viernes, 6 de marzo de 2026

Un pasaje de Chesterton sobre aquellos "demagogos inspirados" que salvaron el monoteísmo.


“A lo largo de sus peregrinajes –especialmente los primeros- llevaron sobre sus hombros el destino del mundo en aquel tabernáculo de madera que contenía quizás un símbolo sin rostro y que, ciertamente, encerraba un Dios invisible (…) Aquel Dios habitaba una tierra de monstruos. Tendremos ocasión de considerar detenidamente de qué monstruos se trataba: Moloc, Dagon y Tanit, la diosa terrible. Si la divinidad de Israel se hubiera plasmado alguna vez en una imagen, se habría tratado de una imagen fálica. Otorgarle un cuerpo hubiera significado caer en los peores elementos de la mitología, en toda la poligamia del politeísmo: la visión del harén en el cielo (…). Se suele decir con desprecio que el Dios de Israel no fue más que un Dios Guerrero, “un mero bárbaro Señor de los Ejércitos”. Pero el mundo ha de agradecer que Aquél fuera un Dios Guerrero. Hemos de agradecer que Aquél fuera para el resto, únicamente, un rival y un enemigo. De seguir el curso natural de las cosas, les habría sido muy fácil tratar con Él una desastrosa amistad. No hubiera sido difícil verle estirar las manos en un gesto de amor y reconciliación a Baal, o besar el rostro pintado de Astarté sentado en agradable camaradería con los dioses (…). Y sus adoradores  fácilmente seguirían la iluminada pendiente del sincretismo y la amalgama de todas las tradiciones paganas. Los seguidores de este Dios Guerrero, ciertamente, andaban deslizándose siempre por esa cómoda pendiente, y ello obligó a que ciertos demagogos inspirados emplearan una energía casi demoníaca en defensa de la unidad divina, con palabras que aún resuenan con la fuerza del viento de la inspiración o de la ruina. Verdaderamente, cuando más entendamos las condiciones antiguas  que contribuyeron a la cultura final de la Fe, mayor será nuestra reverencia ante la grandeza de los profetas de Israel”.

(G. K. Chesterton. “El hombre eterno” (Ed. Cristiandad, Págs. 128-129).

I

Gilbert K. Chesterton, eximio escritor y polemista inglés, nació en Londres el 29 de mayo de 1874 y murió en Buckinghamshire en 1936. De tradición familiar anglicana, sería en el año 1922 cuando, tras un largo proceso, fue acogido en el seno de la Iglesia Católica. Desde entonces se convirtió en su más ardiente defensor y apologeta en un país, Inglaterra, repleto de prejuicios contra la religión católica romana. En su libro “Por qué soy católico” reconoció que en el catolicismo romano encontró el único lugar donde verdaderamente eran perdonados sus pecados, afirmando asimismo que allí se liberaba de la ominosa esclavitud de ser hijo de su tiempo.

Su ensayo “The everlasting man” (“El hombre eterno”) (publicado originariamente en 1925) es a mi juicio la cumbre, en belleza y profundidad, de sus escritos en defensa de la fe. Desarrolla en él una verdadera filosofía de la historia del hombre, desde las cavernas hasta Cristo, enfrentándose a las tesis materialistas de autores como George Bernard Shaw y sobre todo H.G. Wells. Este último,  en su obra “The outline of history” (“Esquema de la historia”), escrita unos años antes y de gran éxito de público, proponía una concepción del hombre como fruto casual –que no causal- de la evolución, y se presentaba a Cristo –como antes a Buda y después a Mahoma- como un mero mortal. En una frase memorable, Chesterton corregirá estas tesis, afirmando que “el hombre no es fruto de una evolución sino de una revolución”, y respecto de Cristo, nos recordará que Él mismo afirmó: “Cielo y tierra pasarán más mis palabras no pasarán”.    

El texto expuesto al principio se encuentra en la primera parte del libro, titulada “La criatura llamada hombre”. En esa sección defiende con brillantez que “el mundo debe a los judíos el conocimiento de Dios”; para nuestro autor la comparación del Dios monoteísta de la tradición judía con las tradiciones politeístas de dioses, es tan desigual como comparar “un hombre y los hombres que caminan en el interior de sus sueños”. Chesterton, aunque expresa su clara simpatía por la potencia imaginativa que supuso la creación de los mitos de la religión pagana, reconoce igualmente que “el mundo se habría perdido si no hubiese sido capaz de retornar (desde el paganismo) a esa gran simplicidad original que advierte una única autoridad en todas las cosas”. Porque aunque califiquemos con magnanimidad la universalización del paganismo por abarcar cada vez más y más dioses (más culturas y, en teoría, más tolerancia) en su interminable panteón, supuso al fin y al cabo una tragedia inmensa para la humanidad por “la pérdida de la idea más elevada de todas: la idea de paternidad que hace del mundo una única realidad”.

Y esa autoridad paterna única se traducía en “la suprema y serena bendición de un Dios celoso”, un Dios difícilmente asumible por cuanto era irrepresentable por ser invisible, y además porque lo había dado origen a todo ex nihilo y guiaba con su Sabiduría las fuerzas de la naturaleza y de la historia, sin estar ligado fatalmente a la una ni a la otra; un Dios “que no tenía ningún rasgo distintivo”. El pueblo judío -nos explicará Chesterton con la brillantez de su paradoja-, “precisamente por ese carácter tribal y estrecho fue capaz de preservar la religión primaria de toda la humanidad: era suficientemente tribal para ser  universal y tan estrecha como el universo”.

Pero ese Dios, como destaca el texto que comentamos, por su propia esencia única, trascendente y todopoderosa debía ser necesariamente para los demás dioses “un Dios guerrero”, “un rival y un enemigo”. Es decir, no debía existir la más mínima componenda con aquéllos, pese a la insidiosa tentación de amistad o reconciliación que recurrentemente se cernía sobre la mente de los judíos.

De hecho, los reveses históricos sufridos por la nación que cargaba sobre sus hombros el peso de este Deus absconditus –simbolizado en un arca de acacia y oro- forzaron a los judíos en numerosas ocasiones a impetrar la protección de los dioses falsos de aquellas naciones que parecían más exitosas. La Biblia nos reporta numerosos ejemplos, como el del rey Acaz de Judá, el cual, atormentado por la guerra siro-efraimita (735 a.C.), “ofreció sacrificios a los dioses de Damasco, que le habían derrotado, diciendo: “Puesto que los dioses de los reyes de Siria les ayudan, les ofreceré sacrificios para que me ayuden” (2 Cron. 28,23). Por supuesto, sin prever que las consecuencias de tal infidelidad a YHWH, único Dios, serían su ruina y a la larga la de todo Israel.   

Pero no sólo los reyes y gobernantes de Israel cedían a la idolatría. El propio pueblo, guiado por el mal ejemplo de los sacerdotes, era infiel a Dios. En Jerusalén, en los tiempos de Ezequiel, apenas unos años antes de la catástrofe de la destrucción de la ciudad y del Templo por las tropas babilonias (587 a.C.), el profeta contempló por visión, que junto a una de las puertas de la ciudad estaba erigido “el ídolo que provoca la ira del Señor” (Ez. 8,4). Y en el interior del Templo “vi pintadas a lo largo del muro toda clase de figuras de reptiles y de otros animales impuros, y muchos ídolos del pueblo de Israel” (Ez. 8,10). Todo ello instigado por los sacerdotes que “rendían culto a aquellos ídolos, teniendo cada uno un incensario en sus manos del cual subía una gran nube de incienso” (Ez. 8,11). 

Observamos, pues, que la cabeza política de Israel  (sus reyes), sus guías espirituales  (sus sacerdotes) y aun el mismo pueblo cedieron durante algunas épocas al “curso natural de las cosas” (la tentación idolátrica y politeísta). Pese a ello, resistieron. Como refiere Chesterton en el texto que comentamos “les habría sido muy fácil (…) estirar las manos en un gesto de amor y reconciliación a Baal, o besar el rostro pintado de Astarté sentado en agradable camaradería con los dioses (…). Y sus adoradores fácilmente seguirían la iluminada pendiente del sincretismo y la amalgama de todas las tradiciones paganas”. De haberse sometido a la lógica de la historia, Israel –como pasó con Amón, Moab o Edom,- hubiera desaparecido del mapa, disuelto entre el huracán del destino.

II

Pero eso no ocurrió; Israel logró preservar su legado único para la humanidad, una promesa de salvación universal, ligada al designio eterno de ese Dios desconocido, que parecía distante, pero al que “se le conmovían las entrañas por amor a su pueblo” (Os. 11,8). Y ese milagro se debió a la intervención –sigo el magnífico texto de Chesterton- de “ciertos demagogos inspirados (que) emplearán una energía casi demoníaca en defensa de la unidad divina, con palabras que aún resuenan con la fuerza del viento de la inspiración o de la ruina”. Esos eran los profetas, hombres que, siguiendo una llamada divina y con conciencia de su misión de salvación del pueblo, anunciaron a éste “la palabra de Dios”. Su fórmula de mensaje es inequívoca y performativa: “Así dice YHWH”.

Aunque algunos profetas fueron sacerdotes o de familia sacerdotal –es el caso de Ezequiel o Jeremías-, la mayoría eran laicos. Pero hablaban con más autoridad que los propios sacerdotes. Amós, el combativo profeta contra la injusticia del reino del Norte en tiempos de Jeroboán II, pastoreaba rebaños antes de su vocación. Miqueas, probablemente fuese un campesino, víctima del latifundismo de los grandes propietarios ricos a los que fustiga con gran dureza, sin olvidar a los sacerdotes de Jerusalén que representan una teología de la opresión. En efecto, ellos invocan el cumplimiento de las leyes rituales, olvidando que al Señor desea “misericordia y no sacrificios” (Os. 6,6). De hecho, Isaías enseñará que a Dios “le asquea la sangre de toros, carneros y cabritos” (Is. 1,11), por cuando su verdadera voluntad es que el pueblo “deje de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, esforzándose a hacer lo que es justo, ayudando al oprimido, haciendo justicia al huérfano y defendiendo los derechos de la viuda” (Is. 1, 17) 

Debido a este lenguaje, Chesterton los define –a mi juicio acertadamente, incluyendo cierto matiz irónico en su expresión- como demagogos inspirados, pues siendo conscientes todos ellos de la llamada de Dios y de su vocación, se lanzaron –a veces con gran dolor y casi siempre con serio riesgo para sus vidas (véase Jer. 38,6)- a denunciar las idolatrías e injusticias contra su pueblo. Y para ello usaban palabras y expresiones brutales (y hasta obscenas) y ejecutaban actos bizarros. Sólo con esa rotundidad se llegaba al corazón herido del pueblo y esperaban que el escándalo de sus comparaciones y de sus extravagantes gestos proféticos moviese al pueblo a la conversión, volviese al Señor y sortease el inevitable castigo. Como botón de muestra, Ezequiel, para criticar la idolatría de Israel, la comparará a una infidelidad matrimonial de tal modo que “te abriste de piernas al primero que pasaba y fornicaste sin cesar” (Ez. 16,25).

Pero incluso cuando no se cumplían las exigencias de conversión proclamadas –ese dramático “volved a Mí” (Joel 2,12-Zac. 1,3)-, cuando acaecía el inevitable castigo (por apocalíptico que este fuese como la destrucción del reino del Norte o la demolición del templo de Jerusalén), los profetas apuntaban siempre una salida, una puerta abierta. Ezequiel o el mismo Jeremías, pese al drama y el pesimismo de sus palabras, anunciarán una “nueva alianza” fruto de la conversión del pueblo (Ez. 11,20- Jer. 31,31), de tal modo que “perdonaré su maldad y no me acordaré más de sus pecados” (Jer. 31,34), pues “Yo, el Señor, afirmo: en aquel tiempo Israel y Judá estarán libres de culpas y pecados, porque yo perdonaré a los que deje con vida” (Jer. 50,20).  El propio Ezequiel nos regalará la espectacular imagen del Cap. 37, en la que los huesos resecos de Israel recobrarán la vida como nación y se reunirán Israel y Judá. También se renovará el templo, en el que volverá a entrar la “Gloria de Dios” (Ez. 43,1), y de cuya puerta oriental brotará un “agua viva” que regenerará todo Israel (Ez. 47, 1-12). 

En definitiva, son elementos constitutivos de la profecía la denuncia de la injusticia, de la desviación religiosa y cúltica; el clamor por la conversión y el anuncio de un castigo si no se obedece lo ordenado por YHWH mediante la palabra del profeta.  Pero puesto que “Dios permanece fiel y no puede negarse a sí mismo” (2 Tim. 2,13), su promesa de salvación –no sólo a los judíos, sino al mundo entero (Is. 60,3)- queda a salvo, pese a los duros reveses. Y por eso los profetas también serán anunciadores de esperanza. Y más de dos milenios después de proclamarse la Palabra de Dios por sus voceros, esa esperanza se hace realidad cuando comprobamos que hoy se ha propagado la plenitud de fe de Israel, que es Jesucristo, a todos los rincones de la tierra. De ahí la admiración que Chesterton muestra a esos locos de Dios, a esos hombres que se jugaron su integridad para salvar la fe monoteísta frente a un mundo pagano que estaba dispuesto a disolverla. Gracias a ellos, esa Verdad salvadora abraza en nuestros días a todos los pueblos de la tierra, pese a la cizaña que siembra el demonio. Y es que, verdaderamente –como concluye Chesterton- mientras  más profundizamos en las dramáticas circunstancias en las que predicaron, mayor agradecimiento y reverencia les debemos a todos y a cada uno de ellos.