viernes, 30 de enero de 2026

El Filósofo rancio versus Tucho: dos inquisidores frente a frente.





I

Un titular de Infovaticana ha llamado mi atención: "Tucho equipara la inquisición con el holocausto". He leído bien: el actual prefecto de la institución creada por Gregorio IX en el siglo XIII compara su negociado con el genocidio judío.

No me resisto a escarbar en la noticia, y en efecto, descubro que el pasado martes 27 de enero, durante la sesión plenaria del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (organismo sucesor del Santo Oficio; o sea, de la Inquisición), su Prefecto, Victor Fernández, destacó la necesidad de "humildad intelectual, espiritual y teológica en el ejercicio de la razón". Y para ilustrar esa lógica y cristiana exigencia -ubi umilitas, ibi sapientia- agrupó diversos y heterogéneos contraejemplos en la historia: 

"Cuanto más avancen la ciencia y la tecnología, más necesitamos mantener viva esa conciencia del límite, de nuestra necesidad de Dios para no caer en el terrible engaño, el mismo que llevó a los excesos de la Inquisición, a las guerras mundiales, a la Shoá, a las masacres en Gaza, todas situaciones a veces justificadas con argumentos falaces". 

No me lo podía creer: el responsable actual de la antigua Inquisición rebujaba en una misma bolsa los abusos históricos de esa antigua, vigente y necesaria institución que él preside, con horrores recientes como las guerras mundiales o el genocidio judío a manos de los nazis. O -acorde con el pensamiento progre moderno- las equiparaba a las "masacres en Gaza", comparación impropia teniendo más a mano las matanzas actuales de cristianos en Siria o Nigeria (que salen poco o nada en los medios de comunicación, pero que son tan reales como aquellas). Y que, además, se ajustan mejor a la comparación con las acciones condenables de la pretérita inquisición, pues en este órgano judicial -no ejecutivo- sólo estaban legitimados pasivamente los bautizados cristianos, es decir, nunca actuaba contra judíos o musulmanes sino exclusivamente contra cristianos. Y en Siria y Nigeria las víctimas son los cristianos.

Por otro lado, ignoro qué tiene que ver el avance de la ciencia y la tecnología con la defensa de la Verdad que nos trajo Cristo, salvo que alguien suponga -y no quiero pensarlo del responsable de defender la pureza de la fe recibida- que esta Verdad puede mudarse en razón de ese progreso. Sólo Jesucristo es Camino, Verdad y Vida, y sólo Pedro -la Iglesia Católica de la que él es su cabeza terrenal- tiene la misión encomendada por Cristo de confirmar la fe. Y cuando lo hace con los debidos requisitos, no cabe el error. Si defender la Verdad con malas artes (como hizo la Inquisición histórica en el pasado al emplear la tortura o admitir las denuncias secretas) está mal, defender el error, aunque sea con suaves y dulces sofismas, es peor. 

En fin, opino que tras sus desacertadas equiparaciones, el excelentísimo cardenal Fernández, por coherencia, debería presentar su dimisión como el "inquisidor general" que es actualmente (perdón, como el Prefecto para la Doctrina de la Fe, que queda más finolis). Por asociar el pasado de la institución que preside a la barbarie de los campos de exterminio.

Porque, además, es indiscutible que con el estudio objetivo (documental) y sin pasión de ese fenómeno histórico que es la Inquisición -y sobre todo de la española, la que ha tenido una mayor duración y fama negativa- se desmontan uno tras otro los desenfoques y excesos que la propaganda antihispánica ha vertido sobre ella. Sólo en cuanto a cifras de ejecuciones -sigo los datos del historiador inglés Henry Kamen "La inquisición española" Ed. Crítica (1985)- las víctimas mortales en nuestro país en tres siglos y pico de duración, no fue muy superior a 2.000 personas (compárese, en tiempo y número de víctimas, con las cifras de muertos por la intolerancia religiosa en la Europa protestante sólo en el siglo XVI). "La cantidad proporcionalmente pequeña de ejecuciones -reconoce Kamen (pág. 248) es un argumento efectivo contra la leyenda de un tribunal sediento de sangre". Y por supuesto, como sabemos, las sentencias del Santo Oficio eran meramente declarativas; confirmaban si el procesado era o no culpable de herejía contumaz, y era el Estado quien ejecutaba la sentencia (el brazo secular). El condenado, además, podía evitar la muerte mediante la retractación, incluso un momento antes de llegar la antorcha a la paja. Aparte de ello, era un tribunal que otorgaba muchas más garantías que los tribunales civiles y penales de su tiempo, hasta el punto que se han reportado casos de delincuentes comunes, sodomitas y amancebados, que blasfemaban tras su detención sólo para ser enjuiciados por ese tribunal eclesiástico. Y algo que no suele mencionarse: era inmensamente popular y aceptado por la práctica unanimidad del pueblo, que tenía grabada en su mollera que difundir la herejía era una acción mucho más peligrosa para la paz social que cualquier otro delito por grave que fuese. La herejía no sólo cerraba las puertas de la salvación individual sino que, además -como se vio en los ejemplos históricos de Francia o los estados alemanes durante el siglo XVI- propició espantosas guerras civiles y matanzas sin cuento que, en el caso francés, probablemente truncó su posible expansión ultramarina que en ese siglo glorioso realizaron Portugal, España e Inglaterra. Con nuestra mentalidad moderna enjuiciamos muy negativamente que Felipe II sajase radicalmente los focos luteranos de Valladolid y Sevilla en el siglo XVI (bien reflejados en las excelentes novelas de Miguel Delibes, El hereje, y de Eva Díez Pérez, Memoria de cenizas). Pero lo cierto es que merced a unas pocas penas capitales y a una política (anterior) de absoluta intolerancia hacia el error religioso, pudo España vivir sin esas convulsiones y logró así acometer la hazaña política y religiosa de conquistar un continente, sacarlo de las tinieblas del paganismo y de los sacrificios humanos, y llevar la luz de Cristo a millones de almas. 

Por supuesto que valió la pena, aunque le duela al prefecto argentino, que parece olvidarse de aquellos hombres que le regalaron a su patria la fe católica, y la bandera de la Inmaculada como enseña nacional.

II

Casualmente he estado leyendo durante las últimas semanas, las Cartas de otro inquisidor, del dominico Francisco Alvarado (1756-1814). Nacido en Marchena (Sevilla) y muerto en la capital hispalense (cuando acababa de ser nombrado consejero de la Santa Inquisición, tras ser restaurada por Fernando VII), fue un azote dialéctico de los invasores franceses y de aquellos liberales -"ciegos y sordos al sentir y querer del pueblo que decían representar" según Menéndez Pelayo-, que aprovecharon el vacío de poder ocasionado para revolucionar la historia política de España con la Constitución de Cádiz de 1812. Estos le quisieron descalificar como filósofo rancio, pero él se sentía muy orgulloso de ese título como timbre de gloria. Su quijotesco combate dialéctico contra los liberales/masones (Agustín Arguelles), los jansenistas españoles (Ireneo Nistactes) y los volterianos y satíricos impíos (Antonio Puigblanc, quien bajo el seudónimo judío de Natanael Yom-Tob redactó una famosa historia de la inquisición española, o Bartolomé Gallardo, autor de un Diccionario crítico-burlesco, lleno de irreverencias), nos regalan páginas llenas de humor, con un estilo jovial e irónico repleto de chascarrillos. Coincido con Menéndez y Pelayo en su juicio estilístico: "no soy de los que admiran su estilo prolijo, redundante y desaseado", pero también en los elogios del polígrafo santanderino, al destacar que Alvarado "personificó la apologética católica de en aquellos días", de tal modo que "apenas hay máxima revolucionaria, ni ampuloso discurso de las Constituyentes, ni folleto o papel volante de entonces que no tenga en ellas impugnación o correctivo"  (Historia de los heterodoxos españoles, Libro VII, Cap. II).     

Precisamente el aspecto más polémico de sus Cartas lo encontramos en su defensa férrea de la Santa Inquisición, suprimida tras duros debates de las Cortes gaditanas. En la edición de 1915 de sus Cartas Inéditas (escritas durante su exilio luso en Tavira entre agosto de 1810 y febrero de 1.811), el historiador y prologuista D. Edmundo González-Blanco, las califica abiertamente de "páginas negras".  Sin embargo, cuando uno lee su apología de tan polémica institución, observa por un lado que respondía no sólo -como ya referimos-  al deseo de un pueblo católico que quería vivir en paz con su religión y sus leyes tradicionales. También era la consecuencia natural de su lealtad a la doctrina clásica de la Iglesia acerca del vínculo de las dos espadas, que se remonta al papa Gelasio I (siglo V), y que tuvo su más brillante plasmación en los Dictatus Papae de Gregorio VII (siglo XI) o en las normas de Inocencio III y el Concilio de Letrán de 1215; principios que se sostuvieron desde entonces en la Iglesia hasta hace apenas sesenta años. A fines del siglo XIX, León XIII en su Inmortale Dei, refiriéndose a los Estados católicos, afirmó que "entre las principales obligaciones (del Estado) deben colocar la obligación de favorecer la religión, defenderla con eficacia, ponerla bajo el amparo de las leyes y no legislar nada que sea contrario a la incolumidad de aquella" (3).

Como vemos, por un lado, la Iglesia siempre tuvo meridianamente claro (hasta el Concilio Vaticano II) que la unidad religiosa era la base de la unidad social. Y, por otro, los Estados católicos sabían por experiencia que no había mejores leyes para la felicidad de los ciudadanos que las inspiradas por el Evangelio. Por eso el Estado y la Iglesia, cada espada con su misión específica y autónoma, debían colaborar uña y carne, incluso en los aspectos más desagradables como la represión de la propagación de la herejía (que si no se castigaba en las personas responsables, acabaría desgarrando con violencias el tejido social de la nación como demostraba la historia). De ahí la Inquisición. 

"La sedición, hermana carnal de la herejía, venía a marchas forzadas detrás de su inseparable hermana (...) y la infeliz provincia que abrigaba en su seno a la hermana mayor tenía luego que verse cubierta de la sangre, el llanto y los incendios que la menor derramaba, vertía y propagaba (...). Se convencieron, pues, las potestades temporales del peligro que les amenazaba por parte de esos enemigos de las verdades eternas, y tuvieron que declararse contra ellos, no solamente por el crimen de alta traición contra Aquel cuyo lugar ocupan en la tierra, más también por el de perturbadores de la paz y tranquilidad de su imperio, y de rebeldes contra sus leyes y coronas".

Pero hoy -oh tempora, oh mores- ha cambiado todo. El mundo desde luego, lo que es lógico;  pero también la Iglesia Católica, lo que no era previsible en virtud del principio "stat crux dum volvitur orbis" . Y da la impresión de que fue profetizado por el propio Alvarado en otra de sus cartas:

"El infierno, en fin, no prevalecerá contra la Iglesia Católica, pero podemos merecer que prevalezca contra la Iglesia de España como ha prevalecido contra la de Francia en nuestros días, y pocos siglos ha contra las de Suecia, Dinamarca, Prusia, Inglaterra, etc.

Observamos hoy que nuestros obispos colaboran con gobiernos rabiosamente anticristianos (el Valle), y apoyan la regularizacion de cientos de miles de musulmanes, sin plantearse las consecuencias futuras para la fe del país que deben pastorear; un giro de ciento ochenta grados respecto a todo aquello por lo que luchó el filósofo rancio y durante mucho tiempo la propia Iglesia, hasta nuestros días. Si el bravo dominico contemplase hoy nuestra nación, pensaría que fue un sueño la derrota de los impíos franceses y que sus malas filosofías se han apoderado del alma de nuestra patria con el auxilio de obispos carentes de fe. Entonces probablemente le venga a la mente ese verso bíblico, que advierte a los países del coste de su defección: 

"La nación y el reino que no te sirvan perecerán, y esas naciones serán ciertamente destruidas"  (Is. 60,12). 

viernes, 9 de enero de 2026

La locura de la cruz explicada a ateos y a creyentes (no a modernistas).


I

La redención objetiva de la humanidad, operada de una vez para siempre por el sacrificio cruento de Cristo, es uno de los problemas teológicos más difíciles para los pensadores cristianos de ayer de hoy y de siempre. De hecho, es el problema por excelencia. A muchos les escuece reflexionar sobre este delicado tema, especialmente en estos tiempos postmodernos donde se ponen en solfa los grandes ideales de la humanidad, y se miran con desprecio los grandes relatos. Y ninguno hay en la historia del mundo como éste, una verdad tan impresionante que desborda todos los límites de la razón humana. 

Oigamos a Dante:

"Te dices: "Bien comprendo lo que escucho

Mas ¿por qué Dios quisiera, se me esconde,

De redimirnos de esta forma solo?"

Sepultado está, hermano, este decreto

A los ojos de aquellos cuyo ingenio

En la llama de amor no ha madurado"

                                                                              (Divina Comedia. Paraíso VII).

Aunque la Biblia y la Tradición de la Iglesia enseñan que Cristo murió en la cruz para cargar sobre Él los pecados de los hombres y salvarnos, hoy se observa un giro copernicano en muchos teólogos actuales, que, víctimas de nuestra modernidad líquida,  se horrorizan de esta Verdad de fe y olvidan que Jesucristo "es el mismo, ayer, hoy y siempre"

Recordemos, por ejemplo, lo que señaló el sacerdote y teólogo vasco  José Antonio Pagola en su popular y polémica obra "Jesús, aproximación histórica" (2007, 4º edición, Edit. P.P.C. pág. 350-351). Sus frases van en cursiva y entre comillas:

"Jesús no interpretó su muerte desde una perspectiva sacrificial. No la entendió como un sacrificio de expiación ofrecido al Padre. No era su lenguaje" (nota: qué pasa entonces sus palabras en Mc. 10,45 o Mt. 26,27 -el Hijo del Hombre da la vida en rescate de muchos-,  o 1 Jn. 2,2 -Él es víctima de propiciación por nuestros pecados-). 

"Nunca había vinculado el Reino de Dios con las prácticas cultuales del templo; nunca había entendido su servicio al proyecto de Dios como un sacrificio cultual"  (nota: la Epístola a los Hebreos, a la basura directamente). 

"Habría sido extraño que, que para dar sentido a su muerte, recurriera al final de su vida a categorías procedentes del mundo de la expiación" (nota: qué hacemos con las expresiones sacrificiales de Cristo durante la última cena, por ejemplo Mt. 26,27: -su sangre se derrama por muchos para el perdón de los pecados-, palabras que especialmente todo sacerdote debe creer, dicho sea de paso). 

"Nunca imaginó a su Padre como un Dios que pedía de él su muerte y destrucción (nota: si no lo imaginó, por qué le pidió a su Padre precisamente que le librara de ella en Getsemaní -Mt. 26,39 o antes incluso -Jn. 12,27-) para que su honor, justamente ofendido por el pecado, quedara por fin restaurado y, en consecuencia, pudiera en adelante perdonar a los seres humanos" (nota: ¿dónde colocamos las brutales expresiones paulinas como "Dios hizo pecado a Cristo" -2 Cor. 5,21- o la tremenda sentencia de Hb. 9,22, "sin derramamiento de sangre no hay remisión). 

"Nunca se le ve ofreciendo su vida como una inmolación al Padre para obtener de él, clemencia para el mundo" (nota: entonces cómo que San Pablo dice exactamente lo contrario, 2 Cor. 5,19, -Dios, en Cristo, se reconcilió con el mundo-, pues éramos filii irae -Ef. 2,3-).

"El Padre no necesita que nadie sea destruido en su honor. Su amor a sus hijos e hijas es gratuito, su perdón incondicional"  (nota: sin arrepentimiento y conversión, dice Jesús, no hay posibilidad de perdón, Lc. 13,3).

En fin, a qué seguir..., como vemos, es propio de los teólogos modernistas rehacer a su antojo todo lo manifestado por la Biblia y los Evangelios que no cuadre con ese espíritu humanista-inmanentista (modernista) desarrollado en la teología de las últimas décadas. Y llama la atención que, en este punto, los ateos son mucho más honestos que éstos, pues cuando los incrédulos critican las Escrituras no olvidan deliberadamente ningún texto, aunque entran a saco en todos ellos como un elefante en una cacharrería. Por ejemplo, entresaco del libro El espejismo de Dios” (2006), escrito por el combativo biólogo ateo Richard Dawkins, un párrafo precisamente sobre la inmolación de Cristo.

He descrito la expiación, la doctrina central del cristianismo, como cruel, sadomasoquista y repelente. También podríamos desestimarla por ser una locura, aunque es su omnipotente familiaridad la que ha rebajado nuestra objetividad. Si Dios quería perdonar nuestros pecados por qué no perdonarlos simplemente, sin tener que ser torturado y ejecutado en pago”  (Pag. 271).

Dawkins critica -y desprecia, porque no la entiende- una Verdad esencial de nuestra fe: que Cristo murió en expiación por nuestros pecados. En cambio, los cobardes teólogos, a los que le gusta bailar con el mundo y deformar el sentido genuino de las Escrituras simplemente eluden el combate intelectual y niegan desvergozadamente esa doctrina central del cristianismo, convirtiendo al Hijo de Dios en una especie de hippie pacifista avant la lettre cuya torpeza provocó que acabase ejecutado en un patíbulo (un accidente laboral llegó a afirmar uno de ellos). Parece como si los modernistas quisieran pedir perdón a los ateos, con saco y ceniza, por hacer creído en el pasado esa locura de la expiación.  

De hecho, el propio San Pablo se acerca mucho más a la reflexión de Dawkins que a la de esos teólogos modernos/modernistas, pues el Apóstol había manifestado (aunque sin juicios peyorativos) la misma reflexión que el animoso biólogo sudafricano, usando la idéntica palabra que hemos subrayado: 

Ya que el mundo por la propia sabiduría no reconoció a Dios en la Sabiduría divina, quiso Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden milagros y los griegos buscan la sabiduría; mas nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles”  (1 Cor. 1, 22-23).

Y es que, ciertamente, la idea de que Dios, para salvar a la humanidad, baje a nuestro mundo hecho hombre, pase haciendo el bien y muera en una cruz infamante parece ciertamente un desatino, algo que no tiene sentido alguno. Tampoco los musulmanes lo entienden, porque Mahoma cortó por lo sano, y negó en el Corán el hecho histórico de la crucifixión de un profeta tan grande como Jesús (Sura 4,157). En definitiva, los cuestionamientos de nuestros adversarios nos interpelan a todos los cristianos que nos tomamos en serio nuestra fe, y deseamos "dar razón de nuestra esperanza" (1 Ped. 3,15) ¿Por qué salvarnos, si pudo crearnos salvos sin posibilidad de pecar, o sencillamente, tras pecar, habernos salvado sin el sacrificio de la cruz en virtud de su omnipotencia? ¿Por qué una muerte tan horrible y humillante? 

Pablo, a los veinticinco años de la crucifixión de Jesús, recordará en una carta la verdad que se proclamaba poco tiempo después de su muerte: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras” (1 Cor. 15, 3). Para Pablo y para toda la comunidad primitiva (de quien había recibido esta doctrina) la muerte de Jesús ha tenido (y tiene) un sentido redentor para todos los hombres, para todos los pecadores, aquí y ahora. Es algo sin precedentes en todo el Antiguo Testamento ¿Quién podía haber inventado algo parecido, una salvación no al final de los tiempos (Jn. 11, 24) sino presente en el sacrificio de Jesús; una salvación sin paralelismo alguno con textos de la Torah? Y leyendo con atención la carta de Pablo, vemos que esa revolucionaria percepción del sentido de la muerte de Jesús había surgido muy poco tiempo después de producirse el evento del Calvario. Pablo se convierte a los tres años de su crucifixión, cuando viajaba a Damasco a prender a la comunidad cristiana, lo que nos deja admirados de que ya existiesen, fuera de Jerusalén, judíos que vieron en Jesús (un maldito colgado de un madero, condenado por los representantes de su pueblo (Gal. 3, 13), no lo olvidemos) la palabra definitiva de Dios. ¡Tres escasos años!

Por tanto, el kerigma de la expiación del pecado por el sacrificio de Cristo no sólo es nuclear de la fe cristiana, sino además prácticamente paralelo al nacimiento de la misma, tras los acontecimientos posteriores a la Pascua. ¿Cómo una idea tan original en el mundo judío y a la vez tan “necia” pudo triunfar y de la manera que lo hizo?

Pablo señalará que esa “locura” es “sabiduría de Dios” y que “la locura de Dios es más sabia que la de los hombres; y la debilidad de Dios más fuerte que la de los hombres” (1 Cor. 1, 25). Sin embargo, esa frase en realidad indica muy poco, pues no llega al meollo de la cuestión a debatir: ¿por qué tuvimos que ser redimidos por la cruz de Jesús? Dawkins acierta en sus preguntas, y posiblemente también en el calificativo de locura, aunque yerra pretendiendo ofender esta doctrina con los calificativos de sadomasoquista, cruel o repelente.

Voy a intentar, en definitiva, como cristiano laico y en la medida de mis torpes entendederas, explicar a los ateos y a mis hermanos de  fe -excluyo a los modernistas- por qué creo firmemente en esta doctrina de la expiación; por qué la considero la más grande, sublime y provechosa de todas las que hemos conocido en la historia de la humanidad. De hecho, no es una idea forjada por la inteligencia del hombre, sino que procede de una acción inaudita de Dios en la historia, y que sólo muy poco después, pudo ser asumida como la mayor verdad de nuestra fe cristiana (y de toda la humanidad). Por supuesto, no deseo polémicas con los teólogos modernistas por la razón señalada antes: los ateos critican porque no creen (son sinceros);  los modernistas dicen que creen, pero critican la fe que dicen creer y la deforman porque realmente no creen (son falsos). Por eso los ateos son más honestos y tienen siempre abierta la puerta de la rectificación, mientras que los modernistas la han cerrado para siempre con su deshonestidad y su soberbia. En consecuencia, sólo a los primeros -y a todos los cristianos de buena fe-, me dirijo.    

II

Y para intentar racionalizar esta locura es necesario que nos situemos, en primer lugar, en el nivel más general de comprensión del problema: en el sentido común y en la experiencia de la vida acerca del concepto de sacrificio. En efecto, siempre se ha considerado digno dar la vida por los demás, y esa dignidad se sobredimensiona si la persona que entrega su vida es mucho más importante que el salvado. Pongamos un ejemplo, que solemos leer a menudo en periódicos: el hombre que muere ahogado por salvar a un desconocido que se está hundiendo en el mar ¿Es este individuo cruel, sadomasoquista o repelente? Cualquier persona que lea esta noticia responderá que en absoluto; que es un héroe y que salvar una vida es un acto noble y valioso. Sin embargo, los familiares del fallecido, que observan cómo el náufrago ha sobrevivido a su salvador, pueden no pensar lo mismo. Tenía mujer e hijos, y por salvar a un desconocido los ha dejado huérfanos. Para esos hijos, que se van a criar a partir de ahora sin su padre, el acto de su progenitor ha sido (o puede ser) un profundo error: repelente y cruel, porque los deja en soledad; o algo sadomasoquista, porque era muy probable que el salvador asumiese su propio sufrimiento y muerte dado el estado rabioso del mar. Ahora bien, siendo comprensible el juicio egoísta (digámoslo así) de esos huérfanos, es posible también que esos niños sean educados por su madre en la idea de que tuvieron un padre ejemplar, que no dudó en inmolarse por salvar a un desconocido, y es posible que ese ejemplo de su padre les lleve a ser mejores personas, más generosas, más entregadas a los demás, verdaderos iconos cívicos.   

Por tanto, desde un punto de vista general, el concepto de sacrificio (en el sentido de acto de abnegación de una persona en beneficio de otra/s) sólo puede merecer nuestra admiración. Pero, desde otro punto de vista, no negamos que también es en cierto modo una locura, y máxime si la grandeza como hombre del salvador excede con creces a la del rescatado. El instinto nos urge a preservar nuestra existencia, y por ello nos preguntamos ¿cómo es posible que este hombre que lo tenía todo en la vida (una mujer excepcional, unos hijos admirables, amigos, salud, riqueza, y una excelente fama) ha podido ofrecer su vida por un vagabundo, un perdedor, un pícaro, un sinvergüenza, un individuo mediocre que no ha hecho nada que merezca la pena? Es irracional, porque lo que ha movido a ese hombre a dar la vida por otro ha sido sencillamente el amor o la compasión, no la prudencia; el corazón y no la razón. Morir por otro es, ciertamente, una locura, pero no un acto sadomasoquista, cruel y repelente.  Es un acto de inmensa nobleza.

Los cristianos, como no puede ser de otra manera, pensamos de ese modo. Y creemos que lo que puede hacer un hombre por otros (o por muchos), lo realizó Dios (plena santidad) por todos (todos somos pecadores)porque la  salvación de todo el género humano, persona por persona, sólo está en las manos de Dios. Y sabemos por los profetas que Dios no delega la salvación: Él mismo la hace. ¿No dice Isaías: 

Mirad, es el Señor (...) viene él mismo a salvaros” (Is. 35, 4).

¿No señala Ezequiel que Dios pastoreará el rebaño de Israel:

Yo mismo cuidaré de mi ganado y le pasaré revista” (Ez. 34, 11). 

En definitiva, los grandes profetas anuncian que la salvación de los hombres (de todos, independientemente de su sexo o raza) no se realizará a través de intermediarios humanos, sino por el mismo Dios, el cual

Dios, después de haber hablado muchas veces y de diversas formas a los padres por medio de  los profetas, en estos días, que son los últimos, nos ha hablado también por el Hijo” (Hb. 1, 1), (...) "el cual, siendo el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo realizado la purificación de los pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas" (Hb. 1,3)

Coincido, en fin, con Dawkins y San Pablo en que el solo hecho de encarnarse Dios para sacrificarse hasta la muerte por salvar a otros es, ciertamente, una locura. Pero no nos quedemos en el exabrupto del primero ni en el estupor del segundo, e intentemos profundizar en ella. 

III 

Asentada esa verdad sobre la bondad en general del sacrificio por los demás, surgen las más graves objeciones en el caso de Cristo. Si un hombre muere por otro es meritorio, de acuerdo. Pero si es Dios quien lo hace se dirá que es absurdo; y si encima lo efectúa a través del sufrimiento, que es además cruel, repelente y sadomasoquista. ¿Por qué tuvo que realizar esa salvación a través de un procedimiento cruento y escandaloso? ¿No era Dios; no podía evitarnos una referencia tan desoladora como la figura de un crucificado?  Si nos creó con una Palabra, ¿por qué no nos redimió con otra sola Palabra, pronunciada desde la gloria inmarcesible del Cielo?¿Por qué esa Palabra tuvo que encarnarse, vivir como un hombre y morir de una manera tan ignominiosa? En definitiva, si un héroe humano pudiese lograr por otros medios (es decir, sin su sangrienta inmolación) los mismos resultados ¿No sería su sacrificio hasta la muerte no sólo un derroche inútil sino un acto en rigor cruel, repelente y sadomasoquista? ¿No es Dios omnipotente? ¿Por qué no salvarnos directamente mediante un mero fiat? 

Las objeciones expuestas son poderosas, pero intentemos llegar al corazón del problema. En primer lugar, la expiación de nuestros pecados operada por Jesucristo sería incomprensible si prescindimos del aspecto más esencial de la naturaleza humana: su libertad. La libertad humana es la condición necesaria no solo para entender la naturaleza del hombre (y el pecado que nos aleja de Dios) sino también todas las acciones de Dios, que es bondad, justicia y omnipotencia absolutas. Dios nos crea libres porque si el hombre no lo fuera, no podríamos decir que Dios es bueno, puesto que la libertad es hermana de la dignidad y “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos” (Quijote II, 58). Crear a un hombre sin libertad es reducirlo a un mero animal irracional o a un robot; quitarle su libertad es rebajarlo a la condición de esclavo. Dios no hace lo primero porque desea regalarnos la máxima dignidad como criatura (y eso sólo es posible siendo racionales y libres). Y no hace lo segundo porque es infinitamente bueno. 

Pero esa voluntad divina de crearnos libres tiene su riesgo, que Dios tiene asumido y resuelto desde su eternidad. Al ser libres, podemos apartarnos de Dios y eso sería (es) una tragedia. Es más, esa libertad puede llevarnos al pecado inimaginable de llegar a crucificar al Hijo de Dios si este se hace uno de nosotros. Sin embargo, la omnipotencia de Dios debe tolerar la decisión autónoma del hombre para no comprometer su bondad y su justicia. 

Sabemos por la Escritura que Dios desea salvarnos a todos (1 Tim. 2, 4) (Tit. 2, 11), pero Dios no quiere, para preservar su bondad, violar nuestra libertad. No puede redimirnos mediante algún tipo de amnistía puesto que se quebraría su justicia si otorgase el don de la salvación a quien contumazmente le rechazase. A Dios, por otra parte, “nadie lo ha visto jamás”  (Jn. 1, 18), pues si se manifestase empíricamente destruiría por su irresistibilidad no sólo la libertad humana sino incluso la vida (nadie puede verme y quedar con vida, nos advierte la Biblia -Ex. 33,20-). Ante tantas dificultades ¿Cómo puede el mismo Dios salvarnos, rompiendo el abismo infinito con el hombre pecador?

La divina Sabiduría, sin embargo, encontró la más hermosa salida a este laberinto soteriológico, desatando así ese nudo de ataba nuestra salvación. Los Santos Padres  lo resumieron con una frase luminosa: lo que no es asumido no puede ser redimido. Por eso Dios se hace hombre “en todo semejante a nosotros, salvo en el pecado“ (Hb. 4, 15), para realizar a través del mayor ejemplo humano de amor (morir por alguien), una acción que sólo puede ejecutar la divinidad: la redención de toda humanidad, sin excluir a nadie.

Cristo -perfecto Dios y perfecto hombre, en todo semejante a nosotros salvo en el pecado-, se da a sí mismo en su totalidad como hombre, y extiende el efecto de su entrega a todos como Dios.

El misterioso y todopoderoso Deus absconditus (Is. 45,15), por respeto riguroso a la libertad y dignidad humanas, no interviene directamente en un inmediato y supremo acto salvador con un mero hágase. Más bien, se introduce pausada y progresivamente en la historia humana, revelándose en la Palabra de la Ley y de los Profetas, hasta el momento en el que la Palabra se hizo carne, y habitó con nosotros y nosotros vimos su gloria, gloria del unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de Verdad” (Jn. 1, 14). Y al igual que un hombre puede dar la vida por un náufrago desvalido, el sacrificio de Jesús en la cruz “salvó otra vez la tierra inundada, dirigiendo al justo sobre un leño despreciable” (Sab. 10, 4)

Lo hizo de la manera en que el amor de un hombre alcanza su mayor potencialidad: morir por el prójimo, darlo todo por los demás, coherencia absoluta de lo revelado por un Dios que es amor. (1 Jn. 4,8) y que se encarnó con el único fin de morir por nosotros (dar la vida en rescate de muchos -Mc. 10,45-). Lo que la Sabiduría Divina no puede hacer como Dios –mostrarse a los hombres, ser visto en su esencia como “salvación que  has preparado ante la faz de todos los pueblos” (Lc. 2, 31)-, lo realiza como hombre, porque Dios no puede morir (ni tan siquiera por amor), pero el hombre sí puede sacrificarse, puesto que “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos” (Jn. 15, 13). Pero, a la vez, como Dios, la eficacia del acto de ese hombre/Dios es universal y absoluta. Fue perfecto hombre, al darse entero por amor a sus semejantes; Es perfecto Dios al extender la Gracia de su salvación a todos los seres humanos que hayan existido en la tierra, ayer, hoy y mañana.

De este modo, Dios por medio de Jesucristo, quiso compartir nuestra humanidad para revelarnos tres  sublimes verdades que, hasta que Él vino a nosotros, el mundo, no podía siquiera soñar:  la profundidad e inmensidad de su amor: pues Cristo “pasó haciendo el bien” (Hch. 10, 38); la intensidad de su compromiso y su entrega hasta la muerte “para el perdón de los pecados (Mt. 26, 28) ), y por último la ganancia infinita que nos espera mediante la primicia (1 Cor. 15, 23) de su resurrección. 

El Hijo de Dios, en definitiva, realiza el más grande acto de amor jamás acaecido sobre la tierra; el más perfecto sacrificio, dada la plenitud de todos los elementos que intervinieron: la sublimidad de la víctima (Dios y hombre verdadero); las dramáticas carencias del hombre herido por el pecado, y la esencia sublime del acto: amar hasta morir, sufrir por amor hasta el final. Es la manifestación de un amor que –en palabras de Joseph Ratzinger- “nada deja para sí, sino que todo lo entrega” (Introducción al Cristianismo). Jesús lo dejó absolutamente todo en la cruz. Probablemente murió desnudo, sin siquiera el sudario con el que piadosamente se le cubre en las representaciones artísticas. Se vació de sí mismo para regalarnos todo su Ser, como Gracia, a cada uno de nosotros, donándonos la nueva vida divinizada que nos hace hijos de Dios y nos salva. Asumió nuestra vida, para redimir nuestras vidas y divinizarnos. 

Comprometido, en fin, hasta la último aliento por la causa del hombre,  hasta anonadarse a sí mismo (Fil. 2, 7), compartió con nosotros todos los estragos del mal uso de nuestra libertad: el dolor, la humillación, la traición y la muerte. Y una vez operada la salvación, sólo nos queda acogerla mediante la fe viva en la caridad (Gal. 5,6), pues “en sus heridas hemos sido salvados” (Is. 53, 11). El  delicioso Árbol del Bien y del Mal (Gen. 2, 9) –metáfora de nuestra libertad y nuestra desdicha- queda definitivamente contrabalanceado por el árbol seco de la cruz de Jesús, realidad de nuestra salvación y nuestra bienaventuranza. 

IV

Pero todavía ronda una nueva objeción, y habrá más pues jamás podremos comprender del todo la extensión e intensión de ese amor de Dios. Admitamos que “morir por” es un acto sublime de amor, y que Dios fue fiel a su promesa por todo lo que hizo a través del Hijo: 

”Estaba escrito que el Mesías sufriera y resucitase de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la penitencia y la remisión de los pecados a todas las naciones” (Lc. 24, 46-47).  

Ahora bien, ¿por qué a través de una muerte cruel, y concretamente de una terrible cruz romana? Una ejecución, definida por Cicerón como “crudelissimum taeterrimunque supplicium” “el suplicio más cruel y horrible que existe”. Surge así una pregunta. Si Jesús hubiera muerto pacífica y naturalmente, como tantos otros grandes hombres de la historia tras una vida haciendo el bien ¿se producirían para la raza humana los mismos efectos salvíficos que los que nos reportó su agonía y muerte en una cruz? 

Sin duda que sí. Pero aún quedaría un cabo suelto, el del sufrimiento humano causado por el pecado. Si Dios se encarna para dar la vida por todos, y sólo se solidariza con ellos en la muerte, pero deja de lado todos los dolores de la humanidad, se abriría el Cielo para los hombres, sí, pero su compromiso con la humanidad, herida por el pecado, no hubiera sido pleno. Por eso dice la Epístola a los Hebreos que "convenía perfeccionar a través de padecimientos al que iba a abrir el camino de la salvación" (Hb. 2,10), de modo que "una vez probado Él personalmente por lo que ha padecido pueda ayudar a los que están siendo probados" (Hb. 2,18).   

Pudiera entonces pensarse que Cristo escogió la cruz (el más infamante instrumento de muerte de su tiempo), precisamente por eso mismo, por ser "el  más cruel y horrible que existe”. Una explicación, a mí juicio, más dramática y sentimental que real.

Yo pienso que no lo eligió por eso. Más bien lo hizo porque ese suplicio representaba para el judío la figura del pecado (“Maldito el que cuelga de un madero” Dt. 21, 23), y para el  romano el desagüe de lo más infame de la sociedad (patíbulo de esclavos, bandidos y rebeldes). En la cruz de Jesús, pues, convergen los demonios de los dos mundos: del mundo hebreo, el pecado, y del universo pagano, el mal. La redención abraza así -con los brazos abiertos del crucificado- todo el infierno del hombre caído, sea judío o pagano. Cristo no quiso asumir sólo la muerte, tambien el dolor físico y -sobre todo- moral: sufrir en sus carnes el estado del hombre caído pese a ser Él la Santidad encarnada.  Es decir, abrazar todos y cada uno de los efectos directos o indirectos del pecado humano, sin que ningún aspecto quede fuera. El compromiso de Dios con el hombre lo abarca todo; el infierno que puede sufrir un hombre lo padeció El. Nos lo entregó todo, y fue golpeado por todos. Literalmente "fue traspasado por nuestros pecados". 

La cruz, como icono perfecto del dolor, la humillación, la soledad, la muerte, ha sido en última instancia la respuesta de Dios, llamado “Enmanuel, que significa Dios con nosotros” (Mt. 1, 23) al problema del hombre y de su libertad, cuya consecuencia más nociva es nuestro mundo con estructura de pecado que nos aleja de Dios. Ya sabemos que Dios está “con nosotros”, pero sobre todo –mientras sufrimos el dolor y la injusticia- está colgado en la cruz. La cruz quiso, de este modo, servir de referencia a cada persona sufriente, inmersa en la mayor de las angustias físicas y morales, tentada a pensar que ha sido olvidada por Dios y que no puede caer más bajo. De ahí la queja del salmista: “Dios mío, de día clamo y no contestas; de noche y no hay respuesta para mí” (...) Pero yo soy un gusano, que no un hombre, vergüenza de todos, escarnio de la plebe” (Sal. 22). 

Así reflexionaba también Job, el prototipo de hombre doliente antes de la cruz de Cristo. Pero tras haber estado Él entre nosotros, clavado en un madero, la gran pregunta de todo cristiano es la siguiente: qué preferimos, no sufrir en ningún caso el dolor o asumirlo gallardamente con la certeza absoluta de que mi Dios y mi Salvador ha padecido por mí. Y que, unido al de Cristo crucificado, verdaderamente me salvo, e incluso puedo salvar a muchos, vinculándome a su cruz redentora. Por supuesto, el cristiano no es un masoquista, no debe buscar el dolor por el dolor pues el mismo Cristo oró a su Padre en Getsemaní para que se lo evitase. Pero una vez dentro del mismo, nuestra mirada debe estar fija siempre en el crucificado. El dolor, en fin, es la prueba definitiva, el termómetro que marca la calidez y autenticidad de nuestra fe.  

Por tanto, a partir de Jesús crucificado, nadie que “desde lo más profundo, clame a ti, Yahveh” (Sal. 129), puede pensar que Dios no está con él, y que le ha abandonado. Por eso Jesús exclamó en la cruz el abandono del Padre, para que ningún hombre se sienta tentado a hacerlo, ni en las circunstancias más dramáticas y adversas. Perdonó nuestros pecados por su muerte y su resurrección, se erigió en la referencia definitiva de la humanidad enferma y pecadora por el instrumento de la cruz, y llenó de esperanza el terrible trance del inevitable sufrimiento humano. El dolor ya no tiene la última palabra de desesperanza. El cristiano que acoge su sufrimiento con fe se cristifica. Es decir, se diviniza, la paradoja de las paradojas. 

En definitiva, en la cruz observamos el mal desde una perspectiva racional y política (punto de vista pagano) pero también religiosa (perspectiva hebrea). Quiso Dios, por lo tanto, abarcar mediante la realidad y simbología de la cruz, toda la vasta geografía del infierno humano en sus múltiples facetas: el rechazo y condena de todas las autoridades legítimas, religiosas y politicas; la traición y cobardía de los amigos, el cruel ensañamiento de los enemigos, el sufrimiento hasta morir de dolor, y la soledad absoluta. Ni una aflicción corporal o moral quedó fuera para que ante cualquier faceta del sufrimiento humano se pueda tomar como referencia, no a un Dios encumbrado en su omnipotencia celestial, sino clavado en una cruz y escarnecido. Por eso San Pablo, que comprendió por sus experiencias místicas (2 Cor. 12, 2-4) hasta los últimos recovecos de esta “locura”, llegará a decir que “a mí nunca me acontezca gloriarme sino en la cruz de nuestro señor Jesucristo” (Gal. 6, 14). Por eso, ante el escándalo y la locura de la cruz, todo cristiano debe elevar los ojos al cielo y sentir tal sobreabundancia de agradecimiento que le lleve a iniciar una nueva vida en la que pueda exclamar, como Pablo: “Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mi”.