jueves, 26 de noviembre de 2020
¡Rezad por Maradona y dejad de profanar el segundo mandamiento de la ley de Dios!
sábado, 21 de noviembre de 2020
La salutación del ángel a María según las biblias españolas.
sábado, 7 de noviembre de 2020
El país de las higueras. Una parábola sobre el Sacrificio de la Misa.
I.- LA HISTORIA UNIVERSAL. EL ASCENSO.
Érase una vez un bellísimo país muy cercano, regido por un joven rey, sabio y poderoso, cuya misericordia excedía con creces a su justicia, y cuyos
vasallos encontraban en él a un verdadero padre. De hecho, todos tenían la
certeza de que este monarca sería capaz de entregar su vida, su dignidad y su
gloria por el más indigno de ellos.
Ese país era muy diferente a otros que le rodeaban, pues de la
tierra sólo brotaban numerosas higueras; ahora bien, poseían tanta belleza y
fecundidad, que sus hojas eran perennes, y sus higos no sólo germinaban entre
la primavera y el verano, sino durante todo el año. Ningún otro árbol brotaba
en ese extenso reino, pero el fruto de aquéllas cubría con creces las
necesidades alimenticias del pueblo, que vivía feliz y en paz, con un clima
apacible en cada estación del año.
El rey había encomendado la gobernanza de su territorio a
numerosos gobernadores, los cuales,
al final de su mandato, debían rendirle cuentas. Los gobernadores delegaban en
los agricultores el cuidado específico
de las higueras, siendo éstos los responsables de abonarlas, pues ese era el único
sustento del país. Entraban en un cercado que circundaba cada árbol y usaban un
extraordinario fertilizante que el
rey les entregaba puntualmente. Los vasallos regaban diariamente los huertos, recogiendo
el agua de los ríos, las fuentes y las lluvias, tan abundantes en el reino. Se
acercaban al cercado –y sin penetrar dentro del mismo, pues era un ámbito sólo
destinado a los agricultores-, la vertían en unos canales que desembocaban al
pie del árbol, y recibían luego el dulcísimo fruto recolectado por los
agricultores.
Había también, bajo tierra, una modalidad de gusanos
-venenosos, malolientes y repugnantes- que no solían salir al exterior, y de
hecho, durante el tiempo de ese gran rey nunca se les vio por sus dominios.
Sucedió que un día el monarca convocó a sus gobernadores,
agricultores y vasallos, y les anunció que partía hacia un largo viaje para
tomar posesión de un reino dominado por un cruel tirano que le odiaba.
Como probablemente tardaría en volver, encomendaba a todos
seguir con lealtad las magníficas leyes que había promulgado, verbalmente y por
escrito, y ordenaba a gobernantes y agricultores cuidar al pueblo, como un buen
pastor a cada una de sus ovejas.
Otorgó a uno solo de los gobernadores la máxima autoridad
sobre el reino, idéntica a la que el mismo rey poseía, con lo que las demás
autoridades y los vasallos debían obedecerle con inmaculada fidelidad. Y, por
último, reservó un depósito inagotable de inmensos bienes en poder de este
gobernador supremo. Realizadas estas provisiones, marchó hacia aquel lejano
país para aniquilar a su ancestral enemigo.
II.- LA HISTORIA
UNIVERSAL. EL DESCENSO
Durante unos años el pueblo, bien pastoreado por sus
gobernantes, vivió tranquilo y feliz, aunque en algunas regiones más exteriores
comenzaban a alterarse los ánimos de algunos vasallos. El origen de tal
inquietud fue la cizaña de unos espías y alborotadores, mandados furtivamente
por el enemigo del rey, y cuyo propósito era introducir la discordia y la
rebelión en el reino. Éstos pretendían que el rey tuviese que volver anticipadamente
de su exitosa guerra para castigar a sus vasallos rebeldes, y que este modo le
dejase en paz en una lucha que tenía perdida.
La táctica de aquellos infiltrados consistía en persuadir al
pueblo de que no era necesario el abono de los gobernantes y agricultores para
el crecimiento de las higueras; sólo bastaba el agua. Que cualquiera de ellos
podía sacarla de los numerosos ríos que cruzaban el país, de las fuentes que
brotaban de las rocas y de la lluvia que fertilizaba los campos, y regar los
árboles desde su base, saltando sin complejos el cercado de los agricultores.
Que cercos y abonos no eran más que engaños de los gobernantes para tener
controlado al pueblo.
Más aún, todo el pueblo tenía por sí mismo la dignidad de agricultor,
porque sólo el agua era suficiente para que los frutales regalasen jugosísimos
higos. En consecuencia, el pueblo insensatamente holló los cercados de cada
higuera, y todos se irrogaron unilateralmente el título de agricultores.
La rebelión se propagó como una llama, y aunque el gobernador
supremo intentó sofocarla, acabó triunfando en muchas de las regiones de aquel
extenso país, que se independizaron definitivamente, levantando muros para
separar sus fronteras. No obstante, la gran mayoría de vasallos fueron fieles
al rey ausente.
Acaeció, sin embargo, algo inesperado. En aquellas regiones
rebeladas, donde ya no existía el abono, el agua sola no bastaba para alimentar
las higueras, que fueron poco a poco secándose. Primero, desaparecieron los
azucarados higos, reducidos a brevas sin sabor y sin la más mínima capacidad
nutritiva; luego se desnudaron de hojas y, finalmente, se dibujaron en el
paisaje siniestros trocos desnudos, con rugosas ramas, que no evocaban ni un
rasgo mínimo de la belleza pasada.
El pueblo comenzó a pasar hambre, y algunos escaparon de allí,
y pidieron ser integrados en la patria del rey ausente, lo que les fue
concedido por el misericordioso gobernador supremo.
Otros, sin embargo, se obcecaron en su rebeldía, y como
sustitutivo del alimento perdido, excavaron en la tierra en busca de esos
repugnantes y malolientes invertebrados. Como no podían comerlos por el asco
que producían, los aliñaron con una sustancia que lograron extraer de los
troncos secos de las higueras, y así pudieron alimentarse. Aunque lograron en
buena medida desterrar el pútrido olor, esos gusanos eran venenosos y muchos de
ellos morían con horribles dolores. Lo cierto era que esa mezcla, como si se
tratase de una deseada droga, les producía durante un tiempo una falsa
felicidad, y una sensación de que cualquier transgresión de las leyes del rey ausente
sería tolerada por éste. Algunos otros llegaron más lejos y, gritaron a los
cuatro vientos: “No le queremos como rey,
no serviremos a ningún tirano”.
Por otro lado, se secaron definitivamente los ríos, se
durmieron las fuentes y se cerró el cielo en esos países rebeldes, por lo que debieron
saciar su sed con el pestilente líquido extraído de las entrañas de los
gusanos, disimulado con el mejunje que aún destilaban de los troncos
secos.
III.-LA HISTORIA
UNIVERSAL. EL HUNDIMIENTO
Transcurrían los años, y el rey seguía sin retornar. Algunos
vasallos del gobierno fiel al rey comenzaron a cuestionar su lealtad, pues
sentían cierta envidia de la libertad en la que parecían vivir sus antiguos
hermanos de patria, hoy divididos en numerosos reinos.
Los descontentos, cada vez mayores, convencieron al
gobernador supremo y a los demás gobernadores subalternos, para que relajasen
las rigurosas normas impuestas por el rey tras su partida, a fin de hacer más
llevaderos sus mandatos.
En realidad, lo que sucedía era que comenzaba a escasear el
agua en el país, y aunque se seguían
abonando las higueras, los higos ya no les resultaban tan deliciosos como
antaño. El gobernador supremo, tras constituir una junta mixta (con los demás
gobernadores de su propio país, y con algunos de aquellos antiguos países
hermanos), decidió revitalizar el sabor de los higos, ordenando verter en el
agua que regaba las higueras unas escasas gotas de un brebaje, cuya fórmula era
similar a la de aquellos países rebeldes, es decir, sacada de aquellos infames
animales subterráneos. Autorizó igualmente a los agricultores a hurgar en la tierra para que extrajesen el líquido viscoso
de los gusanos, a fin de que, mezclándolo con el abono, sirviese para
fortalecer los árboles.
El gobernador supremo profetizó en sesión solemne, acompañado
de los otros gobernadores, que merced a este nuevo ingrediente, los higos no
sólo iban a ser más apetecibles y digestivos para el pueblo, sino que como bien
adicional, acercaría a los dos pueblos enemistados en el pasado. Los vasallos
del gobernador supremo, salvo una minoría que se opuso (y a la que se condenó al
destierro), aceptaron sin discusión la novedad introducida.
Pasados unos años, muchos de los efectos nocivos acaecidos en
los países rebeldes se reprodujeron casi exactamente en el país leal. Los vasallos y agricultores no se
conformaban con echar una pequeña dosis de ese líquido apestoso en los canales
y los abonos, sino que, en muchos casos, se copiaban las mismas fórmulas de los
países rebeldes, e incluso –a veces- las intensificaban, duplicando su dosis.
Faltaban lluvias, y por los ríos y las fuentes prácticamente ya
no corría el agua, aunque –a diferencia de aquellos otros países- sí se
conservaba en poder del gobernador supremo ese divino fertilizante, gracias al
cual los higos, aunque cada vez más mustios, seguían cumpliendo su misión vital
de alimentar a los vasallos. Cada vez menos, porque muchos abandonaban el
alimento de siempre, y escarbaban en la tierra, imitando a aquellos rebeldes,
rebajándose al nivel de las bestias. También en el reino fiel, muchos empezaron
a vociferar: “Somos libres, no queremos
que nadie nos gobierne”.
IV.- UNA HISTORIA LOCAL. EL RENACIMIENTO.
Pasaron más años, y más gobernadores. Sucedió por entonces
que pequeños grupos de aquellos vasallos, en todas las provincias del reino, preocupados
por la tremenda crisis generada por esos cambios, comprendieron con lucidez que
la raíz de aquellos problemas tenía su origen en haber copiado las malas
prácticas de los países rebeldes. Y que urgía recuperar aquellos viejos modos
de cuidar a las higueras, de las cuales dependía en sentido estricto la
salvación de todos.
Por distintas zonas del país, estos hombres y mujeres se
organizaron, uniéndose a ellos algunos agricultores, bien desengañados del mal
camino por donde se transitaba. Fueron a solicitar a sus respectivos gobernadores
licencia para recuperar los viejos usos y tradiciones, merced a los cuales las
higueras lucían antaño con espléndidas hojas e inefables frutos. Buscaban la purificación
de las aguas y los abonos que vigorizaban los frutos de los árboles (no
mezclándolos con la más mínima sustancia ajena alguna), y la recuperación de la
diferencia de rango entre agricultores y vasallos, prohibiendo el acceso de
estos últimos al interior de los cercados.
Una pequeña asociación de una región sureña del reino, explicó
a sus sucesivos gobernadores que estaban persuadidos que el retorno a los
viejos usos, traería de nuevo la fortaleza a las higueras, la dulzura a sus
frutos y el retorno de muchos vasallos. Y que, aunque contaban con escasos
medios, confiaban en las palabras y promesas del gran rey de estar siempre con
ellos y facilitar sus buenas empresas, aunque su augusta persona estuviese
lejos, luchando por todos en una durísima guerra.
Estaban convencidos que el éxito en ese fin –éxito siempre
del rey, no de ellos, meros siervos indignos- era posible alcanzarlo con
perseverancia y sacrificio. Esperaban además que se provocase una noble
emulación en los demás agricultores y vasallos del reino, que probablemente
corregirían los errores que impedían el crecimiento de sus higueras y la
dignidad de sus frutos. Su destino lo fijó su Rey y Señor cuando dijo: “Duc in Altum” .
El último gobernador local recibió la propuesta con rostro
ambiguo, pues no quería aceptar el fracaso de las reformas introducidas (situación
habitual en todos sus compañeros de gobernanza); no obstante, decidió no desobedecer
al gobernador supremo, que había normalizado los antiguos usos (nunca
derogados), allí donde un grupo estable de vasallos lo solicitasen, exhortando
a que se atendieran sus necesidades con generosidad.
El gobernador les concedió un pequeño terreno, donde apenas brotaba un esmirriado tocón de higuera, abandonado y casi seco. La cerca que bordeaba ese medio árbol estaba rota por varios lugares, y los canales para llevar el agua agrietados. No obstante, a ese grupo entusiasta le pareció fenomenal el lugar y su pusieron a trabajar. También les fue asignado, como agricultor, un experto profesional para que abonase la tierra yerma que bordeaba ese triste árbol; un hombre con excelentes dotes intelectuales, pero de difícil carácter y escaso trato con los vasallos. Se limitaba a abonar sólo una vez a la semana (pese a que el grupo le pedía siempre que les dedicase más tiempo). Siguiendo órdenes estrictas del gobernador, casi nunca permitía que ningún otro agricultor –ni aprendiz de agricultor- accediese a aquel lugar santo.
Aun así, tal y como previeron esos vasallos, se produjo el
milagro del renacimiento de esa higuera, la cual, merced al buen trato dado por
el agricultor, y las limpias aguas traídas y depositadas en los canales, creció
se hizo muy grande; sus ramas se escapaban del cercado –en parte reparado- y
sus frutos adquirieron el dulcísimo sabor que sólo algunos viejos recordaban, y
que ahora muchísimos jóvenes descubrían, con felicidad y asombro. Atónitos se
preguntaban: “¿Cómo nuestros padres
renunciaron a esto?”.
El grupo, en fin, interpretó, con inmenso honor –y
responsabilidad-, que el rey se complacía con su obra y les animaba a
expandirse, para bien de todo el reino. Por ello enviaron sucesivas y numerosas
cartas al gobernador local, a fin de que les proveyese de nuevos instrumentos
para desarrollar su obra: un reconocimiento legal –no meramente verbal- de su
organización; un cercado más grande (pues los que se juntaban allí, a veces, no
cabían), la posibilidad de enseñar a los niños, y de dar conferencias a adultos
(para lo que se necesitaban dependencias anexas), y sobre todo, otro agricultor,
pío y experimentado, que acudiese varias veces por semana, y que fuese un
verdadero imán del grupo, cada vez más extenso y con más jóvenes que se
incorporaban; un padre de todos a quien pudieran tratar con filial confianza.
De hecho, muchos agricultores foráneos, enterados del prestigio alcanzado por la obra de este grupo de vasallos, se ofrecieron para colaborar, pero sólo en contadas ocasiones el gobernador permitió a alguien que no fuera de su estricta confianza que actuase con ellos. En definitiva, no proveyó casi nunca a estas justas peticiones, y si alguna accedió lo hizo a regañadientes. Eran, pues, manifiestas las dos intenciones del gobernador: un riguroso control del grupo (para lo cual usaba como canal y fuente al agricultor designado, más padrastro que padre al final), y una prohibición de su expansión, dando la triste impresión que sus frutos le desagradasen o le produjesen mala conciencia.
V.- UNA HISTORIA
LOCAL (II). LA DEFENESTRACION.
Pero un terrible acontecimiento mundial –una purificación,
para calibrar sin duda la fidelidad de todo el reino a su monarca- se abatió
sobre toda la tierra; una pandemia que obligó a cerrar el acceso de los
vasallos a todos los cercados, dejándoles sin posibilidad de alimento durante
meses. En esas dramáticas circunstancias, este gobernador y su agricultor
designado, de consuno, urdieron un plan para dar el golpe mortal a esos
incómodos vasallos: los descalificarían como fanáticos y desleales, negándoles de
plano su interlocución oficial, y ofrecerían públicamente un cercado y una
higuera, más grande y cuidada, a todos aquellos que –sin organización o con una
incipiente- simpatizasen con los viejos usos.
Pero esta labor sería exclusivamente organizada y controlada
por la autoridad competente, con más férreo control que antaño. Bastaba
observar que esa hermosa higuera ofrecida no se asentaba sobre el terreno, sino
sobre un gran macetero posado sobre éste, por lo que, al no poder crecer sus
raíces, tampoco crecerían sus ramas y sus frutos. El control sobre el viejo
rito debía ser absoluto.
Con todo, de algún modo, se trataba de una excelente noticia,
pues muchos vasallos –incluidos los miembros del grupo rechazado-, podrían
volver a degustar el fruto de la higuera, limpia de aquellos elementos
novedosos que producían en muchos un sabor desabrido. De hecho, una minoría rompió con éste, si
bien la práctica totalidad fue leal a un movimiento que se había dejado la piel
para la gloria del gran rey, buscando –en la medida que pudo- recuperar en su reino la vitalidad de las
deprimidas higueras, necesarias para la vida de éste. Con nobleza, esa mayoría
respetó y no cuestionó la buena fe de los motivos de aquella minoría que
abandonó el grupo durante esta crisis, pero no los secundaron por lo que a
continuación se dirá.
En efecto, el grupo recordó entonces aquella rotunda expresión
del rey de que “todo reino dividido, está
condenado a su extinción”, y asumió que esa fue la máxima fundamental del
gobernador y de su fiel agricultor, cuando constataron que la expansión del
grupo, dificultaba el control sobre ellos.
Dicho grupo comprendía perfectamente que la higuera y sus
frutos lo son todo para cada vasallo, nadie cuestionaba esto. Pero también que,
a veces, cada persona debe mirar más allá de sí mismo y de su presente, y pensar
en el bien futuro de muchos, que puede quedar amenazado. Como analizaron
lúcidamente los miembros de la asociación “apestada”, esa concesión del
gobernador, sin negar el beneficio ya indicado, suponía una tremenda regresión,
porque significaba partir de cero, volver a los tiempos en que comenzó la
andadura de aquellos fieles, con escasísimos miembros y medios. Como la
maldición de Sísifo, parecía que habría que volver a la base de la dura
montaña, para elevar la hermosa y dura cruz en la cima.
Si en el pasado se les negó la personalidad jurídica que durante
años iban reclamando (aunque, al menos, se les reconocía como grupo estable de
hecho), ahora, ni eso. Si todas las peticiones fueron entonces denegadas, ahora
simplemente no se podrían hacer. Si el crecimiento de la higuera iba a depender
exclusivamente de la autoridad de los gobernadores -y no del esfuerzo y
organización de los vasallos, según el espíritu de la norma del rey, como antes-
es seguro que jamás volvería a crecer (aunque siempre daría los maravillosos
frutos a cada cual que allí se acercase con devoción, que es mucho). Los
derechos de los vasallos se transformaron en una graciosa concesión de la
autoridad competente. En definitiva, un grupo vertebrado se quiso transformar
en una multiplicidad invertebrada. Divide y vencerás.
Fracasaron en su inicuo plan, aunque una minoría transigió
con este nuevo orden de cosas, atendiendo al beneficio personal; pero el grupo,
como tal, no podía aceptarlo sin traicionar su misión. Porque su horizonte no
era un presente circular, sino un futuro que soñaban luminoso, y que en algún
momento creyeron tocarlo con los dedos.
Pero es que, como añadidura, incluso en el presente había graves dificultades para que muchos vasallos asistieran al cercado, sobre todo una decisiva. Por parte del gobernador, se ratificó, como encargado de abonar la higuera, al mismo que –con abstracción de sus muchas y excelentes cualidades intelectuales- se comportó, sobre todo en los últimos meses, no como el buen pastor que alguna vez fue, sino como un lobo que buscó cruelmente devorar y separar al rebaño.
No logró dividirlo (las bajas fueron mínimas). Esa
desagradable situación, provoca graves problemas de conciencia a la mayoría de
sus antiguas ovejas, para asistir a sus ceremonias en el nuevo lugar.
Ante todos estos luctuosos y actuales hechos, el grupo se
refugió en la oración –con la dulcísima madre del rey en el corazón-, a la
espera de una señal que pudiese disipar las dudas e incertidumbres. Siempre con
la certeza de que algún día el rey volverá; el mismo monarca misericordioso que
fue a luchar con el peor de los enemigos, y que retornará con éste encadenado
como estrado de sus pies.
El rey, en definitiva, cuya infinita sabiduría le permite
indagar en lo más profundo de los corazones de cada uno, y descubrir las
últimas motivaciones de las acciones humanas, para premiar a los buenos y
castigar a los malos. Y con especial rigor, a aquellos que fueron constituidos
con grave autoridad, y obstaculizaron el desarrollo de su reino.
domingo, 25 de octubre de 2020
El orgullo del profanador y el COVID19.
Con el país deprimido ante la posibilidad de un segundo confinamiento, nuestra vicepresidenta del ejecutivo, Doña Carmen Calvo, anota exultante en twitter lo siguiente:
“Hoy hace
un año que el Gobierno hizo posible la exhumación del dictador del Valle de los
Caídos. Ya no está en una tumba de estado ni puede ser enaltecido”.
A mi juicio,
no hay motivo alguno para enorgullecerse; es más, creo que lo sucedido hace un
año fue una acción tan miserable -y tan sacrílega- que había serios motivos
para preocuparse. Para inquietarse entonces, e intuir que algo tan repugnante
tendría graves consecuencias en un futuro no muy lejano. La realidad,
desgraciadamente, ha superado a la ficción.
En efecto, acaba
de cumplirse un año desde aquel triste acontecimiento. Miramos ahora nuestra
patria y nos preguntamos si alguien, en la peor de las pesadillas, imaginaba entonces
una España como la que tenemos hoy, a día 25 de octubre de 2020. Es
evidente que nadie podía prever lo que vendría poco después de que todos contemplásemos
en directo -unos con tristeza, otros con satánico regodeo- cómo se profanaba
sacrílegamente la tumba del antepenúltimo Jefe de Estado español: un cristiano
enterrado bajo la cruz más grande del mundo, y que con sus aciertos y errores (algunos
sin duda muy graves), dio leyes cristianas a nuestra nación. En todo caso, se
trataba de un bautizado sepultado en sagrado. Jamás, por tanto, debió haberse
consentido tal aberración, y los primeros que abandonaron el buen combate (II
Tim. 4,7) y se pusieron de perfil fueron nuestros obispos. ¿Alguien se extraña
de que algunas encuestas -meses después, con la catástrofe ya sobre nuestras
vidas- coincidan en el declive de la práctica religiosa? En el pasado, los
dramas colectivos provocaban exactamente lo contrario: una vuelta del pueblo
sufriente a la fe perdida y una confianza sólida en los pastores.
Como
sabemos, el detonante de este mal presente ha sido un virus que nos está
destrozando física, económica, material, moral y espiritualmente (y que lo
seguirá haciendo hasta que Dios se apiade de nosotros). Y por si no fuera
suficiente, agregamos a este despiadado horror, soportar el peor -el más
sectario e ineficaz- de los gobiernos posibles, de tal modo que nunca como
ahora en nuestra patria se ha vislumbrado la sombra de la destrucción
definitiva de la sociedad civil, primero confinada, luego anestesiada y sin derechos,
para ser finalmente humillada y sometida a la pobreza; lo que nuestros abuelos
en la postguerra llamaban la sopa boba.
Ambos hechos
-la profanación de la tumba en octubre y la difusión, sea natural o artificial
(que no lo sé), de ese minúsculo asesino- son inmediatamente sucesivos en el
tiempo, pero obedecen, desde el punto de vista natural, a causas muy
diferentes. En ese sentido, si somos rigurosos intelectualmente, no podemos
aplicar a ambas tragedias la regla “post hoc ergo propter hoc”, por
cuanto la primera es un evento local y de naturaleza político-sacrílega, y la
otra es un hecho biológico y universal, iniciado a miles de kilómetros de
aquél.
Ahora bien,
el cristiano debe afinar su percepción para intentar encontrar tanto el sentido
de su vida personal, como una correcta lectura teológica del tiempo en el que
el Señor le ha colocado en la existencia. Para ello, el mismo Señor le ha
regalado en su bautismo tres estados, que, si bien están en potencia, pueden
ser desarrollados a voluntad de Nuestro Señor: el cristiano es sacerdote, es
profeta y es rey, y puede desplegar esos dones con su oración, con su estudio
de las Sagradas Escrituras y del magisterio, y con sus buenas acciones, siempre
en beneficio de los demás.
Pues bien,
desde el punto de vista sobrenatural sí me parece aceptable fijar un
vínculo entre ambos hechos tan diversos. Como comprendo que muchos me tacharán
desde ya de fanático, irracional o directamente perturbado (o más piadosa e
irónicamente me dirán -como a San Pablo en el Areópago de Atenas- que “ya te
oiremos otro día” (Hch. 17,12)”,
invito a los que aún creen en la providencia de Dios sobre el mundo,
a que sigan aquí. Y a los que no crean en ella, a los que no acepten que “si
el Señor la ciudad no guardare, en vano el vigía la habrá guardado” (Sal.
126), a esos les pido que apaguen sus dispositivos. Y sinceramente me disculpo
con ellos tras haberles hecho perder el tiempo con mis reflexiones.
Me dirijo
por tanto a mis hermanos cristianos. Las razón por la que creo muy posible el
enlace de ambos acontecimientos comienza a intuirse en aquella verdad católica
que afirma que el pecado de cada persona, en cada lugar y tiempo donde hayan
existido y existan hombres, puede compararse a un virus que se propaga y va
mutando -generalmente a peor- por la historia universal, bordando una inmensa
red de pecados, enlazados unos con otros, hasta crear lo que lúcidamente
nuestro papa Juan Pablo II, definió como una “estructura de pecado en el
mundo”.
El hombre
-como dijo el apóstol Juan- es de Dios, pero el mundo está en poder del
Malo (1 Jn. 5,19). Dos mil años después de la primera venida del Señor, los
inmensos beneficios de fe, de esperanza y de caridad que tal acontecimiento
histórico trajo a la humanidad, están en progresiva regresión, eso es
incuestionable. Las verdades doctrinales y morales quedan diluidas -y
finalmente anuladas- cada vez con mayor intensidad en una corriente rápida y
abundante de universal apostasía, disfrazada de laico humanismo.
Las viejas leyes
de los antiguos estados cristianos se subvierten y se vuelven anticristianas -y
a veces diabólicas, como el aborto-; la aprobación, cada vez más descarada, en
los países antaño cristianos de normas contrarias a las verdades de fe y de
moral nos conduce forzadamente hacia los tiempos finales. Es -podemos decirlo
así- el camino o proceso histórico normal que descubrimos con la lectura
atenta de las Escrituras. El Señor
vendrá porque -como él mismo lo explica en Lucas- el mundo mayoritariamente
habrá transitado por el mal camino hasta perder fe. Y mientras no llegue ese
momento, sucederán catástrofes universales, como pueden ser virus mortales (véase
por ejemplo Ap. 16,2).
Sin embargo,
hay también un camino o proceso extraordinario -digámoslo así- para anticipar
ese inevitable desenlace, y es la rotunda respuesta que el Cielo suele dar a
la comisión de determinados pecados. Transgresiones que desde el punto de vista
estrictamente humano no parecen objetivamente tan graves, pero que resultan
especialmente repugnantes a la mirada eterna de Dios, y por tanto las castiga
de un modo terrible, y generalmente de manera inmediata. Y ahí es donde me fijo
en la profanación realizada en España en octubre de hace un año, y lo sucedido muy
poco después con el llamado virus chino.
Diréis que
hay crímenes mucho peores que hollar una tumba cristiana, un sitio sagrado. Por
ejemplo, la legalización de las matanzas del aborto en casi todos los países
del mundo cristiano (con sus millones de inocentes inmolados a un moderno Moloc
llamado progreso); un hecho que, a mi juicio, ha debido marcar un antes y un
después en la paciencia de Dios con el mundo pecador. Desde los años setenta
ese pecado no ha hecho más que extenderse, y sin embargo parece -repito,
parece- que no porque progrese ese mal, se va a anticipar el juicio y adelantar
el castigo inevitable, el cual llegará -nadie lo dude- a su debido tiempo.
Sin embargo,
sí creo que se ha producido un castigo anticipado con esa insidiosa pandemia, como
pena del Cielo, por la profanación de octubre. Me fundo en la especial gravedad,
de acuerdo a las sagradas Escrituras y al magisterio de la Iglesia, de aquellas
transgresiones que de alguna manera implican un acceso prohibido a un lugar
Santísimo, como lo es una tumba sellada, situada en el lugar más sagrado del
mundo, el Altar de una basílica católica donde se reproduce, Misa tras Misa, el
Sacrificio único de Cristo.
En efecto, si
nos vamos a la Antigua Alianza, recordamos el terror del pueblo judío cuando
Moisés subía a la montaña sagrada del Sinaí, y ésta mostraba una cumbre
llameante y atronadora, que significaba la presencia allí del Dios vivo, del
Dios único y verdadero, del Dios escondido sin imagen ni forma. Le estaba estrictamente
vedado al pueblo acercarse a la montaña, pues
“Cualquiera
que tocare la montaña morirá sin remedio” (Ex. 19,12).
Recordamos
igualmente, aquel recinto arcano y misterioso del templo de Jerusalén, situado
tras un finísimo velo de lino donde se situaba el Arca de Dios, un lugar tan
sagrado que, como indica la Epístola a los Hebreos,
“sólo una
vez al año entra el sacerdote, no sin sangre, la cual ofrece por sí y por los
pecados del pueblo” (Hb. 9,7).
Evocamos, por último, al mismo Arca de la Alianza, que causó la muerte
de un levita llamado Uzá, cuando éste intentó evitar su caída tras zozobrar uno
de los bueyes que lo trasladaban a Jerusalén (2 Sam. 6,6-7).
Estas impresionantes realidades eran sólo sombras de una Nueva Alianza,
donde el Señor se nos hace literalmente presente en cada Misa, en cada Santo
Sacrificio. Pero en la Nueva Alianza ya no hay un velo terrestre que prohíbe el
paso a los mortales, pues Nuestro Señor
“no entró en un santuario hecho de mano, imagen del
verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse en ahora en el acatamiento
de Dios en favor nuestro” (Hb. 9,24)
Con la Nueva Alianza por la sangre de Cristo, ese velo literalmente se
rasgó de arriba abajo (Mc. 15,38), quedando ya el Sagrario y el Altar terrestre
comunicados sin obstáculos con el Cielo y con la Iglesia celeste; son, pues,
los lugares más sagrados de la tierra, un puente sin peaje hacia la Gloria. Y, en
continuidad con las figuras del Antiguo Testamento, espacios donde cualquier
profanación, representa el más grave insulto a Dios. Al mismo Dios que dirigió
al pueblo de Israel por su travesía en el desierto hasta la tierra prometida, y
al mismo Dios que hoy dirige al nuevo Israel de Dios hacia la patria del Cielo.
Pero es que, además, no sólo se ha mancillado el espacio sacro del
sacerdote -el altar-, allí donde el mismo Cristo se hace presente en cada
eucaristía; es que además la profanación se ha agravado por remover el cuerpo
de un cristiano, que murió en gracia, y que por tanto da igual cómo se llame y
lo que hubiera hecho en el pasado. Las Sagradas Escrituras dan el título de bienaventurados desde
ya a todos aquellos que mueren el Señor. Así lo dice el libro del
Apocalipsis:
“¡Bienaventurados
los muertos que mueren en el Señor, ya desde ahora! Sí, dice el espíritu, que
descansen de sus trabajos pues sus obras los acompañan! (Ap. 14,13).
Alterar,
pues, el descanso sacro de cualquier hombre o mujer que haya muerto, recibiendo
los santos sacramentos, y que haya sido enterrado en un lugar sagrado, es un
pecado no ya contra esa persona, sino un pecado contra la religión. Ya
observamos la gravedad de conductas similares en el Antiguo Testamento cuando
el rey Saúl perturba el descanso del profeta Samuel: la terrible maldición que
por ello le sobreviene se extenderá a sus hijos (1 Sam. 28).
Es decir, antes
y ahora, es una ofensa directa e inmediatamente infligida a Dios. Más
incluso en la Nueva Alianza, pues cualquier bienaventurado, cualquier justo,
tras su tránsito en la tierra, entra ya directamente en la esfera de lo divino,
con lo que la ofensa ya no es contra él sino contra el Dios de todos los
hombres, en el que el muerto ya vive. Es
verdad que los graves crímenes en el mundo contra el prójimo -el mismo aborto o
el homicidio, especialmente contra los mártires- son igualmente pecados contra
el hombre y contra Dios, pero con una diferencia. Dios habitualmente retrasa
el castigo de quienes han atacado a otros hombres, como podemos verlo en
esos versículos del Apocalipsis, en los que frente a la reclamación de las
almas de los mártires:
“¿Hasta
cuándo tú, Señor, el Santo y Verdadero, no
haces justicia y vengas nuestra sangre de los que habitan en la tierra?”,
se les pide
paciencia hasta que se complete el número de hombres y mujeres que se les
unirán en los martirios de los tiempos finales (Ap. 6, 10-11).
En
definitiva, Dios puede perfectamente -en función de su infinita Sabiduría e inalcanzable
Providencia- no esperar para castigar la perversidad humana, si ésta alcanza una
insoportable altura sacrílega. Y eso es lo que, según mi sentido cristiano, ha
sucedido, tras el repugnante sacrilegio perpetrado en octubre del pasado año.
Porque el
castigo comenzó poco después de la profanación, y aunque ha sido una pandemia
universal -recordemos la solidaridad de la humanidad en el pecado de cada
hombre-, nuestro país fue -y sigue siendo- uno de los que peores datos
sanitarios y económicos presenta en el mundo, si no el peor. Tenemos, pues, una
inmediata sucesión temporal de los dos acontecimientos muy distintos -profanación
y liberación de un virus-, una responsabilidad directa de los gobernantes de
nuestro país en un pecado de sacrilegio, y la especial saña con la que un virus
ajeno nos ha castigado al poco tiempo; todo ello son datos objetivos e
indiscutibles. Mi interpretación de la necesaria conexión entre ellos surge de
mi sentido de fe y mi reflexión sobre el modo de actuar de Dios y de ejercer su
providencia sobre el mundo, según las Sagradas Escrituras, siempre buscando
nuestra conversión y salvación. Desgraciadamente,
en ese segundo aspecto, han fallado estrepitosamente nuestros pastores.
Y no creo que el Señor se compadezca pronto de nosotros. Nuestra nación ni se ha vestido (ni creo que se vista) de saco, ni ha ayunado (ni creo que ayune), como hizo el pueblo de Nínive tras la predicación de Jonás (Jon. 3,5). Asumamos el fracaso de que seremos los últimos en salir de este espanto, y los últimos en recuperar el pulso de nuestro país.
No entiendo por tanto su orgullo, Sra. vicepresidenta Calvo, sea o no creyente. En todo caso, le deseo de corazón -lo digo sin la menor ironía- que el covid19 que vd. ha padecido no le cause futuros problemas, como sí se lo está provocando a muchos ya dados de alta.
miércoles, 14 de octubre de 2020
¿Todos hermanos?
Había quedado muy satisfecho con el extraordinario documento que el Santo Padre nos regaló hace unos días sobre San Jerónimo, el hombre que, entre los siglos IV y V, tradujo las Sagradas Escrituras al latín en ese monumento de cultura y fe que fue la "Vulgata". Como el propio título de la Carta indicaba, "Scripturae Sacrae Affectus", toda ella intentaba transmitir al lector de nuestro tiempo el inmenso amor por las Sagradas Escrituras del maestro dálmata, que murió en la misma ciudad que vio nacer a nuestro Salvador Jesucristo, en Belén de Judá. Y a fe que lo conseguía: San Jerónimo era un amante de la cultura clásica, hasta el punto que, como recuerda el documento, en una visión durante la cuaresma del año 375, el Señor le recordó, con cierta gracia, que "no era cristiano sino ciceroniano" (al igual que su contemporáneo San Agustín, a quien Homero le parecía "dulce, pero vano", y la Biblia, en cambio, verdadera pero áspera). A partir de entonces, las Sagradas Escrituras, toscas para San Jerónimo en comparación con los clásicos latinos y griegos, fueron vistas por él de una manera nueva, comenzó a venerarlas y emprendió la tarea inmensa de verterlas al latín.
En fin, un documento precioso que recomiendo a todos -cristianos y no cristianos, pero amantes de la civilización y el saber-, porque nos invita a degustar un excelso monumento de la cultura, que a la vez -sobre todo- es Palabra Divina que nos salva (o nos endereza en el camino de la salvación), escritas en un libro, plural y a la vez único, denominado "la Biblia".
Pero desgraciadamente, como es habitual de Francisco, ayer nos regalaba una de cal, pero hoy nos echa encima otra de arena. Días después, salió la última encíclica del Papa que versa sobra la "fraternidad humana", y sobre ella quiero simplemente indicar unas breves ideas, que pueden resumirse en la palabra decepción. Decepción, porque me parece un esfuerzo intelectual inútil para nuestro mundo. Para todos, para los cristianos y para los no cristianos.
En primer lugar, el cristiano no necesita de conceptos mundanos como la fraternidad cuando tiene como mandato divino (que exige la gracia sobrenatural) el "amor al prójimo" (mandato infinitamente superior, no sólo moral sino incluso "ontológicamente" al de la fraternidad), y cuando -como precisó el Señor (Lc 10, 25-37)- el prójimo se identifica con aquel sujeto que menos nos gusta en cualquier circunstancia (ayer un samaritano, hoy que cada cual mire su corazón y decida).
En cuanto al no cristiano, jamás podrá amar al prójimo, porque su lógica le dirá que es un absurdo amar al enemigo (como los judíos a los herejes samaritanos). Y no mostrará "fraternidad" con él, sino a lo máximo una mera tolerancia, condicionada eso sí a que éste no le haga la puñeta. Estará siempre a la defensiva en el mejor de los casos. Y esa tensión defensiva -como demuestra la historia, confirmando a machamartillo el dogma del pecado original- no puede durar mucho tiempo, y tarde o temprano se romperá y surgirá la violencia. Es doctrina de fe católica la imposibilidad de perseverar en el bien sin el auxilio de la Gracia, por lo que por muy buenas intenciones que alberguemos, acabaremos volviendo a las andadas. Como definió el Concilio de Trento, ni siquiera el justificado puede sin especial auxilio de Dios perseverar en la justicia recibida.
Por eso, para un cristiano el logro de la mundana fraternidad nunca será un objetivo; su objetivo será siempre su santificación (1 Tes. 4,3), y eso exige la Gracia; superar al "hombre viejo", y revestirnos del "hombre nuevo"; "debéis despojaros, por lo que mira a vuestro pasado, del hombre viejo, que se corrompe según los deseos depravados del error, y revestiros del hombre nuevo, el creado según Dios en justicia y santidad verdadera" (Ef. 4,22-23).
Y para un no cristiano, diga lo que diga, la fraternidad es imposible, porque en él habita aún el hombre viejo. Y sin conversión, morirá siendo viejo, "conforme a la vanidad de sus pensamientos, teniendo la razón oscurecida, apartados de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos a causa del endurecimiento de su corazón" (Ef. 4, 17-18). Por supuesto nunca reconocerá esa impotencia, porque tendría a continuación que admitir la naturaleza sobrenatural del objetivo. Y el soberbio por excelencia no le permitirá que en un acto de humildad acceda a esa conclusión inevitable.
En definitiva, el Señor no resumió su mensaje de salvación en la "fraternidad" sino en la "conversión" o el "arrepentimiento". No nos dijo, "si no sois fraternos pereceréis todos"; dijo otra cosa y muy diferente: "si no os convertís, pereceréis todos" (Lc. 13,5). ¿Puedo preguntar con cierta ingenuidad para cuándo una Encíclica que nos exija a todos los hombres -sobre todo a los bautizados- la conversión radical a Cristo, "el único nombre bajo el cual podemos salvarnos" (Hch. 4,12)?
Lo dicho, un documento inútil, casi nada católico. El apóstol Juan, en el Apocalipsis, me exhorta a que "conserve lo que he recibido" (Ap. 3,11). Hoy lo tengo muy claro: archivaré como una joya el documento sobre San Jerónimo, y olvidaré cuanto antes este texto, tan repleto de buenas intenciones que podría empedrar perfectamente el suelo del infierno.
miércoles, 19 de agosto de 2020
Una misma figura femenina, una misma Iglesia.


Cierto es que pocos libros de la Biblia –y de la historia en general- habrán dado pie a más extravagantes y disparatadas interpretaciones, no tanto acerca de su sentido general -una descripción alegórica de los duros tiempos finales, y del triunfo final y absoluto de la Iglesia, esposa del Cordero-, sino de cada uno de sus detalles en particular. Y especialmente, el ajuste de cada alegoría o metáfora a la época histórica en que ha sido leído con pasión por cada generación cristiana, sobre todo en tiempos de persecución. Y muy acentuadamente en nuestra época, donde el glorioso concepto de cristiandad, herido desde los tiempos de la reforma (siglo XVI) y la revolución francesa (siglo XVIII), ha entrado hoy en fase de coma terminal, por no decir que en parada cardiorrespiratoria. Dice nuestro papa Francisco –con razón- que la Iglesia es un hospital de campaña (para los cristianos). La tragedia de nuestro tiempo –añadiría yo- es que la misma Iglesia es la que actualmente agoniza en ese mismo sanatorio improvisado, y que somos los cristianos –especialmente los laicos- los que, enfermos como estamos, debemos curarla y sacarla de ahí, porque sin su salud espiritualmente morimos. Y para lograrlo no basta ser cristianos comprometidos (como se dice), sino por encima de todo tener fe en Cristo. Fe de verdad, fe que transforma, fe que combata -sin miedo a ser señalado- contra un mundo donde el diablo hace estragos. Fe, en definitiva, en Nuestro Señor y Salvador como única y definitiva Palabra sobre nuestra vida particular y sobre la historia en general.
Libro excelso, pues, pero de difícil digestión, hasta el punto que en un momento determinado un ángel del Cielo pide al autor que lo devore “y aunque te amargue las entrañas, en tu boca será dulce como la miel” (Ap. 10,9). No obstante, pasado el tiempo, los jugos de la mente de tantas generaciones cristianas, con la ayuda del Espíritu que siempre acude en auxilio, han ido poco a poco desvelando sus misterios, de modo que hoy -visto desde la atalaya de tantos extraordinarios comentaristas, llenos de unción y sapiencia, en cientos de años-, podemos indagar mucho mejor sus enigmas. Y casi entenderlos.
Quiero detenerme en dos figuras de mujer, absolutamente antagónicas. Dos mujeres –dos prodigiosos símbolos- que aparecen en la segunda mitad del este libro. La primera surge significativamente tras abrirse el Templo del Cielo, la morada de Dios, y ser vista el Arca de la Alianza, entre truenos, relámpagos, temblores y granizo. Es un momento especialmente intenso, pues Juan, que no había tenido problema anteriormente en calificar a los judíos que combatían a los cristianos como “sinagoga de Satanás” (Ap. 3,9) , comprueba en su visión que, verdaderamente, como dijo San Pablo, los dones de Dios al pueblo de Israel son irrevocables y que, en su infinita bondad, “nos encerró a todos – a ellos, los pérfidos judíos, y a nosotros (que éramos miserables paganos)- en la rebeldía, para usar de misericordia con todos” (Rm. 11,32).
Pero ese temible Arca, símbolo del viejo Israel, queda desplazado tras una sublime imagen de mujer, que la inmensa mayoría de los sabios cristianos de todos los tiempos han intuido como la representación del nuevo Israel de Dios, el Israel de la promesa, la Iglesia cristiana. La mujer está vestida de sol –envuelta por la divinidad-, tiene doce estrellas sobre su cabeza –la gloria de Israel- , y pisa la luna, el símbolo de lo cambiante y no permanente, del mundo en definitiva, sobre el cual la Iglesia tiene (debe tener) dominio con la firmeza inmutable de sus principios y doctrinas, del depósito de la fe recibido del Señor.
Juan observa que esa prodigiosa figura femenina está encinta y gime con dolores de parto. Aquí parece referirse a los duros trabajos de los millones de cristianos de todos los tiempos que, con oraciones, sacrificios, renuncias y abnegaciones, han clamado y claman hoy sin cesar en sus tribulaciones, como lo haría una parturienta, por la segunda venida del Mesías. Incesantemente, entre los dolores de la persecución –legal o física-, la muerte civil o el desprecio de un mundo dominado por el maligno (no en vano, un espantoso dragón aparecerá a continuación, con voluntad de devorar al Hijo cuando nazca). Es muy indicativo el hecho de su dolor, pues parece ratificar la idea de que una Iglesia sin mártires, una iglesia sin testigos, una Iglesia sin sacrificios ni penitencia está seca; una Iglesia cómoda y acomodada, conciliadora y conciliada con los errores y horrores de su tiempo, está muerta, es estéril, y jamás será la que alumbre al Mesías que ha de volver. Es la Iglesia de Sardes “que tienes nombre de que vives pero estás muerta” (Ap. 3,1).
La Iglesia que dé a luz al Mesías en su segunda venida será la que sufra la misma pasión que el Señor padeció en la primera “pues si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn. 15,20); una Iglesia donde los apóstoles le abandonen; donde un Pedro acobardado siga de lejos a Jesús (Mc. 14,54), para luego negarle abiertamente; una Iglesia, en definitiva, que, entre inimaginables persecuciones -entre burlas, bofetadas, salivazos, látigos y cruces-, exclamará, como si hubiera perdido toda esperanza,: ¿Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Y al final, tras la masiva apostasía que ese horror producirá en un rebaño sin pastores, quedará un pequeño resto que invoque al Señor (Sof. 3,15). Y ahí se condensará la historia terrenal de la Iglesia, justo antes de la venida del Señor para implantar su reino. Será como la resurrección de Cristo, tras la primera venida.
Si el sufrimiento es el rasgo más destacable de esa bella y dolorida mujer, el placer lo será de la segunda que aparece unos capítulos más adelante, llamada la ramera de Babilonia. A primera vista intuimos en ella un símbolo del pecado, pues parece hermosa (o vistosa) de lejos, pero de cerca es fea sin paliativos; sin embargo su significado es más específico. En efecto, las Sagradas Escrituras, al usar la imagen femenina, pretenden explicar la actitud de Israel con Dios, y por ello la primera mujer –la orlada de sol- es representación del Israel santo de la promesa, de su fidelidad a Dios y de la pureza de la religión. La segunda también podíamos verla como el nuevo Israel, pero ha traicionado a su esposo, ha adulterado y ha falsificado la religión. Es la misma mujer, por lo tanto, pero si en un caso se entrega con sacrificios a la voluntad de a Dios, en el otro se zambulle en el desenfreno del mundo y la fornicación de la idolatría. Si la primera es fecunda y genera vida –la Vida de todos, pues alumbra a Cristo-, la segunda es estéril, y produce muerte “embriagándose de la sangre de los mártires”.
Lo terrible es que ambas imágenes lo son de una misma mujer, una misma religión –la única religión verdadera- pero si en un caso se conserva pura e incontaminada (de ahí su hermosura, su fecundidad y también su dolor y su esperanza) , en el otro, se ha desfigurado hasta el espanto, al mezclase con los antivalores que propone el mundo (por ello su fealdad, sus horribles afeites, su fornicación improductiva con todo lo humano, y su grotesco y sucio destino, pues la horripilante bestia de los diez cuernos sobre la que cabalga –los tenebrosos poderes anticristianos- “ aborrecerán a la ramera, y la dejarán devastada y despojada, y devorarán sus carnes y la abrasarán con fuego” (Ap. 17,16). Si la dulce y dolorida mujer tiene a la cambiante luna domeñada y como permanente estrado de sus pies, la mala hembra no puede controlar al bicho deforme sobre el que cabalga, y acabará siendo fagocitada por él.
“Y me maravillé al verla, con gran maravilla” (Ap. 17,6), exclama el autor sagrado. Durante la contemplación de esta mala hembra, Juan expresará un asombro que ni siquiera manifestó en ninguna de las anteriores –e impresionantes – imágenes que pudo apreciar durante su experiencia mística. Recordemos que había estado junto al mismísimo trono de Dios, contempló al triunfante Cordero degollado que abrió los siete sellos, los cuatro jinetes, los miles y miles de mártires reclamando justicia, los 144.000 marcados…; recordemos que cuando se abrió el sexto sello, miró al sol y estaba negro como saco de crin, y la luna sangrienta; las estrellas caían sobre la tierra y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla en un espantoso terremoto. Y encima, el discípulo amado había soportado la visión de esa trinidad grotesca formada por el diablo, el anticristo y el falso profeta…, pero con todo ello no se había quedado tan absorto como cuando la ramera de Babilonia se puso delante de sus ojos. Probablemente, en un instante, le pareció reconocer en el rostro de esa ramera, algún rasgo de la mujer santa. Y eso le angustió sobremanera.
Esa es la prueba, a mi juicio, de la gravedad de lo que significa. La santidad y la verdad de nuestra fe jamás podrán conciliarse ni transigir con el pecado y con el error, por leves que ellos sean. “¿Pues qué participación entre la justicia con la iniquidad? ¿O qué comunicación de la luz con las tinieblas? Y ¿Qué armonía de Cristo con Belial? (2 Cor. 6, 14-15). Una enorme lección para nuestro tiempo, para nuestras almas y para nuestra Iglesia.