Pero si se mantiene el derecho pleno de la verdad, y de la verdad religiosa en la vida humana, no hay duda que cuanto más se realice ese derecho de la verdad en un clima de libertad, haya de considerarse más perfecto" (pág. 366).
"Pero esta conciliación de la Revolución con la Iglesia del actual Progresismo Cristiano no es sino repetición del imposible intento formulado por Lamennais en L’Avenir y por Maritain en su Humanismo Integral, y que, de una manera u otra, adoptan también los teólogos que están impulsando las actuales corrientes de la Teología Pastoral" (pág. 8).
"Pero si en lugar de buscar la Verdad se busca la libertad como tal, o sea la propia emancipación, la propia dignidad, se camina hacia la perdición" (pág. 57).
"Los pueblos (no el mundo moderno) pueden ser curados. Pero para ello han de rechazar aquellos principios de independencia absoluta que constituyen sus principios de muerte. ¿Y qué es renunciar a esos principios sino renunciar al mundo moderno mismo? Si el pecado capital de los pueblos otrora cristianos, es haber rechazado el derecho público cristiano, que ponía en la cúspide de todos los valores de civilización los intangibles derechos de Dios, de que la Santa Iglesia es depositaria y de haber erigido en su lugar como norma suprema de vida los Derechos del Hombre, ¿cuál puede ser el comienzo de su salud sino que eche lejos de sí esa soberbia, encarnada en lo que se llama mundo moderno, y se vuelva hacia Aquel que es su salud, diciendo Tibi soli peccavi. Contra ti solo he pecado. Los pueblos habrán logrado entonces su salida; pero habrán dejado de ser modernos" (pág. 59).
Al mismo Maritain lo destroza con la finura de su ironía:
"Pretender mantener la invariabilidad de la doctrina católica sobre la cristiandad y al mismo tiempo fabricarse una teoría donde cupiesen infinidad de cristiandades, tipos esencialmente diversos de ella, todos igualmente aceptables y deseables, iba a exigir un esfuerzo dialéctico extraordinario, difícil de cumplir para quien no estuviera dotado de las excepcionales dotes intelectuales que hay que reconocerle a Maritain" (Pág. 93).
Sin embargo, cuando se esperaría en coherencia con lo anterior una contundente diatriba contra la "Dignitatis humanae", Meinvielle se contiene; es más, defiende sorprendentemente el documento, aunque reconocerá su deficiencia. Lo justifica, admitiendo que es un acto de misericordia ante el desastre sin paliativos que es el hombre moderno (es decir, su naturaleza es pastoral y ceñida por lo tanto a nuestra época), y rechaza la interpretación de quienes afirman que entroniza el indiferentismo. Nuestro teólogo saldrá al paso así de las feroces críticas que generó la proclamación de la "libertad religiosa", las cuales vilipendiaban el giro copernicano producido en relación a la doctrina anterior asentada firmemente por los papas, desde Gregorio XVI a Pío XII. Y aunque ese viraje es reconocido por Meinvielle, no fue juzgado con dureza por él sino -podríamos decir- con indulgencia ante la situación dramática del hombre de hoy, ebrio de libertad, rebelde a la Verdad y esclavo de sus pecados. O en atinadísima descripción de Santo Tomás, al que oportunamente cita: "la razón destituida de su propio orden a la verdad, queda herida de ignorancia; la voluntad sin orden al bien, queda herida de malicia; el irascible sin orden a lo arduo queda herido de la debilidad; y la concupiscencia destituida del orden a lo deleitable moderado por la razón, queda herida de la concupiscencia. Así pues son estas las cuatro heridas infligidas a toda la humana naturaleza a consecuencia del pecado del Primer Padre" (S.T. I, II 85,3).
En consecuencia, la razón del cambio prudencial operado en la enunciación de la doctrina tradicional puede explicarse pastoralmente por el hecho concluyente de la multiplicación en nuestro tiempo de los desórdenes del pecado original, merced al enquistamiento en el mundo de la falsa antítesis libertad-Verdad.
"Colocándonos en un punto de vista puramente humano, hemos de decir que, al formular en una expresión imperfecta (sic) la doctrina tradicional, la Iglesia cumple un acto de misericordia para con el hombre de hoy. No se dispensa un trato igual a un hombre maduro y sano que el que se dispensa a un enfermo. No se dispensa un trato igual a un hombre —o a una civilización— que se mueve en la verdad que a aquel otro que habiendo perdido el sentido de la verdad se mueve en la idea de la libertad. El hombre hoy no sabe dónde está la verdad ni cómo hay que encontrarla. Sólo reclama libertad. Pero el hombre, lejos de la verdad, es un hombre enfermo, que ni siquiera tiene libertad. Ya que sólo la verdad nos hace libres (Juan, 8, 32). De aquí que se cometería un gravísimo error si se tomara este acto de misericordia de la Iglesia en la Declaración conciliar de Libertad Religiosa como un argumento de madurez del hombre actual" (pág. 365).
Aunque hay constancia de que ciertos masones elogiaron la Declaración conciliar, Meinveille es rotundo al señalar que ésta no debe leerse en consonancia con lo expuesto por los adversarios de la fe:
"De todo esto hemos de concluir que la Libertad Religiosa, que nos propone la Iglesia en la Declaración conciliar, tiene un sentido diametralmente opuesto al que pregonan hasta aquí los enemigos seculares de la Iglesia. En éstos, la libertad religiosa es un fin en sí mismo que sirve para alejarnos de la Verdad. En la Declaración conciliar, en cambio, la libertad es un simple medio, de especial significación en el estado de salud del hombre actual, que debe ser adoptado en vista del fin, que es llevar el hombre a la salud, que sólo se encuentra en la Verdad católica. (pág. 366).
Ese es el fin pretendido, aunque con una metodología acorde a nuestro tiempo terminal: llevar suavemente al hombre moderno, ebrio de libertad, a la verdad; no mantenerlo en su capricho o su indiferencia (no se corrije igual a un borracho que a un sobrio). Pero Meinvielle añadirá, además, algo muy importante, que quizás revele con mayor sutileza las razones de su, en principio, llamativa justificación. Reconocerá que ese cambio en la formulación de la doctrina debe vincularse a eventos escatológicos que ya son irreversibles en el nuevo y dramático kairós que se ha abierto en el mundo -el suyo y el nuestro-, en un progreso constante hacia el abismo de una libertad sin límites. Sus palabras, leídas hoy, queman con el fuego de la profecía:
En definitiva, exhibiendo estos clarificadores textos nos damos cuenta de que cabe realizar, desde la buena fe, una lectura conforme a la Tradición de la Iglesia de aquellos documentos indiscutiblemente polémicos. De hecho, la propia Dignitatis Humanae, significativamente, afirma que se mantiene la doctrina tradicional y en eso mismo incide el propio Meinvielle:
"Después de una lectura superficial, pareciera que la nueva Declaración conciliar de Vaticano II modificara la doctrina católica tradicional sobre la materia. Sin embargo, esto debe ser firmemente excluido y rechazado porque lo excluye y lo rechaza la misma Declaración en su parte introductoria. Leemos allí, en efecto: “Finalmente, como la libertad religiosa que exigen los hombres en el cumplimiento del deber que tienen de dar culto a Dios mira a la inmunidad de coerción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica sobre la obligación moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y para con la Iglesia única de Cristo”. (pág. 353).
Si a ello agregamos la naturaleza pastoral de este Concilio, asumida expresamente en los discursos de apertura (11-10-1962) y de clausura (08-12-1965) por los dos Papas que lo dirigieron, parece claro que no podemos calificar como definitiva esa doctrina. Eso significa -como se ratifica en el propio documento conciliar- que queda a salvo la enseñanza de siempre. En suma, creo que puede superarse aquello que impide que la FSSPX se integre plenamente (con sus especiales carismas) en el seno de nuestra madre común, la Iglesia Católica, tan herida en nuestros días (y no precisamente por las posiciones tradicionales de los lefebvristas). Así lo deseamos todos los cristianos de buena voluntad, especialmente los que veneramos la tradición litúrgica de la Iglesia.
¡Que Nuestro Señor y su bendita madre, lo hagan posible!
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