viernes, 21 de junio de 2024

La historia de la Iglesia en las Siete Cartas del Apocalipsis: "Refuerza lo que tienes y está a punto de morir".


I

La Beata Ana Catalina Emmerich, en sus visiones de la Última Cena al inicio de "La amarga pasión de Cristo", nos narra una emotiva conversación de Jesús con Juan. En ella, el Señor "le contó también algo relativo a siete Iglesias, coronas, ángeles y le dio a conocer misteriosas representaciones que, según yo creo, significaban varias épocas". En efecto, para esta impresionante mística alemana del siglo XIX, las Siete Cartas a las Iglesias de Asia Menor del Apocalipsis joánico no son meros billetes pastorales que el discípulo amado remite a finales del siglo I a las principales comunidades donde ejercía su ministerio, sino que tienen el carácter de profecía, es decir, de eventos que acaecerán sucesivamente en el tiempo. Eventos que antes de serle revelados en Patmos (por Cristo en su gloria), lo fueron en el cenáculo (por Cristo en su humanidad). La interpretación simbólica-profética ha sido sostenida hasta hoy por grandes intérpretes del Apocalipsis, entre los que podemos destacar a Alberto Magno, Roberto Bellarmino, Bartolomé Holzhauser o Luis Billot, aunque es verdad que también tiene importantes voces que la impugnan, pues no hay un texto en toda la Sagrada Escritura tan controversial como el Apocalipsis. En nuestro tiempo, debemos al genio del jesuita argentino Leonardo Castellani (1899-1981) reafirmar esta exégesis en dos de sus mejores obras. Concretamente, en su soberbio trabajo de traducción e interpretación del último libro de la Biblia "El Apokalipsis de San Juan" y en su novela "Los papeles de Benjamín Benavides", publicadas en España por "Homo Legens" (gracias a la labor del novelista Juan Manuel de Prada, que prologa ambas obras). En esta última, el judío-cristiano protagonista nos dirá:

"Lo que persuade que las Siete Iglesias son tipos simbólicos de siete épocas de la historia de la Iglesia es primeramente que así lo pide la unidad del libro, que tendría dos partes distintas y desaforadamente heterogéneas si después del título que anuncia una revelación y después de una solemne Visión Introductoria en que el vidente ve a Cristo en su gloria y recibe de Él la misión de escribir sus visiones, hubiese insertado inmediatamente una modesta epístola pastoral a sus obispos sufragáneos de alcance puramente temporal y local". 

Las Siete Iglesias, por lo tanto y según esta interpretación, representarían siete periodos de la historia cristiandad -desde los inicios hasta la Parusía (o el milenio)-, y que podríamos resumir del siguiente modo:

- 1º.- EFESO. Iglesia de los orígenes que, sin embargo, va abandonando la pasión de los inicios. Cristo le recordará que "no tienes el mismo amor que al principio" Abarcaría desde Pentecostés hasta Nerón (30 d.C.-68 d.C).

- 2º.- ESMIRNA.- Iglesia de las grandes persecuciones. Iglesia que sufre pacientemente. "Yo conozco tus sufrimientos y tu pobreza, aunque en realidad eres rico". Va desde Nerón hasta Diocleciano (68 d.C-305 d.C). En ningún momento Cristo criticará a esta Iglesia; al revés, la elogiará.

- 3º.- PÉRGAMO.- Iglesia que va adquiriendo poder político (ámbito propio de Satanás, véase Lc. 4,6-7), pero no ha defeccionado de su misión evangélica. "Yo sé que vives donde Satanás tiene su trono; sin embargo sigues fiel a mi causa". El ámbito temporal se sitúa entre Constantino (313 d.C.) y Carlomagno (814 d.C.).

- 4º.- TIATIRA.- Iglesia desde Carlomagno a Carlos V (+ 1558). En su plenitud, su apogeo y su gloria. "Conozco tu amor, tu fe, tu servicio y tu constancia y sé de tus obras últimas mayores que las primeras" (ejemplos de éstas: las catedrales medievales, la Divina Comedia, las Sumas de Santo Tomás y la filosofía perenne, la cristianización de un nuevo continente, el Concilio de Trento, la creación de la orden jesuita y la difusión de la fe por Asia). Pero también encontramos a "Jezabel", la Iglesia que fornica con el poder hasta tal punto que "Yo le he dado tiempo para que se convierta, y no quiere convertirse de su fornicación". Las consecuencias serán terribles pues comenzará el declive de la cristiandad, merced a la herejía luterana,  tremendo castigo del cielo a la Iglesia fornicadora. Corruptio optimi pessima. 

Aquí, por vez primera, Cristo exige que "mantengáis tenazmente lo que poseéis". El hecho de que Cristo, a partir de esta época histórica (y no antes), conmine a guardar "lo que poseéis", "tus obras últimas", prueba que el desarrollo de la doctrina cristiana en este periodo, tanto en la faceta dogmática, moral, sacramental como litúrgica, había alcanzado un punto de excelencia, que debía mantenerse esencialmente, aunque el mundo fuese progresivamente imponiendo nuevos valores: stat crux dum volvitur orbis. Y Cristo premiará "al que mantenga mis obras hasta el fin", pues "le daré autoridad sobre las naciones". Autoridad, aquí, es obviamente algo muy diferente al pecado sistémico de fornicar con el poder; la verdadera autoridad ya sólo se vincula al tiempo escatológico (Ap. 20,4) pues, a partir de la modernidad, la filosofía sobre el poder la impondrá Maquiavelo. Poder y fornicación serán indistinguibles desde entonces en todos los lugares. Como signo del futuro político de Europa, en muy pocos años Francia pasará de la autoridad de un rey santo como Luis IX (+1270), a la fornicación de un rey abyecto como Felipe IV el Hermoso (+1314). 

- .-SARDES.- Desde Carlos V hasta la Revolución Francesa (1789 d.C). Aunque la Iglesia se levantó majestuosamente tras el golpe de la división de la cristiandad -evangelizó continentes de Oriente y de Occidente-, las consecuencias de la herejía disgregadora que es el protestantismo serían fatales a la larga, abriendo paso a la secularización de las viejas sociedades cristianas (incluidas las católicas), lo que facilitará algún día la entronización del Anticristo. Por eso Cristo dirá de esta  Iglesia que "conozco tus obras, tienes nombre de viviente, pero sé que eres muerto".  

Por segunda vez, Cristo insiste aquí en que "Vigiles y reafirmes ese resto" porque "está a punto de morir", y "recuerda cómo recibiste mi Palabra , guárdala y arrepiéntete". Es decir, lo que nos pidió al inicio de su predicación, nos lo vuelve a recordar dramáticamente ahora: "Convertíos". Si no, "vendré como un ladrón". 

- 6º.- FILADELFIA.- Desde la Revolución Francesa hasta nuestros días (quizás la Iglesia que verá la Parusía). Cristo incide sobre todo en el momento final: la perseverancia de los santos ante la última prueba, la del anticristo. Ya no exigirá a todos los cristianos que conserven su Palabra; ahora sólo mirará a los pocos cristianos que le han obedecido ("has guardado mi Palabra y no desertaste de mi nombre"). La razón de ello es muy clara: nuestra época ha rebasado en casi todos los ámbitos la paciencia del Señor, de modo que sarcásticamente dirá "el que es injusto siga siendo injusto, el sucio siga manchándose"  (Ap. 22,11).  También será la época de la futura vuelta de los judíos a Cristo ("Los hago venir y postrarse delante de tus pies y conocer que yo te he amado").

Cristo, hasta que venga, garantizará su asistencia a los santos durante las dura pruebas que se avecina: "porque guardaste mi mensaje de constancia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el orbe entero, para probar a los habitantes de la tierra".

- 7º.- LAODICEA.- Según Castellani es la Iglesia del milenio, el entretiempo desde el retorno de Cristo hasta el juicio final: un largo periodo donde reinará el Señor a través del triunfo de la Iglesia.  Ahora bien, para la mayoría de exégetas que rechaza el milenarismo, es la época de la Parusía.

En todo caso, y al igual que en la iglesia anterior, Cristo centra su atención en la conclusión de ese tiempo. Primero los hombres caerán en tibiezas y, finalmente, se desatará el demonio (Ap. 20,7), en una rebeldía última de fuerzas abiertamente anticristianas, denominadas -de acuerdo al profeta Ezequiel- Gog y Magog (Ap. 20,8) (Ez. 38-39). Sin embargo, un fuego del Cielo destruirá a esos malvados, y sin solución de continuidad vendrá el Juicio Final, la transformación radical del cielo y la tierra, y la Jerusalén celeste de los elegidos.

II

Como hemos visto, sólo y exclusivamente a partir de la Iglesia de Tiatira (desde el siglo IX hasta siglo XVI en la interpretación simbólica-profética), Cristo conminará a sus discípulos a conservar lo que se ha recibido. San Juan nos está hablando de mantener un patrimonio doctrinal y moral que la iglesia ha custodiado desde el principio; un patrimonio tan orgánico como un árbol al que de vez en cuando hay que podar ramas secas e infructuosas, las llamadas "tradiciones humanas" (Mt. 15,3 o Col, 2,8 frente a 1 Cor. 11,2 o 2 Tes. 2,15).  Ese depósito alcanzó tal grado de eminencia en aquel siglo XVI que debía preservarse especialmente, lo que no significa que la Iglesia deba cerrarse a desarrollos doctrinales (e incluso litúrgicos) pero siempre en prudente continuidad y jamás en ruptura. De hecho, la Tradición y el Magisterio son organismos vivos, y la Iglesia ha definido importantes dogmas y doctrinas seguras a partir de esa fecha,  y puede seguir haciéndolo en virtud de su autoridad apostólica, asistida por el Espíritu Santo (la revelación, como sabemos, está cerrada, pero no totalmente explicitada).  

A algunos les puede sorprender que sea precisamente esta época de la historia donde el Apocalipsis mencione por vez primera la necesidad de conservar lo que se tiene,  porque al examinar la misma nos encontramos aquí con la mayoría de los más luctuosos episodios de toda la historia de la Iglesia. Sin ser exhaustivos, indicamos algunos telegráficamente: tras la muerte de Carlomagno (+870) y la división del Sacro Imperio Romano Germánico entre sus hijos, devino un periodo de pérdida absoluta de prestigio del papado, el llamado "siglo de hierro", cuyas historias aún ruborizan a los lectores curados de espanto. En el siglo XI aparece el "Cisma de Oriente" (los cristianos orientales se desligan de Roma para entregarse sumisos a los emperadores de Oriente). La Edad media es una época marcada por la "guerra de las investiduras" o las "investiduras laicas", por una simonía desatada y por las amenazantes disputas entre el Emperador y el Papa;  renacerá el insidioso gnosticismo en las herejías dualistas de los albigenses y cátaros. Se creará la Santa Inquisición y surgirán las cruzadas con sus correlatos de violencia e intolerancia (que serán perpetua y morbosamente recordadas para criticar a la Iglesia). La formación del clero es penosa, doctrinal y moralmente, y San Pedro Damián en el siglo XI fustigará las prácticas homosexuales y pederastas de muchísimos de ellos. Es verdad que el siglo XIII fue una gloria y una bendición, un paréntesis luminoso, donde reyes como San Fernando o San Luis lavaban los pies a los pobres de sus reinos; donde papas como Inocencio III o Inocencio IV siguieron la estela de Gregorio VII y recuperaron el prestigio de la sede romana, humillando la soberbia de los emperadores; y donde Dios regaló al mundo joyas como San Francisco y  Santa Clara de Asís, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura o San Antonio de Padua...). Sin embargo, merced a una extraña regla de compensación histórica, llegará el siglo XIV y nos traerá "tres pestes": La Peste Negra (que se llevó por delante un tercio de la población europea), la peste del "Cisma de Occidente" (con tras papas simultáneos que invocaban legitimidad, lo que dio impulso a la herejía del conciliarismo), y la peste de la descomposición de la escolástica, merced sobre todo a la filosofía de Guillermo de Occam. Este filósofo medieval ha sido indudablemente el pensador que más ha influido en nuestro mundo intelectual, tanto para bien (desarrollo de la ciencia empírica) como para mal (desprecio hacia la sana filosofía). Y sin solución de continuidad llegará el renacimiento con su reivindicación del paganismo y la modernidad, que nos traerá la herejía multiforme de Lutero y la contrarreforma católica, ya en el siglo XVI. En definitiva, es lógico que nos produzca asombro que sea precisamente en la Carta a esta iglesia donde Cristo exija que "mantengáis tenazmente lo que poseéis".

Pero en realidad no es tan sorprendente, si tenemos en cuenta dos circunstancias. La primera es que la Carta a Tiatira tiene presentes todos aquellos episodios trágicos y lamentables, pues los resume y simboliza unitariamente en un personaje femenino llamado Jezabel (trasunto de la esposa pérfida, arrogante e idólatra del rey de Israel Ajab, al que corrompió absolutamente y con él a su país). A ella le dedica casi la mitad de la misma con todo tipo de críticas: engaña con su enseñanza, incita a la idolatría y fomenta los vicios. Pero Cristo la castigará severamente, pues "voy a postrarte en tu lecho, y a los que adulteren con ella en una gran tribulación si no se arrepienten de las obras de ella y a sus hijos los remataré con la muerte". Jezabel representa lo peor de la cristiandad medieval, un cristianismo que fornica con el mundo, del que sólo nacen hijos que jamás tendrán fe ante la notoria hipocresía de sus padres.

En segundo lugar, la Carta elogia de esta iglesia sobre todo sus "últimas obras, más numerosas que las primeras" (según otra traducción, "sé que ahora estás haciendo más que al principio"). Estas obras finales (siglo XVI), vistas desde la perspectiva histórica, sólo podemos asociarlas con el despliegue universal de la fe católica gracias al Concilio de Trento (1545-1563). Los protestantes, que nacieron y se consolidaron en ese mismo siglo, sin duda querrán llevar el agua a su molino y argüirán que ellos fueron la respuesta del Cielo a la corrupción de la Iglesia para purificarla. En realidad ellos no surgieron como remedio a la degeneración de la Iglesia medieval; más bien ellos fueron -y desde luego sin ser conscientes- la pena grave que el Cielo impuso a la Iglesia por los graves pecados ya referidos, azuzando al demonio con sus más poderosas armas: la soberbia y la división (y también la lujuria).  La rebelión protestante desde luego no puede merecer ningún elogio (pese a que hoy hasta se coloquen estatuas del heresiarca en el Vaticano). La dramática pérdida de la fe católica en un tercio de Europa (y hoy en casi media Hispanoamérica) bien puede vincularse a esa "gran tribulación" con la que Nuestro Señor castigó los pecados de la Iglesia medieval simbolizada en Jezabel. La mal llamada reforma fue, por tanto, el castigo, pero sobre todo fue la ocasión y el acicate para la conversión y renacimiento de una Iglesia Católica moribunda desde el punto de vista moral. 

En efecto, la reacción de Iglesia Católica ante ese severo castigo del Cielo fue un inmenso arrepentimiento, que se hizo visible en unas portentosas obras de conversión y misericordia, y que, de acuerdo a la regla evangélica de los frutos producidos (Mt. 7, 15-20), sólo podemos calificar como milagrosas: lo que parecía imposible se hizo realidad. Por eso el Apocalipsis elogia esa obra del último periodo y la califica de mayor. La Iglesia emprendió la reforma que todos anhelaban y los Decretos de Trento definieron de manera nítida la verdad cristiana frente a los múltiples errores doctrinales de los protestantes. Se crearon los seminarios, brotaron órdenes religiosas que enviaron miles de sacerdotes a los cuatro puntos cardinales, y, sobre todo, surgió un espíritu evangelizador sólo comparable a los primeros siglos del cristianismo. Gracias a él millones de hombres y mujeres serían bautizados en América y Asia; innumerables almas ganadas para el Cielo, a fin de que algún día se cumpliera definitivamente aquella visión del Apocalipsis de "una gran multitud de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, que estaban delante del Cordero y y eran tantos que nadie podía contarlos"  (Ap. 7,9). Si el vasco Elcano circundó físicamente el mundo, Trento -a través de España- lo circundó espiritualmente. Y como culminación de este santo recorrido, en 1570, siete años después de clausurado el Concilio de Trento y por mandato de los padres conciliares, el papa san Pío V promulgó para toda la iglesia latina, mediante la Constitución Apostólica Quo Primum una nueva edición del Missale Romanum. Tres magníficos logros en definitiva: asegurar la Verdad, evangelizar el mundo como nunca se hizo antes, y fijar una liturgia de tal belleza y profundidad, que la propia Constitución Apostólica advertía a los que osasen atacarla que incurrirán en la indignación de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.

Todo ello demuestra que, como refiere el Señor sobre Tiatira, "tus últimas obras (son) más numerosas que las primeras". Y por eso le advierte, por primera vez (y no por última), "que mantenga tenazmente lo que posees". Desgraciadamente, el rumbo de la Iglesia ha variado drásticamente a partir de la segunda mitad del siglo pasado, y según parece nadie advirtió que se transgredía un serio mandato del mismo Cristo, como si todos los teólogos de la época rechazasen el carácter profético del libro de la Revelación. Puesto que yo sí me tomo en serio la Biblia, y el Apocalipsis afirma reiteradamente que es una profecía (Ap. 1,3 o 22-6,10,18), tras reflexionar sobre esas Cartas he constatado que el Señor sabía que la Iglesia iba a virar en firme, entrando así en una dinámica auténticamente revolucionaria e incontrolable y que, aún sin pretenderlo explícitamente, se llevará por delante lo mejor del pasado. Por eso mismo el Señor en la siguiente Carta a Sardes exigirá "reforzar lo que todavía queda" porque "está a punto de morir". La Iglesia de Sardes, según la exégesis de Castellani, comienza en Carlos V (o Trento) y concluye en la época de la Revolución Francesa, y muchos aún recuerdan aquella frase turbadoramente sincera del Cardenal de Malinas-Bruselas L. J. Suenens (1904-1966):  "El Concilio Vaticano II fue el 1789 de la Iglesia".  A sesenta años vista, todo cuadra: fue una revolución en toda regla. Y me da igual que se diga que la culpa no es del Concilio sino del Post-Concilio, pues contra facta non valent argumenta. La esencia de toda revolución es la demolición del pasado, para construir sobre sus ruinas una novedad, que siempre se presume mejor pero que jamás genera buenos frutos. Eso es un dogma histórico casi matemático. Y lo más desolador es que más que avanzar por una vía muerta sin horizonte ni planificación, parece que a los católicos se nos haya marcado deliberadamente un camino que nos dirige hacia el fin de todo lo auténticamente bueno, bello y verdadero que hemos mamado de los pechos de nuestra querida madre, la Iglesia"Refuerza lo que todavía queda y está a punto de morir"... 

Acabo de leer en un portal católico serio que no le bastaba a Roma desautorizar a Benedicto XVI con "Traditionis Custodes", sino que se prepara una nueva carga contra la Misa Tradicional para acabar definitivamente con ella. De confirmarse esta noticia, una vez más seguiríamos por el camino revolucionario, y en vez de "preservar tenazmente lo que poseemos", se buscará no sólo destruirlo sino condenarlo a una damnatio memoriae, a fin de que tantos jóvenes enamorados de Cristo no descubran en su plenitud este tesoro, y actúen en consecuencia. Pero no es casual que en este tiempo terminal se persiga sádicamente a la Misa Tradicional por parte de una Jerarquía que ha sustituido Trento por la revolución permanente. Y no lo es, porque si uno se fija atentamente, los últimos versículos con los que se concluyen las Siete Cartas son, precisamente, bellísimas metáforas de la Eucaristía y del premio a todos los que perseveren y venzan con su constancia en esta lucha más que humana, sobrehumana o preternatural. Con esos emotivos versos concluyo:

"Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como también yo he salido vencedor y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tenga oído, oiga qué dice el Espíritu a las Iglesias" (Ap. 3, 20-21).





jueves, 6 de junio de 2024

La Gloria de Dios abandona el Templo.




I

Un reciente "Decreto" del arzobispo de Barcelona, Monseñor Juan José Omella, ha desacralizado en su totalidad la iglesia de L,Espirit Sant de la Travessera de Gracia a fin de ser derribada y erigir en su lugar una "Facultad de Ciencias de la Salud". Con esa medida se ha generado una agria polémica en la que se condimentan  ingredientes tan heterogéneos como intereses urbanísticos (recordemos que el terreno fue donado por fieles laicos exclusivamente para la erección de la iglesia), suspensiones a divinis y vidrieras tan merecedoras de protección como si fuesen las bellísimas de la Saint Chapelle de París. Añadamos el hecho de que en aquella iglesia se adoraba diariamente, durante veinticuatro horas, al Santísimo Sacramento, pero ese "inconveniente", a pesar de la actitud nada colaboradora del párroco ahora defenestrado, se resolvió, enviando presurosamente a aquel lugar en trance de desacralización a un representante del Arzobispado a fin de consumir ipso facto la Hostia exhibida en su ostensorio. He visto ese momento en un vídeo que circula por Internet, y es penosa la irreverencia del cura, un señor mayor que ni se ha revestido adecuadamente, ni se ha arrodillado ni ha adorado al Señor. En fin,  ¡ojalá nuestra jerarquía tuviese esa misma determinación, audacia y rapidez para la misión de evangelizar que nos encomendó Cristo! 

Esta triste historia me evocó en cierto modo uno de los pasajes más sugestivos de todo el Antiguo Testamento, un evento que acaeció en tiempos de Ezequiel -sobre el año 597 a.C.-, cuando el profeta se encontraba desterrado en Babilonia, a cientos de kilómetros de Jerusalén. Me refiero a la espectacular descripción que Ezequiel, por visión, hace del momento en que la gloria de Dios abandona el templo construido por Salomón. Como veremos más adelante, un aspecto no menor es que esa Gloria, tras salir del Tabernáculo y antes de subir al Cielo, se detiene en el Monte de los Olivos, en la parte oriental de la ciudad, al este del templo (Ez. 11,23): el mismo lugar donde Nuestro Señor profetizó el segundo abandono de la Gloria de Dios -la de Él- por parte de su pueblo (Lc. 19,42-44). Vaciados de la Presencia de Dios, del Padre en el primer caso, del Hijo en el segundo, el destino de ambos templos -el de Salomón y el de Herodes-, erigidos sobre el monte en el que Abraham iba a sacrificar a Isaac, quedó fatalmente sellado: "un montón de ruinas y una guarida de chacales" (Jer. 8,11). Jesús morirá fuera de la muralla de Jerusalén, de espaldas a la ciudad santa de los judíos, y su mirada desde la cruz se dirigirá hacia el horizonte de un nuevo pueblo, porque como anunció días antes: "se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos"  (Mt. 21,43). 

 II

No cabe duda de que la causa por la que la Gloria de Dios abandona el Templo es la idolatría, tanto de laicos como de consagrados. Nos narra el Cap. 8 del Libro de Ezequiel que la mano de fuego de YHWH le agarró por el cabello, mientras rezaba con los ancianos de Israel, y le transportó extáticamente hacia Jerusalén, ciudad en la que contempló la Gloria de Dios  (Ez. 8,4). Pero la luz de esa Gloria le fue desvelando las diversas idolatrías de la ciudad, desde el ídolo del celo, situado a la entrada misma junto a la puerta norte, hasta las implementadas en el mismo templo "las grandes abominaciones que la casa de Israel comete aquí para alejarme del Santuario" (Ez. 8,6). Vio en la ciudad a mujeres que plañían a Tammuz (ídolo fenicio de la fecundidad ligado a los ciclos de la vida) y a hombres que, vueltas las espaldas al templo, adoraban al sol... El pueblo judío se había pervertido porque como veremos a continuación el sacerdocio se había corrompido. 

El profeta fue luego trasladado al Templo y por un agujero en la fachada pudo reconocer a sacerdotes que incensaban secretamente "imágenes de reptiles y bestias repugnantes", (probablemente un guiño a Egipto por parte de Sedecías -último rey de la casa de David (597-587 a.C.)- que se había aliado con la nación del Nilo para protegerse de Babilonia). Lo más llamativo, sin embargo, no es tanto esa idolatría sino el hecho de que los sacerdotes "lo hacían en la oscuridad, cada uno en su respectiva cámara, repleta de imágenes, y afirmaban YHWH no nos ve; YHWH ha abandonado el país" (Ez. 8,12).  No hablamos de idolatría pública, sino de apostasía secreta. Frente al Dios único y trascendente -que había ordenado bajo pena de muerte "no tendrás otros dioses fuera de mí" (Ex. 20,3)- sacerdotes y pueblo adoraban imágenes idolátricas, pero con una diferencia fundamental: el pueblo lo hacía a plena luz del día; los sacerdotes de manera oculta (pues formalmente se seguían realizando los sacrificios mosaicos, cara a la galería). Sólo con carácter privado usaban las dependencias del lugar sagrado para rendir homenaje a criaturas ínfimas. El pueblo, por su parte, por la mañana acudiría al sacrificio del Templo, y por la tarde se postraba ante sol que se escondía por el occidente, o incensaba al ídolo de turno. Por lo tanto, junto a este politeísmo o sincretismo del pueblo (consentido por autoridades laicas y religiosas), latía la apostasía hipócrita del sacerdocio, que en secreto practicaba lo contrario de lo que predicaba en público.  

En definitiva, dos lecciones actuales podríamos sacar de ese impresionante capítulo octavo del Libro de Ezequiel. La primera es que esa pérdida de conciencia del sacerdote de la gravísima función a la que Dios le ha destinado -ofrecer el único sacrificio grato al Señor y salvar las almas del pueblo- sólo puede conducirle a desentenderse de los cada vez más graves errores religiosos del pueblo (incluso a justificarlos y/o aprobarlos), y a desvalorizar los ritos y los elementos sagrados -materiales e inmateriales- que debe custodiar por su divino oficio. La segunda no es menos importante: el ungido del Señor que realiza con mayor desidia los mandatos divinos, no puede permanecer mucho tempo sin alguna pasión idolátrica que le dé un nuevo fundamento a su vida. Pero, al igual que el culto idolátrico de los sacerdotes de Jerusalén era realizado con sigilo, también el sacerdote descreído de nuestro tiempo debe mantener en silencio ese nuevo sentido que da a su misión, pues es vergonzoso y contradictorio con su estado religioso. De ahí que, por ejemplo, la codicia se oculte hipócritamente tras excusas organizativas.

III

Nos queda, por último, atender el aspecto más impresionante de estas visiones de Ezequiel, el itinerario de la Gloria de Dios, desde Templo del que parte hasta el Monte de los Olivos adonde llega. Pero antes debemos precisar que la Gloria de Dios acompañaba a Israel desde su misma constitución como pueblo, mucho antes del grandioso edificio del rey Salomón. Así, durante el éxodo, "YHWH marchaba al frente de ellos, de día en una columna de humo y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos" (Ex. 13,21), y se hacía presente en el Tabernáculo móvil que Moisés mandó fabricar en  el desierto (Ex. 40, 34-35). Años después de la conquista de la tierra prometida, e implementada la monarquía, Salomón edificó el Templo como morada del Señor, y era tal la fuerza de la presencia divina que "los sacerdotes no pudieron mantenerse prestando servicio por causa de la Nube, pues la Gloria de YHWH había llenado la casa de YHWH" (1 Rey. 8, 10-11). Sin embargo, el desastroso final del reinado de Salomón, la división de los judíos en dos reinos y la deriva idolátrica de Israel, seguida por Judá, pondrá fin a la paciencia de Dios con su pueblo, y poco antes de la destrucción de Jerusalén saldrá su Gloria de su morada en la tierra. Quedará el templo como una hermosa construcción pero muerta, un cadáver sin vida ni alma, pronto a descomponerse. Como una iglesia a la que se le ha retirado el Sagrario. 

Ezequiel había admirado desde las orillas del río Kebar en Babilonia la sublimidad de la Gloria Divina, misterio inefable que, sin embargo, nos pudo describir con las imágenes más asombrosas y extravagantes de toda la Biblia, de una fuerza y un dinamismo sin igual (incluso atreviéndose a espigar figuras mesopotámicas, es decir, paganas que él observaba día a día durante su exilio (Ez. 1).  Más adelante, tras el capítulo octavo que hemos examinado anteriormente, nos mostrará la Gloria del Dios de Israel sobre los ángeles situados encima del Propiciatorio que cubría el Arca de la Alianza (Ez. 9)Esa Gloria, sin embargodebido a los gravísimos pecados de la casa de Judá, se desplazó desde esa última estancia del templo, llamada Santo de los Santos, y marchó hacia el umbral de la puerta pero sin salir todavía del recinto sacro, como si sintiese dejar vacío el lugar en la tierra donde había decidido poner su morada entre los hombres (Ez. 9, 3).  Tampoco abandonará en un segundo momento el templo, sino que se desplazará hacia la puerta oriental: "Luego paráronse (los querubines) a la entrada de la puerta oriental de la Casa de YHWH, y la Gloria del Dios de Israel estaba sobre ellos en la parte superior" (Ez. 10,18-19).

Por último, desde esa puerta oriental, la Gloria de Dios se retiró definitivamente del Templo y marchó hasta el Huerto de los Olivos, en la zona este de la ciudad: "Y elevóse la Gloria de YHWH, se alejó de la ciudad y se detuvo sobre el monte que está al oriente de la misma" (Ez. 11, 22-23).

Es curioso que Ezequiel deja como aparcada esa Gloria en las laderas del Monte de los Olivos, y no nos relata su elevación al Cielo (Ez. 11,23). Inmediatamente después de esa visión "El Espíritu de Elohim, me trasladó a Caldea, cerca de los cautivos. Y desapareció la visión y comuniqué a los cautivos todas las cosas que YHWH me había comunicado"  (Ez. 11,24). Puede explicarse ese corte abrupto en el hecho de que el Señor quiso que su visión culminara en el Nuevo Testamento, y que el profeta veterotestamentario dejase paso al evangelista Lucas, que coronó esa historia narrándonos la ascensión de Jesucristo Resucitado desde el Monte de los Olivos (Hch. 1,9-13). Y no precisamente como signo de desamparo sino todo lo contrario: para que los discípulos pudiesen recibir el Espíritu Santo, y difundir la Buena Noticia de Jesús "hasta lo último de la tierra" (Hch. 1,8), a la espera de que Él vuelva, reine, derrote a sus enemigos y lo restaure todo (1 Cor. 15, 23-25). Mientras rezamos por su venida gloriosa, el verdadero templo de adoración no será aquel del que salió Dios en Jerusalén -un templo fabricado por manos de hombres (Hch. 17,24)- sino "el Santuario de su Cuerpo" (Jn. 2,21), en definitiva, el Santísimo Sacramento del Altar. ¡Qué inmenso honor, qué divino don se nos ha regalado a los cristianos!

Es verdad que Ezequiel, al final de su Libro (Ez. 40-47) nos describe un Templo renovado con Israel retornado a la tierra y distribuido por tribus en el territorio (Ez. 48). Pero basta la lectura detenida de esos complicados capítulos para captar en seguida que no se trata de una profecía de restauración histórica tras la liberación de los judíos de la cautividad babilónica gracias a Ciro (539 a.C.) y la posterior reconstrucción del templo (520-515 a.C.). La bellísima descripción que hace en el Capítulo 47 del río de agua viva que brota del lado oriental del templo, que fecunda los campos por donde transcurre con vegetación y árboles frutales, y que se vierte en el Mar muerto, saneando sus aguas y llenándolas de peces, remite al Paraíso recuperado, es decir, a tiempos finales y escatológicos inaugurados por Cristo, a nuestro tiempo. De hecho, aquí sólo puedo ver un símbolo de la Eucaristía.   

Sólo la Eucaristía -la única y verdadera Gloria de Dios hoy en nuestra tierra- reúne en torno a sí esas poderosísimas imágenes bíblicas: la glorificación de Jesucristo, sentado a la diestra del Padre tras su ascensión en el Monte de los Olivos (Mc. 16,19); la Gloria de Dios sobre ese mismo lugar al este de Jerusalén, y el río vivificador que sale de la puerta oriental y genera la vida donde sólo hay muerte. Cuando el sacerdote, ad orientem, eleva la Hostia, por virtud del don de la fe vemos al Señor -su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad-; la divina Persona que, a la vez que asciende al Cielo junto al Padre, nos deja lo mejor de Él, su mismo Ser. Pero también evocamos toda una historia de salvación que comienza en la elección de Israel, y que concluye en el nuevo Pueblo de Dios. Y aunque pensemos que ellos, los judíos, han sido rechazados -ya no tienen Templo, y si algún día lo reconstruyeran, sería sólo una cáscara vacía (pues como nos contó Ezequiel Dios no lo habita)-, la realidad es que al final "mirarán al que traspasaron" (Za. 12,10), y "no será en Jerusalén donde adorarán al Padre", pues "adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Jn. 4,21-23).  No hay, por tanto, ruptura en la historia de la salvación sino continuidad, del templo de piedra al Templo de su Carne. Finalmente, en relación a la cascada incesante de bienes que la Eucaristía deja al mundo, es  verdad que sólo podremos comprenderlo íntegramente en el Cielo, pero ya tenemos la certeza de que la  misma Palabra del Señor nos asegura: "Yo soy el pan vivo que bajó del Cielo; si alguno come de este pan, vivirá eternamente" (Jn. 6,51). Tan poderoso es este Sacramento -la única garantía de vida para siempre-, que el profeta, en visión, lo comparó con el milagro de la vivificación del mar muerto y de sus orillas, merced a a un río de agua viva que emergía de la parte oriental del Templo

En definitiva, cada vez que entremos en una Iglesia ojalá que lo primero que veamos sea la luz encendida de la vela del Sagrario, y a ser posible al mismo Señor sobre el Altar principal en ostensión, para que adoremos al Dios que se humilló hasta la muerte para limpiarnos de nuestros pecados y salvarnos. Por eso no le arrinconemos en capillas laterales, no cerremos los templos y suprimamos los sacramentos por causas de pandemias y, por favor, no desacralicemos las Iglesias donde aún se le adora perpetuamente. Porque por muchas excusas razonables que aleguemos, todo desplazamiento de la Gloria de Dios -como el que nos narra dramáticamente el profeta Ezequiel-, aparte de privarnos de la única garantía de vida y salvación, es un signo cierto del castigo que caerá sobre un pueblo pervertido por la infidelidad de sus sacerdotes.